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Enviar un mensaje privado Autor Nieves
Los últimos latigazos de la vida pueden ser los más duros y dolorosos, porque suelen venir acompañados de hechos que permanecían olvidados en algún polvoriento rincón de la memoria. Los recuerdos son llaves con las que abrimos puertas. Pero, tras ellas, unas veces encontramos estancias cálidas y acogedoras y otras, por el contrario, nos topamos con habitaciones oscuras y frías.
Me costó mucho cerrar aquella puerta. Y ahora...
Como todos los días a las once de la mañana, me dirigía al parque que había detrás de la residencia. Y también como todos los días, iba acompañada de Juan, el auxiliar encargado de sacarme a tomar el sol.
Nuestro paso era lento y cansado, pues mis piernas, ágiles en otro tiempo, caminaban ahora hinchadas y torpes. La verdad es que a los ochenta años el cuerpo ya no está para nada. Durante el trayecto Juan no paraba de hablar, y siempre de lo mismo: su equipo de fútbol había vuelto a perder. Y yo siempre le aconsejaba lo mismo:
- Lo que tienes que hacer es cambiarte de equipo.
- No, señora. Uno no es un traidor. Con el equipo se debe estar en lo bueno y en lo malo. Hasta la muerte.
Nunca entendí esas tonterías. Hablaba más de la supuesta fidelidad obligada al equipo que de la que debería tenerle a su novia. Lamentable.
Una vez en el parque buscábamos un banco vacío frente al estanque. Al llegar, primero me sentaba a mí con cuidado y luego lo hacía él. Durante unos minutos permanecíamos callados mirando las barcas que flotaban ligeras sobre el estanque y a los patos que nadaban indiferentes a todo lo que sucedía a su alrededor. Siempre me abstraía observando maravillada el reflejo irisado del sol sobre el agua. Aquella luz brillante bailaba inquieta como si gozara de vida propia.
Tras un breve espacio de tiempo, que oscilaba entre los diez y quince minutos, Juan se levantaba como impulsado por una descarga eléctrica y me decía:
- Bueno, Julia. Me voy a tomar un café. Enseguida vuelvo. ¿Le parece bien?, ¿necesita algo?
- No, Juan. Vete que yo estaré bien - le contestaba sabiendo de sobra que lo que tomaba no era precisamente un café, más bien un par de cervezas.
- No se mueva de aquí, ¿eh?
Menudo idiota, que no me moviera; pero ¿adónde pensaba que podría ir?
Y entonces me quedaba sola en un banco del parque, lejana a todo y a todos. Y mis pensamientos se vestían con una delicada tristeza. En esos instantes sentía en mi espalda el peso de los años. Eran tantos... y habían pasado tan rápido. Me tenía que resignar a ver los días transcurrir de una manera tan monótona que era difícil de soportar, porque nunca sabes cuando ocurrirá. Un día, simplemente, no me despertaré; otra vieja que va al hoyo, punto y final. Y el mundo seguirá girando sin mí.
Pero aquella mañana algo cambió.
- Perdone, señora. ¿Está libre este sitio? - me dijo una voz profunda y, a la vez, cautivadora.
Tras un pequeño sobresalto miré al hombre que esperaba una respuesta. Era mayor, más o menos de mi edad. Iba impecablemente vestido con traje negro y sombrero gris. En sus manos un bastón se agitaba suave pero incansable a causa del evidente Parkinson.
- Sí, sí. Siéntese, no hay nadie - le respondí medio tartamudeando, lo que me hizo parecer estúpida.
No sabía por qué aquel hombre había conseguido despertar en mí esa sensación de cosquilleo en la nuca y en el estómago, más propio de una adolescente que de una vieja achacosa como yo.
Estuvimos un rato, que a mí me parecieron horas, en silencio. Pero era un silencio hermoso, puro, inquietante. Silencios así no se disfrutan todos los días. Normalmente son secos, ásperos, vacíos, pero aquel creo que fue especial.
- Bonita mañana - dijo de pronto con la mirada puesta en el estanque -, se nota que ha llegado la primavera. Y menos mal, porque con el invierno tan frío que hemos tenido apenas he salido a la puerta de casa.
- Lleva razón. Todos teníamos ganas de ver días como éste. A nuestra edad el frío es muy malo - le contesté sin apartar los ojos de unos niños que jugaban alegres cerca de allí
Le examiné de la forma más discreta que pude. Era bastante apuesto. Los profundos surcos de su rostro no escondían el indudable atractivo que había tenido de juventud. Su cara me resultaba familiar; pero los viejos, ya se sabe, llega un momento en que con tantas arrugas nos parecemos todos.
- ¿Vive usted cerca de aquí? - me preguntó clavando sus ojos azules, aquellos hermosos ojos azules, en los míos.
- Muy cerca, en la residencia que hay detrás del parque.
- ¿Y lleva mucho tiempo viviendo allí?
- ¿Mucho tiempo? - dije -. Creo que una eternidad.
Una gran angustia acompañó mis palabras. Sí, en efecto, llevaba toda una eternidad en aquella residencia de ancianos, el último lugar donde acudimos para morir. Donde nos visten, nos peinan, nos dan de comer y nos sientan en una butaca desgastada frente a un estridente televisor y junto a nuestros recuerdos. Todo el día recordando el ayer, añorando un tiempo en el que aún éramos útiles e intentando saber cuándo, exactamente, dejamos de serlo.
Al cabo de no sé cuantos minutos le pregunté:
- Y usted, ¿vive cerca?
El hombre se quitó el sombrero y sacó un pañuelo blanco de su bolsillo. Con cierta dificultad se secó la frente y volvió a cubrirse la cabeza.
- ¿Cerca? Bueno, lo que se dice muy cerca, no. Hoy he decidido venir al parque a pasear. Hacía mucho tiempo que no venía. Y me alegro de haberlo hecho; está precioso y el olor a flores es tan vivo y penetrante que mi alma, por primera vez en muchos años, se siente bien. Me gusta, sí. Me gusta mucho.
En ese momento una gran bandada de estridentes pájaros sobrevoló el estanque. El agua, de un verde profundo, reflejaba la escena como un enorme espejo. El hombre levantó la cabeza y me dijo sin apartar los ojos de las aves:
- Los pájaros también han regresado. Parece mentira que estas pequeñas criaturas recuerden año tras año dónde deben ir. Nunca fallan. Y nosotros, con el tiempo, apenas sí recordamos nuestros nombres. Desearía tener la memoria de los pájaros para no perderme.
Nos quedamos los dos, como pasmarotes, observando el cielo limpio de nubes. Él llevaba razón. Las aves nunca se perdían, su memoria siempre las llevaba hacia el lugar donde pasarían la nueva temporada. Y a mí me tenían que recordar, casi a diario, por dónde se iba al comedor. Es lamentable cómo se pierden las cabezas y, sin embargo, resulta curioso cómo, sin saber por qué, se recuerdan perfectamente episodios de la vida olvidados durante muchos años.
No sé qué me empujó a pensar en Diego, un antiguo novio de juventud. Pero de eso hacía siglos, yo era casi una niña y él... era tan guapo.
- Mi mujer murió hace un año - soltó de golpe, como un disparo.
- Lo siento - le contesté con un suave murmullo.
Me había pillado por sorpresa y mi reacción resultó un poco fría.
- Lo siento, de verdad - le repetí un poco más fuerte.
- Gracias, pero ya lo he superado. Mi esposa fue una mujer extraordinaria, me quería mucho y siempre sabía cómo demostrármelo. No era muy guapa, ¿sabe?, más bien del montón. Pero tenía una gran inteligencia. Fue profesora de Literatura y una apasionada de la poesía. Escribió cientos de poemas, algunos realmente buenos. Creo que fue feliz.
- ¿Y usted?, ¿fue feliz? - le pregunté, así, sin pararme a meditar las palabras.
Por unos instantes temí haber sido demasiado indiscreta, pero me miró con ojos lejanos, se volvió a quitar el sombrero y abrió la boca tomando una gran bocanada de aire, como si fuera la última y supiera que ya no podría aspirar más.
- No lo sé, realmente no lo sé. Si le soy sincero tampoco sé si la quería. Le tuve un gran cariño, pero nunca le profesé esa clase de amor que sólo se siente cuando se quiere a alguien de verdad. ¿Me comprende?
Aquella declaración me dejó sin habla. Un desconocido, ¿desconocido?, me acababa de confesar que no había querido a su mujer fallecida hacía sólo un año y yo, ¡oh, Dios mío!, en el fondo de mi alma, y sin explicación posible, me alegraba de ello.
- Sí, le comprendo perfectamente. El amor no se puede forzar, se quiere o no se quiere, sin más. Incluso, aún tratándose de un amor imposible, éste no se puede impedir que surja cuando menos te lo esperas. Es inexplicable.
Volví a pensar en Diego. Mi gran amor prohibido de juventud. El motivo por el cual tuve que huir del pueblo como una vulgar delincuente. Con un hijo suyo en mi vientre y expulsada de casa por mi padre. ¿Por qué no acudió en mi ayuda? Pero, ¿por qué recordaba aquel lejano episodio de mi vida en ese preciso instante?
Un fuerte pinchazo en las piernas me volvió a la realidad.
- ¡Esta maldita artrosis me está agujereando los huesos! - dije intentando cambiar de postura y de conversación. No me sentía cómoda hablando de esos asuntos tan íntimos.
- Tengo cáncer y no tardará mucho en devorarme - soltó con otro disparo.
Me quedé muda. Las palabras volaron de mi cabeza, en bandada, como esos pájaros. Cáncer, la palabra maldita. Ahora entendía todo. El pobre hombre se estaba muriendo y tenía la necesidad de desahogarse con alguien. Con alguien como yo, claro, otra vieja medio acabada.
- Mis hijos - continuó - quisieron meterme en una residencia cuando murió su madre. Al principio me llevaban, a regañadientes y por turnos, de casa en casa, como a un muñeco antiguo del que nadie sabe cómo deshacerse. Pero enseguida llegaron las excusas y las discusiones. Les molestaba un viejo sólo y estropeado. Decidieron aparcarme en una residencia, pero cuando me detectaron el cáncer se arrepintieron y, movidos por la compasión hacia un moribundo, decidieron aguantarme un poco más en sus casas; total, serían sólo unos meses.
Permanecimos en un discreto mutismo mientras veíamos a unos patos peleándose en el estanque, al parecer, por una hembra que observaba el espectáculo sin inmutarse. El viento rumoreaba entre un pequeño grupo de árboles que allí daba sombra.
- ¿Teme usted a la muerte? - me preguntó.
Por un momento no supe qué decir. La muerte, siempre tan distante y ahora tan cercana.
- Si le soy sincera, no estoy segura; puede que sí, un poco. Hubo un tiempo que recé con todas mis fuerzas para que la muerte me llevara, pero no ocurrió. Y el tiempo pasa deprisa, llega la vejez y me doy cuenta de que ya no hay marcha atrás, ni segundas oportunidades. La muerte está ahí, en cualquier esquina, acechando. Los jóvenes creen que eso de morirse no va con ellos, ¡qué ingenuos!, nadie está libre de ella. Tarde o temprano nos morimos. Todos, absolutamente todos. Sin embargo, ahora que sé que me queda poco tiempo, es cuando más miedo me da. No me hago a la idea de dejar de existir, de desaparecer para siempre. Aunque, reconozco que hay días que mi corazón desea que acabe esta vida tan lamentable que llevo, total no tengo nada que perder. Y usted, ¿teme morirse?
- Bueno, para mí se ha acabado toda esperanza. En realidad me da más miedo el sufrimiento que la muerte. Como a todo el mundo ¿verdad? - me dijo con gesto afligido.
El sufrimiento, pensé, sí, en la vida se sufría mucho, demasiado.
- Lleva razón, el sufrimiento es lo que más tememos todos. Pero la esperanza es lo último que debería usted perder.
- Sí, pero el dolor va por dentro. Estoy agotado, créame, ya no tengo ganas de luchar.
Más pájaros nos sobrevolaron. Y más gente pasaba por nuestro lado sin siquiera mirarnos. ¿Y para qué lo iban a hacer? Sólo éramos un par de ancianos tomando el sol en una bonita mañana de primavera, algo normal.
- ¿Está usted casada? - me preguntó.
- No, nunca me casé - cerré los ojos y suspiré mientras mi mente retrocedía más de sesenta años. Entonces sentí el deseo de contarlo todo -. Cuando no era más que una muchacha tuve un novio. Nos queríamos con tanta pasión que parecía casi imposible de soportar, sólo existíamos el uno para el otro. Creíamos que nuestro amor estaba por encima de todo, pero no fue así. Yo era una tonta ingenua locamente enamorada del único hombre que no podía ser para mí. El hijo de los señores para los que trabajaban mis padres. La criada y el señorito, una historia repetida cientos de veces. Nuestros padres prohibieron aquella relación. Nos separaron; a él lo mandaron a estudiar fuera y yo me quedé sola. No tardé en darme cuenta de que estaba embarazada y mi padre me echó de casa a golpes, como a un perro. Ya sabe usted, en aquella época eso no estaba bien visto. Entonces me vine aquí, a la ciudad, y estalló la guerra. Una auténtica pesadilla. A las pocas semanas perdí al niño en medio de un bombardeo. Quizás fue mejor así, y que Dios me perdone, porque no sé cómo hubiera podido sacar adelante a una criatura en medio de aquella locura de país. En esos días me odié, odiaba mi identidad, mi humillación, y por encima de todo, odiaba mi desesperación. Yo era casi una niña, tan joven y asustada como un polluelo caído del nido. No, nunca me casé, no fui capaz de hacerlo.
Sin poder evitarlo las lágrimas brotaron tímidas de mis ojos. La puerta se había abierto y los recuerdos más dolorosos escapaban volando por encima de mi alma. No me dejaron ser feliz, no consintieron que dos enamorados disfrutaran de su amor más allá de las normas sociales. Mi vida dio un vuelco y todo aquello que quería se esfumó de un plumazo. Y ahora, vieja y agotada, lo recordaba como si hubiera ocurrido ayer mismo. Ya no tengo más oportunidades, todo ha terminado.
- Yo te quería más que a mi propia vida - me dijo con un leve susurro.
Le miré incrédula. Pero, ¿qué estaba diciendo aquel viejo loco?
- No sé qué significa esto, pero le rogaría que no se riera de mí.
- No, Julia, no me río de ti. Nos separaron, pero, en cuanto pude, regresé al pueblo dispuesto a llevarte conmigo. Me dijeron que te habías ido a servir a otra casa y que te ibas a casar con un gañán de la finca. Desolado regresé a mis estudios y continué con mi vida. Pero no ha habido día que no haya pensado en ti. Siempre estabas en mi memoria, en mi corazón, en mi alma, nunca lo superé. Y ahora que la vida termina, ahora que mi aliento se apaga, te ruego que me perdones.
Me quedé helada, aquel hombre afirmaba ser Diego, mi Diego. Ese rostro tan familiar, esos ojos. ¿Por qué se empeñaba la vida en asestarme un último golpe?, ¿por qué a los ochenta años me traía a mi gran amor, aquel por el que tanto sufrí?
Cerré los ojos ahogados en lágrimas y recordé el olor de la hierba verde y tierna del prado donde nos tumbábamos a observar las nubes. Podía ver cómo el viento agitaba con delicadeza las hojas de la alameda mientras nos amábamos sin miedo. En esos momentos el mundo estaba desierto, sólo existíamos él y yo, y el canto de los pájaros.
- Debiste buscarme y no conformarte con lo que te dijeron. Me echaron, Diego, me tiraron al barro y me patearon como a una rata y todo por estar embarazada de un hijo tuyo. Pasé hambre, miseria, abusos, y con el tiempo te olvidé. Ahora es tarde, y no me vengas con que siempre me has querido y con que no lo superaste, ¿y yo? Tú eras de buena familia, no pasaste calamidades. Tuviste estudios y un buen trabajo, te casaste con una mujer de tu clase, todo perfecto. Tus padres estarían orgullosos de ti, ¿verdad? No quiero verte, la herida está cerrada, por favor no la abras, soy demasiado mayor para sufrir de nuevo. Me pides que te perdone, no sé si podré. No sé si Dios me dará fuerzas para hacerlo.
- ¡Julia, Julia!, ¿me oye?, venga vayámonos ya que es hora de comer y debemos regresar a la residencia. Me entretuve con un amigo y se me ha hecho un poco tarde, pero ya estoy aquí - me gritó, como salida de la nada, una voz conocida.
Al principio no sabía qué estaba pasando cuando sentí que Juan me zarandeaba y me llamaba a voces.
- ¿Qué pasa, Juan? No hables tan alto que no estoy sorda - le dije mientras me llegaba su inconfundible aliento a cerveza - sólo estaba hablando con este señor.
Entonces me giré hacia mi derecha donde estaba sentado Diego, pero...
- ¿Y el señor que había aquí? - pregunté extrañada.
- ¿Qué señor, Julia? Aquí no había nadie. Tan sólo usted. Venga, vamos, apóyese en mi brazo, le ayudaré a levantarse.
Con un gran esfuerzo conseguí ponerme en pie y con otro más grande logré empezar a andar. Me dolía todo el cuerpo. Cada paso que daba era como subir una colina, mis pies se arrastraban levantando una pequeña nube de polvo y la espalda me pesaba una tonelada.
- Juan, para un segundo, por favor - le dije tomando aliento.
El chico se detuvo de mala gana, resoplando como un caballo. Empecé a girarme hasta que sentí mi cadera crujir como un leño seco. Levanté la cabeza y observé el lugar donde habíamos permanecido sentados y ahí estaba él, tan liviano y pálido como la niebla, sosteniendo entre unas manos temblorosas su bastón y el viejo sombrero gris. Pude advertir cómo una lágrima caía lenta por su envejecido rostro mientras su cuerpo se fundía con el aire. En ese momento supe que había muerto y, ahora, su alma regresaba a mí, como los pájaros en primavera. Ellos siempre regresan.
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