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La Fiesta (ensayo sobre la felicidad)

bor

Autor bor

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Publicado el 19/02/2008 | 526 Visitas | 0 Comentario(s)

La fiesta

(ensayo sobre la felicidad)

 

¿por qué este título? Quizás porque en mis ensayos no suelo hablar de mi vida cotidiana, de las cosas que me hacen feliz (o al menos no lo hago desde hace bastante). Llevo algún tiempo intentado sintetizar algunas cosas, que he mencionado sutilmente en algún otro ensayo, pero que no he concretado.
En las últimas semanas, mi vida se ha centrado en el ocio, quizás porque más o menos se ha estabilizado y sólo me queda estudiar lo poco que me queda para terminar la carrera.
Hubiera estado bien licenciarme en septiembre, realmente genial, pero no soy muy dado a hacer milagros, en parte porque no pongo ahínco a casi nada de lo que hago. Hay demasiadas cosas en esta vida, como para dedicarse sólo a una en concreto. Bueno, esa es la excusa que me repito para no sentirme un completo fracasado. Aunque de todos modos, creo que no lo soy. Me he sacado dos cursos y medio en dos años. No está mal teniendo en cuenta todos los líos en los que me he metido.

Este ensayo va a ser un pequeño encomio a la prepotencia. Una mención a todas las cosas que me hacen feliz y también a cómo me enfrento a todo lo que me ha llegado a hundir en ocasiones. Es, para no variar, una aportación a aquellas personas que se sienten identificadas con mis humildes aventuras y desventuras, que son, supongo yo, muy comunes.
El último par de meses de incertidumbre, me he dedicado principalmente a ver a muchísima gente que tenía algo perdida. Hice un breve viaje de cinco días con Luis a Guadalajara, dónde tuvimos emocionantes vivencias como la de ser perseguidos por vacas asesinas, o dormir en un camping abandonado con todo tipo de pensamientos oscuros acerca de fantasmas. Con Luis, casualmente siempre batimos records familiares de ascenso. Esta vez me hizo andar sin ningún rodaje durante doce horas para coronar una cumbre dónde nos mataba el frío y el viento. Luego, para hacer la gracia, tuvimos que atravesar zonas sin caminos dónde saltábamos de arbusto en arbusto para no caer al río, llegando de noche al coche y conduciendo hasta bastante más tarde. Caminamos en varias ocasiones en completa oscuridad, tropezándome con todo y a ciegas. Lo mal que lo pasé a veces y cómo llegó un momento en que asumía con fatalidad la realidad de que salgo con un psicópata de la montaña, hizo, que me relajara increíblemente en ese viaje.
Igual me pasó en mi viaje por Europa. Empezó siendo tenso, pero poco a poco, dejé de dar importancia a muchas cosas y volví a España renovado sintiendo, que tras cosas así, todo podía ser posible y de fácil solución. Estuve en las ciudades más bonitas del mundo, en parte desperdicié mi oportunidad de verlas mejor, pero ya de por sí, era mucho el haber llegado hasta allí, el siquiera haber tomado contacto con ese mundo nuevo, con todas esas personas. Que fuera del todo perfecto, era buscar una quimera.
Hasta hace bien poco, cada discusión que tenía con un amigo, implicaba estar pensando durante días en ello. Obsesionarme en hacer entender a la otra persona o en ver qué fallaba en mi forma de ser. Ahora, tras muchos años de pasarlo mal por cosas así, cada vez me cuesta menos matar a las personas que me importan. Da lo mismo lo mucho que pueda querer a alguien, pero si me perjudica tengo que apartarle de mi vida y seguir tan tranquilo. Intentaré solucionarlo las veces que sean, pero implicándome cada vez menos.
Uno de mis lemas, que tanto he repetido a algunos de mis amigos más liberales, es que amar o apreciar, para ellos es gratis. Porque sólo lo hacen de palabra y luego actúan como les viene en gana. Ahora intento aplicarme eso que en cierto sentido les reprochaba. No cuesta nada apreciar a alguien. Lo difícil y peligroso es comprometerse, que sus problemas y necesidades te involucren. Curiosamente, eso lo aprendí en el viaje por Europa. De repente me dejó de importar el futuro de mis personas queridas. Asumía que tomaban una decisión y que sólo ellos eran responsables de sus desgracias.
Sigo teniendo mi humanidad, por más que intento matarla y siempre que veo a alguien querido sufrir, llego a convertirlo en mi propio dolor. Pero esto es como cuando estoy comiendo en casa y veo a los niños de África morirse de hambre, llegando a llorar con algunas imágenes...
Nada tan fácil como cambiar de canal y seguir engullendo. Oh, cuan mezquino dirá alguno. Todo nuestro nivel de vida y nuestra felicidad se sustentan en que esas personas se mueran de hambre. Lo estúpido es que aún me conmueva.
Pues con mis seres queridos pasa igual. Intentaré ayudarles en la medida de lo posible, pero sin que ello me arrastre. Les veré morir, como ya me ha pasado en alguna ocasión y seguiré pensando que ellos decidieron. Siempre me quedará un pensamiento oscuro, por lo que pude hacer. Pero realmente no estaba en mi mano.
En una de las últimas fiestas, bebí demasiado y para variar salió mi mal beber, que consiste en hablar de lo que no debiera y en sacar temas que posiblemente debiera dejar mejor escondidos, pues ya se hablaron lo suficiente. Terminé, junto a Luis, rezando de rodillas, en plena calle, llorando, pidiendo perdón al amigo que murió hace más de un año, al que no presté toda la atención posible cuando quizás pudiera haberle ayudado estando con él, aunque lo que dijera no sirviera de nada. Pero aún así, aunque esa culpa siga dentro de mí, sigo pensando igual. Cada persona toma su camino.
Igual me sucede con las amistades más intensas. Nos llegamos a ver cada día, nos corremos las mejores juergas...
Estas semanas me lo he pasado como nunca. He hecho varias escapadas, he montado dos fiestas en casa, en las que se ha bebido, se ha cantado, se ha bailado, se ha tocado el piano y la guitarra, se ha cambiado el mundo en un sin fin de conversaciones, se ha elogiado la amistad y el amor, se ha deseado. Dios, hasta he jugado a tinieblas, tan borracho, que solo podía arrastrarme de un rincón a otro, para ponerme a morder al pobre Jorge (que por cierto me ha fastidiado un brazo). Sentí una felicidad irrefrenable cuando tras dos días pude desatascar el lavabo de vómitos de un parroquiano en cuyos fluidos ya tuve que meter el brazo en otra ocasión para evitar que se desbordara hacía años. He dado un sin fin de paseos con mis amigos. Nada se puede comparar a mis cenas vips con Luis, dónde me dedico a despotricar sobre su vida. Las charlas con el oráculo (Edgar), acerca del bien y el mal y las decisiones difíciles que a veces he de tomar.
Mis visitas al Trasgu con María, para tomar huevos estrellados con chorizo. Ella siempre divina, yo con barba de una semana y un aspecto de lo más lamentable. Me encanta ver la cara que ponen algunas mujeres al verla a ella y al mirarme a mí.
Qué decir de cuándo voy con Guille a tomar un batido a la gasolinera más alejada de Moratalaz en plena noche y nuestras conversaciones versan siempre sobre los mismos temas políticos.
Ni qué decir lo bien que me lo paso cuando Bego me invita a su casa a cenar, contarme sus aventuras amorosas y sus (al contrario de casi todas las mujeres) puntos de vista concretos y sinceros, que tanto contrastan con las trolas que me cuentan las demás.
¿Y lo mucho que me he reído con Tomas, Koldo, Roberto y Gabi estudiando en la 24 horas de ciencias, casi hasta llorar, a pesar del estres que hacía que se me retorcieran los dedos y los dientes castañetearan hasta desgastarse?
O la vez que estuve en casa de Luis, cantando canciones de dibujos animados de nuestra infancia con Bego.
¿y por qué no mencionar, la de veces que me ha aguantado Pablo todo mi mal carácter, comiendo basura y paseando por su barrio mientras me enseñaba los sitios dónde jugaba a “pato aventuras” en su infancia?
¿hace falta mencionar, todas las veces, que la gente me ha llamado, se ha preocupado por mí y me ha hecho sentirme más querido que nunca con sólo dedicarme unos minutos cuándo más lo necesitaba?
O mi entrañable amistad con Juan Pedro, que consiste en quedar para andar hasta ventas e insultarnos, denigrar los méritos del otro hasta convencernos mutuamente de que no valemos nada.
Ha sido en esas situaciones en las que me sentía más traicionado, cuándo he valorado a mucha gente y más me he dado cuenta de lo afortunado que era a pesar de desear estar muerto.
Pero ahora he asumido, que si un día me dejan de llamar, si de repente tanta discusión no lleva a nada más que a amargarme la vida, me apartaré sin dudarlo demasiado tiempo. Esperaré. Respetaré ese distanciamiento o lo aplicaré para evitar mayores problemas. Reflexionaré desde la distancia, para no hacer algo de lo que luego me arrepienta y sino, buscaré nuevas posibilidades y procuraré no mirar atrás. En la vida se cierran etapas y las necesidades y la paciencia varían. Seguiré queriendo a casi todas esas personas que dejé atrás, seguiré sintiendo remordimientos por el daño que pueda hacer, pero ante todo pensaré en mí mismo. Eso, lo he aprendido en carne viva, de las personas en las confié o confío. A unas las respeto y quiero, pues algo me han enseñado de la vida, de la libertad y de la posesión. En cambio, bailaré sobre la tumba de otras, porque su enseñanza, sólo viene motivada por el egoísmo, la hipocresía y el vacío de sus vidas, con el que justifican su completa falta de interés por quien no sea ellos mismos.
Siempre me sentiré mal cuando vea que alguien se sigue acordando de mi e intenta que nos veamos. Pero juzgo los actos, no las palabras. Y hay ciertas cosas que no las motiva únicamente el rencor, sino la certeza de lo que es más conveniente y sincero para con uno mismo. El camino al infierno está lapidado de buenas intenciones, decían por ahí. Me da igual que alguien me diga que me quiere, si no me quiere como espero. Muy mal suena eso, ¿verdad?. Ahora lo matizo... No me importa ser yo quien llame, no me importa ver a una persona cada día o verla una vez cada dos meses. No me importa si alguien me escucha o no. Me da igual si alguien es tonto o listo, si es frívolo, pijo, alternativo, comunista o simplemente gilipollas. Tengo los amigos más diversos. Me considero tolerante, pero hay una excepción que puede dejar a muchísima gente fuera. No soporto la mentira, no soporto la hipocresía, no soporto a las personas que no tienen nada en cuenta el daño que pueden originar sus actos. En definitiva, no soporto la inconsciencia, aunque también hago muy amplias excepciones con personas que demuestran su afecto, aunque no siempre respeten algunas cosas. Es cierto que nunca nos amarán como deseemos, pero todo tiene un límite. Y lo mediocre es conformarse con lo que viene, en vez de escoger lo que es bueno y ético.
Ahora mi vida es hedonista, epicúrea. Disfruto de la compañía de la gente más que nunca, prácticamente de cualquier gente. Confío en muy poca, espero cada vez menos de ellos, pero me hacen feliz con su compañía, su conversación, aunque todo lo que me digan esté plagado de falsedad. No entran en mi vida privada, me entretienen y siento afecto por ellos. A algunos, los llego a querer, pero la implicación que tuve en su día, está cada vez más muerta. Yo me siento ahora libre, feliz y sólo puedo reírme de tanta miseria propia y ajena para poder seguir adelante. Creo tener los mejores amigos del mundo y no sólo de forma subjetiva, sino que estoy convencido de que también lo son de forma objetiva. En ese sentido no tengo nada que envidiar a nadie. Puedo envidiar la inteligencia, la capacidad de trabajo, quien sabe si la salud o cosas así. Pero las amistades que tengo, en cierto sentido, son mérito mío. Por muchas vidas no he pasado indiferente y algunos son los que se han arrepentido de perderme, aunque ello no haya motivado la más mínima autocrítica por su parte. En cambio, otra gente no ha visto nada en mí, como siempre pasa en la vida. Sin embargo, creo que no me arrepiento de haber perdido a casi nadie. Un día abro los ojos, o sencillamente algo muere y ya está. Hice lo que pude. Cometí errores y los traté de enmendar. Pero no me quedo normalmente con la sensación de lo que pude o no hacer.
Siempre hay excepciones y siempre hay un apego, pero si se es consciente de que se ha hecho lo que se ha podido, ya sea en las relaciones o en los objetivos que uno se marca, la frustración no debe existir. La autocrítica es necesaria, pero sin que sea malsana y destructiva. El remordimiento, también porque sino, se pierde la consciencia del daño que se puede hacer muchas veces. Pero hay que asumir, que muchas pérdidas, son necesarias, casi imprescindibles para poder seguir avanzando y evolucionando. No podemos adecuarnos a cualquiera, ni podemos hacer que todos nos entiendan. Difícil ya es que no es respeten. La inconsciencia no es excusa o al menos no es problema nuestro. En la vida hay que seguir una selección natural y eliminar todo aquello que no es bueno para nosotros. Eso endurece el carácter, destruye algo de nuestra parte afectiva, pero si nos paramos a pensar mínimamente en que el afecto de los demás, casi siempre es mera necesidad y que jamás tendrán en cuenta nada más que sus propias necesidades, entonces la decisión se vuelve mucho más fácil.
Y todas esas personas, amigos, amantes, familiares, que van por la vida defendiendo su completa libertad, sin un ápice de autocrítica... que sólo entienden sus propios problemas y jamas tienen en cuenta los de los demás, son personas fácilmente prescindibles y su cariño es simplemente, la mentira que se repiten a ellos mismos, pero no la consecuencia de sus actos. Si, sienten afecto, pero de ese que mencioné, gratuito. Muchas veces ofendo a personas casi sin proponérmelo, cuando me río un poco de que me pregunten por mi vida o me suelten consejos y demás historias. Si cuándo tuvieron una mínima trascendencia y poder de influir en mi vida, ya fuera para mejorarla, ya fuera para evitarme un daño y no hicieron nada, porque todo era problema mío y sus problemas y necesidades eran infinitamente más importantes...¿para qué preguntar? ¿cómo se puede ser tan imbécil? mira que no me considero inteligente, pero lo curioso es que se ofendan. Yo pregunto a mucha gente por sus vidas y no me importan mucho. Hubo un día en que que existió algo más que afecto y ese sentimiento persiste. De alguna forma te interesan esas personas, pero obviamente, salvo que sea algo grave, tampoco moveré un dedo por ellas, ni éstas por mí. Mera curiosidad, la puedo entender, o educación. Pero no aparentaré que me importan. Todo lo demás es falsedad o estupidez.
La mayor parte de las personas son sólo palabras, palabras y más palabras. Y yo eso se lo dejo a los poetas y a los filósofos, que son un buen ejemplo, de personas que no hicieron nada importante en sus vidas, salvo escribir y compadecerse. De casi todos ellos, rara vez se puede sacar un buen ejemplo de persona que vivió la vida. Se tiraron a cuatro idiotas, necesitadas de una mentira y que pronto cayeron en el mismo abismo de desgracia, que provocan personas que no hacen nada, más que dedicarse al “saber”. Un escritor que me encanta es Chejov, precisamente porque retrata ese tipo de personas aburguesadas, que somos nosotros mismos ahora. Gente que solo reflexiona sobre la vida que no vive. Por esa razón, nada de lo que la gente me diga, me lo podré llegar a creer. Es decir, creerme, me lo creo todo. Alguien me cuenta una historia y no me planteo cuestionarla, salvo que sea demasiado inverosímil. Pero en el momento en que esa historia pueda tener la más mínima influencia en mi vida, ya será algo distinto.
Poco a poco voy descubriendo lo genial que es tomarse la vida con un poco de hipocresía, cinismo e ironía. Mostrar interés en las historias más triviales, en las personas más triviales. Hacerles creer de forma pasiva que te interesan, aunque en ningún momento prometas o afirmes algo que sepas que es mentira. Vivir esa vida de completa armonía con el entorno que te rodea, adaptándote a cada circunstancia sin perder la ética, pero perdiendo prejuicios, manías y demás limitaciones que sólo te impiden descubrir una faceta más de la vida que hasta entonces no conociste por algo llamado “principios”.
Pero creo, que mi vida es plena. Nada se puede comparar a los días en que toco el piano y algo me sale, en que apruebo exámenes y hasta creo saber algo de lo que estoy escribiendo. Los días solitarios en que escribo alguna de estas tonterías y alguien me llama para comentarme que se lo ha leído y me cuenta sus impresiones. El mismo placer de escribir, de pasar de un conjunto de ideas sueltas al enfrentamiento con un razonamiento más objetivo al intentar plasmarlas en el ordenador. El sin fin de libros, películas que disfruto en la intimidad, con ese momento de dicha, tan íntimo que nadie más podría compartir de la misma forma que tú. Y luego, por supuesto ese placer distinto que tiene el compartirlo.
Todos esos momentos se eclipsan si se tiene una depresión fuerte. Entonces no eres capaz de hacer nada, de disfrutar de nada de lo antes mencionado. Pero también hay una serie de trucos para enfrentarse a ello. El mejor, es rodearse siempre de personas. No quedarse nunca sólo para seguir obsesionándose con el mismo tema. Unos días para reflexionar y si nada se consigue, entonces rodearse de buenas personas para olvidar, para no pensar y para sentir la vida de cerca.
Un ejemplo podría ser, la salida cuyas fotos titulé “la última noche”. Fue un día realmente malo, en que concurrieron distintas experiencias desagradables y estaba realmente deprimido. Pero me forcé a salir, como otras veces. Estuve en un sitio que me encanta y al final de la noche, con algunos de mis mejores amigos. Y con tanta tristeza, pero tantas ganas de vivir, de sentirme bien que fue una noche genial, conmovedora y decisiva para lo que intento mostrar aquí. Bebes, gritas, te quejas, te desahogas y al día siguiente lo que más te importa es la resaca que tienes y limpiar tus venas de tanta porquería.
Hay un algo de belleza en la melancolía, las depresiones, el compadecerse por un rato a uno mismo. Puedes llegar a disfrutar de ese pequeño drama que te montas, te expresas, te emocionas...
Es como, cuando discutes con tu novia y al momento haces el amor. Aún te sientes triste por el daño que has podido hacer o sufrir, pero entonces, el sexo, el amor, son mucho más intensos, más vitales. Te aferras a esas emociones e instintos con una fuerza inusitada y las percibes con mayor plenitud.
De nada guardo mejores recuerdos, que de caminar por las calles con un amigo o dos, borrachos perdidos y contándonos las penas, sin ninguna vergüenza de nuestra tristeza, sacando todas nuestras frustraciones en un momento, abrazándonos y riendo sin parar de nuestro patetismo.
Hasta de un momento triste se pueden sacar experiencias entrañables.
La depresión casi siempre lleva asociado un sentimiento de ira, de vergüenza, a veces rencor y muchas otras cosas. Ese odio, ese desprecio por los demás o por uno mismo, puede ser un gran acicate para clavarse en el orgullo y canalizarlo en alguna meta concreta. Es sintiendo vergüenza de uno mismo, cuando el espíritu puede regenerarse y acometer cualquier empresa.

La siguiente fuente o pozo para la felicidad, está en mentirse o no a uno mismo. En mis debates con Edgar, éste mencionó que conocía bien la vida quien menos se auto engañaba. Hay algo de cierto en eso. Opino, que la mayor parte de la población es infeliz o termina dándose cuenta de que es infeliz por haberse mentido. En unos casos, por seguir a rajatabla lo que les han enseñado desde críos, creyéndose un sin fin de dogmas. Piensan que la felicidad, está en una buena carrera, un buen trabajo y la pareja que guste a padres y amigos. Al principio se lo creen, quien sabe si algunos hasta el final de sus vidas. No lo se, no estoy en sus cabezas. Obviamente, siguiendo un camino prefijado la vida se vuelve más fácil, pero sin elección, creo que tiene poco sentido.
Lo malo, es cuando esas relaciones de apariencias empiezan a mostrar su verdadera forma de ser, cuando esa carrera o curros ideales muestran que pueden no ser lo que a uno realmente le gustaba, sino aquello que hicieron por la inercia que motiva el entorno. Un día todas esas historias caen por su propio peso y la gente reacciona de forma algo patológica. No quiero mencionar el sin fin de relaciones que conozco, que parecen tan ideales pero a las que siempre falta algo. Dios sabe cuántas infidelidades he encubierto, sin contar todas las que no han podido ser por falta de suerte, o cuántas veces he sido el chivo expiatorio de las mentiras que alguien le tenía que dar a su pareja para que esta persona pudiera hacer lo que le viniera en gana, sin perder a ese ser querido que no era capaz de aceptar o entender ciertas libertades.
Eso sin contar cuántas relaciones veo que rompen y vuelven durante años para que al final no quede nada. No veo mal tratar de solucionar las cosas y lo comprendo si se quiere a alguien, pero lo que no es lógico es mentirse a uno mismo y pensar que la otra persona cambiará. El único cambio que se puede esperar, es de uno mismo y con cierta moderación, pues ya tenemos un carácter forjado e ir contra él puede ser perjudicial. Hay quien piensa que la gente cambia. Yo opino, que en términos absolutos no. Se pueden disimular defectos de carácter, ser ligeramente más hipócrita o algo más amable para acondicionarse al entorno, pero las cosas básicas ahí están. Un ejemplo típico para justificar el cambio estaría en cómo cambian nuestras ideas políticas de algo extremadamente revolucionario y social a lo conservador y egoísta. No creo que eso sea cambiar, sino que las personas, con el tiempo y con la observación de los propios actos, muchas veces se va concienciando de la contradicción que existe entre sus ideas y su forma de actuar en la realidad. Es ahí cuando amoldan sus ideas hasta ser un poco más consecuentes consigo mismos.
Volviendo a la primera categoría de auto engañados, decir, que tiendo a no admirar excesivamente a la gente que ha triunfado en la vida. Sonará que es por envidia y puede que así sea, pero voy a intentar justificar mi razonamiento.
En un principio, admiro cualquier acto que represente voluntad, esfuerzo, valor. Pero al rato, me planteo qué lo ha podido motivar. No es el mismo tipo de valor que demuestra un soldado en combate, descerebrado, incapaz de entender lo que es la muerte, o que haya algo más aparte de la guerra, a la persona que conoce con plenitud la vida y aún así se sacrifica por algo en lo que cree a pesar de que no necesite hacerlo. Hay un abismo de distancia.
Pues en la vida real es más de lo mismo. La mayor parte de la gente muy voluntariosa, ambiciosa, trabajadora incansable ha mamado todo eso en casa y nunca se ha planteado si es bueno o malo. Lo hacen instintivamente. Por supuesto, con muchos de nosotros lo han intentado nuestros progenitores y no lo han conseguido, así que algo de mérito tiene. Pero digamos, que esas personas lo asumieron instintivamente de pequeñas y no se lo plantearon de forma reflexiva o adulta. Luego les vino muy bien para conseguir muchas de las cosas que se proponían y al menos, en buena parte se han podido adaptar a la sociedad y obtener los beneficios que esta ofrece. Sin embargo, de tanto creerse esas fórmulas que tienen tan metidas, en la mayor parte de los casos que conozco, no han sabido entender su entorno, las personas que lo forman y se han frustrado al ver, que tanto esfuerzo no les daba la felicidad, pues no encontraban el amor que deseaban, solo una mera ilusión. En cambio, si que admiro con toda mi alma, a personas que han podido cambiar realmente, que no hacen algo bueno para sí mismas o para su entorno de forma espontánea, sino tras una decisión, tras haber vivido la parte contraria. Hay un lema que dice que hay que temer la bondad de los débiles. Estoy completamente de acuerdo. Su bondad no radica normalmente en algo decidido de forma libre, sino del temor al rechazo social. Son buenos, porque aún te necesitan. Quítales la razón de su necesidad hacia ti y su comportamiento será sorprendentemente distinto. Esta idea la repito sin cesar, posiblemente esté en otros textos, pero normalmente carezco de la suficiente imaginación para mis ejemplos. Lo mismo le pasa a las personas que han sido inculcadas de una moral. Tarde o temprano caen en una contradicción. La moral, ha de ser algo distinta para cada persona y sino, pues la gente se comporta de forma algo enfermiza y peligrosa. Una paradoja de la moral de la iglesia, sería como en los últimos años, posiblemente por haber desaparecido las campañas del uso del preservativo ha aumentado considerablemente el número de abortos.
En definitiva, tarde o temprano estas personas algo descerebradas de comportamientos de hijo ideal chocan con sus realidades y sueños y tratan de llevarlo a cabo a espaldas de la vida que sea han creado, siendo infelices de por vida, teniéndolo todo en apariencia.

Ahora está el segundo caso, mi favorito y el que he vivido más de cerca. Quizás porque siempre me he movido entre gente peculiar, muy dada a pensar, leer, filosofar y no hacer nada. Es posiblemente el colectivo hacia el que más insultos y desprecio he manifestado. Desde mi punto de vista la gente más peligrosa, porque tienen la capacidad de ver un poco mejor lo que les rodea y el comportamiento mezquino para tergiversar, relativizar la realidad y la ética a su gusto. Tienen, mejor que nadie, la capacidad para comerse el mundo, porque han nacido con algo más de inteligencia, curiosidad o una educación familiar algo más liberal y cultural. Es decir, tienen una mayor libertad de elección y una menor justificación para dejarse llevar por la inercia. Sin embargo, es esa libertad la que les oprime y amarga. Por la razón de percibir mejor la realidad, opinan que nada tiene verdadero sentido, porque todo es una gran mentira y cualquier meta en esta vida es lo que la sociedad nos vende.
Me parece una excusa preciosa justificar no hacer nada, solo porque no se le encuentra sentido. Lo que faltan son cojones. Lógicamente, al tener una mejor capacidad intelectual, las cosas fueron bastante fáciles en la infancia, ya sea en los estudios, como en la vida social. Eso embriaga el ego, pero llega un punto en que la vida pone algunos obstáculos. Y es cuando esas personas malcriadas y malacostumbradas, ya sea por su entorno, ya sea por los dones que les ha ofrecido la naturaleza, que optan por esconderse de esa nueva realidad, por negarla, por difamarla, para justificar su inadaptación, su incapacidad para hacer sacrificios y el esfuerzo necesario. Igual pasa con la ética. Optarán por crear la suya propia, basándose en la relatividad de todo. Así no podrán sentirse culpables por su mediocridad o su mezquindad, porque todo será discutible, cuestionable y lo único importante será su derecho a hacer lo que les venga en gana. Pero esa libertad de acción, esa inadaptación a la moral que les rodea, a las necesidades que la sociedad exige, les hará caer en la frustración de no conseguir nada y también en la soledad. Para eso también encontrarán respuesta, en la estupidez de quienes les rodean y en la sociedad deshumanizada que les exige ser productivos.

¿y qué es ser inteligente, listo? ¿qué es conocer la verdad del mundo, de la vida? Para mí solo hay una, la que me hace feliz y no tiene que parecerse en nada a la de las demás personas, pero suele tener mucho en común. No es dueño de la verdad quien se amarga, no es sabio, ni inteligente quien no sabe adaptarse al entorno que le rodea por no traicionar unos principios. Entre otras cosas, porque los traiciona al alimentar su vida de sueños y esperanzas, sin poner jamás la resolución suficiente para conseguirlas. Lo meritorio no es sólo conseguir cosas en esta vida, sino hacerlo sin traicionarse a uno mismo. Pero tampoco es excesivamente meritorio, no traicionarse y ser mediocre en muchos sentidos. Y ser mediocre, en el sentido amplio del término, también puede ser una traición.
La vida es sencilla, se basa en cuatro placeres y ante todo en el amor. Lo demás, solo lo enriquece, refuerza esas cosas básicas.

Cierto es, que unos días pienso en todo lo que acabo de decir, siempre con la duda de ser exactamente lo que critico, convertirme en lo que odio.
Lo tengo todo, creo ser feliz porque he elegido lo que soy y lo que tengo. Quisiera hacer más, pero si no lo hago es porque así estoy bien y no compensa. Pero la vida, mi vida, es voluble y precisamente cuando más feliz soy, más me conciencio de que se avecina alguna catástrofe. Unas veces creo tenerlo todo y otras no le veo sentido a nada.
Y eso días, pienso en la chica del piano que reflejé en “Medio Pollo” y esa imagen, esa melodía, me obsesionan.

 

 

 


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