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Sitio Web del AutorAutor narzissa
Hielo Eterno
Despertó
inquieto. Su corazón latía con fuerza, con violencia. Su respiración agitada
levantaba su pecho cada vez más. Cerró los ojos y volvió a abrirlos, intentando
calmarse. Se giró lentamente, conteniendo el aliento, como cada mañana. Y la vio.
La vio ahí, dormida, angelical como ninguna, irradiando paz y amor a su
alrededor, embelleciendo todo ser y objeto con su luz. Sus facciones suaves y
delicadas se mantenían relajadas, en su estado natural, sin sonrisas forzadas
ni muecas grotescas. Su cabello alborotado enmarcando su pálido rostro, de
forma de corazón, otorgándole un aire de diosa, de ninfa salvaje.
Suavemente, él
levantó una mano y, con su dedo, le acarició la mejilla. Ella no se inmutó. Un
escalofrío recorrió la espalda de él cuando notó lo helada que estaba. Él siguió
recorriendo su mejilla con el dedo, pero ella no despertaba. Al acercarse a
besarla, algo los separó…
Él recobró de
pronto la conciencia, mientras volvía a notar el bullicio, los gritos, los
pasos acelerados…
Se apoyó en el
suelo para incorporarse. Al hacer esto, notó un dolor punzante en el brazo
izquierdo. Haciendo una mueca de dolor, se puso de pie, y comenzó a caminar
cojeando un poco. La gente corría a su alrededor, llorando y gritando,
tirando de sus cabellos, desplomándose
en el frío asfalto, retorciéndose y convulsionando. Madres histéricas abrazaban
a sus hijos, jóvenes parejas que se abrazaban con fuerza, y se besaban como si
todo fuera a acabar.
Como si todo
fuera a acabar…
Sintió frío y,
temblando de miedo, miró hacia el cielo. Allí, cual símbolo de muerte, el sol
se imponía, un sol viejo, casi al
culmine de su vida. Un sol oscuro, otorgando al mundo sus últimos latidos de
luz y calor.
El hombre cayó en
la cuenta y, con lágrimas en los ojos, comenzó a correr con rapidez, sin
importar ya el dolor de su brazo y su pierna. Corrió llorando, con un destino
fijo. Corrió impulsado por el terror, mientras la temperatura seguía bajando, y
el día iba tornándose oscuro, con una luz cansina y apagada, como el morir de
una vela.
Abrió rápidamente
la puerta, las llaves temblando en su mano. Quiso que todo fuera un sueño, que
esto no estuviera sucediendo. Pero los aullidos de lástima de los perros le
hicieron convencerse de que esto era real. Recorrió sin fijarse la casa,
tropezando varias veces. El reloj seguía su curso, con su tic-tac
tranquilizador. La casa estaba tal y como la había dejado hacía media hora, al
salir al trabajo. Justo cuando, a mitad de camino, un horrible dolor se había
apoderado de él, y se había desmayado en medio de un mar de gritos.
El camino a su
cuarto se le hizo eterno, y cuando finalmente abrió la puerta blanca, se acercó
con lentitud al lecho.
Allí, envuelta en
blancas sábanas, estaba ella, el amor de su vida, su existencia misma, su
aliento cálido. Ella dormía, con paz y amor en su rostro. Sus facciones suaves
descansando con tranquilidad. El levantó su brazo derecho, y tocó su mejilla
con un dedo. La halló cálida, y lloró de amor. La mujer despertó, sobresaltada
por el frío contacto. Él le sonrió, y ella también.
El sol se había
apagado ya, y las palabras quedaron congeladas en la boca de él, detenidas por
el frío paso de la muerte. Su dedo en la mejilla de ella, acariciándola para
siempre. Ella, con sus facciones suaves, mirándolo con profundo amor y ternura
en sus ojos color carmesí.
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