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La Leyenda de la Dama del Mediodía

Javinsky

Autor Javinsky

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Publicado el 03/02/2012 | 34 Visitas | 0 Comentario(s)


 

 

 

La  Leyenda de la Dama del    Mediodía

 

 

 

                                                          

                                                            A Iris, por todas las tardes de ausencia

 

 

 

 

Derechos de autor reservados para Francisco Javier Padilla García

 

 

 

 

I

 

 

Un hombre encorvado, velludo y animalesco,  atisbó una estela fulgurante sobre la negrura del cielo, y al intentar enderezarse fue apresado en la mandíbula de un saurio grande cuya cabeza surgió por entre la maleza.  Desde mucho antes,   con  insinuaciones fugaces de luciérnagas a las que se pide un deseo, iba aconteciendo, parsimoniosa, la muerte de las estrellas. 

Una tormenta de fósforos en ignición, un preludio de dracónidas,  llegó como un anuncio aciago de los cambios portentosos que estaban a punto de  ocurrir.  Ineluctablemente,  constelaciones enteras con apellidos zodiacales habían empezado a palidecer, faltas de gracia, como damas traspasadas por un mal presagio, y  desfallecían   deshaciéndose en un resplandor intenso que dejaba hilachas de incandescencias pedregosas del tamaño de una cereza, infinitas semillas brillantes dispersándose hacia la inmensidad del cosmos para, probablemente, originar nuevos ecosistemas, cambiantes y enigmáticos, en los que se repetirían cataclismos idénticos, con sus mismos retardos en manifestarse,  sus mismas polvaredas astronómicas y su incoherencia con las reglas del raciocinio.  La ciencia  manejaba fluidamente el Principio de exclusión de Pauli,  para describir los poderes vencidos durante el colapso  de los cuerpos celestes en  su proceso degenerativo,  pero la pandemia que devastó el semillero astral, quedaría catalogada en los manuales eruditos  como una contingencia reacia al entendimiento humano, un desajuste en la sincronía de  los engranajes, con circunferencias dentadas, que rotan sobre un eje incierto y dan movimiento a  la tramoya  infinita del universo.

Durante aquel tiempo astronómico, los pescadores con más oficio, acostumbrados al trato natural con las mareas, el cielo y los vientos, se desorientaban para perderse en la infinitud sin la bitácora estelar. Los  matrimonios pobres y recién avenidos,  que necesitaban  compartir habitáculos para liliputienses con toda la parentela política y sanguínea,  salían a la intemperie  buscando desfogar su amor carnal en la intimidad de los zaguanes, en la glorieta, bajo los puentes;  tras remansarse en un lecho de repleción bajo las miradas de las vecinas que habían salido a tender al balcón y de vez en cuando vociferaban alguna desaprobación o alabanza referida a la longitud y volumen de los órganos sexuales masculinos recién descubiertos,  los amantes propensos  al cliché romántico,  entre veredictos  dispersos y esporádicos de  "pichilla"  o  "chulapo",    podían señalar tan sólo un vacío lejano, obscuro e inquietante.  La alteración del orden social arrasó el agiotaje de los mercados de astros sin dueño,  donde los trueques se sucedían vertiginosamente y eran anunciados  a gritos por los mercaderes, que recibían moneda autentica  a cambio de extender por esa causa un certificado con validez notarial donde quedaba acreditada la designación de la parcela recién adscrita, llámela Patricia, como mi nieta,  es por su cumpleaños, sabe usted; completándose el registro con las coordenadas espaciales y otras  cifras y datos administrativos. Incluso los astrólogos tuvieron que reinventar la estrellería condensada por la que todos los nacidos en noviembre conocerán una sanación repentina y  los auspiciados  por el planeta Venus les restañaran las heridas. Los periódicos del lunes  venían con el horóscopo de Ofiuco tachado con una cruz de San Andrés.

La señora sonrió al hojear la prensa. "¡Qué sola se quedó la luna!", poetizó, acomodada en la cadencia cotidiana de las primeras horas del día:  ladridos de celo en la lejanía,  bisbiseos del aire limpio entre los chopos,  la actividad cotidiana de  lavanderas, camareros, limpiadoras, mozos, pinches y cocineros, criadas; cuyo ajetreo apenas transcendía hacia el mundo exterior. Acababan de servirle un desayuno equilibrado con frutas licuadas, cereales caramelizados y té de agracejo. Tras un primer sorbo meramente orientativo,  cuya finalidad no era otra que analizar la sensación térmica y el punto de dulzor de la infusión, oyó llegar,  desde el fondo del corredor flanqueado por maceteros hechos de troncos  seccionados longitudinalmente, un tropel mezclando voces broncas  y botas militares, que pasó entre los estragos de la flora carnívora y los pelargonios opalescentes, rozó la pelambre de los  gatos siameses amodorrados sobre los poyos e irrumpió  en el recinto  monacal del patio, disputándole el sosiego a la amapola líquida del surtidor de aguas milagrosas, que rebosaban en una pila bautismal y caían  sobre un rebalse  salpicado de  hierbas acuáticas enraizadas en el fondo de la alberca y de  nenúfares flotantes cuyas simientes habían logrado germinar tras varios siglos de letargo.  La comensal quedó con el brazo flexionado, la mirada fija, sujetando la taza humeante cerca de sus labios entreabiertos, en una actitud expectante,  convencida por la experiencia de que el caudal de acontecimientos diarios donde se desenvolvía jamás le deparaba dos veces la misma contingencia.

Entraron, con la venia mi señora,   dos  escoltas como dos bisontes  provocando un ligero temblor sísmico con su mole corporal.  Llevaban en volandas a una persona joven.  Tenía los tirabuzones del cabello rubio embrollados; las cejas adelgazadas por una meticulosa depilación,  las pestañas nutridas y arqueadas mediante rímel,  las facciones suaves y los ojos de mujer;  por lo que durante un primer intento era difícil  identificar su sexo con certeza. Pataleaba sin convicción,  removiendo unas sandalias espartanas y  las telas de un sayo originariamente blanco, y desperdigando un clima propio de carbonilla.  Al  voltearlo le mostraron unas incipientes alas de pavipollo que sobresalían en su espalda. Desde esa perspectiva, le pareció un ángel primerizo,  calcado de las ilustraciones religiosas del catecismo que aún recordaba de la  escuela primaria.  Ha  caído por la chimenea del salón principal”, aclaró el más recio de los escoltas, señalando con el mentón al intruso, que  continuaba suspendido  ante un rastro de tizne oleaginoso.  Aquella frase  reavivó un rescoldo que había sido cubierto por un sedimento natural de olvidos  y  le hizo acordarse de Lucrecia, su madre, la rememoró enunciándole casi a gritos el fundamento de la teoría económica más conocida e incontrovertible: "El dinero   no cae por la chimenea"; pero por primera vez desde  aquellos domingos sin ropa nueva, acertó a captar el desencanto con que Lucrecia  pronunciaba su particular visión microeconómica; así que,  aceptando una  empatía que le llegaba con  varios años de retraso le replicó  mentalmente: "sí madre, y tampoco los ángeles". 

Acostumbrada a manejar con antojo la corriente de eventualidades que el cauce, en ocasiones inverosímil, de la realidad, le iba proponiendo, la señora se hizo con las riendas de la situación. Modulando una voz maternal,  dulcemente autoritaria, como si hablara a un niño travieso,  envolvió al extraño en un complejo sedal de preguntas y requerimientos amables,  pero tuvo que renunciar a sus métodos diplomáticos pues no logró nada distinto a  la mansedumbre de una respuesta formulada mediante  una expresión pura de inocencia.  Así que consideró improcedente perseverar en una indagación sin porvenir y dispuso, todavía con la paciencia intacta,  que hagan el favor de registrarle hasta debajo de los parpados y  ponerlo a remojo, que está dejando todo perdido de pringue. Al verlo alejarse por el corredor,  sometido, sucio, con adminículos postizos, le pareció un pobre hombre, pero más tarde, cuando dejó de verlo y analizaba el suceso se planteó seriamente si no podría ser un nuncio, enviado por alguna entidad  bíblica para anunciarle  un embarazo mesiánico. Se perdió momentáneamente en un enredo de suposiciones y ocurrencias disparatadas, que evidenciaban los trastornos de una megalomanía que nunca llegó a  tratar clínicamente. Había perdido el apetito y permaneció ante   un desayuno sin concluir, queriendo dilucidar el siguiente movimiento de un destino que era como un tablero ajedrezado de incontables escaques formados a su vez por otros tableros, repetidos hasta el infinito en una lógica cuyo conocimiento profundo escapaba al magisterio de su poder terrenal.

  El proceso de  limpieza  fue riguroso e incluyó una refriega con  piedra pómez,  pues el tizne tenía una consistencia  tan pegajosa que se había adherido como un tatuaje sobre la piel del visitante. De ese modo,   apareció con la cabellera resplandeciente, la sotana impoluta y hasta las alas parecían crecidas con nuevas plumas; una de las cuales se desprendió y quedó a la deriva sobre las baldosas bruñidas de la sala de lectura. Una camarera con movimientos de lince,  siguiendo un gesto, la recogió para  colocarla, sin seguir ningún criterio organizativo,  dentro de un libro igual a otros muchos que formaban una biblioteca cuya lectura requeriría cien años de soledad. La dueña estaba en pie, planificando su agenda semanal y al volverse encontró, entre un halo seráfico,   la hermosura híbrida  más menesterosa y diáfana que su corta imaginación de mujer pragmática pudiera concebir, con una lágrima  gruesa, parecida a un diamante  a punto de resbalar hacia su mejilla, y el semblante iluminado por una pena excesiva para un ser humano.  Al verla, intuyo  el desamparo  que  debía causarle su condición de arcángel desterrado,  la vergüenza de peregrinar sin descanso entre dedos que le señalaban allí donde fuese; se acordó de los escarnios y mofas que  una amiga  estuvo soportando, por su imagen varonil y sus dos padres homosexuales que la criaron como si en realidad fueran un hombre y una mujer;  así que cedió a la conmiseración, y en parte también porque pensó que tendría una mascota original para sorprender a sus visitantes, e hizo saber a todos  que formalmente quedaba bajo su custodia y mandó hospedarla en régimen de adopción.  Esa magnanimidad, en una mujer aparentemente imposibilitada para la ternura, anteriormente se había presentido cuando dispuso los cuidados  para  una  cigüeña  que por un golpe de viento se estampó contra las cristaleras de un ventanal y entró rodando al comedor entre un estropicio de plumas y vidrios; para  unos gatos siameses  recibidos por donación, que tenían la costumbre de tomar por asalto su cama durante el alba y despertarla mordisqueándole el lóbulo de las orejas y para el recién nacido con el   cordón umbilical enroscado al cuello,  que había sido encontrado en un estercolero donde los cerdos estaban a punto de enfangarse, aunque poco después fue reclamado por los servicios sociales del municipio. La señora, tras amoldar el futuro inmediato a su voluntad con frases concisas,  siguió interrogando a la criatura con forma celestial,  hasta   concluir que pertenecía a  una especie asexuada y carente de todo entendimiento,  confirmando   la evidencia de que estaba imposibilitada para reaccionar a los estímulos verbales e interpretar el castellano moderno,   por tanto sería imposible establecer una comunicación eficaz en un tiempo prudente,  así que renunció pronto a dilatar un acto estéril  y ordenó dejarla   estar a su libre albedrío por la mansión, que  había sido ampliada durante el último otoño a ciento cuatro habitaciones y catorce cuartos de baños romanos, turcos, termales  y  otros con vaporarios o fangos volcánicos, tras las reformas en las caballerizas, la cochera y las casetas para los alanos, el ensanche del patio interior con forma ungular,   los lunetos afianzados en la capilla palatina, el entelar  de los asientos aterciopelados en la sala cinematográfica con aforo para medio centenar de espectadores y  la diversificación de su galería de arte por salas temáticas. También estaba cumplido el encargo de  vitrificar los ascensores exteriores, desde los que podía otear el océano artificial con su propia playa y su delfín juerguista y la pretina del bosque abigarrado de alerces y terebintos que envolvía la heredad hasta convertirse en una quimera para el alcance sensorial.

Desde la concesión del salvoconducto misericordioso, el doncel silencioso,  aparentemente imposibilitado para el manejo del habla,  la seguía a una distancia respetuosa, dentro y fuera de la mansión,  mostrando un comportamiento  sumiso más propio de un lazarillo domesticado que de un emisario celestial. Conforme se fue haciendo familiar ver su figura alada y misteriosa, aumentaron también los momentos en que solía quedarse embobado, mirándola con una expresión de ternura, irradiando la misma calma de los atardeceres tibios en septiembre.  Pacientemente conquistó la confianza de su anfitriona, hasta el extremo de conseguir dormir junto a su cama, acurrucado en el suelo como un perro cuyos ojos luminosos ahuyentaban el espanto que producen las leyes físicas con   ruidos apenas perceptibles y crujidos turbadores  durante las noches interminables de invierno.  Aunque durante el desenlace inesperado y sorprendente de aquella convivencia habían adquirido una fosforescencia perversa y daban la impresión de penetrar hasta el envés de los pensamientos más recónditos. "Lee mi mente",  pensó la señora,  cuando, por un desajuste en la planificación de tareas entre sus empleadas,  se encontró  desasistida  y valiéndose únicamente de sus propios recursos para bañarse,  en  una  tina inmensa sujeta al suelo por bronces que antiguamente fueron cincelados artesanalmente hasta formar garras  de león; entre las burbujas multicolores de  geles medicinales y la bruma onírica del vapor de agua, apareció sorpresivamente el ente angelical, descalzo y envuelto en su hábito religioso, para permanecer inmóvil bajo los raudales de luz que descendían desde las claraboyas, sigiloso e incierto, como un espejismo sobrenatural. La dama se incorporó movida por un acto reflejo, para mostrar sin malicia su desnudez, arrastrando arambeles espumeantes y corolas de caléndula con un chapoteo  brusco y  tras erguirse empezó a percibir un abultamiento progresivo  en la sotana  eclesiástica,   una   protuberancia  bajo la cintura  que iba creciendo y haciéndose amenazante como un arma descomunal. Sólo entonces la señora enarcó las cejas mientras reclamaba su guardia áulica,  y levantando la  vestidura talar  que estaba al alcance de su mano exclamó: “No sabía que los ángeles la tenían de burro”.

El descubrimiento de la actividad eréctil de su paje le hizo pasar por varios estados anímicos consecutivos, ansiedad, miedo, curiosidad, sorpresa, excitación y finalmente se sintió desilusionada porque todas las creencias que le habían inculcado durante la catequesis, las mismas que dieron pábulo a la certidumbre de la existencia del paraíso, parecían resumirse en aquella infamia torpemente ejecutada. Tras destaparse el fraude, sus detectives y criminólogos  comenzaron a investigar y tirando del dogal de las confesiones arrancadas mediante la tortura,  determinaron que la epifanía de pelo aurífero no se había despeñado desde un cirro, quedando descartada la opinión más aceptada en un principio,  ni era el guardián de los sueños de la dama, como comentaba la servidumbre, sino que había surgido mediante  artimañas sabiamente urdidas por un  admirador cuya filiación carecía de ancestros divinos,  que se quejaba de vivir atormentado por la saña de un romance platónico. “Soy un absoluto don nadie que nunca hubiera podido conocerte”, confesó sin ambages, compartiendo la misma desilusión que su musa, pero por motivos diferentes, porque  tantos esfuerzos y renuncias, tanto artificio para alcanzar una cercanía  que finalmente le dejó una sensación de brevedad en las entrañas.  Sus quejas estaban fundadas. Durante años, mediante las malas artes de la hibridación,  se convirtió en una cobaya sin voluntad propia, hasta que lograron  implantarle alas de garza pesquera;  tuvo que privarse del beneficio de los baños solares,    para conseguir una piel albariza y se instiló un colirio irreversible que iluminaba su  mirada en la penumbra. Una triquiñuela quirúrgica  sirvió para disimular sus atributos masculinos; así completó una metamorfosis dolorosa,  cuyo propósito temerario consistía en burlar centinelas, superar murallas, eludir  baluartes y bordear fosos hasta acceder a un palacio de ensueño donde una condesa  anhela la eternidad bajo un firmamento de  estrellas acharoladas,  hecho con   papeles, celofán y globos traslúcidos, que soltaron en la inmensidad de la noche  para espantarle la aflicción del cielo claro y la luna huérfana.

"Qué hombre más triste",  suspiró la dama, al repasar mentalmente aquel episodio esperpéntico y darse cuenta  cómo los deseos mal encauzados podían pervertir el sentido del decoro y resabiar la voluntad más honesta;  con esa decepción en el ánimo, dirigió un gesto  a los subalternos  para que desahuciarán al impostor y le despidió con un  consejo de uso común: “Cuídate”;  sobre la palma de la mano sopló un beso envenenado que voló sobre la fragancia de marisco hervido del anochecer hasta la mejilla de su pretendiente, pero le llegó con una devastación de nudillos óseos e impronta aurífera, convertido en un  puñetazo  de boxeador, que instantáneamente le derribó hacia una negrura donde no existía el ardor ni la tragedia, hasta que Salvio Morales recuperó los sentidos y se vio a sí mismo transformado en una aberración,   que andaba maltrecha y tambaleándose por los golpes de la mala vida,  por un camino sinuoso cuya prolongación alcanzaba una enorme puesta de sol en el horizonte,  murmurando  que qué  pena, madre, podrías haber cerrado las piernas antes de traerme a  esta zahúrda donde  te muelen a hostias simplemente por ser un idealista que no pisa con los pies en la tierra.

Otra mañana, durante el desayuno,  la señora leyó que ese ángel de andrómina había irrumpido en una iglesia durante unas exequias, en plena homilía  encajó el cargador a un rifle de asalto con una palmada seca   y sin mediar palabra, cuando  los asistentes  se volvieron para ver quién entra con tanta arrogancia,  virgen santísima,  que ya no respetan  ni  la casa de dios, empezó a desperdigar un rosario de munición,  cuyo repiqueteo,   seco, metálico,  ensordecedor,  se duplicaba en la reverberación del templo   y terminó deformándose en un solo traquido caótico que aturdía los sentidos,    pero le dejó suficiente rabia  para  sanar definitivamente sus devaneos mediante una plegaria  a quemarropa.

 ¡Pobre diablo enamorado!, musitó la señora, con una sensibilidad impropia de la psicología femenina ante las tragedias. Tenía los sentimientos amarrados por  un cordel de indolencia y no le llegaba para amar honradamente pero tampoco para complacerse en la desdicha que, sin proponérselo,  causaba a los pretendientes menos cautelosos;  desde que un antiguo novio, Teobaldo Montero, se marchó  a pastorear olvidos y  correr a la suerte como antes  había hecho con los toros, abandonándola al desconsuelo de saber que los separaba un malentendido;  de manera que la muerte de Salvio Morales apenas alteró su hábitos matinales. Manteniendo el propósito de conseguir una digestión sin perturbaciones,   desayunaba muy despacio, demorándose en masticar escrupulosamente cada pequeño bocado,    a la vez,   hojeaba los titulares en la prensa y  descendía al detalle textual sólo en las noticias  más relevantes o llamativas;  se dejaba entretener con los pormenores de una actualidad abigarrada,  efímera,  a veces  insólita,   que apenas transcurre antes de quedar desfasada en el vértigo de sucesos inexorables que con frecuencia   le  parecían  inventados para una obra del entretenimiento.

Priscila,  una mujer sin fervor  hasta el miércoles negro de la matanza, había entrado por desesperación a la parroquia,   alentada por el propósito de negociar una promesa con el santo, virgen o mártir más   resuelto en terapias de adelgazamiento, pero  al ir a  santiguarse con los dedos humedecidos en agua bendita, uno de los proyectiles usados por Salvio Morales para espantar la cizaña de los amores malogrados, le perforó el cráneo y en ese preciso instante  sus deseos atrasados comenzaron a cumplirse.

 


 

II

 

 

El detritus cósmico generado por lejanas  catástrofes siderales -una polvareda primigenia que al contacto con la mesosfera parecía una lava de soles pulverizados-,  viajó desde una distancia inconmensurable, eludiendo asteroides, resbalando por la superficie de planetas ignorados, flotando al lado de cometas hechos por lagos congelados de aguas primigenias, que parecían de fuego desde lejos e iban dejando una estela brillante de trizas de hielo; siguiendo una torrentera inextricable, para terminar posándose lentamente sobre la cubierta del mundo, con la apariencia de una nevada sucia   de purpurinas cenicientas pero a veces refulgentes.

La rareza atmosférica sorprendió a la madrina en el jardín babilónico de tres microclimas, empezando a sofocarse por los vapores olorosos  de la rosaleda estival, contenida con esfuerzo sobre armazones y parras a punto de ceder. Le llamaban la madrina porque asistió el bautizo de  todos los hijos y nietos y bisnietos de su servicio doméstico, con  la misma espontaneidad que le movía a refugiarse en la mansión, mientras desanudaba una pañoleta  e improvisaba un paraguas alzando las manos sobre su cabeza. Entró con pasos ligeros  en el espacio protegido de la sala de lectura, haciéndose invulnerable a las inclemencias meteorológicas.  Se revisó el peinado: una melena corta  trenzada en dos partes y recogida hacia dentro, como dos manos de múltiples dedos entrelazados, y un flequillo juvenil que le cubría la frente. Y sólo después, quedó pensativa,  conmovida repentinamente por una honda sensación de desamparo  frente a las veleidades del destino, contemplando a través de la cristalera  aquel atardecer con arreboles apocalípticos.

 Andando por  su  biblioteca interminable con la parsimonia de una bisabuela, escogió, según los impulsos del capricho, un tomo con tapas de duramen y esquinas  reforzadas por bordes cobrizos de  latón. En incursiones como aquella, podía tropezar en las añagazas de la nostalgia,   descubrir  entre  las páginas aleatorias retratos de antiguos pretendientes repeinados, pétalos desecados que una vez perfumaron la fugacidad de los placeres infieles sobre Lucila, alas momificadas de mariposas gigantes, sellos triangulares desdentados con primores del libertador Felipe I, billetes de curso legal durante los tiempos en que Adalberto huía de los cristales del arco iris. Hojeando un  volumen entre la obra inconclusa de Apodoloro el Gramático,  encontró  un plumón aplanado de ave blanca, cuya consistencia hacía que se desmigajara al intentar despegarlo del prolegómeno de letras itálicas.

Según los memorialistas menos especulativos, la dama ilustrada había superado los rigores de la longevidad centenaria con el privilegio de poseer la apariencia de una muchacha en flor por causas biológicas. Otros más audaces aseguraban que logró cerrar un trato ventajoso con el demonio,   mediante la convicción irresistible que   confería una riqueza personal tan magnífica.  Así que parecía  una colegiala,  por los frunces en su falda de internado y  la mano púdica sujetando un ejemplar añoso,  frotando sus dedos índice y pulgar entre sí para eliminar los restos de una pluma decrépita, y haciendo creer que cumplía una edad sin precisar entre diecisiete y veintidós advientos.  

Durante el progreso anómalo de su juventud,  que seguía un orden inverso al establecido para la biología humana, los cronistas, historiadores, y editoriales la presentaron con un sobrenombre,   que a pesar de su artificiosidad,  tenía un  trasfondo que lo justificaba plenamente,    originado en el clima sofocante de los autobuses que cubrían la línea regular entre San Fernando y Chiclana, donde un cantaor gitano se ganaba la vida entonando coplas  y prodigando  versos de arte mayor:

"Regresa encaramada al  estío, mujer voluble

a esta tierra sufrida y noble,

hermosea tu boda  entre payos y calés

quimera fugitiva en los albores,


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