El frío de la mañana me despierta, mi garganta está tan reseca como la
arena del desierto, mi cuerpo entumecido va saliendo lentamente de su
letargo. Me dirijo a los aseos públicos de la plaza en la que vivo, al
entrar me cruzo con otros “compañeros de piso”, los miro con desprecio,
apenas nos saludamos, yo no les intereso, ellos tampoco a mi.
Tras asearme, salgo a la calle, inicio mi jornada laboral. Hago el
mismo recorrido todos los días, buscando en los cubos de basura, en las
papeleras, pido comida y sobre todo bebida, a tenderos, camareros y
porteros.
No es mi primer empleo, estuve trabajando en la puerta de una imponente
iglesia. La verdad sacaba un buen dinero, pero tenía que estar todo el
día, pegado a aquella magnífica puerta renacentista. Cualquier descuido
era aprovechado por otro “colega” para levantarte el puesto. Nosotros
no tenemos sindicatos, ni representantes laborales, ni estatuto de los
trabajadores, ni por supuesto, juzgados de lo social.
Uno de los mendigos perdió un ojo en una reyerta defendiendo “su puesto
de trabajo”. Ese mismo día abandoné aquel edén del pobre, por miedo a
sufrir la misma suerte que aquella alma dejada de la mano de Dios. La
idea de tener un ojo de cristal, era absolutamente insoportable, pueden
llamarme aprensivo, hipocondríaco, incluso paranoico, pero preferí
retirarme de una pieza, antes de tener que lamentar desgracias mayores.
Después me empleé en el metro, tenía importantes ventajas, no se pasaba
frío, la gente tiraba muchas cosas en las papeleras, no estaba mal,
pero como todo en este mundo, no podía ser perfecto. La carencia de
servicios complicaba mucho mi existencia, tenía que colarme cuatro o
cinco veces al día, la mitad de las veces los vigilantes, o bien me
impedían el acceso, o bien me echaban, no siempre con buenos modales.
Claro, a mi no protege la ley del viajero, ni puedo pedir el libro de
reclamaciones, y que decir de poner una denuncia, imposible.
Cansado de recibir golpes de los vigilantes de seguridad, busqué otro
“oficio” menos expuesto. Localicé un supermercado en un elegante
barrio. Ayudaba a cargar a las señoras mayores y, con aire de
mayordomo, abría la puerta a los adinerados señores, que gastaban
ingentes cantidades de dinero en exquisiteces culinarias.
Curaban sus conciencias dándome dinero, ropa, comida o incluso consejos
para salir de mi preocupante situación. Fue una buena época, mi aspecto
mejoró bastante, gracias a los trajes, chaquetas y abrigos con los que
me agasajaban mis clientes. ¡Más que un mendigo parecía el príncipe de
los sin techos!
Los problemas no tardaron en llegar, mi regalada elegancia, no
ablandaba el alma de mis mecenas, que necesitaban palpar la miseria
para aflojar sus bolsillos. El look también es importante en mi
negocio, no sólo hay que ser pobre, sino que hay que parecerlo. Desde
ese día me siento como un hombre anuncio, que destila hambre, soledad,
pobreza, desesperación, alcoholismo, analfabetismo, enfermedad. Así es
como encontré mi último trabajo. Necesita alguien para recoger sus
migajas, allí estaré yo, además agradeceré, con gesto sumiso, su
generosísima aportación, halagaré su alma caritativa y, como no, le
haré sentirse importante, privilegiado, hasta podrá permitirse el lujo,
de hacer lo que su jefe hace con usted, podrá sentir lástima de mi. De
momento nadie, me ha despedido.
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