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En la calle.

fernandoj

Autor fernandoj

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Publicado el 19/11/2008 | 513 Visitas | 2 Comentario(s)

El frío de la mañana me despierta, mi garganta está tan reseca como la arena del desierto, mi cuerpo entumecido va saliendo lentamente de su letargo. Me dirijo a los aseos públicos de la plaza en la que vivo, al entrar me cruzo con otros “compañeros de piso”, los miro con desprecio, apenas nos saludamos, yo no les intereso, ellos tampoco a mi.

Tras asearme, salgo a la calle, inicio mi jornada laboral. Hago el mismo recorrido todos los días, buscando en los cubos de basura, en las papeleras, pido comida y sobre todo bebida, a tenderos, camareros y porteros.

No es mi primer empleo, estuve trabajando en la puerta de una imponente iglesia. La verdad sacaba un buen dinero, pero tenía que estar todo el día, pegado a aquella magnífica puerta renacentista. Cualquier descuido era aprovechado por otro “colega” para levantarte el puesto. Nosotros no tenemos sindicatos, ni representantes laborales, ni estatuto de los trabajadores, ni por supuesto, juzgados de lo social.

Uno de los mendigos perdió un ojo en una reyerta defendiendo “su puesto de trabajo”. Ese mismo día abandoné aquel edén del pobre, por miedo a sufrir la misma suerte que aquella alma dejada de la mano de Dios. La idea de tener un ojo de cristal, era absolutamente insoportable, pueden llamarme aprensivo, hipocondríaco, incluso paranoico, pero preferí retirarme de una pieza, antes de tener que lamentar desgracias mayores.

Después me empleé en el metro, tenía importantes ventajas, no se pasaba frío, la gente tiraba muchas cosas en las papeleras, no estaba mal, pero como todo en este mundo, no podía ser perfecto. La carencia de servicios complicaba mucho mi existencia, tenía que colarme cuatro o cinco veces al día, la mitad de las veces los vigilantes, o bien me impedían el acceso, o bien me echaban, no siempre con buenos modales. Claro, a mi no protege la ley del viajero, ni puedo pedir el libro de reclamaciones, y que decir de poner una denuncia, imposible.

Cansado de recibir golpes de los vigilantes de seguridad, busqué otro “oficio” menos expuesto. Localicé un supermercado en un elegante barrio. Ayudaba a cargar a las señoras mayores y, con aire de mayordomo, abría la puerta a los adinerados señores, que gastaban ingentes cantidades de dinero en exquisiteces culinarias.

Curaban sus conciencias dándome dinero, ropa, comida o incluso consejos para salir de mi preocupante situación. Fue una buena época, mi aspecto mejoró bastante, gracias a los trajes, chaquetas y abrigos con los que me agasajaban mis clientes. ¡Más que un mendigo parecía el príncipe de los sin techos!

Los problemas no tardaron en llegar, mi regalada elegancia, no ablandaba el alma de mis mecenas, que necesitaban palpar la miseria para aflojar sus bolsillos. El look también es importante en mi negocio, no sólo hay que ser pobre, sino que hay que parecerlo. Desde ese día me siento como un hombre anuncio, que destila hambre, soledad, pobreza, desesperación, alcoholismo, analfabetismo, enfermedad. Así es como encontré mi último trabajo. Necesita alguien para recoger sus migajas, allí estaré yo, además agradeceré, con gesto sumiso, su generosísima aportación, halagaré su alma caritativa y, como no, le haré sentirse importante, privilegiado, hasta podrá permitirse el lujo, de hacer lo que su jefe hace con usted, podrá sentir lástima de mi. De momento nadie, me ha despedido.

Comentarios

delfincontreras

delfincontreras

22/11/2008

# 1

no sólo hay que ser pobre, sino que hay que parecerlo. Desde ese día me siento como un hombre anuncio, que destila hambre, soledad, pobreza,

el nuevo mundo nos alcanza. mis saludos

cubano62

cubano62

24/11/2008

# 2

Si lleva audio y visión el relato.
mis saludos

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