Soñé con tu rostro, observándome desde lejos, mientras mis ojos
devoraban otro libro más. Soñé que venías hacia mí, despacio,
disimulado. Te sentabas a mi lado y me mirabas mirar el libro, ya
enterada de tu presencia, pero sin valor para apartar los ojos de las
páginas. Soñé con que me preguntabas qué era lo que estaba leyendo, a
pesar de ver tu mismo el libro temblando entre mis manos. Entonces, yo
levantaba mi cabeza, lentamente, muy lentamente. Mis ojos se dirigían
hacia enfrente, sin tener decidido aún si quería saber que eras
realmente tú. Soñé con que tu mano apartaba mi pelo del rostro y de
reojo te veía sonreír. Esa sonrisa perfecta que tan ruborizada me dejó.
Tu voz era pausada, agradable, bella. Tu mano descansaba en mi pelo,
acariciándolo con cuidado, como tanto me gusta. Mi cuerpo no respondía
a mi mente. Sencillamente, quedé clavada en el lugar donde me
encontraba. Sentada, con el libro entre mis manos, mi pelo entra las
tuyas y el mundo girando alrededor, perdiendo el sentido a medida que
corría el tiempo.
Soñé que con tu otra mano acariciabas mi mejilla,
girando mi cabeza lentamente hacia tu rostro. Obligándome a que me
enfrentara con tu ser. Mis ojos se cerraron. No quería. Soñé con que no
quería... O quizás eso no era un sueño. Pero la cuestión es que cerré
mis ojos. No te miré. No quería verte. No podía. No. No...
Sin
embargo, me obligaste a ello, con sólo un leve aire saliendo de tu
boca, invadiendome con tu aliento tan conocido. Tuve que abrirlos (¿ya
quería?). Y allí estaban, tus ojos mirándome. Y tu sonrisa. Tu ser
complotado para que mi piel se estremeciera de sensaciones encontradas.
Soñé con tu boca moviéndose, pronunciando palabras que no llego a
recordar. Soñé con tu piel cerca de la mía, emitiendo su aroma tan
particularmente agradable a mi olfato. Y sí, inevitablemente soñé con
un beso tuyo. Ese tan delicado, sólo apoyando los labios en los del
otro. Algo tan inexplicable como para intentar escribirlo. Un beso de
niños, quizás sería lo más cercano que llegaría a describirlo. Tan
inocente, tan sincero, tan puro. Ese beso que nadie más me ha dado
jamás. Llegado a ese punto, mi sueño comenzó a esfumarse. Ni mi psíqui
ni mi corazón podían seguir soportando tal tortura. Demasiado hiriente
era soñarte, tenerte nada más que en una ilusión.
Soñé con que te tenía entre mis manos, y sin embargo, te has escurrido como la arena de la orilla del océano.
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