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Enviar un mensaje privado Autor Rafael
LA SONRISA ES MAGIA
Por Rafael.
Cuando me dijeron que era una persona alegre, me tomó de sorpresa y tan sólo se me ocurrió cuestionar en qué se basaba dicha aseveración.
-Por qué sabes sonreír –me respondieron.
-¿Tan sólo por eso? –se me ocurrió interrogarr sin reflexionar.
-¡Claro! Recibir una sonrisa siempre alivia.
Hasta entonces jamás me había pasado por la cabeza el efecto sanador que lleva consigo una sonrisa. Quizá, porque aún era demasiado joven no lo comprendí bien a bien y la enseñanza quedó empolvándose en el rincón del olvido.
Así tan cual, deambulé por el camino de mi existencia si preocuparme o no, desde esbozar un ligero y picaresco movimiento de labios, hasta la gran sonrisa abierta derivada de un obsequio, una broma pesada o inocente, un abrazo de “oso”, la culminación de un chascarrillo, una afirmación silenciosa de la mujer amada al aceptar mis sentimientos hacia ella y, ¡cómo olvidarlo!, cuando ante el altar, al recibir el anillo de bodas , dijo con una inolvidable ternura y pícara mirada que luchaba por controlar la inminente sonrisa de felicidad, al pronunciar el “sí” concluyente.
Sonreír parece ser cosa fácil cuando se deriva de la espontaneidad. Pero qué difícil es hacerlo en circunstancias difíciles y dolorosas, más aún cuando no se quiere confesar la tristeza que te oprime alma y corazón.
Sonreía a la vida por tener un trabajo exitoso, una mujer comprensiva y que, de ser necesario, se “ponía los pantalones” para resolver un problema cuando yo dudaba o estaba ausente. Sonreía ante el nacimiento de mi primer hijo y después el segundo y el tercero. Pero dejé de sonreír a causa del fallecimiento de mi padre, tiempo después el de mi madre, y finalmente el de mi hijo primogénito.
El aura que iluminaba mi vida, se apagó tras un ventarrón de calamidades. Entonces estaba liado con la muerte en una batalla desigual, la culpaba de todos mis males: si me iba de la “patada” en la oficina, si carecía del dinero suficiente para el “gasto”, si un carrusel de malestares me confundieron con un conejillo de indias... ¡Vaya!, me irritaba hasta si amanecía nublado.
Sí sufría pérdidas irreparables, no las aceptaba. Reñía con la vida en una contienda que nunca ganaría: entonces me torné en un hombre huraño, en una sombra viviente.
Sin percatarme, arrastré a mi familia hasta el borde del precipicio. Fue hasta que me abandonaron, cuando comprendí que había desperdiciado un tiempo precioso a causa de un enfermizo aislamiento.
La vida es una lección diaria. En ocasiones se tiene tocar fondo para entenderlo. No me bastó tocar fondo, no, nada de eso, ahí me quedé. ¡Pero qué estúpido fui! Ahora lo comprendo y gracias a Dios, no demasiado tarde.
“EL día que vuelvas a sonreír, ese día volverás a nacer”, me dijo con sabiduría mi esposa antes de partir al más allá. Su ausencia me dolió aún más, pero me había dejado un gran legado.
Desde entonces, han transcurrido muchos días, meses y años, sonriendo para afuera y sonriendo, fundamentalmente, para mi yo interno. Si, en efecto; soy un abuelo que aún añora la convivencia con mi esposa, que no se olvida de sonreír, y cobijado por el amor de mis cuatro hijos y diez nietos.
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