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LA PISTOLA VENGADORA

Rafael

Autor Rafael

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Publicado el 11/11/2009 | 282 Visitas | 0 Comentario(s)

 

 

LA PISTOLA VENGADORA

Por Rafael

 

En mi barrio de los Tepalcates existe una sabia sentencia popular que  a la letra reza: “Donde hay un muerto, hay dos…”

Desde el tiempo de mis  remotos antepasados nació tal leyenda,  después de que Pedro Leandro fue abatido a balazos por el celoso padre de la  jovencita que pretendía; pocos días después el vengador topó con la misma guadaña, sin que se le conociera enfermedad  o dolor de  muelas.

Simplemente se le encontró  idéntico número de agujeros de bala que le recetó entre pecho y espalda a su víctima. El perito examinador, sin ocultar su asombro, concluyó que se había utilizado la misma arma homicida, la cual no se había encontrado y menos aún se tenía sospecha de la personalidad del vengador.

El desconcierto de las autoridades no encontraba la salida del laberinto que embrolló  el caso “Pedro Leandro” y ante su impotencia, empezó  a surgir la cábala popular. Todo mundo  discernía diversas hipótesis e inventaba leyendas  de que los muertos se aparecían,  juraba  haber visto el alma en pena de Pedro Leandro; de que se asesino no fue el posible suegro, sino la novia en un arranque de desesperación, y que en los Tepalcates se había cernido la maldición.

 “Fue el espíritu de Leandro que reclamó  justicia para poder descansar en paz”. “Ay un vengador invisible en la Tepalcates”. “Aunque no es Semana Santa hay  que encender tres sirios pascuales y dejar que arda  su llama perpetua en el sitio donde  se encontraron los cuerpos de Pedro y Leandro y de su celoso finado suegro” .

Para acabar de amolar, una semana después de estos acontecimientos, el perico parlanchín de Pedro Leandro, amaneció más tieso que una piedra y al siguiente día, el perico del candidato a suegro, también corría la misma suerte. Sin embargo, los dos fallecieron sin herida de bala, sino de congestionamiento en el buche.

A todo lo anterior, se sumaba el hecho de que la pistola no aparecía por ninguna arte. Sin embargo, no había noche que no se escucharan una docena de balazos. Quien armándose de valor organizaron una partida para cazar a quien se divertía echando balazo al cielo, pronto se arrepintieron de su osadía. Tras cinco noches de calma total, según el sereno,  de golpe y porrazo en el callejón de los “Besos Escondidos”, vieron flotar el alma asesina revestid< de un halo de misterio que hasta daba miedo.

D icen testigos, aún con el pánico en los ojos, que flotaba por las calles y apuntaba al pecho de quien se topaba con ella. Era la pistola sola, nadie la portaba , como si tuviera uso de razón y disparara no balas sino advertencia. Una leyenda más nación “La pistola bailadora”. Era cosa de dar terror: más fácil era apresar gandules, que fantasmas facinerosos.

Entonces ya no había duda. Existía una maldición en el poblado y a  partir de entonces los inquilinos de los Tepalcates se guardaban en sus casas desde temprana  hora y semanalmente ocurrían a misa de ocho, para pedir por un buen comportamiento, pues deseaban  que sus almas se elevaran n al cielo libre de heridas mortales.

¡Ah!, sobre todo se cuidaba mucho de comprar pericos.

 

 

 

 

 

 



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