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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
Comprendo cuán profunda, irremediable,
absoluta es mi soledad, la auténtica, la que nada tiene que ver con la compañía
o no de otros. ¿Qué importan los familiares o amigos que tengas cuando, de verdad, estás solo? Lentamente vas
excavando en ti mismo, más y más, cada vez más hondo, hasta que deja de
llegarte la luz del mundo, primero, para perder todo su significado, después.
Porque, al final, en medio de la oscuridad, la pala topa con el estrato que no
atravesará –aunque pudiera, pues el fondo aguarda mucho más abajo–. Es
suficiente para comprender que, en adelante, la cordura yo no podría respirar.
En ese retrato, tras largos años horadando la propia carne, la soledad es una
condición alcanzada, forma parte de uno como lo hace la piel. Y allí no hay
nada, ni siquiera un yo, que quedó
mucho más arriba, olvidado como una estúpida máscara infantil. Sólo la nada, la
absoluta intrascendencia de la vida y la muerte y cuanto conllevan, como una
revelación que el mundo oculta bajo toneladas de carne.
En la oscuridad, el Tiempo desaparece y
uno se funde con esa nada, en un dulce y progresivo sueño del cual, lo fácil,
es no despertar. Es entonces cuando se activa la mente, alertada por la
cercanía natural de la desintegración, creando ilusiones, falsas necesidades,
impulsos…que induzcan en el cuerpo el movimiento de retorno al mundo de la
superficie. Y así es como uno vuelve a la luz, al frívolo bullicio de la
actividad humana.
Pero con la marca indeleble del
conocimiento de la oscuridad.
Y cuando uno emerge parpadeando de su
propio pozo, sobreviene el shock. La sensibilidad se ha agudizado, la lente
perceptiva es más nítida, delicada. Y fuera todo es ruido, caos, un cambiante
conflicto de intereses, un bombardeo irracional de estímulos. La luz daña. Todo
es una agresión mantenida, constante. No a un yo que ya no existe, sino al organismo en sí. De manera que,
paulatinamente, el cuerpo va retirándose de la luz, del estruendo incesante,
buscando el estado en la superficie que más se asemeje al interior del pozo. La
realidad más congruente y honesta.
Así fue como acabé convirtiendo la noche
en mi día.
Como un hámster en su rueda, los simples
creen poder escapar del pozo con sus frenéticos torbellinos de actividad
diurna. Un pilar ideológico de la sociedad, que recubre el miedo a la revelación.
Pero la mente escarba siempre que puede, a nuestras espaldas, mientras no
miramos, mientras soñamos. Nos engaña durante el día, y trabaja de noche. Por
eso estará siempre ligada al miedo.
Porque, en su silencio, resulta imposible
no escuchar la pala, removiendo carne.
Mientras todos duermen, obedeciendo a ese
frágil yo que les protege de seguir
excavando hasta la soledad, yo salgo a pasear, incansable, por las calles
desiertas. Sólo encuentro algún noctámbulo ocasional, que no soporta ni el día
ni la noche, borracho, drogado, como absurda forma de anestesia. Mitigando los
golpes de la pala.
Callejeo por las calles abandonadas,
secas como las venas de un cadáver, alejándome del ruido de los escasos coches,
de las luces de la policía. Mis pasos no suenan sobre las frías aceras. El
cielo negro, cubriéndolo todo, es lo que más se asemeja al interior del pozo.
La realidad palpita en estas horas, donde flota y se respira quietud, tan
similar a la muerte.
En ocasiones camino por senderos no
urbanos, escuchando los susurros de la hierba en la oscuridad, sus planes
indescifrables para recuperar todo aquello que el hombre le arrebató. La
naturaleza se mantiene a un margen, educada, sabedora de que su victoria final
es segura, con el Tiempo como aliado. A veces salto la tapia del cementerio,
para andar por sus estrechas calles silenciosas; una versión en miniatura de su
hermana mayor, la ciudad. Y me tumbo sobre cualquier lápida, entre el fragante
dulzor de las flores. Observo que por encima otro negro abismo nos contempla
con infinitos ojos blancos y comprendo el miedo, el vértigo, la necesidad de no
ver, de obviar el marco y fijarse en la minucia…pues entre abismos flotamos.
Algunas madrugadas de invierno, sentado
en un portal al refugio de la lluvia helada, pienso en los durmientes. En todos
esos miles de durmientes que se apilan en los pisos, unos sobre otros, tan
parecidos a panteones. Pienso en sus vidas de patrón fijo, como ollas a presión
con pequeñas válvulas de escape, en sus rutinas y mentiras interiorizadas, en
sus ilusiones de colores y artificio, en sus metas de felicidad que son como el
opio para el moribundo. Pienso en su sueño intranquilo, cuando las luces del
teatro se apagan, y casi puedo escuchar miles de palas al unísono, cavando…cavando…
Y en los fines de semana ocurre algo
curioso. Los jóvenes se definen enfrentando la noche, rebelándose contra sus
padres y todo lo que representan, aunque la mayoría terminará imitándolos a
pies juntillas. Afrontan así su inmadurez, sus miedos, la presencia de la pala
que ya empieza a roer la carne, el puente que cruza el vacío entre el niño y el
adulto. Por lo general, siempre en grupo, acompañados por el alcohol que
enmascara la cobardía bien conocida, vocean estúpidamente haciendo notar su
existencia, su importancia,
despertando a esos adultos que tan lejos están, que jamás llegarán a ser…y la
noche les responde con la gravedad de un silencio intemporal, abrumadora en su
infinitud, provocando ecos siniestros en el pozo interior que se agranda,
invisible. Algunos tímidamente intuyen que esos ecos llegan de voces del
futuro, de los horrores que les aguardan pero que aún no pueden comprender.
Sé que una de estas noches pasará una
chica, cerca de la casa donde mis padres vivieron y murieron. Yo la aguardaré,
durante el tiempo que haga falta, porque sabré quién es en cuanto la vea. Será
joven, sí, pero la pala habrá cavado ya más hondo que en muchos adultos. Su
sensibilidad la envolverá como un aura y, en la oscuridad de la calle, sus
secretos brillarán diáfanos para mí. Ella sólo notará, de súbito, cómo una mano
tapa su nariz y boca con firme delicadeza. Serán unos minutos horribles, pero
también el pequeño precio a pagar por burlar los largos años de dolor que la
pala horadaría en su carne sensible. La recogeré en brazos, y cualquiera que
nos vea pensará que va dulcemente dormida, tal vez por haber bebido demasiado.
Pensará que ese hombre la ama como jamás lo hizo nadie antes, más que a nada en
el mundo, como un padre a su hija.
Ya en casa la despojaré de esas ropas
incongruentes con su interior y, muy
despacio, la vestiré con un precioso pijama de seda rosa. Abriré la cama
perfumada para ella y la acomodaré sobre la blanca sábana. Apartaré con dulzura
el cabello de su rostro sereno, rebosante de paz y quietud como la noche
infinita. Le daré un beso en su frente, aún infantil, donde ninguna pala
volverá a cavar más, que ya no sufrirá ningún dolor. Después me acostaré a su
lado, con cuidado para no molestarla, y la rodearé con mi brazo. El silencio y
el tiempo nos cubrirán, con su manto de realidad pura e inmutable. Así
quedaremos.
Y ya nunca, nunca volveré a estar solo.
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