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Enviar un mensaje privado Autor Nieves
Se acercó lentamente al ataúd. Sin embargo, lo primero que pensó no fue en el dolor que sentiría al verlo por última vez, ni siquiera sabía si sería capaz de sentir auténtica compasión o tristeza por él. En realidad pensó en lo brillante que era aquella caja de madera y se preguntó si su tacto sería tan suave y frío como parecía. Se increpó por su irreverencia y se obligó a continuar caminando por aquella sala del tanatorio hacia el ataúd que permanecía dentro de una especie de gigantesca urna, mostrando al público toda la realidad de la muerte. La luz blanquecina daba al lugar un aspecto lechoso. Tenía la certeza de que todos la examinaban como a un actor en su debut, fijándose en su apariencia y disposición y ella debía comportarse como esperaban, una pobre viuda abatida y destrozada. Sin embargo, sus sentimientos eran contradictorios, estaba confusa.
Cuando llegó pegó la frente en el cristal y miró con detenimiento a su marido muerto. Lo observó desde la cabeza a los pies y, otra vez, desde los pies hasta la cabeza. Sus cabellos rojizos se disparaban en distintas direcciones y los mechones se levantaban como alambres gordos y tiesos.
- Siempre has tenido el pelo muy rebelde - murmuró.
La viuda se entretuvo un momento en la cara de su marido. Estaba pálido como toda aquella habitación y tenía un aire estúpido. Sí, estúpido. Ni tranquilo, ni feliz, ni relajado, su marido había muerto con cara de estúpido, debido, probablemente, a que la muerte lo pilló por sorpresa. Una mano sobre su hombro la sobresaltó haciendo que se ruborizara como una adolescente pillada ante sus más íntimos pensamientos.
- Mi más sentido pésame, Aurora. Ramiro era un gran hombre, es una pérdida irreparable - le dijo, con gran solemnidad, el jefe de su marido, vestido de riguroso traje negro para la ocasión.
- Gracias, Juan. Te agradezco mucho que hayas venido. Ya sabes que él te tenía un gran afecto - mintió.
Por detrás de Juan asomó la cara de su mujer con una irritante mueca de falso dolor y dos dedos de maquillaje.
- Querida, no sabes cuánto lo siento. Era todavía tan joven..., ¿qué tenía, 60 ó 61 años?- dijo con voz demasiado aguda para el momento.
- Gracias, Marisa. 57, tenía 57 años - respondió mientras acercaban sus caras y daban unos ridículos besos al aire.
- Bueno, nosotros nos vamos. Y ya sabes, si necesitas algo no dudes en llamarme, ¿vale? - le dijo Juan.
La viuda los vio salir de la sala. Estaba segura de que hablarían de ella y no para bien.
- Menudo par de idiotas - le susurró una voz por detrás de su cabeza.
No le hizo falta volverse para saber que era su hermano.
- ¡Vaya, Luís!, ¡qué pronto has venido!- le dijo dándole un par de besos, -“Y todavía sereno, qué detalle”- pensó.
- Le he pedido al jefe el día y he salido de viaje esta mañana temprano. Y tú, ¿cómo estás?
- Cómo quieres que esté, destrozada. Ha sido todo tan rápido... - se lamentó Aurora.
- Estos infartos tan fuertes no perdonan - añadió su hermano.
Luís se acercó a la urna y miró al muerto con curiosidad, como si esperara encontrarse a otra persona. Al cabo de unos segundos dijo:
- Parece tranquilo, ¿verdad?
- Sí, supongo que ahora estará tranquilo - respondió.
- Bueno, si no te importa, me voy a la cafetería a tomar un café. ¿Quieres que te traiga algo? - dijo Luís.
Sus palabras salían entrecortadas y titubeantes. Su nerviosismo por la falta de alcohol era más que evidente.
- No, no me importa. Vete tranquilo que yo estoy bien. Y no, gracias, no me apetece nada - dijo la viuda sabiendo perfectamente que su hermano no iba a tomarse ningún café, más bien un par de copas de coñac.
Ese había sido siempre el gran problema de Luís: el alcohol. Desde joven, la bebida era su punto débil, hasta que, de manera inevitable, cayó en la enfermedad. Era alcohólico, y esta maldición le perseguía desde por la mañana hasta la noche. Aurora sentía lástima por él. Sabía que la adicción de su hermano lo condenaba a estar sólo y así seguiría, porque ninguna mujer aguantaba con él más de dos o tres meses. Sus borracheras eran casi diarias. Todo el mundo pensaba que tarde o temprano lo encontrarán muerto en su piso, o, peor aún, tirado en cualquier callejón sucio y mugriento.
Aurora sintió un calor angustioso y salió de la sala repleta de personas que apenas lograba reconocer y que la miraban de reojo sin parar de hablar. Era lo único que sabían hacer, hablar y cotillear. Sus voces se colaban en su cabeza martilleándola como una vieja aldaba. No lo soportaba. Pensó en la farsa que recorría la sala como el humo de los cigarrillos. Ella sabía que su marido no era una buena persona, no caía bien. No venía a cuento todo aquello, tanto suspiro absurdo sobraba.
El tanatorio comenzó a llenarse de gente. Las diez salas que había para los velatorios eran un continuo ir y venir de personas de todas clases. Unos lloraban de auténtica tristeza y otros de auténtica hipocresía. Miró el gran panel luminoso que había en la pared, justo encima de la mesa de información. En él se indicaba el nombre de los fallecidos, la sala dónde estaban y la hora del entierro. Parecía un panel de estación de trenes informando la hora de llegada y salida del próximo tren. Sus ojos se pararon en el nombre de su marido y lo leyó en voz baja:
- Sala dos, Ramiro de
Un repentino ataque de risa le subió por la garganta. Le costó no soltar una fuerte carcajada, para ello, se mordió el labio inferior hasta sentir el sabor de la sangre. Sólo así consiguió mantener la compostura.
Regresó a la sala dos y se sentó en el sofá que había delante de la urna donde estaba expuesto su marido. Pensó en su matrimonio. Dudaba si en algún momento había sido feliz y no recordaba cuándo la rutina se adueñó de su vida. Estaba todo el día sola en casa. Al principio limpiaba y limpiaba de manera compulsiva para que todo estuviera impecable, se compraba libros y revistas de cocina para conseguir recetas variadas y originales con las que sorprenderle. Pero a él le daba lo mismo. No apreciaba su tremendo esfuerzo por agradarle. Cuando Ramiro llegaba a casa sólo hablaba de él, de su trabajo, de lo bien que lo hacía todo, de lo incompetentes que eran sus compañeros y de la falta de autoridad de su jefe. Siempre lo mismo, siempre de mal humor, siempre él, él y él. Y ella no contaba para nada. Nunca contaba. Aurora estaba convencida de que su marido la consideraba un trasto inútil porque no había podido darle un hijo. Aún recordaba el día en que el ginecólogo les dijo que ella era estéril. Aquella maldita palabra la golpeó con tanta fuerza que le produjo náuseas y calambres. Jamás olvidaría la cara de decepción de su marido. Desde ese momento, una sensación de vacío se alojó en su cuerpo como un parásito, y esa sensación la acompañaría el resto de su vida, como la indiferencia y el rechazo de Ramiro.
- Hola, Aurora - le dijo una voz suave de mujer.
Aurora se sobresaltó y, por un instante, dudó de qué hacía ella en ese lugar. Miró hacia la mujer joven que se había sentado a su lado y lo primero que le llamó la atención fue su belleza y su elegancia y, sobre todo, pensó que en su vida la había visto. Aquella persona era una perfecta desconocida, que, sin embargo, la había llamado por su nombre.
Sin saber qué decir se limitó a un “hola” que surgió apocado y ridículo. Permanecieron en silencio mirando el ataúd al otro lado del cristal. El rumor de la gente llegaba fuerte, como las olas en una noche de tempestad.
Aurora empezó a sentirse incómoda. Se levantaba de vez en cuando para saludar a algún familiar o conocido que se acercaba para darle el pésame y, después de las típicas palabras frías y sin sentido, volvía a sentarse.
- Qué lamentable es la muerte, ¿verdad? - dijo la mujer sin despegar los ojos de la urna.
Aurora la miró de reojo. No sabía qué contestar.
- ¿Sabes una cosa, Aurora? Creo que tu marido no fue feliz contigo - soltó de pronto, como un latigazo, ¡zas!
La viuda se quedó atónita.
- Sin embargo - continuó la mujer despacio -, conmigo, creo que sí. Porque pude darle aquello que más deseaba: un hijo.
Pocas veces era capaz de expresar auténtica rabia, pocas veces la había experimentado; porque Aurora era una mujer mansa, a la eterna espera de la felicidad. Por ello todos quedaron perplejos al verla insultar, roja de ira, a la hermosa joven que permanecía sentada en el sofá; hasta ella misma se asustó al oír el sonido de su propia voz que no reconoció hasta pasados unos segundos.
- ¿Qué pasa?, ¿qué ocurre, Aurora? - preguntó su hermano mientras corría con torpeza hacia ella visiblemente bebido.
La sujetó por los hombros y la obligó a mirarle.
- Pero, Aurora, ¿qué estás diciendo?, ¿no te das cuenta de que todo el mundo te está mirando?
Y era verdad. La gente se amontonaba en la puerta de la sala dos, incluso las otras salas se habían quedado vacías. Todo el mundo quería ver el espectáculo de la viuda. Algo distinto, algo para recordar.
Pero, a pesar de todo, Aurora le gritó a su hermano que se callara y comenzó a insultarle también a él, en un lenguaje de lo más extraordinario. Un amigo de su marido, al que ella apenas conocía, le pidió que se calmara, pasando después a suplicarle un poco de cordura en aquel comportamiento tan inapropiado para lo delicado de la situación. Pero la viuda estaba tan absorta en sus invectivas que lo ignoró completamente.
Al cabo de unos minutos, tal y como vino, la cólera desapareció. Aurora quedó de pie en mitad de la sala, en silencio, con la respiración agitada como si acabara de realizar un tremendo esfuerzo físico. Miró a su alrededor y vio un montón de rostros expectantes, nadie hablaba, ni se movía. Parecían un grupo ridículo de maniquíes. Poco a poco el público empezó a regresar a las salas donde sus muertos aguardaban solos, y el rumor incesante de los velatorios continuó como si nada hubiese ocurrido.
En ocasiones basta una situación, o una idea, o una persona, para cambiar la manera de ver las cosas. Aurora lo descubrió de pronto, como si alguien hubiera apartado una pesada cortina y la luz del sol entrara a empujones en su cabeza. Por fin, podía enfrentarse a la vida con aire distinto. Ya no tenía por qué buscar aquello que la reconfortara. Su confusión había llegado a término. Ahora estaba segura, sin remordimientos. Acababa de conocer el motivo por el que no llamó a tiempo a los servicios de urgencia, un motivo bello, joven y cruel. Su larga espera en el sofá del salón con el teléfono en la mano, mientras su marido se moría en el suelo de la cocina víctima de un inesperado infarto, estaba justificada.
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