Fuego
Aquí vuelve. Otra vez esa bocanada de aire. Esa oleada que sale de tu estómago y que recorre toda la garganta. Debes resistir. Morderte los labios. Chocar la lengua contra el paladar para evitar que pueda escapar. Cerrar los ojos con todas tus fuerzas. Cierto, el efecto es el mismo con los ojos abiertos, pero así ganas concentración. Debes evitar decírselo. Ella no debe saber nada. No consigues reprimirte. Luchas contra tu propia voluntad. Los labios comienzan a sangrar. El dolor aumenta. Piensas cualquier excusa, parece que lleves años mordiéndote los labios.
Tan sólo un instante después te giras y ignoras por completo todo lo ocurrido. Ella te mira con gesto incómodo, y te pregunta qué te ha pasado. Le dices que simplemente te has mordido la lengua. Ella gira la cabeza, inclinando levemente el cuello. Es un gesto tan natural. No puedes apartar la mirada. Te acercas y la besas. Ella se ríe diciendo que esperes, que no es ninguna vampiresa. Te entra la risa. Tanta naturalidad te abruma.
Mientras ella se dirige al dormitorio, aprovechas un segundo de descuido para mirar tu teléfono. No hay ninguna llamada. Te dijo que te llamaría sobre las ocho. Han pasado quince minutos. Juraste que de hoy no pasaría. Que le dejarías las cosas claras. Que había terminado. Miras por segunda vez la lista de mensajes recibidos, las llamadas perdidas y apagas el móvil. Ha tenido tiempo para llamarte si realmente le importara.
Ella está tendida sobre la cama. Te acercas lentamente. Ella sabe que algo pasa. Lo denota su ceja derecha. Te pregunta si ocurre algo. Te lo ha dicho unas cuatro veces durante la cena. Tú tan sólo dices que estás feliz de estar a su lado. Rachel sonríe, llamándote tonto. Te lo ha dicho unas diecisiete veces durante la cena. La abrazas. Nunca te habías fijado en el suave tacto de su brasier.
Oyes ruidos. Supones que el vecino ha llegado de ir a buscar a los críos. Interiormente suspiras, ya que caes en la cuenta que la velada tendrá de fondo a Pablo y Flipy haciendo lo que hacen cada día. Pero después algo pasa. Unos tacones resuenan en el pasillo. Aterrado, te tapas con la sábana y te incorporas. Rachel, extrañada, te pregunta que si el gato te ha mordido la lengua. Y lo que no es la lengua. Sonríe de oreja a oreja, mordiéndose levemente el labio, mientras lo dice.
Claire abre lentamente la puerta de la habitación y te lanza una mirada desafiante. Tú te acercas a ella, diciéndole que ibas a explicárselo. Que no querías que esto ocurriera así. Que no querías hacerle daño. Una lágrima golpea la mejilla de Claire, mientras sonríe con nerviosismo. Te dice que a tí te va a doler más. Clava la pistola contra tu pecho, y sin vacilar aprieta el gatillo.
Caes desplomado contra el suelo enmoquetado. Rachel pierde su sonrisa de un plumazo y, mientras grita aterrada, le suplica a Claire que no le haga nada. Que ella no sabía nada. Que no la mate. Y ella, sin dejar de sonreír, le dice que tranquila. Que todo va a salir bien. Claire se acerca la pistola a la cabeza, y cierra los ojos, sin dejar de llorar...
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