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Ensayo
sobre la muerte
La muerte nos acompaña, nos persigue, nos
obsesiona. Es nuestra eterna compañera. No podemos escapar a ella y no solo
porque nos llegará el momento, sino por todas las personas que vemos morir cada
día y también, con toda posibilidad, las que mueren para que nosotros vivamos
mejor.
Obviamente, a la mayor parte de nosotros nos es indiferente la muerte de la
mayor parte de las personas. Únicamente cuando lo vemos en la tele con bastante
crudeza o muere alguien cercano tomamos conciencia de lo que es. Normalmente no
pensamos en ella, hasta que ya es demasiado tarde. Esta es la idea que quiero
transmitir; que no solo hay que aceptarla y asumirla, sino vivir con ella y
tenerla siempre presente. Mucho se ha escrito y muchos tópicos se han creado en
torno a ella. Cosas como que hay que vivir la vida como si fuera nuestro último
día, porque no sabemos lo que nos puede pasar. Eso es bastante cierto y también
hay que tenerlo en cuenta. Pero creo que hay algo que nos afecta más que la
propia muerte y es la de nuestros seres más queridos. Mediante el simple
argumento de que si pasara algo no me lo perdonaría nunca, una señora muy
querida (ahora ya desaparecida), me convenció en una sola sentencia para que
volviera con mi familia. Parece una estupidez, pero visualizar que puedes
perder a alguien muy querido, habiéndote separado por cuestiones de mero
orgullo o independencia, te hace sentirte estúpido y te quita el mal trago(o el
trauma) de vivirlo de forma directa.
La muerte es necesaria para recordarnos todas las cosas importantes que tenemos
en nuestras vidas (otro interesante tópico) y recordar que puede llegar a cada
momento, nos hace mucho más fácil perdonar, olvidar, darnos cuenta de las
estupideces que nos obsesionan y nos hacen desperdiciar nuestras vidas, pero
especialmente nos recuerda su presencia, lo tremendamente importantes que son
determinadas personas para nosotros y como creemos que no podríamos vivir sin
ellas.
Yo ciertamente no cumplo mucho lo que estoy diciendo, porque al pensar en ello
con toda la concentración que puedo, me doy cuenta de todas las personas(antes
queridas) cuya muerte me sería tremendamente indiferente y otras por cuya
muerte hasta me podría sentir culpable o me siento culpable.
Pero hay un siguiente nivel en tener presente la muerte y es aceptarla. Aceptar
que muchas de nuestras personas más queridas morirán algún día, y otras sin
esperárnoslo. Pero no sólo eso. Cada día que vivimos algo muere en nosotros.
Vamos perdiendo progresivamente la fe ciega en muchas cosas. Mueren las
amistades, mueren los amores, mueren las esperanzas y mueren los deseos. Mueren
millones de cosas, cada día, poco a poco y muchas veces de forma imperceptible.
De algún modo todas esas muertes nos transforman, nos vuelven más indiferentes,
más cínicos ante todo.
Esa muerte puede crear personas amargadas que ya no creen en nada y a quienes
todo da igual.
Pero existe la superación de uno mismo mediante la muerte…
Muchas veces recuerdo con nostalgia mi infancia o mi adolescencia(a veces creo
que aún lo soy). La época de las emociones fuertes y las ilusiones de la
amistad y el amor. Las eternas borracheras que mitificábamos como lo más grande
creyéndonos filósofos por haber leído un par de libros que aún casi nadie leía.
Uno mira atrás y piensa en todo lo que se ha perdido, a pesar de que renunció a
ello por alguna razón en concreto y no solo por la mera inercia. En cierto
sentido parece haber muerto algo, parecen haber muerto muchas cosas. Ya no se
ve la amistad como se veía antes, ni los sueños de futuro que muchas veces
parecen truncarse, ni las esperanzas de encontrar el amor verdadero, viendo
todas las relaciones hipócritas que se pueden ver condenadas al fracaso aunque
luego duren años por mera inercia.
Las mil frustraciones que se van acumulando con el paso de los años, que se
quedan clavadas en el corazón pensando que la vida es un asco y que nada vale
la pena.
Yo mismo pienso muchas veces que ya no me importa morir, puesto que ya he
creído vivirlo todo. La amistad, el amor, las emociones fuertes, mil juergas,
viajes, libros, canciones, muchas personas conocidas, y otras muchas anécdotas
vividas. A veces parece que ya no hay mucho más por ver o por vivir, que todo
lo pasado fue mejor, quizás porque éramos de espíritu más abierto y todo nos parecía
divertido y bonito.
Obviamente cuando se han vivido ciertas cosas, ya no se puede tener una visión
infantil e ingenua de ellas. Por mucho que se pretenda no se puede ser siempre
un niño. Es una etapa de la vida como cualquier otra. Poco a poco nuestras
obligaciones y frustraciones nos van amargando, hacen que muramos lentamente.
Pienso obsesivamente en el concepto de mártir que transmite
Las amistades no serán lo que eran, pero quizás sean mejores por verlas con más
madurez y precisamente dignifique mucho más tenerlas, exigiéndose la misma
tolerancia y fe, que antes dábamos por ingenuidad y que ahora damos porque
queremos. Lo mismo pasa en el amor y en todas las cosas que nos propongamos. Si
seguimos actuando acorde a nuestros principios, mediante la sinceridad, la
lealtad y el sacrificio a pesar de las muchas veces que todo eso solo nos ha
servido para recibir palos, es entonces, como todas las pruebas de las que
habla
Aunque
Quien no viva todas esas muertes de cerca, quien se cree un mundo imaginario a
su alrededor, sin tener presente la muerte como algo esencial en nuestras
vidas, jamás alcanzará la plenitud como persona y su felicidad será tan
inestable como ficticia.
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