Es lógico que aquellos a quienes conoces, a lo largo de tu existencia, influyan en ti de una manera u otra. Si tu carácter es "fuerte", por llamarlo de algún modo, influirán lo justo y esos a quienes, por h o por b, acabes concediendo esa importancia. No sé, igual no me estoy expresando bien... Sólo llevo un café, qué quieren.
Miren, yo adoraba a esa chica, como sólo se puede adorar a la "primera amiga de verdad". Y aunque había igualdad entre nosotras, siempre me sentía "pequeña" a su lado. Cosa que me llevaba a adorarla aún más. No soy de envidias fáciles. Puedo admirar, comprender o ignorar. Pero la envidia no es uno de mis pecados capitales. Bastante tengo con el de la pereza, ¿no creen? A ella la admiraba. Admiraba sus facciones perfectas, porque era guapísima (y no porque lo diga yo). Admiraba el modo en que se peinaba. Admiraba su destreza para recogerse el cabello en cuestión de segundos. Admiraba su sonrisa abierta, franca, y esos enormes ojos negros. Y, por eso, me sentía pequeña y afortunada. Por ser espectadora en primera fila, de tantos detalles que me fascinaban. Tanto que, aún hoy, si cierro los ojos y pienso en ella, la vuelvo a ver secándose el pelo, con la misma nitidez que si la acabara de contemplar.
Yo ya escribía por aquella época. Algún poemilla, algún relato breve, alguna obra de teatro... Nada que me tomara muy en serio todavía. Y ella era una de las pocas personas (cabrían en menos de una mano) a las que se lo mostraba.
Aquella tarde, con el rostro radiante, empezó a leer algo que supuesta y orgullosamente había escrito ella. Sus palabras me sonaron, pero no le di mayor importancia. Mi subconsciente sí. Cuando llegué a casa, puse esa cinta tan antigua. Obvio. No lo había escrito ella. Era una canción. Supongo que pensó que no la conocería. Supongo que no cayó en que nuestros padres podían coincidir en gustos musicales inconfesables. No se me olvidará qué canción fue. Una de Los Pecos.
Callé, preguntándome a qué venía tal mentira conmigo. Yo ya la admiraba descaradamente. No necesitaba inventar ser algo que no era. A mí me bastaba con verla secarse el pelo.
Nunca se lo dije. No le dije que lo sabía. Creo que algunos lo entenderán, otros no. Pasa siempre.
No dejé que aquello influyera en lo que teníamos. Y nuestra amistad se fue disipando por otros motivos, que nada tuvieron que ver, tales como el paso del tiempo, cambios de vida, traslados... A pesar de los cuales, mantuvimos el vernos de vez en cuando. Había mucho cariño entre nosotras, aunque al crecer se hiciera más notable lo diferentes que éramos. Hace unos veinte años de esa canción. Creo que me hago mayor... ¡No, no! Sólo ha sido un pensamiento absurdo y pasajero. Que el jurado no lo tenga en cuenta. ¿Mayor, yo? Perdón, que me ha entrado la risa...
Todo esto viene porque, sin esperarlo, descubrí que la admirada era yo.
Hay cosas a las que no me acostumbro. No me gusta eso de sentirme el modelo de nadie. No sé, me parece una terrible responsabilidad. Y nunca he dicho que sea responsable.
Me explico (o lo intento). Alguien, cualquiera, puede "elegir" escribir. Porque le guste. Porque le apetezca. Porque se convierta en una afición. Porque descubra un día que, oye, se le da bien. Por vete tú a saber qué. Yo no tengo esa opción, ni la quiero. "Por suerte, encontré locos como yo, que me entendieron a lo largo del camino". Yo no recuerdo mi vida, sin leer o sin escribir. A mí no me llamó la atención un cuento y descubrí el fantástico mundo de la imaginación. Yo, a los dos años, ya leía. Mi abuela, que en paz descanse, tuvo que enseñar a la niña que vivía con ella y no dejaba de llorar, porque no sabía que decían todas esas letras juntas. Y quería saberlo. Si les digo que aprendí a leer en menos de una semana y a esa edad, probablemente no me creerán. Hacen bien. Tampoco me lo creo del todo y no me llega la memoria para recordarlo. No sé, las explicaciones se las piden a mi madre, en última instancia.
Con cuatro años (y eso sí lo recuerdo) me escapé de la clase de gimnasia. Salí a la puerta del colegio, a esperar que me recogieran. Mi madre piensa (nadie la ha desengañado, no seré yo quien lo haga) que lloraba porque la echaba de menos. Falso, señores. Lloraba, porque no había terminado de leer un cuento esa mañana y quería volver a mi casa para acabarlo "YA". O, por lo menos, que me dieran algo que leer en clase. Pero no, a aquella buena señora-profesora se le había antojado que jugáramos...
Con ocho años, a los Reyes Magos, tenía ya una lista simple de cosas que pedirles: libros y una máquina de escribir (de esto se acordará alguien). Lo de los libros, colaba siempre. La máquina, emotivo momento, llegó más tarde. Pero, ellos, no podían dejar de regalarme juguetes. Les reconozco el intento. Estaban bien, eran monos. Les hacía caso, de vez en cuando... Muy de vez en cuando.
No dejas de ser una niña, por mucho que algo más fuerte que tú tire de ti.
A los nueve años, una noche, mi madre se levantó, asustada por los ruidos que oía. Descubrió todos mis juguetes esparcidos por el salón. Y a mí, en la cama, durmiendo como si la cosa no fuera conmigo.
A las pocas noches, encontró mis muñecas regadas por los sofás. Y la casa de la puerta abierta de par en par. Pero yo estaba en mi camita, ajena a todo.
La siguiente noche, cuenta que casi le da un infarto. Recuerdo esa noche, porque me desperté. Ella cree que estaba dormida (déjenla, la ignorancia es la felicidad...) No lo estaba. Estaba muerta de miedo, cuando me cogió en brazos. Resulta que me había echado a dormir, como todas las noches y, al abrir los ojos, en la oscuridad, estaba colgada de la lámpara de mi habitación. Imagínate que mañana, cuando te despiertes, después de haberte echado tan tranquilo sobre tu colchón de cada noche, te encuentres colgado de un puente. Piensa en cómo te sentirías y, aún así, no te harás una idea, si no te ha pasado. Al parecer, había escalado por la bicicleta (sin usar) que estaba apoyada contra la pared y, a saber cómo, había terminado agarrada a esa cosa colgada del techo. Confirmado: era sonámbula.
Me llevaron al médico. A un psicólogo, para más señas. Recuerdo los test, porque eran divertidos y él un tipo simpático que me hacía reír.
Mi madre se obsesionó con el tema. Esta noche, antes de acostarse, ha mirado dos veces al menos, comprobando que la puerta esté bien cerrada. Lo sé. No puede evitarlo. Y no es miedo arraigado a lo que pueda entrar en la casa, sino a lo que pueda salir de ella. Cada uno, con sus traumas...
Les mandaron cerrar a cal y canto ventanas y cualquier puerta por la que pudiera salir. Que te digan que tu hija puede saltar por la ventana, cuando tú estés durmiendo tan feliz, tiene que acojonar a cualquiera...
Les mandaron quitar de mi alcance cualquier objeto punzante, todas las noches. Y eso, vista mi habilidad escaladora, no debió ser algo sencillo. La razón, lógicamente, es que yo estaba dormida y no era en absoluto consciente de lo que hacía. Podía herirme o podía herir. Dormida. Sin saberlo. Vive con eso. Duérmete, pensando en eso.
La explicación era bien sencilla, según el susodicho psicólogo: Era una niña. Lo que no hacía de día, lo hacía dormida. ¿Durante el día no jugaba? Jugaba dormida. ¿Durante el día no salía a la calle? Salía dormida. ¿Durante el día no hablaba? Hablaba dormida.
Se impuso que jugara, se impuso que saliera, se impuso que hablara. Se impuso la obligación de que viera que había algo más, fuera del mundo de los libros.
Y el sonambulismo pasó.
Y yo crecí, o algo parecido, pero esa es otra historia.
Lo que quiero decir es que no es algo que haya elegido. Es algo que soy, desde antes de poder recordarlo. Y da igual si lo hago bien, mal o regular, según los diferentes tipos de ojos que me lean. La cuestión es que es lo que soy: escribir. Porque nací con ello. Y me gusta haberlo hecho. Y nunca me pregunté qué haría si no leyera, si no escribiera. Para mí, escribir es sinónimo de respirar. Y punto. Mi estado de ánimo es indiferente. Sé que es difícil para muchos comprenderlo. Lo sé ahora. Pero yo puedo estar muerta de risa y escribir la historia más triste. Puedo estar llorando y escribir la más alegre.
Y luego lo pagas, como casi todo, así que no me envidies tanto por ser lo que soy.
Luego, es difícil encontrar a esos pocos que ven más allá. A los que cuando les escribes algo personal, no tienen la más mínima duda de que pueda ser una de tus invenciones. A los que, cuando sientes algo, no creen ni por asomo que sea mentira por el hecho de que escribas. A los que tienes la suerte de que te distingan, entre el montón confuso de letras que te acompañan.
Y a esos los agarras fuerte. Con todo tu corazón. Porque han visto en ti la persona que eres cuando duermes, cuando despiertas, cuando hablas y cuando callas. Cuando escribes y cuando no.
Todavía no se hicieron comentarios sobre este texto.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.