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LA CRISIS

Rafael

Autor Rafael

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Publicado el 14/11/2008 | 462 Visitas | 0 Comentario(s)


 

 

 

LA CRISIS

Por José Dávila A.

Esther, mujer  bien casada  con cinco hijos. Discreta, sencilla, atenta. Madre ejemplar, recatada y servicial.

Eduardo esposo, responsable,  hombre de negocios cuyas inversiones siempre se   columpiaban en la cuerda floja de la Bolsa de Valores.  Sin embargo poseedor de una visión envidiable,  gustaba de correr riesgos y terminaba ganando lo necesario  para disfrutar de una  vida sin sobresaltos.

Paseos dominicales, fiestas de cumpleaños, aniversarios de bodas, escapadas a la playa y festivas celebraciones de navidad y fin de año.  Todo era paz y concordia.                                                                                                                                                                                                            

Tiempos  estables, tranquilos. Sin nubarrones en el horizonte. Eran días que se vivían sin miedo. Sin embargo, de pronto Eduardo desapareció de la faz de la tierra. Se diría que se lo tragó la nada, porque a nada se concluyó su búsqueda. Simplemente,  se evaporó.

A la par, empezó  a despertar la carestía, el desempleo, la inseguridad, la especulación. Los ricos se volvían más ricos y los pobres más pobres. La clase media quedó aplastada entre ambos. Difícil se tornó la existencia de Esther. Ella era ama de casa y consciente de la responsabilidad que tenía de mantener a sus hijos, no se amilanó. Desnudó ese temple  de acero que poseen las mujeres para encarar la adversidad  y que en ocasiones se extravía en la capacidad de los hombres.

Sin dudar se lanzó a buscar trabajo. Había concluido sus estudios en Economía y no le fue fácil encontrar una ocupación que marchara a la par de sus conocimientos. Las puertas a las que tocó jamás se abrieron. Las empresas desocupaban trabajadores  eventuales y escasos consorcios que llegaban a  ofertar algunas plazas de medio pelo.  Por supuesto.  los aspirantes se disputaban la oportunidad doblegando su orgullo y dignidad: abogados, arquitectos, licenciados,  médicos, ingenieros, maestros o burócratas, se convirtieron en choferes particulares,  veladores, policías,  ayudantes de oficina, taxistas,  empleados de oficina, mensajeros o vendedores de puerta en puerta.

Ante este panorama, para Esther se convirtió en un desafío encontrar una ocupación. Estaba desesperada y los escasos ahorros que había logrado reunir, se esfumaban en el mantenimiento de sus críos. La falta de dinero la obligó a abandonar el confortable departamento en que vivía, para alquilar una vivienda  de barrio bravo.  Las avenidas pavimentadas y arboladas, se transformaron en callejuelas de tierra  en donde la pestilencia era el común denominador: abandono, inmundicia, basura, excremento, cacharros viejos,  perros famélicos y sarnosos, vagabundos sin rumbo y  temibles pandillas de rufianes.

Sin embargo, ella podría soportarlo todo, menos que agredieran a sus hijos y los hombres la trataran como a una prostituta. Entonces aprendió a defenderse sacando las uñas. Sin rubor  alguno se enfrentó al vecindario adoptando el mismo lenguaje soez y amenazó con apalear a quien se atreviera a tocar su familia.

Larga fue la lista de trabajos temporales que se vio obligada a aceptar: desde sirvienta hasta tareas de limpieza de baños, pisos y caños.  Concluidas las tareas regresaba con la angustia  a flor de boca para encontrar a sus hijos sanos y salvos encerrados en la casa. Para los chiquillos era como vivir en una cárcel. Pronto ella lo comprendió; no podía aceptar arrebatarles su libertad. Para cuidar de ellos decidió que tenía que encontrar una labor a realizar en su hogar. Pronto lo solventó: lavar ropa ajena.

Así, mañana, tarde y noche se la pasaba fregando en el lavadero sábanas, camisas, calzones, calcetines, pantalones, camisetas, fundas, playeras y faldas. Día tras día, mes tras mes, año tras año. Manos desolladas,  pies ampollados… y cada vez ganaba menos dinero. Aguantando el dolor de espalda y riñones redobló el esfuerzo.  A través del tiempo sus fuerzas fueron menguando, hasta que un día se cimbró, se aferró al lavadero, se negaba a caer. Tenía que entregar la ropa encargada, para llevar el magro alimento a sus hijos  Sin embargo, se desplomó.

Cuando los vecinos conocieron de su muerte, concluyeron que era culpa de  la crisis…

 

 

 

 


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