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Enviar un mensaje privado Autor Anorgi
La esclavitud de hoy vs La libertad de mañana.
Con frecuencia pienso que no soy sino una marioneta de trapo, que me muevo impulsado por unos hilos que maneja a capricho el titiritero de turno. Mi vida no depende de mí, mis movimientos, mis palabras y por supuesto mi bienestar material está en manos de otros. Me doy cuenta de ello y trato de revelarme, no puedo consentir estar privado de libertad, es intolerable que me digan a qué hora he de levantarme y de almorzar; luego me dejan unas horas de aparente libertad, en las que soy yo el que decide lo que hacer; y digo bien lo de aparente porque en realidad de mi mente no se van los problemas que mañana me pondrán para resolver; cuando estudiante me examinaba de cuando en cuando, ahora me examino todos los días. Pero es inevitable, reconozco que soy un esclavo, que si no me someto a mis amos (y esto sí que es triste, amos en plural) no tendré de que vivir. Este amo que a mí me ha tocado es anónimo es un amo multinacional, no sé cómo se llama, pero sí que de él depende mi felicidad.
- Fulano este trabajo es urgente – dice mi amo inmediato (no debería llamarlo amo, pues es un esclavo como yo).
- ¿Para cuándo ha de estar? – pregunto aun sabiendo la respuesta.
- Para ya – me contesta. Pienso que sabe lo que cabrea esta respuesta, y lo sabe porque es la que le habrán dado a él.
Esto es el pan nuestro de cada día, pocas variantes se producen. Los días pasan raudos y veloces, los años también. Y cuando menos acuerdas te dan un homenaje porque llevas aguantando veinticinco años, te colocan una insignia, o te dan un pergamino, incluso si las cosas van bien te regalan un reloj de oro. Acabas creyéndote que eres injusto con tu “amo”, y te remuerde haber tenido estos pensamientos. Pero pasan unos años y se empieza a hablar de prejubilaciones, que la empresa esta sobrecargada de personal, que es inevitable si se quiere ser competitivos. Si el “amo” está decidido nada se puede hacer, eso sí se negocia con los sindicatos, se vuelve a negociar, se hace una huelga, se negocia de nuevo, una manifestación, etc. Al final se decreta que todos los mayores de tantos años se prejubilaran en estas y estas condiciones.
Y entonces piensas por fin seré libre, me levantaré y comeré a la hora que me dé la gana; económicamente saldré perdiendo, pero lo compenso que el gasto del transporte, con el de la vestimenta y sobre todo de los zapatos. Sí, sí así es, ya no tendré que estar en estado de revista desde la ocho de la mañana hasta las ocho de la tarde. Zapatillas y bata son más económicas que zapatos y traje. Estos solo quedaran para casos especiales, para mis paseos cualquier cosa sirve.
Esta es la sociedad capitalista en la que vivimos, pero hay que reconocer que el capitalismo hace milagros. Excepto claro está cuando se desmadra y cuando se gestiona de mala manera. Es mala, pero ¿la hay mejor?
La sorpresa viene unos años después, cuando ves que la jubilación no sube al ritmo de los sueldos. Cuando las rodillas empiezan a flaquear, cuando observas que una calle por la que pasabas todos los días ahora parece que está más empinada. Entonces meditas y se te vienen a la mente aquellos versos de fray Luis de León:
¡Qué descansada vida
la del que huye el mundanal ruido
y sigue la escondida
senda por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido!
¿Quiénes son esos sabios? Está claro como el agua clara. Y entonces decides apuntarte a ese club de sabios y seguir su senda, que no está ni ha estado escondida, pero sí ocultada por las luchas de esta vida. Al principio te parece algo extraño, pero luego una vez iniciado el camino te vas dando cuenta que es la senda de la verdad, del amor, de la justicia,
«Luchad por entrar por la puerta estrecha, porque, os digo, muchos pretenderán entrar y no podrán ». (Lucas 13,24)
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