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Enviar un mensaje privado Autor Rafael
“LOS COYOTES FLACOS”
Poe José Dávila A.
Inhóspita tierra atormentada por el Sol.
Un desierto sin fin en donde nunca se atisba el horizonte. Sólo arenales sobre arenales y más arenales. Violentas tolvaneras disputan su territorio con remolinos que nublan y ciegan. Cactus huérfanos que desafían su entorno infernal.
Es un mundo extraño, tan extraño que de día y noche es amortajado por el recurrente ulular del viento. Es un mundo en constante evolución; ignora el descanso y en cada nuevo amanecer desnuda un laberinto de nuevas formas en complicidad con la Luna.
En el centro de la nada desfallece la ranchería de “Los Coyotes Flacos”, un conjunto de ruinosas chozas en donde nació Zoilo Cleto y que por agua bendita, el día de su bautizo, le fue amarrado un paliacate en su rostro justo al ras de sus ojos para mirar sin tropezar y respirar sin que el polvo le taponara las narices.
Es por ello que a los habitantes, ¿qué digo?, los fantasmas vivientes de “Los Coyotes…”, se les conoce mejor por el mote de “Los Tapados”.
Quienes ahí viven ignoran las razones del inexplicable asentamiento. Los fundadores, los ancianos patriarcas que confiaron la historia en los callejones de su memoria, ya habían fallecido. En efecto, ni testimonio documental y menos aún existe ser humano que diera razón. Quizá la existencia de un pozo de agua que nunca se agota, fuese la razón de permanecer ahí por quienes antaño se aventuraron a cruzar ese océano de infierno.
¿De qué subsisten los “tapados”? De matar coyotes y cada vez escasean más. Es por ello que a Zoilo Cleto se le ocurrió la idea de intercambiar comercio con sus vecinos de los “Huizaches”, una ranchería más próspera que se localiza al pie de una cordillera montañosa a doce días de un solitario camino, tan solitario que da miedo andarlo.
La idea de Zoilo fue bien recibida por sus vecinos ¿pero qué podían intercambiar por otra comida que no fueran coyotes?
-¡Agua! –dijo replicó Cleto sin dudarlo.
La proposición dejó boquiabiertos a los “tapados”.
Tras uno minutos de asombro y espera, preguntaron: “¿Y en qué llevarás el agua?”
Zoilo, muy seguro de sí, respondió con seguridad: “En barriles”
-¿En qué barriles? -se cuestionaron atónitos.
-En los que voy a traer de los “Huizaches” –advirtió y sin más se puso en marcha.
Quienes vieron partir a Zoilo Cleto, no dudaron que decía verdad. Y sin mediar más palabras le dejaron ir con la seguridad de que pasaría mucho tiempo antes de saber de él y, en el peor de los casos, el tiempo se confabularía para olvidarlo.
Una interminable procesión de polvaredas iba y venía como hojas de un calendario sin días ni semanas. De Zoilo ni el silencio respondía.
Sin embargo, un día sin saber si correspondía al mes de nuestra Señora del Rosario o al final de la cuaresma, retornó Zoilo con una desvencijada carreta repleta de barriles tirada por dos famélicos burros que sin duda les atormentaba un intenso dolor cabeza. Nadie se atrevió a indagar el misterio que representaba la posesión de aquellos bienes terrenales de alto costo y sin más los llenaron de agua para que Cleto partiera sin demora y adquiriera los alimentos básicos que requerían.
De nueva cuenta desde el día que desapareció en el desierto con su valiosa carga, no se volvió a saber nada de él. El tiempo transcurría ajeno al calendario de Galván. Sin embargo, con admirable resignación se celebraron algunos responsos y novenarios bajo el desvencijado techo de la casa de doña Milagros. Una vez cumplidos los días de guardar, el olvido borró el nombre de Zoilo y se racionó la carne de coyote.
En una brumosa mañana de agosto o septiembre de un ruinoso anuario, al fin llegó Zoilo con sus barriles vacíos. Feliz, desembarcó latas de atún, sardina, chiles en salmuera, arroz, frijoles, hogazas de pan, quesos, patatas, girones de ropa, y ¡una docena de cervezas!
Maravillados, los “tapados” bendijeron a Cleto y dieron gracias al cielo por no comer más coyotes. A su vez, se bebieron las cervezas en un dos por tres, tan calientes como agua hirviendo. Desearlas frías era pedirle demasiado al Señor…
Zoilo, no interrumpió sus idas y venidas, trayendo prosperidad a “Los Coyotes Flacos”, hasta que un día harto de arriar con los burros, se presentó con una carga misteriosa que llevaba cubierta por una lona. Los vecinos, curiosos, pronto se aglomeraron en torno a él, preguntándole que llevaba a bordo. El joven mensajero, después de recitarles un largo discurso de que estaba harto de tanto ir y venir en ancas de burro, decidió gastar sus ahorritos para actualizar sus menesteres.
Aguardó de propósito unos segundos para impacientar la expectación popular. Luego, de un golpe retiró la lona y apareció una destartalada motocicleta que semejaba un ruinoso conjunto de fierros viejos: salpicaderas rotas y abolladas, manubrio oxidado, asiento desgarrado, un agotado motor grasiento que pasaba aceite, amortiguadores carcomidos en donde se descubrían vestigios de metal cromado. y llantas tan lisas como las nalgas de un recién nacido. En sus mejores tiempos presumió de un color rojo encendido, ahora sucio y deslavado.
Un ¡ah!, de sorpresa se escapó de las gargantas de los “tapados” Sus ojos no daban crédito. En verdad se trataba de una motocicleta, desvencijada, pero al fin motocicleta. Por fin, la ranchería se incorporaba al siglo XXI.
Zoilo Cleto se mostraba la mar de ufano. Ahora el servicio de mensajería era de “primer mundo”.
-¿Pa’ qué quieres una motocicleta, Zoilo Cleto? - le preguntaron con visible incredulidad.
-Para ir y regresar más pronto. ¡Estoy harto de los burros!
-Pero si los burros se enferman, se pueden curar. ¿Y la motocicleta?
-También hay cura para ella.
¿Quién la cura?
-Don Virtuoso, el mecánico de los Huizaches.
-¿Y tiene gasolina?
El joven mensajero, se sonrojó, tragó saliva y con evidente desconcierto, cuestionó:
-¿Cuál gasolina…?
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