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LA ESPERA

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Publicado el 22/06/2008 | 101 Visitas | 1 Comentario(s)



Carlos sintió un escalofrío. Era nuevamente esa sensación indescriptible. El frío profundo que lo envolvía cada vez que se encerraba a escuchar aquella su sinfonía. Sus primeros acordes le parecían anunciar el silencio de la muerte. Sí, temía a la muerte.

-Estar muerto es estar solo- Se sobresaltaba siempre.

          Sabía que pronto, muy pronto se encenderían aquellos reflectores. Vendría luz. La intensa luz. La que lo descubriría al mundo exterior. Presentía los “clic” de las llaves. Estaba inmóvil. Tenso.

-¡Ya vienen! ¡Si, ya vienen!

 ¡No!  ¡¡¡¡¡NOOOOoooo!!!!!

No podía ser aún. Siempre añoraba esos instantes. Era el triunfo, pleno, total.

          En la penumbra de la sala, más solo que nunca, Carlos sentía el sudor por su cuerpo. En una fracción de segundos recordó. Recordaba sus años puros, sus tiempos felices sin ese frío que nacía del centro mismo de su existencia; cuando todo parecía sonreírle.

-Falta poco- gimió desesperado, sin hablar. Era siempre igual. No podía hablar y pronto se encenderían esas luces iluminándole. Todas para él.

Qué absurdo!, ¿por qué?- Automáticamente se arrepentía de formular aquella pregunta ¿para qué? Si sabía que nunca encontraría la respuesta. Nunca la encontró. ¿Por qué imaginar que ahora sería distinto?. Sin embargo lo buscaba.

         

 

Sus dedos con timidez comenzaron a levantarse en movimiento reprimido, hacia su cara. Los apuraba el momento, los retenía el miedo.

-hoy no, por favor ¡hoy no!-, casi lloró y sintió que sus lágrimas brotaban hacia adentro.

          Quiso escapar. Si, correr, correr infinitamente -¿por qué siempre los términos absolutos?- Con pánico notó que su dedo del medio rozaba ya su cuello. Faltaba tan poco, sólo unos centímetros para llegar a ella. Sólo había que ordenar a su mano. Subir. Siempre subir, sin sentido. Lo sabía. Lo temía.

-¡¡¡¡¡Ahora!!!!!

Estaba tenso. Debía comprobarlo. Las luces anunciaban en su mente un cercano : “ya vamos”.

La yema de su dedo, forzada, comenzó a rozar una superficie lisa. Muy suave. Angustiosamente lisa.

Sentía vibrar cada milímetro de eso. ¡También eso luchaba por tomar forma, desesperada. La recorrió ahora, con todos sus dedos, confirmando lo que temía. Nuevamente su cara, sus facciones habían desaparecido. En su lugar, un espacio de silencio blanco, como aquellas nubes que siempre le atraían sin saber por qué. Todo su cuerpo pareció convulsionarse en un último estertor: ¡No tenía cara! Y las luces se encenderían en un torbellino de descubrimiento. No debían verlo. A él no, nunca. Jamás. No debían. No podían hacerle eso. No.

NO! ¡NO PUEDEN! ¡ME OPONGO!

¡¡¡¡¡NOOOOoooo!!!!!

 

 

 

Quiso escapar. Pero sus piernas no le obedecían. Estaba como pegado al suelo. Se sintió  llorar. Sabía que estaba llorando aunque no tuviese ojos para hacerlo.

Sintió el golpe de la llave de luz. En tan sólo una milésima de segundo quedaría frente al mundo. Y frente a su realidad. Se conocería. Por fin. La idea lo tranquilizó. Su pánico se transformó en angustia. Quería verse. Ver sus años, su vida. Sintió nuevamente miedo. ¿Cómo sería?

Percibió los círculos concéntricos, atravesados por mil agujas luminosas de los focos. ¡ALLÍ ESTABA!...

Una ovación lo sacó de su ensimismamiento. Trató de ver la sala. Aquella poderosa luz se lo impidió. Más allá del borde del escenario, sólo penumbras. Quiso atravesarlas para ver a quienes lo aplaudían. ¿Quiénes eran los que no lo veían como era?. Con sus manos trató de apartar la cortina de luz. Avanzó lentamente, luchando contra los haces. Le pareció oir una risa. Trató de verse. Otra carcajada lo hizo levantar su no cara e intentar descubrir. A su decha una estridente carcajada femenina lo aterró. ¿Qué pasaba? ¡Sintió deseos de gritar!  Un cuerpo regordete, a su izquierda, reía. Se sintió envuelto en una lluvia de risas. A su espalda reían sus compañeros. Quería verlos. Miró hacia arriba, al puente de iluminación. El maquinista le arrojó una risotada espeluznante. Ahora todo el teatro parecía reírle, burlarse despiadadamente. Corrió sin fijarse en nada, hacia el extremo derecho del escenario. Se atropelló con unas mesas de utilería. Cayó al suelo. Todos reían con fuerza. Comenzó a gritar buscando algo donde refugiarse. ¡LO HABÍAN VISTO!. Quería ocultar su “no cara”. No sabía donde meterse. Cayó al suelo sollozando. Llevó sus manos en gesto de cubrir aquella superficie. Tiritaba, como con aquella, su sinfonía. Al hacerlo, sintió bajo sus dedos, la protuberancia

 

 

de la nariz. Desesperadamente se la recorrió, reconociéndola. Sí, era la suya. La de siempre. Se palpó los ojos hasta hacerse doler. Sí, los tenía y también la boca. ¡HABÍA VUELTO! ¡AHÍ ESTABA!.

Lanzó un grito de desafío, como queriendo apagar las risas. Se puso bajo la luz de forma que ésta le bañara por completp “el rostro”. Pero las risas aumentaron… Sintió que su camisa se le pegaba al cuerpo, adherida por el sudor. Un dolor en la vejiga, de inmediato notó en su pantalón una humedad caliente… De un salto bajó a la platea y de improviso tomó por la solapa al primer espectador que tuvo a su alcance. Sentía su risa hiriente, destemplada.

Lo arrastró hasta el borde donde la sala se unía con el escenario y quedando bajo el hálito de la aureola producida por un reflector, lo miró.

Carlos sintió un escalofrío mezclándose con un grito que le brotó dese lo más profundo. Aquel hombre: ¡NO TENÍA CARA! Corrió hasta un lateral y desvió una linterna iluminando al público.

Las risas parecían aumentar. Y todas salían desde aquellas superficies lisas, amorfas. Miró a su alrededor y sólo vio miles de lunas frías que se le reían.

Afuera pasaba un avión de chocolate cantando La Marsellesa…

 

ghc.

 

(Del libro “La Espera, cuentos para solitarios”)

Comentarios

Little_Wing

Little_Wing

24/06/2008

# 1

Que cuento extraño
Me gusto mucho... habra q ver ese librito ^_^

Saludos!

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