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JESUCRISTO LAS PELOTAS

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Publicado el 28/01/2008 | 261 Visitas | 0 Comentario(s)

Yo vivía muy cerca del río, en un cuartucho que arrendaba con un dinero que había ahorrado antes de renunciar al trabajo. Pero esto no interesa mucho; lo importante es lo que pasaba por mi cabeza en aquellos días. Yo no lo llamaría depresión, no, tampoco lo llamaría simplemente abulia. Lo mío era un total desinterés por todo: dejó de importarme el alcohol, las drogas, la música, la literatura, las calles, la locura, el fútbol, el dinero, el trabajo, todo. Todo era una mierda. El sexo me era casi imposible conseguirlo (llevaba más de año y medio sin echar un pato) y el precio que exigían las mujeres es demasiado alto para alguien tan sensible como yo, así que todo esto también terminó por cabrearme. Todo, o sea nada: no me interesaba nada. Mi vida se volvió un eterno ir y venir, vueltas y vueltas a la misma calle, nada en los bolsillos, nada en la mente. Sin embargo no me sentía deprimido, porque el sentirse deprimido implica sentir algo y lo mío era precisamente lo contrario: era no sentir nada. Así de simple.

Seguía tomando alcohol, si, pero ya no me hacía sentir bien. El fútbol y la música que la disfrutaran otros, ya no iban conmigo. Me importaba una mierda si los futbolistas seguían follándose a las mejores nenas de esta larga y angosta faja de tierra, si el presidente abolía la pena de muerte, o si caía la puta bomba atómica en mi esquina. Todo eso era una mierda sin importancia. ¿Qué hacía con mi tiempo entonces? Nada, o sea cosas básicas como comer, dormir, escupir y cagar. Mirar el techo tal vez y encender un tabaco de vez en cuando. Ah, y rascarme las bolas. Olvidaba contarles que desde algunos años sufro de un extraño tic que consiste básicamente en que cada cierto tiempo tengo que rascarme las bolas y rascármelas fuerte, lo más fuerte posible. Consulté a un médico, pero me digo que era algo psicológico (cuéntenme una de vaqueros) y que no me preocupara, que posiblemente se me pasaría al cabo de unos días. Pamplinas: me rasco las bolas muy fuerte cada dos o tres minutos, y hace rato ya que visité al matasanos. Pero esto de mis bolas no importa mucho ahora, sigamos con la historia.

Una noche de estas, una particularmente fría, pasó por mi cabeza la idea del suicidio. ¿Suicidio? Si, suicidio, del latín sui: a sí mismo; y cidium: matar. Entonces sin darle muchas vueltas al asunto decidí matarme, pero ¿cómo? Luego de descartar algunas extravagantes posibilidades (lanzarme de espalda sobre una barrera para romper la columna, por ejemplo) decidí tirarme al río: fácil, rápido, barato y sobre todo bastante dramático. Simplemente iría al puente y saltaría. Perfecto. Entonces me puse un abrigo, di un trago a la botella de ron y luego me la puse en el bolsillo, encendí un cigarro y salí rumbo al puente. Di un par de pasos y pisé una plasta de caca verde que algún perro callejero había dejado ahí. Por un momento pensé limpiar mi zapato, pero me dije: “hey Ramone, a ti no te importa nada, ni siquiera la caca en los zapatos, déjala ahí y sigue caminando sin importar cuanto hieda”. Y vaya que hedía.

Era una noche ya dije muy fría y muy solitaria y eran casi las tres de la madrugada y solo se veían de vez en cuando los focos de algún automóvil perdido por la city y nada más. Caminé al puente expulsando el vaho y el humo del cigarro por la nariz y la boca, apoyé mis manos en la baranda de fierro y me tomó un momento acostumbrarme a lo helado que estaba. Se me congelaban los pies y la nariz, se me caían los mocos. Miré hacia abajo: la corriente, el ruido del agua negra corriendo río abajo con una fuerza increíble. Miré la luna y volví a mirar el caudal majestuoso. De pronto tuve que rascarme las bolas fuerte, muy fuerte; el tic, ustedes saben.

Había llegado el momento, y para ser franco, no sentí nada; no se me pasó mi vida por delante de los ojos, ni recordé a mi familia, ni sentí miedo ni arrepentimiento. No sentí nada. Me dispuse a saltar, pero justo cuando subía la pierna a la baranda aparece de la oscuridad una silueta humana envuelta en un abrigo. Se acercó y me dijo:

- tú, ¿llevas fuego?

-sí- respondí bajando la pierna y acercándole el encendedor sin molestarme en mirarle la cara. Era una voz femenina muy dulce.

-gracias- me dijo, encendió su cigarrillo, y luego de un momento agregó- ¿por qué vas a saltar?

-porque quiero ahogarme ahí abajo- dije dificultosamente por el frío que me congelaba la mandíbula.

-me refiero al motivo para suicidarte.

-no puedo dejar de rascarme las bolas, es insoportable- dije, por decir algo.

-si, es un buen motivo…dramático. Yo me mataré porque mi marido se fue con otra y se llevó todo…me dejó con lo puesto- dijo y se acercó a la baranda del puente, apoyó ahí su culo.

-es una historia muy triste- respondí.

-vaya si lo es… ¿tú no tienes mujer?

-la tuve.

-¿y qué pasó con ella?

-se fue.

-¿por qué?

-es una historia muy larga.

-tengo tiempo- me dijo ella.

-pues yo no tengo…además no me creerías.

Entonces ella sacó una botella de su abrigo y me la alcanzó, yo la tomé, le di un trago (pisco) y se la devolví. Entonces por fin miré su rostro: nada extraordinario. Era bonita tal vez, pero con unos ojos tristes y la piel muy blanca. Nada extraordinario. Tenía un cuerpo delgado, formas aceptables. Nada extraordinario. Ella dio un trago enorme y me volvió a pasar la botella, y así estuvimos unos cuantos minutos tomándonos la botella sin decirnos nada, apoyados en la baranda. De vez en cuando pasaba un auto por el puente con sus focos encendidos y de vez en cuando tenía que rascarme las bolas. El resto era un silencio monótono, solo matizado por el ruido del río bajo nosotros. O sea, nada extraordinario.

-vamos a seguir bebiendo a mi casa, tengo un cuarto a unas dos calles- dijo ella al fin.

-te agradezco, pero no puedo; vine aquí a suicidarme.

-bah, nos podemos suicidar mañana, hace mucho frío aquí.

-está bien- dije luego de unos segundos; miré por última vez el caudal negro del río y la seguí. Yo y la caca seca en mi zapato la seguimos. La nena cada vez se veía más agraciada.

Llegamos a su cuarto. Era más feo y descuidado que el mío, y eso es mucho decir. Nos sentamos en la cama y bebimos lo que quedaba en la botella sin decir nada. O sea sí, de vez en cuando ella hacía algunas preguntas o emitía algún comentario:

-me disculparás, pero no hay nada para comer aquí, mi marido se llevó hasta el pan…

-comprendo.

-¿cómo te llamas?

-Eastwood…Clint Eastwood.

Y seguía el silencio, y de pronto volvían las preguntas:

-y dime Clint, ¿a qué te dedicas?

-por ahora a nada.

-¿pero hay algo que te guste hacer?

-no.

Silencio, luego más preguntas.

-Clint, ¿crees en Jesucristo?

-Jesucristo las pelotas.

Y seguíamos bebiendo, primero de su botella, luego de la mía, y cuando llegó la mañana ambos estabamos algo borrachos y nos miramos y nos besamos y nos desnudamos:

-vaya, tienes las bolas que van a estallar, debes llevar semanas sin descargar- me dijo ella.

-mucho más que semanas, mucho más- dije.

Lo hicimos dos veces y fue fantástico. Ella no era nada extraordinario (creo que eso ya lo dije), tampoco hablaba mucho, pero a mí eso no me importaba. Incluso prefería que se mantuviera callada, era agradable. Como mencioné, llevaba año y medio sin echar un pato y éste había sido magnífico. Pero eso no era todo, había algo en ella que me gustaba, algo en su mirada, en sus ojos tristes, no lo sé. Después de mucho tiempo sentía algo… ¿amor? No lo sé, pero era sentir algo y eso ya era extraño.

Pasó un tiempo en que seguimos juntos, ella se mudó a vivir conmigo y se podría decir que éramos felices. Muchos patos, muchos patos y amor, amor. Es verdad, comencé a sentir amor por ella. Me olvidé del suicidio.

Fue una noche de lluvia en que ocurrió. Yo estaba tumbado en la cama y cuando logré darme cuenta de algo ella ya estaba terminando de hacer su maleta. Había puesto ahí sus ropas, sus zapatos, su maquillaje y alguna botella sin abrir. Todas sus cosas.

-bien, se acabó. Me voy- dijo fríamente.

-¿te vas? ¿Dónde?

-no lo sé, simplemente me voy.

-está lloviendo.

-no me importa, estoy acostumbrada.

-¿por qué te vas?

-no lo se, sólo me voy- dijo, y se dirigió a la puerta, la abrió y me dio la espalda unos segundos antes de girar y preguntarme mirándome por última vez a los ojos con los suyos tristes:

-¿qué harás ahora?

-no lo sé- respondí.

-me refiero a qué harás con tu vida.

-que no lo sé…quizás vaya al puente y salte al río.

Entonces ella cerró la puerta por fuera. Pasaron las horas y no volvió, pasaron los días, los lluviosos y los soleados, pasaron las semanas. No volví a verla.

Ahora que ha pasado algo de tiempo y lo he pensado bien, la suya era una muy buena pregunta ¿qué haré ahora? diablos, no lo sé, no lo sé. Lo de tirarse al río no es una mala idea. Por el momento me limitaré a rascarme las bolas fuerte, lo más fuerte que pueda. El resto no tiene mucha importancia.




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