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La profesora y yo

amcafe

Autor amcafe

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Publicado el 26/03/2010 | 299 Visitas | 1 Comentario(s)

Silvia, la profesora de arte nos explicaba los intríngulis más intrincados del arte moderno, las claves para empezar a entenderlo, pero yo, aparte de sus palabras, sin perder un ápice lo que decía, miraba fijamente sus labios carnosos, su boca un poco grande, acogedora, sensual, que insinuaba roces extáticos, al tiempo que la melodía de su voz sonaba de forma suave, delicada, cálida, de una armonía tal que despertaba mi libido y me producía de forma imparable una erección casi dolorosa.

            El arte moderno siempre me había interesado, aunque no lo entendía, pero Silvia me estaba ayudando a penetrar en su significado y a entenderlo, para poder captar su esencia, pero yo estaba mucho más interesado en el erotismo que se desprendía del cuerpo de Silvia. La profesora pasaría de los 40, no mucho más, pero su madurez todavía no había afectado a sus encantos femeninos. Aunque vestía de forma muy discreta, no podía disimular las curvaturas de su cuerpo y sus turgentes y espléndidos pechos, pero sobre todo imponía eróticamente su boca carnosa, sus labios firmes y sensuales, que insinuaban un paraíso incipiente. Aunque vestía, pues, con el recato de una profesora, no podía esconder del todo el potencial erótico de su maravilloso cuerpo que encerraba, por cierto, una mente analítica, desmenuzadora, incisiva, muy atenta a la esencia de las cosas.

            Yo me sentaba siempre en la primera fila para estar más atento a sus explicaciones y a su….boca maravillosa. Se decía que se había divorciado desde hacía pocos meses, no tenía hijos y no se le conocía ningún novio desde su divorcio. Yo le preguntaba siempre que podía después de las clases, mostraba un interés genuino, pero más bien mis intereses iban en ..otro sentido. Me propuse audazmente seducirla, pensaba en ella a todas horas, hasta soñaba con ella. Nos separaban quizá 20 o más años, pero a mí no me importaba nada, las cuarentonas me gustaban mucho en aquella época y la profesora representaba mi ideal femenino, pues no solo era extraordinariamente guapa, sino muy inteligente y culta. Las erecciones que sufría en clase mientras la escuchaba eran incluso dolorosas, pero inevitables, era algo superior a mí. Una mañana, después de clase, le pregunté sobre unas cuestiones, ella se interesó mucho por mi interés y me sugirió que tomásemos un café para hablar con más tranquilidad. Así empezó nuestra amistad. Luego, en largas esperas cerca de su domicilio, simulé encuentros casuales y la invité yo a tomar café. Ella tenía prisa, solo fueron unos minutos, pero los suficientes para decirle audazmente que me gustaba mucho, que soñaba con ella, que los encuentros no habían sido casuales…Tras unas reticencias iniciales, se mostró receptiva, parecía que le gustaba también y no le hacía ascos a mi juventud, y para mi suerte no había reiniciado ninguna amistad después del divorcio y este se había producido por razones internas de la pareja, no por aparecer otras personas.

            Como las premisas iniciales me eran tan favorables, ella al fin y al cabo estaba sin sexo desde hacía bastantes meses, no me fue difícil acceder a su cama. Para mi sorpresa la profesora analítica, racional, la intelectual, era un huracán en la cama, mordía, arañaba, gemía, sollozaba, gritaba. Yo no había conocido hasta entonces una chica tan ardorosa, tan caliente, tan exuberante en cuanto a gestos. Su postura favorita era ella montándome, se colocaba encima de mí, me abrazaba muy fuerte, me besaba con profusión, se apretaba todo lo posible, para coger ella misma mi verga e incrustarla en su tesoro, con gemidos leoninos cuando mi verga penetraba en su cuevecita ya muy húmeda, acogedora. Su tesoro apretaba mi verga con fuerza, para que no saliera, para que no se fuese, para que permaneciera en sus dominios todo el tiempo requerido, y ella se ponía vertical, al tiempo que yo le acariciaba sus senos con mis manos, le apretaba sus nalgas y pasaba mis manos por su cintura. De vez en cuando ella se bajaba el torso y me besaba con pasión, con rabia, casi me hacía daño, y me besaba las orejas, el cuello, y luego se subía otra vez, con una expresión de la cara extática, susurrando frases muy guarras, pero de forma muy cariñosa, pues le gustaba, mientras me montaba, decirme frases muy guarras, ella la intelectual, la analítica. El ritmo lo imponía ella, aceleraba, se reprimía, volvía a acelerar, al tiempo que su pulsión erótica iba in crescendo. Cuando le venía la excitación final, se ponía frenética, exhalaba fuertemente, emitía unos ruiditos muy originales, pero impregnados de sexualidad, y al correrse lanzaba gritos casi salvajes de satisfacción animal. Si yo me corría antes que ella y no podía mantener la erección, ella toda nerviosa me acariciaba la verga, incluso me la chupaba para que me empalmase otra vez y pudiese penetrarla de nuevo, y empezar otra vez aquellos juegos que tanto le gustaban, que la llevaban al éxtasis y a la explosión final liberadora.

            Aquel curso aprendí algo más que las claves para entender el arte moderno. Aprendí lo que era la explosión sexual de una mujer madura, desinhibida, pletórica de gusto por la vida y por sus placeres. Hay un antes y un después en mi vida después de aquella experiencia.

     



Comentarios

Ocean~Soul

Ocean~Soul

03/04/2010

# 1

No me gusto.

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