Enterró a su hijo en una fecha señalada, el día de todos los Santos;
cuando los cementerios se llenan de gente que acude a presentar sus
respetos a quien llevan años lejos del mundo de los vivos. No era capaz
de recordar si había mucha o poca gente acompañándoles, porque ella se
sentía tan sola como cuando le dio a luz. Al fin y al cabo eran dos
momentos parecidos e igual de dolorosos. Poco importaba que entonces y
ahora hubiese gente a su alrededor y que algunos incluso le sostuviesen
la mano unos instantes e intentasen consolarla. El dolor no se iba a
marchar por meras palabras de consuelo ni palmaditas en la espalda. Le
habían quitado una parte de su alma y sentía que hoy de nuevo aquel niño
que había parido hacía 24 años volvía a desgajarse de sus entrañas y
tenía que devolvérselo a la tierra, dura y fría en aquella mañana de
otoño.
¿Cómo llegó de nuevo a su casa
cuando todo acabó? No podía recordarlo; no era capaz de decir si había
llegado a pie desde el cementerio, tan cercano, o si alguien había
tenido el detalle de acompañarla. Sólo sabía que en algún momento tuvo
que haberse tomado una pastilla para dormir, porque a las once de la
noche abrió los ojos y estaba acostada en su cama. Había dormido un
sueño artificial, que no la dejó descansada, pero sirvió para anestesiar
durante un rato su alma doliente.
Se levantó despacio, sintiendo en cada
hueso y en cada músculo el peso de sus cincuenta años, pero sobre todo
de su dolor y su tremenda soledad; de su vacío. Necesitaba estar cerca
de su hijo; no soportaba dejarle solo aquella primera noche. El
cementerio era tan frío, en lo alto de aquella loma desde la que se veía
el mar y el pueblo entero, asentado a los pies de la montaña, enroscado
como un animal de piedra que se dispone a dormir la siesta. Sin
pensarlo dos veces se vistió y emprendió el camino desde su casa al
cementerio. Llegó pronto, porque estaba tan cerca que no necesitaba
caminar más que cinco minutos. La cancela estaba solo entornada; no tuvo
más empujarla suavemente y ya estaba en el camposanto. Los nichos de su
familia, donde estaban enterrados sus padres y abuelos, y ahora aquella
joven vida que ella había traído al mundo, estaba en uno de los
extremos del cementerio, dando al mar. Aquella noche ardían las velas
por el alma de los difuntos, y el lugar resplandecía en la noche oscura y
callada. Se acercó despacio al lugar donde las coronas y ramos de
flores señalaban el lugar donde yacía aquel cuerpo que ella tanto había
amado y cuidado. No lloró; el cuerpo humano tiene un caudal limitado de
lágrimas y ella había acabado con el cupo hacía ya mucho tiempo; quizá
cuando se enteró de la enfermedad que tarde o temprano se llevaría a su
hijo. Sus ojos estaban secos y pensaba que ya siempre lo estarían. Pero
no hace falta llorar para sentir dolor, porque es un mal que va por
dentro, que lacera el alma y corroe las entrañas como un ácido.
Se sentó en el suelo, al pie del frío nicho de
piedra, del último hogar de su hijo. Y rezó como nunca lo había hecho,
para que hallase la paz, para que en algún momento, de alguna manera,
ella pudiese tener la tranquilidad de que se hallaba bien, allá donde
estuviese. Se daba cuenta de que no quería dejarle marchar todavía, y
por eso buscaba una señal que le permitiese tener con su hijo un último
acto de amor: dejarle ir. Pero, ¿Cómo podía hacerlo si no tenía la
seguridad de que iba a estar bien? Pensaba que de alguna manera podría
aprender a vivir con su dolor si sabía que el alma de su hijo estaba en
un sitio distinto de este nicho de piedra y cemento.
Cuando el día clareaba
entre las copas de los árboles que se mecían a la entrada del
cementerio, abrió la madre los ojos. Lamentaba haberse quedado dormida,
porque había venido a velar el alma de su hijo, y al final el cansancio
la había vencido. Pero por otra parte se encontraba extrañamente
aliviada, porque por primera vez no había tenido pesadillas ni había
oído los lamentos de una cruel enfermedad, sino que había soñado que su
hijo venía a verla tal y como le gustaba recordarle: alto y fuerte,
risueño, animoso, y le decía que la quería, que estaba bien, y que ya
debía marcharse, que le esperaban lejos.
Lástima que fuese solo un sueño. Se
levantó trastabillando de cansancio, con los huesos entumecidos por la
noche pasada al relente. Y fue entonces cuando se dio cuenta de que
tenía en la mano dos canicas azules, apretadas en el puño. Las mismas
que había metido en el bolsillo de su hijo cuando ella misma le
amortajó. Aquellas canicas le habían acompañado siempre en su infancia,
en sus juegos, y ella quiso que le acompañasen también en su último
viaje. Quizá, solo quizá, aquello no había sido un sueño.
Emprendió el camino a casa con el corazón más
ligero y por un momento pensó que tal vez fuese capaz de seguir adelante
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.
Ningún usuario añadió este texto a sus favoritos.