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LOS LABERINTOS DE LA GRAMÁTICA
Por José Dávila A
Don Letrilla Romancillo y Coplas, al fin se jubiló. Toda su vida la consagró a la comunicación: trabajó en la pequeña oficina postal del pueblo “Los Adobes”, en donde ni las moscas se paraban. Como buen lector de libros clásicos y contemporáneos, se le metió el gusanito de la escritura; de escribiente se transformaría en escritor. Al fin absuelto por la burocracia, tal como lo había prometido, se sumergió en la apasionante aventura de la narrativa dispuesto a crear su propio universo.
Vivía solo y solo escribió.
Las cuatro paredes de la habitación eran mudas oyentes de las historias, buenas por cierto, cuando leía en voz alta. Inquieto, con la incertidumbre calándole la confianza, decidió que oídos ajenos le calificaran. Así pues, acudió al cafetín de la plaza principal en donde gente como él acostumbraba a reunirse para matar el tiempo platicando de tiempos idos.
Prisionero de la turbación manifestó el deseo de leer unos cuentos. Los escasos parroquianos aceptaron impasibles. Romancillo y Coplas estaba dispuesto a rescatarlos de tan perezosa rutina. Acopiando valor, respirando profundo, leyó. Al concluir, escuchó un aplauso entusiasta. No lo podía creer. Su letra había gustado y era gentilmente felicitado, al parecer, con sinceridad. Uno de ellos preguntó: “¿Don Letrilla, cómo se aprende a escribir?”
El cuentista pensó rápido, hizo un examen de conciencia y contestó espontáneo:
“Hay que leer para aprender, pero leyendo a los autores buenos. Cuando te decidas a escribir, deja libre la mano; permite que señale el camino. Si la frenas lo echarás todo a perder; déjala en libertad y después síguela”.
A las pocos meses, la mesa del café se había convertido en el taller literario conocido como “Los Vagabundos”. Era, pues, la mesa de los “intelectuales” como se bautiza en las metrópolis a la gente pensante. La vida en Los Adobes había cambiado. Los “adobianos” escribían liberando afanes y pesares, ilusiones y fantasías. En una de las vivificantes tertulias, de pronto surgió una propuesta: “Don Letrilla, ¿por qué no convoca a un concurso literario?” El recién jubilado se quedó sorprendido y confesó: “No sé cómo se elabora una convocatoria. Pero, podría indagar en la gran ciudad”.
-Pues hágalo, nosotros lo patrocinamos.
-¿De veras?
-Claro, no dejemos que el viento barra nuestras obras. Deben perdurar...
Entonces el guía de “Los Vagabundos”, advirtió: “Si deseamos concursar, también debemos escribir mejor ¿no creen?”
-Por supuesto.
-Para tal caso -observó muy docto- propongo inscribirme en un curso de redacción para actualizarme; el acervo acuñado lo compartiré con ustedes. Hasta entonces lanzaré la invitación.
-¡Aprobado!
Romancillo y Coplas, fue despedido con aclamaciones en la estación del tren, dejando atrás un difuso aleteo de pañuelos blancos y lágrimas de emoción. Optimista viajó, consciente del grave compromiso adquirido. Tal como lo prometió, se inscribió en un curso abierto de una reconocida universidad. Risueño se presentó al primer día de clases y se ruborizó al comprobar que era el único vejestorio en el salón; todos eran jóvenes estudiantes de licenciaturas, incluyendo al maestro. Tímido se sentó en un rincón antes las burlonas miradas de los profesionistas del mañana. Sacó lápiz y cuaderno. Atento se dispuso a escuchar y tomar notas.
El profesor no perdió tiempo, abrió el libro de estudio y empezó a leer el prólogo del autor: “Redactar bien es construir la frase puntual, breve, original, y clara. En los primeros temas a tratar considero prioritario hablar algo de gramática, pero para ello procuraré evitar el “gramaticalismo”, o sea, el concepto muerto de la gramática clásica que concibe el idioma con sentido estático”.
A don Letrilla el corazón le pegó un brinco. Se quedó atónito. “¿A qué hora se murió la gramática clásica? ¿Cuándo la enterraron?” –pensaba y recordaba: “Clásico, según el diccionario, se aplica a la lengua, el estilo, las obras, a los genios pertenecientes a la época de mayor esplendor de una evolución artística o literaria. Igualmente a todo aquello que se adapta a las normas consideradas como fórmula de perfección. Si la gramática clásica ya había fenecido, ¿también la música clásica? ¿Y qué de la pintura, la escultura, el teatro y la literatura? ¿Dónde sepultaron lo clásico de los clásicos?”
En tales reflexiones se encontraba extraviado, cuando le llegó la voz del maestro: “De alguna forma, los aquí presentes hemos estudiado gramática demasiado gramaticalmente, porque esos estudios se concretaban a un conjunto de reglas muertas, frías, sin vida. Ahora es necesario darle a esas reglas ¡nueva savia!”.
¡Vóitelas!
Don Letrilla razonó: “Si las reglas estaban sin vida era natural que se mantuvieran frías y de necesidad muertas. Cualquier aprendiz de forense así lo dictaminaría”.
Al día siguiente regresó a la casa de estudios seguro de que la gramática renacería de entre los muertos, como Lázaro lo hizo después de permanecer en su tumba. Entró silencioso y se arrinconó de nuevo. Presto se concentró y cuando escuchó la fórmula sobre la división silábica, las normas del acento gráfico y las formas correctas de puntuación, no le pareció que el añejo testamento gramatical tuviera diferentes innovaciones con referencia a las reglas de la nueva ola.
Sin embargo, cuando el maestro se refirió a los enunciados de aposición, adnominal, núcleo del sujeto, núcleo del predicado, objeto directo, objeto indirecto, modificador circunstancial, modificador adjetivo del sujeto, modificador del adverbio, frases modificadoras específica o explicativa, se quedó turulato.
Al segundo día, al abordarse el leísmo, laísmo, loísmo y queísmo; la decadencia del modo subjuntivo imperfecto, pluscuamperfecto y el problemático futuro hipotético, los gerundios modal, temporal, condicional, casual, concesivo, explicativo y de acción inmediata, así como las frases de relativo por un adjetivo seguido de un complemento, la aplicación de una preposición sola o seguida de un sustantivo, el reemplazo de pronombres por el relativo o por el adjetivo seguido de un sustantivo, don Letrilla se quedó aún más turulato.
Al tercer día, se abrió fuego con el “sintagma” nominal, adjetivo, verbal y preposicional; después se hizo referencia a los casos nominativo, acusativo, dativo, genitivo y vocativo, para cerrar con los neologismos, barbarismos, solecismos y telecismos, no sin antes hablarse de la coherencia entre la idea principal y las ideas secundarias, de las cuales unas tienen relación directa y otras no. A estas alturas, Romancillo y Coplas ya no distinguía entre los artículos indefinidos, las preposiciones, las comas o los pronombres personales.
Por lo tanto, estaba superlativamente turulato.
Para colmo de males, desde el inicio del famoso seminario, don Letrilla no fue ajeno al relajamiento de la conducta prevaleciente en el aula. Le molestaba el irrespetuoso proceder de los estudiantes, quienes parloteaban, contaban chistes, fumaban, dormían, salían y entraban azotando la puerta del salón. De igual forma, cuando pasaban a escribir en el pizarrón lo hacían con tan cavernícolas faltas de ortografía que cínicamente se carcajeaban de su propia ignorancia. ¿Y el maestro? El maestro proseguía las lecciones con indiferencia coagulada.
Al término de la sesión, el romántico escritor, inocente, preguntó a los compañeros de banca el motivo de tan explícito desinterés. La respuesta fue contundente: “Nosotros estudiamos el “inglish”, no el “espanish”; el “espanish” es una materia optativa que obliga nuestra asistencia, nada más. ¡El “inglish” nos hace superiores!”. Don Letrilla, ya no estaba turulato, sino totalmente apendejado.
Al cuarto día ya no regresó a la universidad. Al grupo “Los Vagabundos” anunció el inmediato retorno. “¿Tan pronto?”, se preguntaron unos. “Aprendió rápido”, concluyeron otros..
Por la tarde, en el andén de la estación del ferrocarril ya aguardaban el comisario ejidal, la banda de música de viento del maestro Alcibíades, y por supuesto, el grupo intelectual de “Los Adobes”. Apenas apareció por la escalerilla del vagón, los cohetones atronaron en las alturas, se dejó escuchar la marcha de Zacatecas y los vítores se desbordaron.
Él sonrió amable, ocultando el desencanto. Levantó los brazos solicitando silencio y anunció solemne. “Compañeros, la historia del cuento es la historia del hombre, entonces ¿para qué hacerla de tanto cuento? En este mundo banal nada nuevo hay que aprender. Mañana publicaré la primera convocatoria literaria de nuestro querido pueblo”.
El júbilo fue explosivo. Toda la noche se cantó, bailó y bebió.
Al día siguiente, en el cafetín y en cada uno de los postes y árboles de la plaza principal, estaban clavados los pliegos prometidos. La gente, desde temprana hora, se arremolinaba y leía:
Pueblo de Los Adobes, Guanajuato. Gto., 19 de marzo del 2005.
Convocatoria Abierta al Cuento de
Premio Scherezada
Bases:
Primera.-El tema a tratar será antiguo: desde
Segunda.-Los participantes obligatoriamente deberán ajustarse a las reglas gramaticales de sujeto, verbo y complemento.
Tercera.-Los trabajos no excederán de tres cuartillas en papel revolución y necesariamente tendrán que oler a naftalina
Cuarta.-Los cuentos pueden ser manuscritos o mecanografiados a doble renglón en la vieja máquina Oliver del club “Los Vagabundos” .
Quinta.-El original deberá ser acompañado con tres copias. Para tal efecto se utilizará papel carbón. (Prohibida la computadora)
Sexta.-Sólo podrán participar los escritores jubilados, pensionados o miembros eméritos del Instituto de la Senectud.
Séptima.- Los trabajos se recibirán del cinco de mayo del 2005, al cinco de mayo del 2006. Los escritores radicados más allá de nuestras fronteras enviarán su participación por correo postal –prohibida la mensajería- Por experiencia propia, se les concede un año de gracia en relación al cierre de la convocatoria. Por norma, se respetará la fecha de envío del matasellos.
Octava.- El jurado será integrado por los más añejos burócratas del pueblo.
Novena.- Se extenderán reconocimientos al segundo y tercer lugar.
Décima y última.-El cuento triunfador será celosamente resguardado en un polvoso rincón de la historia. Quizá un siglo después, un joven antropólogo se adjudique el hallazgo y en la vitrina de un museo lo exhiba como un homenaje a la gramática clásica.
Genial. Me gusta mucho tu estilo, con una nota burlona sobre la realidad. Deberías editar un libro de relatos, creo que tendrías mucho éxito.
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