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Sitio Web del AutorAutor emiliovilchespino
Yo
vivía muy cerca del río, en un cuartucho que arrendaba con un dinero
que había ahorrado antes de renunciar al trabajo. Pero esto no interesa
mucho; lo importante es lo que pasaba por mi cabeza en aquellos días.
Yo no lo llamaría depresión, no, tampoco lo llamaría simplemente
abulia. Lo mío era un total desinterés por todo: dejó de importarme el
alcohol, las drogas, la música, la literatura, las calles, la locura,
el fútbol, el dinero, el trabajo, todo. Todo era una mierda. El sexo me
era casi imposible conseguirlo (llevaba más de año y medio sin echar un
pato) y el precio que exigían las mujeres es demasiado alto para
alguien tan sensible como yo, así que todo esto también terminó por
cabrearme. Todo, o sea nada: no me interesaba nada. Mi vida se volvió
un eterno ir y venir, vueltas y vueltas a la misma calle, nada en los
bolsillos, nada en la mente. Sin embargo no me sentía deprimido, porque
el sentirse deprimido implica sentir algo y lo mío era precisamente lo
contrario: era no sentir nada. Así de simple.
Seguía
tomando alcohol, si, pero ya no me hacía sentir bien. El fútbol y la
música que la disfrutaran otros, ya no iban conmigo. Me importaba una
mierda si los futbolistas seguían follándose a las mejores nenas de
esta larga y angosta faja de tierra, si el presidente abolía la pena de
muerte, o si caía la puta bomba atómica en mi esquina. Todo eso era una
mierda sin importancia. ¿Qué hacía con mi tiempo entonces? Nada, o sea
cosas básicas como comer, dormir, escupir y cagar. Mirar el techo tal
vez y encender un tabaco de vez en cuando. Ah, y rascarme las bolas.
Olvidaba contarles que desde algunos años sufro de un extraño tic que
consiste básicamente en que cada cierto tiempo tengo que rascarme las
bolas y rascármelas fuerte, lo más fuerte posible. Consulté a un
médico, pero me digo que era algo psicológico (cuéntenme una de
vaqueros) y que no me preocupara, que posiblemente se me pasaría al
cabo de unos días. Pamplinas: me rasco las bolas muy fuerte cada dos o
tres minutos, y hace rato ya que visité al matasanos. Pero esto de mis
bolas no importa mucho ahora, sigamos con la historia.
Una noche de estas, una particularmente fría, pasó por mi cabeza la idea del suicidio. ¿Suicidio? Si, suicidio, del latín sui: a sí mismo; y cidium:
matar. Entonces sin darle muchas vueltas al asunto decidí matarme, pero
¿cómo? Luego de descartar algunas extravagantes posibilidades (lanzarme de espalda sobre una barrera para romper la columna, por ejemplo) decidí
tirarme al río: fácil, rápido, barato y sobre todo bastante dramático.
Simplemente iría al puente y saltaría. Perfecto. Entonces me puse un
abrigo, di un trago a la botella de ron y luego me la puse en el
bolsillo, encendí un cigarro y salí rumbo al puente. Di un par de pasos
y pisé una plasta de caca verde que algún perro callejero había dejado
ahí. Por un momento pensé limpiar mi zapato, pero me dije: “hey Ramone,
a ti no te importa nada, ni siquiera la caca en los zapatos, déjala ahí
y sigue caminando sin importar cuanto hieda”. Y vaya que hedía.
Era
una noche ya dije muy fría y muy solitaria y eran casi las tres de la
madrugada y solo se veían de vez en cuando los focos de algún automóvil
perdido por la city y nada más. Caminé al puente expulsando el vaho y
el humo del cigarro por la nariz y la boca, apoyé mis manos en la
baranda de fierro y me tomó un momento acostumbrarme a lo helado que
estaba. Se me congelaban los pies y la nariz, se me caían los mocos.
Miré hacia abajo: la corriente, el ruido del agua negra corriendo río
abajo con una fuerza increíble. Miré la luna y volví a mirar el caudal
majestuoso. De pronto tuve que rascarme las bolas fuerte, muy fuerte;
el tic, ustedes saben.
Había
llegado el momento, y para ser franco, no sentí nada; no se me pasó mi
vida por delante de los ojos, ni recordé a mi familia, ni sentí miedo
ni arrepentimiento. No sentí nada. Me dispuse a saltar, pero justo
cuando subía la pierna a la baranda aparece de la oscuridad una silueta
humana envuelta en un abrigo. Se acercó y me dijo:
- tú, ¿llevas fuego?
-sí- respondí bajando la pierna y acercándole el encendedor sin molestarme en mirarle la cara. Era una voz femenina muy dulce.
-gracias- me dijo, encendió su cigarrillo, y luego de un momento agregó- ¿por qué vas a saltar?
-porque quiero ahogarme ahí abajo- dije dificultosamente por el frío que me congelaba la mandíbula.
-me refiero al motivo para suicidarte.
-no puedo dejar de rascarme las bolas, es insoportable- dije, por decir algo.
-si, es un buen motivo…dramático. Yo me mataré porque mi marido se fue con otra y se llevó todo…me dejó con lo puesto- dijo y se acercó a la baranda del puente, apoyó ahí su culo.
-es una historia muy triste- respondí.
-vaya si lo es… ¿tú no tienes mujer?
-la tuve.
-¿y qué pasó con ella?
-se fue.
-¿por qué?
-es una historia muy larga.
-tengo tiempo- me dijo ella.
-pues yo no tengo…además no me creerías.
Entonces
ella sacó una botella de su abrigo y me la alcanzó, yo la tomé, le di
un trago (pisco) y se la devolví. Entonces por fin miré su rostro: nada
extraordinario. Era bonita tal vez, pero con unos ojos tristes y la
piel muy blanca. Nada extraordinario. Tenía un cuerpo delgado, formas
aceptables. Nada extraordinario. Ella dio un trago enorme y me volvió a
pasar la botella, y así estuvimos unos cuantos minutos tomándonos la
botella sin decirnos nada, apoyados en la baranda. De vez en cuando
pasaba un auto por el puente con sus focos encendidos y de vez en
cuando tenía que rascarme las bolas. El resto era un silencio monótono,
solo matizado por el ruido del río bajo nosotros. O sea, nada
extraordinario.
-vamos a seguir bebiendo a mi casa, tengo un cuarto a unas dos calles- dijo ella al fin.
-te agradezco, pero no puedo; vine aquí a suicidarme.
-bah, nos podemos suicidar mañana, hace mucho frío aquí.
-está bien-
dije luego de unos segundos; miré por última vez el caudal negro del
río y la seguí. Yo y la caca seca en mi zapato la seguimos. La nena
cada vez se veía más agraciada.
Llegamos
a su cuarto. Era más feo y descuidado que el mío, y eso es mucho decir.
Nos sentamos en la cama y bebimos lo que quedaba en la botella sin
decir nada. O sea sí, de vez en cuando ella hacía algunas preguntas o
emitía algún comentario:
-me disculparás, pero no hay nada para comer aquí, mi marido se llevó hasta el pan…
-comprendo.
-¿cómo te llamas?
-Eastwood…Clint Eastwood.
Y seguía el silencio, y de pronto volvían las preguntas:
-y dime Clint, ¿a qué te dedicas?
-por ahora a nada.
-¿pero hay algo que te guste hacer?
-no.
Silencio, luego más preguntas.
-Clint, ¿crees en Jesucristo?
-Jesucristo las pelotas.
Y
seguíamos bebiendo, primero de su botella, luego de la mía, y cuando
llegó la mañana ambos estabamos algo borrachos y nos miramos y nos
besamos y nos desnudamos:
-vaya, tienes las bolas que van a estallar, debes llevar semanas sin descargar- me dijo ella.
-mucho más que semanas, mucho más- dije.
Lo
hicimos dos veces y fue fantástico. Ella no era nada extraordinario
(creo que eso ya lo dije), tampoco hablaba mucho, pero a mí eso no me
importaba. Incluso prefería que se mantuviera callada, era agradable.
Como mencioné, llevaba año y medio sin echar un pato y éste había sido
magnífico. Pero eso no era todo, había algo en ella que me gustaba,
algo en su mirada, en sus ojos tristes, no lo sé. Después de mucho
tiempo sentía algo… ¿amor? No lo sé, pero era sentir algo y eso ya era
extraño.
Pasó
un tiempo en que seguimos juntos, ella se mudó a vivir conmigo y se
podría decir que éramos felices. Muchos patos, muchos patos y amor,
amor. Es verdad, comencé a sentir amor por ella. Me olvidé del suicidio.
Fue
una noche de lluvia en que ocurrió. Yo estaba tumbado en la cama y
cuando logré darme cuenta de algo ella ya estaba terminando de hacer su
maleta. Había puesto ahí sus ropas, sus zapatos, su maquillaje y alguna
botella sin abrir. Todas sus cosas.
-bien, se acabó. Me voy- dijo fríamente.
-¿te vas? ¿Dónde?
-no lo sé, simplemente me voy.
-está lloviendo.
-no me importa, estoy acostumbrada.
-¿por qué te vas?
-no lo se, sólo me voy-
dijo, y se dirigió a la puerta, la abrió y me dio la espalda unos
segundos antes de girar y preguntarme mirándome por última vez a los
ojos con los suyos tristes:
-¿qué harás ahora?
-no lo sé- respondí.
-me refiero a qué harás con tu vida.
-que no lo sé…quizás vaya al puente y salte al río.
Entonces
ella cerró la puerta por fuera. Pasaron las horas y no volvió, pasaron
los días, los lluviosos y los soleados, pasaron las semanas. No volví a
verla.
Ahora que ha pasado algo de tiempo y lo he pensado bien, la suya era una muy buena pregunta ¿qué haré ahora? diablos, no lo sé, no lo sé. Lo de tirarse al río no es una mala idea. Por el momento me limitaré a rascarme las bolas fuerte, lo más fuerte que pueda. El resto no tiene mucha importancia.
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