Yo tendría 8, 9, 10 años, no lo puedo precisar exactamente, y era acólito en una parroquia rural y estaba a punto de salir de la Iglesia, junto a un compañero, después de acabar nuestras tareas, cuando de pronto vimos como una beata entraba por la puerta que llevaba al campanario. Nos extrañó, porque la beata, como es natural, no tocaba las campanas, y la extrañeza aumentó cuando poco después pasó la puerta el sacristán. No era el momento para tocar las campanas y esa coincidencia despertó nuestra natural curiosidad infantil, y sigilosamente entramos para ver qué pasaba, qué misterio podían esconder esas entradas. La puerta no tenía cerrojo, por lo que, aunque estuviera cerrada, la abrimos con facilidad y nos adentramos en dirección al tramo de escaleras que llevaba al campanario. Oíamos susurros indescifrables y sonidos que nos parecían muy raros, que no habíamos oído antes. Nos detuvimos sigilosamente para que no nos sorprendieran y nos quedamos un ratito para acostumbrarnos a cierta oscuridad, ya que solo había un ventanuco pequeño para dar a luz. Los sonidos raros arreciaban en intensidad, cuando vimos al acostumbrarnos a la penumbra como la beata estaba espatarrada en el suelo y el sacristán tenía la cabeza metida entre sus piernas. Dentro de lo que cabía se apreciaban los muslos de la beata, pues tenía la falda levantada. No entendíamos lo que pasaba allí, solo años después pude captar el sentido sexual de la postura. La beata gemía, parecía incluso que le molestaba mucho lo que le hacía el sacristán que movía frenéticamente la cabeza de arriba abajo y de izquierda a derecha. La beata le sujetaba la cabeza y le mesaba los cabellos. En un momento dado el sacristán levantó la cabeza y la beata le dijo: no, no, no te vayas, por favor, no te vayas. La beata sollozaba, como si le hiciera daño lo que le hacía el sacristán. El otro niño, un año menor que yo, me miraba asustado, como preguntándome si interveníamos o no a favor de la beata, pero, yo, aunque era solo un niño, intuía que allí se ventilaban cosas, no sabía cuáles, pero las relacionaba en cierto modo como las que se decía que hacían los papás, y que era más prudente no intervenir. Yo estaba alucinado, pues los niños ya mayores hablábamos acerca de las cosas que hacían los papás, pero era en la cama, y eran los papás. Aquí no había ninguna cama, solo el rellano de una escalera, y encima no estaban casados, pues la beata estaba soltera, y el sacristán estaba casado, con cinco hijos. El sacristán hacía un ruido como si succionara un líquido, o chupara algo muy goloso, y la beata emitía unos susurros y sonidos que ahora daban la impresión de que le gustaba mucho lo que le hacía el sacristán. Nos retiramos y vimos al cabo de unos minutos como salía la beata toda acalorada y con prisas abandonaba la Iglesia. El sacristán salió después, como si tal cosa, y al vernos, nos reprendió por no haber salido ya. Abandonamos la Iglesia y el otro niño estaba muy excitado, con ganas de contarlo todo a los compañeros y a su mamá, pero un sexto sentido de niño mayor me hizo pensar que debíamos callar, pues el sacristán estaba casado, y un hijo suyo era muy amigo mío, y las revelaciones podrían traerle consecuencias. Decidimos no contar nada a nadie y cumplimos lo prometido. A partir de entonces empecé a observar a la beata, sobre todo cuando miraba al sacristán y cuando intercambiaban miradas, cuyo significado yo relacionaba con lo sucedido en la subida al campanario, a pesar de que su exacta interpretación solo la capté años después. En aquellos meses pasé muchos ratos intentando interpretar qué había pasado en el campanario, pues rompía todos mis esquemas de niño.
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