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La cita
Una casa, de unos cincuenta años, de ladrillo. En la
entrada, un jardín algo descuidado, con un porche. Se acerca una joven, de
cierta hermosura, pero sin ser llamativa. Tampoco lo es en su forma de vestir,
completamente informal. Sólo hay algo que llame la atención en ella: sus
grandes y oscuros ojos de largas pestañas sugerentes de inteligencia y ternura
en las mujeres.
Se dirige con una leve sonrisa hacia esa casa, de la que ha oído hablar en
bastantes ocasiones. Es el hogar de un conocido, que perdió hace algún tiempo a
su familia y vive solo. Ha oído hablar de esa casa, porque cada cierto tiempo
se montan fiestas de amigos en ella. Unas veces tertulias y otras, reuniones
más descontroladas. Últimamente ya no hay fiestas. Parece que al dueño ya no le
guste hacerlas. Sólo recibe visitas de tanto en tanto. Puede que, poco a poco,
él se vaya volviendo más introvertido, o quizás simplemente perezoso. Entra en
el jardín, que tiene algunas hermosas flores, a pesar de parecer un poco
abandonado.
Ella no puede contener una sonrisa al imaginarse a ese hombre plantando flores.
Ahora piensa, por qué está aquí. Se conocieron en la universidad, hace ya un
par de años. Cada uno tenía su pareja formal y todo parecía irles bien.
Sencillamente sentían mutua simpatía el uno por el otro. Se saludaban y
hablaban de sus cosas. Tenían algunos gustos en común, pero tampoco muchos. Era
sólo un trato cordial. Poco a poco, las vidas de ambos fueron en declive. Sus
relaciones, fueron naufragando o vieron la mentira en la que vivían con sus
respectivas parejas. Dejaron de verse por un tiempo. Ambos reaccionaron ante el
dolor, buscando la soledad, o acercándose más a las personas que en las que
podían confiar. La vida se volvió oscura y se iban olvidando de todas esas personas
que estaban a su alrededor y por las que sintieron alguna simpatía.
Sencillamente ya nada tenía el encanto de antes, ya nada parecía verdadero.
Tarde o temprano coincidieron, se contaron sus problemas, vieron que se
comprendían el uno al otro. Se sentían unidos por su común desgracia. No había
deseo entre ambos, no había amor, solo un vínculo de tristeza, que hacía que no
sintieran vergüenza de sí mismos al hablar una y otra vez de sus patéticas
historias.
Luego, poco a poco, empezaron a hablar de otras cosas. Se fueron animando el
uno al otro, a base de coger confianza y poder comportarse con naturalidad.
Parecía una auténtica amistad lo que se estaba fraguando, pues ya se habían
abierto el uno al otro, aunque hubiera sido más por necesidad, que por confianza.
Ver que compartían gustos literarios o que ambos tocaban un instrumento, eran
cosas que les hacía sentirse aún más unidos, a pesar de que eran conscientes,
de que esas cosas no significaban nada. Las personas, que más les habían
perjudicado, siempre habían tenido mucho en común con ellas. Pero su relación
se iba fraguando, sin ninguno de ellos proponérselo. Sencillamente se iban
viendo más, porque se agradaban el uno al otro, porque así la vida les
resultaba más amena. Hacían bromas sobre lo que tenían, pero siempre lo veían
todo como algo ficticio. Sencillamente ya no creían y consideraban todo una
fantasía agradable, que pronto se acabaría. No tenían fe en ello, pero sin
embargo, las ansias de ser felices, de vivir, hacían que aún así, se siguieran
buscando el uno al otro.
Un día surgió la idea de que cada uno mostrara al otro sus habilidades
musicales. Por supuesto, comenzó siendo una broma, pero al final la idea les
atrajo. Esta era la primera vez que quedarían a solas y esa era la excusa o
quizás, una reunión completamente desinteresada. Ni ellos mismos lo sabían.
Ahora, estando ella en el jardín, apoyó la caja de su violín y la mochila en el
suelo y se quedó sentada un momento en el porche, contemplando esas flores.
Había una brisa fresca y estaba atardeciendo. Esa casa, el barrio algo viejo,
adquirían una cierta sintonía con el día que se iba acabando. Estaba contenta
mirando el paisaje y el tiempo se le iba pasando. En esos momentos, daba igual
toda esa tristeza acumulada, toda esa impotencia, ese rencor. Esa desilusión
quedaba mitigada por una mera imagen de la naturaleza y la creación humana. Lo
demás, parecía ya no tener importancia, mientras hubiera cosas así. Y hoy, iban
a tocar música, a tomar un buen vino y ella había cocinado un bizcocho de
chocolate con el que se chuparían los dedos. Si con eso no se podía ser feliz,
poco más había en esta vida para serlo.
Por fin llamó a la puerta y apareció él (quien sino) con unos vaqueros y una
camiseta. Ciertamente, no era una cita o ambos querían aparentar que no lo era.
Se sonrieron, se dieron dos besos y él la hizo pasar. La casa, era toda de
madera por dentro. El parquet, crujía al andar, como si estuviera hueco. Las
paredes, estaban llenas de estanterías o forradas con madera en su defecto. Se
podían respirar tantos libros antiguos y la sensación era sobria, pero
agradable. También había unas cuantas plantas en el interior. Estaba claro, que
le gustaba la jardinería y encontraba cierta paz cuidando de esos seres vivos
silenciosos.
La casa era un tanto agobiante, parecía como si se fuera a echar encima. Pero
al mismo tiempo, tenía vida, tenía calor y por todas partes se encontraban
cuadros, libros y trastos recogidos en un sin fin de sitios del mundo. Sintió
envidia de una casa así, pues debía ser el tópico sueño de cualquier
intelectual. Pero al mismo tiempo, esas cosas le eran un poco indiferentes y
era capaz de conformarse con un par de amigos, algo que leer, que tocar y poco
más. No tenía muchas más ambiciones. Tiempo atrás, ya había entendido que no
era capaz de ser feliz con meras satisfacciones materiales. Todo lo que podía
hacerle feliz, lo iba interiorizando, poco a poco, a base de observar e
interpretar su entorno. Leer un poema por ejemplo, era su mejor forma de
acostarse, unas veces con una sonrisa, otras con cierta tristeza al asociar
ideas del pasado. Satisfacer sus ambiciones personales sólo había llenado su
ego brevemente, pero le hacía sentir que su vida era algo vacío. Por supuesto,
la vida era más agradable con dinero y éxito social, pero siempre le terminaba
faltando algo. Hablar con una amiga de sus cosas alguna noche o algo como lo de
hoy, tenían mucho más significado en su vida. Había aprendido a ver ese
significado a base de perder muchas veces y sentir esa soledad que todos tienen
en la desgracia.
Dejaron el bizcocho de chocolate en la cocina, que estaba sorprendentemente
limpia para tratarse de un hombre. La mesa ya estaba puesta y para darle más
encanto a la velada, había puesto él, velas por todas las estanterías. Cenaron
algo sencillo y tomaron un estupendo Ribera del Duero. Él se deleitaba cada vez
que entraba el suave vino en su garganta, preguntándose como podría alguien
vivir sin algo así. Una cena deliciosa, un vino estupendo y una mujer
encantadora, con la que podía hablar con naturalidad, sin tener que medir
constantemente sus palabras. No podía haber nada mejor.
Se pusieron manos a la obra. Primero tocó él al piano, pero no tenía mucha
maña. De cualquier modo, ella le escuchaba con atención y parecía disfrutar. Hubo
un poco de todo, desde clásicos a canciones más actuales, pero todas entonando
con el ambiente de madera, libros, velas e intimidad que les rodeaba.
Después llegó su turno. Ella llevaba tocando diez años el violín y practicaba
con frecuencia. Su instrumento era capaz de reproducir notas mucho más
intensas, con más matices. Pasaba por todos los tonos, que no eran capaces de
hacer sonar las inmóviles teclas de un piano. Mientras ella tocaba, él sentía
un constante escalofrío en su espalda, una emoción contenida que parecía
manifestarse en sus ojos vidriosos.
Tras tantos meses de pena, de compadecerse, de intentar acabar con todo,
incluso de sentir ira al ver que la gente era feliz y él por más que lo
intentaba no lo era... contemplar, a esa chica dulce y sincera, tocar tan
maravillosamente ese instrumento mostrando toda la belleza que es capaz de
crear la condición humana, le estaba haciendo sentirse más feliz que nunca.
Posiblemente no hubiera valorado ese momento, si no se hubiera sentido tan
desgraciado hasta hace bien poco.
Ahora todo parecía hermoso y no quería pensar en nada más. Ni en mentiras, ni
en traiciones, ni en falsas amistades, ni en nada. Ahora todo daba igual, sólo
existía la música, el violín y la persona que lo tocaba.
Cuando ella terminó, él se quedó mudo, pálido, emocionado y ella sonrió al ver
el efecto que había causado. No necesitaba oír nada más.
Él le propuso que salieran al jardín trasero a tomar la última copa de vino y
el bizcocho de chocolate.
Allí se apoltronaron en unas tumbonas. Las típicas que se usaban en las fiestas
para los que quisieran fumar petas o soltar rollos filosóficos de madrugada con
dos copas de mas. El ambiente era fresco, pero sin que hiciera frío. El cielo
estaba lleno de estrellas, gracias a que la ciudad era pequeña y no había tanta
contaminación lumínica.
Hablaban de un sin fin de tonterías y por breves momentos se quedaban
observando el cielo de la noche. En un par de ocasiones se miraron en silencio,
pensando lo que hacer en un momento tan hermoso, pero al final, soltaban algún
chiste y seguían contándose anécdotas de la vida, rotas por esos incómodos
silencios, provocados por el recuerdo de con quien se vivieron y la
desagradable idea de que no volverían a aparecer.
Era en ese instante, cuando más buscaban mirar las estrellas, cuándo más se
necesitaban el uno al otro. Pero ya fuera por la pereza provocada por el vino
ingerido, como por sensatez, preferían no hacer nada. Así estaban bien, esas
dos personas, de corazones rotos, de ilusiones desencantadas, disfrutando el
uno de la compañía del otro, sin buscar o necesitar nada. Por eso era perfecto,
por eso había naturalidad en sus palabras, en sus gestos, en sus miradas. Por
eso no había inseguridad o temor a perder a la otra persona y por eso había sinceridad.
No necesitaban nada más.
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