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Sitio Web del AutorAutor pradafederico
La posibilidad de abarcar un tema de los tantos tratados en los textos asignados nos da un margen muy amplio para desarrollar ideas sobre la constitución de la Europa moderna. Dado que el libre albedrío se nos presenta en bandeja, optaré por desarrollar tan sólo una temática presente en los escritos que debimos meditar. Y no lo haré con la intención de simplificar la discursividad de mi relato, sino porque creo fehacientemente que mi vocación actual me conduce a exponer ideas en torno al que, a juicio personal, es el tema eje de las ideas que se exponen en el texto: la significación del concepto nación, en sus sentidos más amplios y como piedra angular de la configuración de la Europa actual, realizando obviamente distinciones en las distintas comprensiones que se posee sobre ella y relativizando, en cierto sentido, su influencia en los distintos ámbitos en los cuales se desenvuelve la sociedad origen del mundo actual. Como punto de partida, debemos remontarnos a los anales de este ideal nacionalista. Entendamos inicialmente que la nación como concepto siempre ha residido en la faz universal. No es un concepto desarrollado por los intelectuales y políticos de las más antiguas civilizaciones; es una convergencia de ideas que invita a la sociedad a unírsele, es decir, la nación, tal cual lo señala Ortega y Gasset, no son los individuos que la componen: la nación está presente, por debajo (o superficialmente en sentido abstracto) de nuestras propias cabezas. La nación guía a la sociedad a descubrir ese Ideal necesario para su fundamentación. Pero no es posible definir tan ligeramente este concepto a desarrollar. Tal cual lo señala Eduard Meyer, “La idea de nacionalidad es el más sutil y complicado producto que la evolución histórica puede engendrar”. Y al señalar el propio autor a la nacionalidad como producto de la evolución histórica, peca de omisión en el sentido que ella siempre ha estado presente en el inconciente colectivo, sólo que no se ha logrado identificar con exactitud su real implicancia en la vida contemporánea. Lo que intento decir es que la el concepto de nación, y sus derivados de nacionalidad y nacionalización, no han sido engendrados por el hombre, sino que han tomado forma propia con el fin de abastecernos de conciencia social. Pero no nos desviemos de la finalidad de nuestro texto. Según el propio Ortega y Gasset, las naciones europeas han llegado a una instancia en la cual sólo pueden salvarse si logran superarse a sí mismas como naciones, en el contexto de que se logre regular ese cegamiento de nación como modelo imposible de perfección colectiva. Este ideal se remonta a la antigua Grecia, en donde tanto atenienses como espartanos y diversos pueblos agrupados en la Hélade, tenían impregnado el concepto nacionalista. Pero en el caso de estos últimos, la nación constituía ser parte de la vivencia política propia de la época. Los atenienses poseían una concepción de nación como fuente de desarrollo de la política en sus vidas. Cada individuo perteneciente a la nación sentía que la política era parte del diario vivir, parte de su natura, pieza clave para formar parte de un conglomerado común. En nuestro caso, el origen común y la idea de pertenecer a una sola nación no era debido a factores culturales idénticos, sino que era el deseo de pertenencia el que encumbraba a los atenienses al olimpo de nacionalidad. El Ideal buscado que tanto se menciona en las Meditaciones sobre Europa es el deseo íntegro de articular las naciones europeas en una unidad política supra o ultranacional. Y es ese el deseo máximo escondido en las mentes de los grandes ilustrados de nuestra época: el hacer de una Europa una sola nación, una sociedad avezada en cuanto a sus relaciones, una unidad total. Es este el sentimiento que he intentando transmitirles. La importancia de nación en la actualidad. Si la sociedad europea pudiera tan sólo imitar en una mínima fracción la determinación, o mejor dicho, la vocación nacionalista de losantiguos ilustrados, seguramente la sociedad europea podría alcanzar la cima democrática. La constancia por el desarrollo social, el Ideal tan anhelado por muchos intelectuales, parece ser un deseo lejano. Tal cual afirma Ortega y Gasset, la política es la que corrompe este ideal. Su labor de mandato y legislación se han distorsionado, adoptando ellos funciones que no les corresponden y que debieran ser propias de los intelectuales, como lo es definir las proyecciones nacionalistas. Entonces, ¿es la identificación de nación el salvoconducto de la sociedad europea contemporánea, en cuanto a unidad política, económica y social se habla? Los infructuosos intentos de diversas organizaciones por lograr que Europa sea una nación en su máxima expresión parecen ser en vano, dado que la dificultad actual de consensuar un mismo pensamiento en las psiquis de cada participante dista de ser un problema cercano. El rescate de las antiguas tradiciones, el génesis común, la necesidad de saciar el ímpetu nacionalista que brota naturalmente en los corazones de cada individuo sea cual sea su proveniencia o nacionalidad...... aquellos debieran ser los valores a rescatar por parte de los centros encargados de dirigir o de mandar; debieran ocuparse tan sólo de configurar una Europa común, un eje eurocéntrico, en donde las tareas definitorias quedaran en manos intelectuales, y en donde la política dejara de lado ese absurdo acervo por intentar mejorar las cosas a su manera. No se si a ésta altura de mis escritos he logrado mi objetivo. Puede ser cierto que mi claridad de argumento no sea la de un experto en temas históricos ya que, a través del curso, se nos entrega una base nueva de objetación histórica. Pero en lo que resta por decir, intentaré respaldar mi tesis planteada en un comienzo.
A lo que me refiero cuando señalo que Europa, en pro de su ideal de plenitud como centro de unidad político, administrativo, religioso, económico y cultural, debe volver a sus anales, es por la razón de que debe alzar sus cabezas y codificar el mensaje que se le presente bajo su propia sombra. La sociedad miembro debe encontrar esa luz que en un futuro próspero (¡ojalá así lo sea!) alcance la tan anhelada plenitud. Y no debe ser visto como una ilusión, sino como un desafío para, por sobre todo, los intelectuales de hoy en día. Es su deber resurgir ese sentimiento de identificación con el pueblo, la manía de preocupación debiera reinar en las mentes de cada individuo andante, el fervor propio por la patria común y, por último, el deseo de pertenecer a una nación. Son estos los valores que deben decir presente en la actualidad, que deben internarse en el inconciente colectivo, para así alcanzar aquella utópica perfección que realzamos en un comienzo.
El sustento ideológico de mi
comprensión de la nación quizás no sea el más adecuado y, seguramente, no sea
el principal factor para poder configurar una Europa mejor. Pero de algo sí
estoy convencido: Si la sociedad pudiera conjugar todos aquellos sentimientos
que hacen hacerlo a uno parte de un todo, tomando como punto de partida a la
nación como el todo,
¿Qué vías propongo para que se cumpla la máxima interrogante de nuestra locación? Un resurgimiento casi de índole humanista, en donde valores como directrices de pensamientos se conjuguen para lograr que el viejo continente alcance, de una vez por toda pero siempre progresivamente, el Ideal de nación, el sustento de la vida unida social y políticamente, la base en donde la sociedad debiera forjar su sentimiento a algo más elevado y que por su comprensión actual, no debiera dejar de ser un concepto abstracto, para nosotros como para los que buscan esta verdad.
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