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En tierra de Nadie

MPR

Autor MPR

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Publicado el 15/02/2008 | 110 Visitas | 0 Comentario(s)

En tierra de nadie viajaban los dos miserables expulsados de palacio. Impares, solitarios y a la vez unidos para siempre. Hace tiempo se vieron obligados a caminar juntos. Un día los unió el destino y todos los días rezaban por librarse de aquella maldición que los perseguía.

Aquel oscuro y frio palacio antaño morada de Gyneth y Benthur se veía habitado entre otras por criaturas que se podrían calificar como de… demasiado observadoras. Criaturas arpías que se alimentaban de cualquier emoción o sentimiento humano. Nunca existió en aquel lugar la más mínima intención más allá del deber y la abnegación al Rey. Pobre de aquel que se saliera de la pauta establecida. Como prestas al servicio allí se presentaban las criaturas entre las sombras, el más mínimo callejón podía ser un buen lugar donde habitar, nada escapaba a su mirada. Si alguien se permitía el lujo de opinar o pensar más allá de su labor lo estudiaban y hacían saber al señor de sus intenciones, ganándose así el beneplácito del monarca y su aprobación para saciar su sed de emociones y practicar sus más oscuros ritos de brujería.

Gyneth era un manantial de virtudes, y su belleza la envidia del tedioso lugar. La señora. Así se dirigían a ella. Hacia tanto tiempo que fue vendida que casi olvidó su pasado. Enviada en ofrenda a Jasión el grande sus días transcurrían eternos. Para ella lo que fueran años parecieron siglos. Tenía cuanto pudiera desear en compañía de Jasión, y sin embargo su tristeza era tan evidente que se convertiría en el más grande de los deseos de las arpías. Así, nunca cometió delito y siempre fue observada. ¿Nunca? No existe nunca y un día llego su perdición, su delito, su bendición. “Benthur”.

Tiempo ha, trataba “la señora” con Benthur y nunca reparo en él, no merece la pena recalar en las labores que Benthur prestaba pues prácticamente era más que un empleado de cámara. No era precisamente la envidia de ningún caballero altivo de los muchos que paseaban y se vanagloriaban de riquezas y victorias por el inmenso castillo. Sin embargo poseía virtudes que ninguno de los elegidos podía tan siquiera soñar. El era capaz de sentir y pensar por sí mismo cosa que por aquellos lugares estaba bastante “mal visto” por decirlo de alguna manera. Pero su mayor poder era su habilidad para guardarse de la vigilancia de las arpías. Así, Benthur cada día soñaba con el amor que desde el día que conoció a “la señora” él la tenía sin que nadie reparara en ello.

Los días transcurrían rápidos y tranquilos hasta que un día un pequeño accidente pasajero pero duradero en el tiempo de recuperación impidió a Gyneth la posibilidad de salir al jardín de palacio. Este era un lugar exclusivo y prohibido para toda persona menos para ella y es allí donde se sentía sola y en paz.

La luz, era la luz lo que ella buscaba y salía cada día a pasar horas y horas en compañía de flores y mariposas de mil tamaños y colores, escapando así de la mirada atenta de las sombras como ella llamaba a las arpías. Odiaban la luz, era nocivo para ellas. Fue entonces cuando a Benthur se le encomendó la labor de trasladar a la Señora cada mañana al jardín y permanecer con ella para atender cualquier necesidad que pudiera demandar. La situación era una oportunidad soñada para acercarse a su adoración además de saberse en teoría seguro en aquel lugar pues él también sabia de la imposibilidad de encontrarse allí con los engendros oscuros.

Poco a poco la relación entre aquellos dos incautos fue siendo más y más fluida, él lo percibía y guardaba silencio y ella encontraba con Benthur lo que nunca halló en aquellos muros y que antes le fue imposible conocer dada la prematura juventud con la que fue entregada a Jasión. Lo que para Gyneth era una compañía grata se convirtió en una vía de escape para sus días de “cautiverio”. Tan sencilla y cómplice se sentía al lado de Benthur que poco a poco lo que fue bienestar se convirtió en algo mucho más profundo hacia aquel insignificante asistente de palacio. Todo nació de la nada y se vieron envueltos en una historia de amor que ninguno de los dos pudo resistir pues ambos encontraron lo que pensaban nunca podrían alcanzar. FELICIDAD. Y así, entre conversaciones y pasiones los días pasaban como si fueran segundos.

Llegó el fatídico momento en el que Gyneth se encontraba recuperada totalmente de su accidente, y como se hizo evidente ya no necesitaba de los servicios de Benthur por lo que se le volvió a emplear en otros trabajos que le mantenían apartado de ella. Él conseguía cubrirse de las miradas que a su corazón lanzaban las criaturas, pero ella fue descubierta en poco tiempo pues le era imposible disimular la nostalgia que sufría por los días pasados con el salvador de su alma. Las sombras sabían que algún día la cazarían y rápidamente. Hambrientas por tan suculento bocado fue puesta ante Jasión en un breve periodo de tiempo después de su alejamiento de Benthur.

El rey pareció no sentirse demasiado sorprendido pues nunca sintió que Gyneth le ofreciera las más mínima atención, pero aun así, le recorrió un odio y una sed de venganza digna del más cruel de los demonios. No demostró dolor alguno y dirigiéndose a sus “fieles” engendros solo pronuncio su veredicto. Sus debilidades son vuestro alimento, hacédselo pagar hasta el final de sus días.

¿Cuál será el castigo para aquellos dos pecadores? Las criaturas lanzaron su hechizo sobre ellos. Se verían obligados a viajar juntos, hasta la muerte, siempre unidos, nunca podrían separarse. ¿Cuál sería su calvario entonces? Jamás podrán demostrar emoción ni sentimiento alguno entre ellos, es más, ni siquiera serán capaces de articular palabra el uno al otro. ¿Lo peor? Su memoria, sus recuerdos y aquellos idílicos días de jardín siempre estarían presentes en cada movimiento, en cada mirada que los uniera, sin tan siquiera poder percibir en el rostro contrario que así era. Crueles, sádicas y sin escrúpulos así les harían pagar su falta. SU DELITO.

 Desterrados de la comarca, del reino, y marcados con el estigma de estar bajo el hechizo de tan influyentes monstruos, vagaron de ciudad en ciudad. En cada capital que se detenían buscaban remedio a su mal. La magia era algo muy común en aquellos tiempos y se practicaba con relativa normalidad, pero tal era el temor a las Brujas de Jasión y la marca recibida con sus “trabajos”  que cualquier mago detectaba al autor de semejante hechizo de forma instantánea y se negaba a siquiera intentar poner remedio al mismo.

Pasaron años e incluso sus cuerpos dejaron de ser los que en su día conocieron, pero sus recuerdos seguían tan vivos como el primer día de su amor confesado. Atravesaron ríos y montañas en su viaje. Y un día, como podía ser otro cualquiera caminaban por una pradera sin horizonte. Mirases hacia cualquier punto cardinal solo se veía un enorme manto verde. La hierba era muy corta, tupida, de un verde intenso y desprendía un olor fresco y revitalizante. Se dejaban llevar hacia ninguna parte y en la lejanía adivinaron lo que parecía un gran árbol solitario que les daría el descanso que necesitaban. Al llegar, ambos se dejaron caer en la base del gran árbol para tomar el merecido descanso del día y Gyneth presencio una imagen que cambiaria sus vidas para siempre.

Una gran telaraña se sostenía entre tronco y raíces que asomaban del verde suelo. En aquella telaraña, prisionera, una mariposa. Seguro no era la más bonita que había visto, pero se quedo totalmente enfrascada con la visión pues de nuevo vino a su cabeza el recuerdo del jardín que tantas y tantas mariposas albergaba y con las que pasó mucho de su tiempo. Con el recuerdo, de nuevo la tristeza, la nostalgia y Benthur. Y lo que parecía que no podía volver a suceder. De sus ojos brotó una sola lágrima que recorrió su cara lenta muy lentamente y al final terminó por caer sobre aquel pequeño insecto que parecía estar condenado transformándose de repente y para sorpresa de Gyneth en un hada de bosque.

El hada se dirigió entonces a Gyneth. En este árbol habito y en la telaraña me refugio de miradas curiosas y buscadores de fortuna pero tu sin pedirlo mereces mi atención. Cuánto dolor alberga esa lagrima, dime ANCIANA, que mal rompe tu alma y tu corazón. Que te hace morir en vida. Gyneth conto su historia al hada y esta conmovida y generosa se dirigió de nuevo a ella…. romper el encantamiento no puedo pues mis conocimientos de hechicería son limitados, pero no así mi poder. Pide una última voluntad que libere tu alma de tal sufrimiento y te la concederé sin demora.

Entonces Gyneth pensando que por fin le sonrió la fortuna después de toda una vida no dudo en pedir su deseo. Articular palabra no puedo con Benthur, dirígete a él, dile con detalle cuanto no pude expresarle en todos nuestros años de exilio, cuanto le amé, cuanto le amo y déjame morir ahora en la sombra de este tu árbol para por fin librarme de mi tortura y reunirme con él algún día donde quiera que nos lleve la muerte y su hora. Allí le espero por fin libres para disfrutar de la eternidad. HAZSELO SABER.

Todo ocurrió tal y como ella deseaba y bajo el árbol vivió su último día muriendo feliz después de tantos y tantos años por saber que algún día volvería a reunirse con lo que de nuevo pensó que fue su perdición, su delito, su bendición. “Benthur”.


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