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Sitio Web del AutorAutor Alicia
Lo descubrió un día cualquiera, casi sin querer, mirándose al espejo.
Ocupaba demasiado espacio.
Si, si, fíjate. Mira mis brazos… ¿y las piernas? pero ¡que barbaridad!… y el cuerpo. Si, todo el cuerpo ocupa demasiado.
Tengo que reducirme —pensó mientras se estiraba de la piel de la cara.
De modo que se puso manos a la obra.
Comenzó a adelgazar.
Primero, se le redujo el pecho, al menos 2 tallas. Luego la tripa, la cintura, las caderas… si, ya estaba mejor.
Pero no era suficiente.
Aún ocupo demasiado, mira. Incluso de perfil. Se nota mucho. Debería estar así -dijo mientras contenia la respiración metiendo estomago. El estómago se le incrustaba bajo las costillas-.Si, así estaría bien.
Y siguió en su propósito.
Apenas si bebía un zumo al dia, y se pasaba los días caminando.
Pero no sentía hambre.
Cada vez que se miraba en el espejo, venía la desilusión. No conseguía reducirse lo suficiente.
Tendría que ser la mitad. Mira, así. —insistían sus pensamientos mientras se miraba solo media parte de su cuerpo en el espejo—. Así, tengo que estar así.
Y lo siguió intentando.
Hasta que un día cualquiera consiguió ver como los huesos se marcaban en la piel.
Ese es el problema —pensó—. Mis huesos ocupan mucho. ¿Por qué tendré unos huesos tan grandes? ¿Y cómo rebajarlos?
No podía dar con la forma, y se pasaba los días mirándose al espejo por si de un momento a otro, ocurriera algo.
Y ocurrió.
Murió frente al espejo, encogida, acurrucada en sí misma todo lo que sus huesos daban de si.
Si, esto está mejor. —pensó desde su muerte— Ahora me ayudarán a ocupar menos espacio. Esperó pacientemente que vinieran a recogerla para la incineración. Tarde o temprano ocurriría, alguien la echaría de menos.
¿Verdad?
Ocurrió un día cualquiera, uno como cualquier otro, ya que los días de su muerte eran muy parecidos a los de su vida. Todos eran iguales. Que el calendario marcase el día 24 del mes de Diciembre no tenía ninguna importancia. Un bomberó empujó la puerta hasta derribarla. Los vecinos se habían quejado del mal olor que salía de la casa, como si se hubiera muerto un gato o algo así. A ella no le importaba que la comparasen con un gato, siempre que el gato fuese esbelto. El bombero se acercó a ella tapándose la boca con una máscara. La cogió sin esfuerzo y la metió dentro de una de esas bolsas negras. Ella no podía estar más emocionada. ¡Lo iba a conseguir!
Cuando todo hubo terminado, descubrió con disgusto que sus cenizas ocupaban más que las del resto de los muertos. Mucho más. Incluso la metieron en el tarro más grande que había.
Un día cualquiera la regresaron a su casa y la colocaron justo ahi, en frente de su espejo. Donde se quedó eternamente, mirando aquel enorme tarro.
Y pensando que cualquier día tendría que hacer algo para hacer que el tarro fuera más pequeño.
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