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En
tierra de nadie viajaban los dos miserables expulsados de palacio. Impares,
solitarios y a la vez unidos para siempre. Hace tiempo se vieron obligados a
caminar juntos. Un día los unió el destino y todos los días rezaban por librarse
de aquella maldición que los perseguía.
Aquel
oscuro y frio palacio antaño morada de Gyneth y Benthur se veía habitado entre
otras por criaturas que se podrían calificar como de… demasiado observadoras.
Criaturas arpías que se alimentaban de cualquier emoción o sentimiento humano.
Nunca existió en aquel lugar la más mínima intención más allá del deber y la
abnegación al Rey. Pobre de aquel que se saliera de la pauta establecida. Como
prestas al servicio allí se presentaban las criaturas entre las sombras, el más
mínimo callejón podía ser un buen lugar donde habitar, nada escapaba a su
mirada. Si alguien se permitía el lujo de opinar o pensar más allá de su labor
lo estudiaban y hacían saber al señor de sus intenciones, ganándose así el
beneplácito del monarca y su aprobación para saciar su sed de emociones y
practicar sus más oscuros ritos de brujería.
Gyneth
era un manantial de virtudes, y su belleza la envidia del tedioso lugar. La
señora. Así se dirigían a ella. Hacia tanto tiempo que fue vendida que casi
olvidó su pasado. Enviada en ofrenda a Jasión el grande sus días transcurrían
eternos. Para ella lo que fueran años parecieron siglos. Tenía cuanto pudiera
desear en compañía de Jasión, y sin embargo su tristeza era tan evidente que se
convertiría en el más grande de los deseos de las arpías. Así, nunca cometió
delito y siempre fue observada. ¿Nunca? No existe nunca y un día llego su
perdición, su delito, su bendición. “Benthur”.
Tiempo
ha, trataba “la señora” con Benthur y nunca reparo en él, no merece la pena
recalar en las labores que Benthur prestaba pues prácticamente era más que un
empleado de cámara. No era precisamente la envidia de ningún caballero altivo
de los muchos que paseaban y se vanagloriaban de riquezas y victorias por el
inmenso castillo. Sin embargo poseía virtudes que ninguno de los elegidos podía
tan siquiera soñar. El era capaz de sentir y pensar por sí mismo cosa que por
aquellos lugares estaba bastante “mal visto” por decirlo de alguna manera. Pero
su mayor poder era su habilidad para guardarse de la vigilancia de las arpías.
Así, Benthur cada día soñaba con el amor que desde el día que conoció a “la
señora” él la tenía sin que nadie reparara en ello.
Los
días transcurrían rápidos y tranquilos hasta que un día un pequeño accidente pasajero
pero duradero en el tiempo de recuperación impidió a Gyneth la posibilidad de
salir al jardín de palacio. Este era un lugar exclusivo y prohibido para toda
persona menos para ella y es allí donde se sentía sola y en paz.
La
luz, era la luz lo que ella buscaba y salía cada día a pasar horas y horas en
compañía de flores y mariposas de mil tamaños y colores, escapando así de la mirada
atenta de las sombras como ella llamaba a las arpías. Odiaban la luz, era
nocivo para ellas. Fue entonces cuando a Benthur se le encomendó la labor de
trasladar a la Señora cada mañana al jardín y permanecer con ella para atender
cualquier necesidad que pudiera demandar. La situación era una oportunidad
soñada para acercarse a su adoración además de saberse en teoría seguro en
aquel lugar pues él también sabia de la imposibilidad de encontrarse allí con los
engendros oscuros.
Poco
a poco la relación entre aquellos dos incautos fue siendo más y más fluida, él lo
percibía y guardaba silencio y ella encontraba con Benthur lo que nunca halló
en aquellos muros y que antes le fue imposible conocer dada la prematura
juventud con la que fue entregada a Jasión. Lo que para Gyneth era una compañía
grata se convirtió en una vía de escape para sus días de “cautiverio”. Tan
sencilla y cómplice se sentía al lado de Benthur que poco a poco lo que fue
bienestar se convirtió en algo mucho más profundo hacia aquel insignificante asistente
de palacio. Todo nació de la nada y se vieron envueltos en una historia de amor
que ninguno de los dos pudo resistir pues ambos encontraron lo que pensaban
nunca podrían alcanzar. FELICIDAD. Y así, entre conversaciones y pasiones los
días pasaban como si fueran segundos.
Llegó
el fatídico momento en el que Gyneth se encontraba recuperada totalmente de su
accidente, y como se hizo evidente ya no necesitaba de los servicios de Benthur
por lo que se le volvió a emplear en otros trabajos que le mantenían apartado
de ella. Él conseguía cubrirse de las miradas que a su corazón lanzaban las
criaturas, pero ella fue descubierta en poco tiempo pues le era imposible disimular
la nostalgia que sufría por los días pasados con el salvador de su alma. Las sombras
sabían que algún día la cazarían y rápidamente. Hambrientas por tan suculento
bocado fue puesta ante Jasión en un breve periodo de tiempo después de su
alejamiento de Benthur.
El
rey pareció no sentirse demasiado sorprendido pues nunca sintió que Gyneth le
ofreciera las más mínima atención, pero aun así, le recorrió un odio y una sed
de venganza digna del más cruel de los demonios. No demostró dolor alguno y
dirigiéndose a sus “fieles” engendros solo pronuncio su veredicto. Sus
debilidades son vuestro alimento, hacédselo pagar hasta el final de sus días.
¿Cuál
será el castigo para aquellos dos pecadores? Las criaturas lanzaron su hechizo
sobre ellos. Se verían obligados a viajar juntos, hasta la muerte, siempre
unidos, nunca podrían separarse. ¿Cuál sería su calvario entonces? Jamás podrán
demostrar emoción ni sentimiento alguno entre ellos, es más, ni siquiera serán
capaces de articular palabra el uno al otro. ¿Lo peor? Su memoria, sus
recuerdos y aquellos idílicos días de jardín siempre estarían presentes en cada
movimiento, en cada mirada que los uniera, sin tan siquiera poder percibir en
el rostro contrario que así era. Crueles, sádicas y sin escrúpulos así les
harían pagar su falta. SU DELITO.
Desterrados de la comarca, del reino, y
marcados con el estigma de estar bajo el hechizo de tan influyentes monstruos,
vagaron de ciudad en ciudad. En cada capital que se detenían buscaban remedio a
su mal. La magia era algo muy común en aquellos tiempos y se practicaba con
relativa normalidad, pero tal era el temor a las Brujas de Jasión y la marca
recibida con sus “trabajos” que
cualquier mago detectaba al autor de semejante hechizo de forma instantánea y
se negaba a siquiera intentar poner remedio al mismo.
Pasaron
años e incluso sus cuerpos dejaron de ser los que en su día conocieron, pero
sus recuerdos seguían tan vivos como el primer día de su amor confesado. Atravesaron
ríos y montañas en su viaje. Y un día, como podía ser otro cualquiera caminaban
por una pradera sin horizonte. Mirases hacia cualquier punto cardinal solo se
veía un enorme manto verde. La hierba era muy corta, tupida, de un verde
intenso y desprendía un olor fresco y revitalizante. Se dejaban llevar hacia
ninguna parte y en la lejanía adivinaron lo que parecía un gran árbol solitario
que les daría el descanso que necesitaban. Al llegar, ambos se dejaron caer en
la base del gran árbol para tomar el merecido descanso del día y Gyneth presencio
una imagen que cambiaria sus vidas para siempre.
Una
gran telaraña se sostenía entre tronco y raíces que asomaban del verde suelo.
En aquella telaraña, prisionera, una mariposa. Seguro no era la más bonita que
había visto, pero se quedo totalmente enfrascada con la visión pues de nuevo
vino a su cabeza el recuerdo del jardín que tantas y tantas mariposas albergaba
y con las que pasó mucho de su tiempo. Con el recuerdo, de nuevo la tristeza,
la nostalgia y Benthur. Y lo que parecía que no podía volver a suceder. De sus
ojos brotó una sola lágrima que recorrió su cara lenta muy lentamente y al
final terminó por caer sobre aquel pequeño insecto que parecía estar condenado
transformándose de repente y para sorpresa de Gyneth en un hada de bosque.
El
hada se dirigió entonces a Gyneth. En este árbol habito y en la telaraña me
refugio de miradas curiosas y buscadores de fortuna pero tu sin pedirlo mereces
mi atención. Cuánto dolor alberga esa lagrima, dime ANCIANA, que mal rompe tu
alma y tu corazón. Que te hace morir en vida. Gyneth conto su historia al hada
y esta conmovida y generosa se dirigió de nuevo a ella…. romper el encantamiento
no puedo pues mis conocimientos de hechicería son limitados, pero no así mi
poder. Pide una última voluntad que libere tu alma de tal sufrimiento y te la
concederé sin demora.
Entonces
Gyneth pensando que por fin le sonrió la fortuna después de toda una vida no
dudo en pedir su deseo. Articular palabra no puedo con Benthur, dirígete a él, dile
con detalle cuanto no pude expresarle en todos nuestros años de exilio, cuanto
le amé, cuanto le amo y déjame morir ahora en la sombra de este tu árbol para
por fin librarme de mi tortura y reunirme con él algún día donde quiera que nos
lleve la muerte y su hora. Allí le espero por fin libres para disfrutar de la
eternidad. HAZSELO SABER.
Todo ocurrió tal y como ella deseaba y bajo el árbol vivió su último día muriendo feliz después de tantos y tantos años por saber que algún día volvería a reunirse con lo que de nuevo pensó que fue su perdición, su delito, su bendición. “Benthur”.
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