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Enviar un mensaje privado Autor Rosario
―¡Váyase al cuerno, Doctor! He perdido diez kilos en dos meses, porque las hormigas se comen mi carne, y usted me pregunta si fui un niño deseado.
Era un paciente extraño. Los médicos del cuerpo decían que estaba sano. Llegó para que yo comprobase si su mente también lo estaba. Probé varios tratamientos para lograr un equilibrio que me permitiera iniciar la terapia, pero como vi que el deterioro físico se agudizaba, decidí abordar el problema. Comencé con las preguntas básicas sobre las frustraciones de la infancia, que causan la mayoría de las patologías en los adultos y me sorprendió su violenta reacción.
―No se ofenda ―le dije intentando calmarlo― en su subconsciente se encuentra la razón de su dolencia y solo emergerá si usted es capaz de verbalizar el trauma que la produce.
―¡Doctor! ―gritó― no es un trauma, es un hecho. Es mi bisabuelo. Ocurrió en Egipto ―continuó en voz más baja―, durante un crucero por el Nilo. En Karnak visitamos los templos y en el de Maat, una luz rosada que bajaba de la diosa, me envolvió. Me asusté y ya en el barco temblé cuando el guía me explicó que aquella luz me había reconocido como reencarnación de un antepasado mío fallecido de muerte violenta.
―¿Y usted se creyó esa historia? ―pregunté.
―Allí no, pero al regresar del viaje aparecieron las hormigas..
―¿Y que tienen que ver las hormigas con Karnak? ―inquirí.
―Mi bisabuelo era contramaestre en un barco que hacía una ruta comercial por las costas de África. En uno de sus viajes, tuvo una aventura amorosa con la esposa de un jefe de tribu. El Tribunal de Ancianos lo condenó a muerte. Lo enterraron en la arena hasta la altura del pecho y lo embadurnaron con miel. Las hormigas, miles de ellas, acabaron con su vida. El espíritu del jefe escarnecido no se ha conformado con una muerte y quiere hacerlo morir de nuevo en mí.
Seguí escuchándolo y luego, para tranquilizarlo, hice que se desnudase, la camisa impoluta, la camiseta blanquísima.
―¿Lo ve? ―dije triunfante― ¡No hay hormigas!
El hombre, agachó la cabeza abatido. Alzó los hombros en un gesto casi imperceptible y luego se sentó, con los brazos colgando a lo largo del cuerpo.
Di la vuelta a la silla y me dirigí a mi mesa para escribir la receta de un nuevo tranquilizante. Al pasar junto al hombre, éste se puso en pie y luego se agachó para recoger su ropa, que había caído al suelo. La espalda morena, todavía musculosa, recibió de lleno la luz de la lámpara.
―¿Siempre tuvo tantos lunares en la espalda? ―pregunté.
El hombre ignoró mi pregunta y comenzó a ponerse la camisa. Lo detuve.
―¿Qué importa ya? ―dijo él― No será el cáncer, sino las hormigas, las que acabarán conmigo.
No le contesté. No podía hacerlo. Mi atención estaba centrada en los lunares. Brillantes bajo la luz. La piel oscura casi transparente. Y bajo ella la febril actividad de innumerables cuerpecillos negros que realizaban un trabajo implacable de destrucción..
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