Abro el único armario que queda, en lo que antaño fue una casa, entre
perchas vacías, testigos mudos de su antiguo esplendor, dos chaquets de
perfectas hechuras, lucen orgullosos.
Como cada noche, y en aras de mantener mi imagen, debo ducharme con
agua helada, ya que hace tiempo que no disfruto de gas ni electricidad.
Tras el gélido sacrificio, mi tembloroso cuerpo busca refugio en una
botella de brandy, tras un generoso trago, empiezo a entrar en calor.
Me enfundo en el brillante chaquet, observo mi excelente porte en un
roñoso espejo, un toque de esencia y estaré listo.
El portero me sonríe al verme entrar, espera mi generosa propina, tras
años de experiencia, uno sabe con quien debe ser generoso y con quien
no. Educadamente me saluda, abre la puerta, evitándome la indignidad de
hacer cola, ¡que 10 euros más bien invertidos!
Una vez en el interior me acerco a la barra, estudio con detalle a
todos y cada uno de los distinguidos caballeros que despreocupadamente
disfrutan del ambiente nocturno. Uno de ellos llama mi atención, parece
un gañán que acaba de salir del pueblo, la elegancia, la distinción no
debían figurar en su vocabulario, si el dinero, que parece suplir el
resto de sus carencias.
Me acercó a él, tras una breve introducción y dos bromas más que
ensayadas, obtengo el premio, dos invitaciones a champán, con una copa
de Moët & Chandon, ya puedo continuar mi viaje.
No consigo despegarme al cretino este, pero mientras vaya pagando,
puedo tolerar sus golpes en mi espalda, sus chistes groseros o los
“piropos”, que ruborizarían hasta al maestro de obra más curtido del
mundo.
Impaciente, con las manos sudorosas, encamino mis pasos hacia lo que yo
denomino “mi templo”, mis sentidos están excitados, en alerta máxima,
percibo los corazones palpitando, las risas, la ebria alegría, la
sobria desesperanza.
Ya casi puedo ver las mesas de juego, la ruleta, los crupiers, las
fichas saltando sobre el tapete, los ojos inyectados en sangre de los
jugadores, los senos erizados de las damas, que confían su futuro a una
caprichosa bola manipulada.
Mi terapia nunca funcionó, como todas las noches dejaré, en alguna de
las mesas, lo que no tengo, lo que no tendré jamás. Sé que ésta, puede
ser una de mis últimas actuaciones, hace tiempo que agoté todos los
plazos. Sólo deseo que sea recordada como inolvidable, glamorosa,
elegante, refinada.
Para mí quedará la humillación de ser golpeado por rufianes hampones,
la vejación de morir en una infecta esquina, de desaparecer sin el
adecuado protocolo. No obstante trataré de mantener mi dignidad hasta
el último suspiro, hasta el último hálito de vida, así me lo enseñaron,
así lo haré.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.
Ningún usuario añadió este texto a sus favoritos.