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Sitio Web del AutorAutor Durango
La felicidad -decía Mérimée- es como una gana de dormir. He aquí un pensamiento donde se obtiene un lado de la verdad a costa de todos los demás.
El sueño se opone a la vigilia como la inacción a la actividad. ¿Tiene sentido que hagamos consistir la felicidad de la vida en un no vivir? Claro es que no. Frente a las cosas, somos una pura actividad. Llámesele alma, conciencia, espíritu o como se quiera, eso que somos consiste en un haz de actividades, de las cuales unas se ejecutan y otras aspiran a ello. Consistimos, pues, en un potencial de actos: vivir, es ir dando salida a ese potencial, es ir convirtiéndolo en actuación.
Dicho de otra manera: somos un poder ver, un poder gustar y oir, un poder recordar, un poder entristecernos y alegrarnos, llorar o reir, un poder amar y odiar, imaginar, saber, dudar, creer, desear y temer.
¿Cómo es posible que imaginemos la felicidad con el semblante del sueño, que es la negación de todo eso? El propio Mérimée no dice que sea como el sueño, sino como la gana de dormir, y esta gana es ya una voluntad, un deseo, aunque de apagarse y sumirse en la nada. Alude, pues, a ese estado intermedio en que de la vigilia pasamos al sueño. En tales momentos parecen haberse borrado de nuestro espíritu todos los impulsos que lo constituyen: sólo queda uno en pie, y es precisamente el deseo de ese dulce aniquilamiento.
Los más contrastados estudios psicobiológicos sobre el sueño sostienen que nos dormimos tanto más pronto y tanto más profundamente cuanto más pronto y más completamente logramos desinteresarnos de las cosas; es decir, reducir nuestra actividad. Por otra parte, es sabido que el llamado “sueño invernal” o “hibernación” de algunas especies de animales es sólo la reducción al mínimo de toda actividad vital.
Así, ahora se hace comprensible la metáfora de Mérimée. En la “gana de dormir” somos una sola actividad, pero ésta logra ejecutarse y expansionarse ilimitadamente. Lo que tiene de feliz esa situación no es, por tanto, lo que tiene de sueño y de inacción, sino, al contrario, lo que tiene de vida infinita. En ella, todo el potencial se vierte en actuación: todo lo que somos en potencia lo somos en acto.
Se suele cometer el error de creer que la felicidad radica en la satisfación de nuestros deseos, como si los deseos constituyeran toda nuestra personalidad. Haciendo depender nuestra felicidad de la obtención de cosas externas a nosotros mismos hace inexplicable el caso tan frecuente de personas afortunadas, cuyos deseos se colman, y que, sin embargo, se consumen de infelicidad.
Cuando pedimos ser felices, no hacemos otra cosa que exigir que se nos presente alguna cosa capaz de absorber completamente nuestra actividad. Cuando notamos que algo nos hace henchir el volúmen de nuestra energía vital, cuando nos hallamos totalmente absorbidos por una ocupación, nos sentimos felices y el universo nos parece justificado.

Korrigan, duende de La Felicidad
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