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En la Ciudad de la Noche Eterna

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Autor ademir

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Publicado el 30/01/2008 | 161 Visitas | 0 Comentario(s)

Por Jesús Ademir  Morales Rojas

Los caza-replicantes Ollin y Holden fueron comisionados por el jefe de la policía Bryant para investigar acerca de grupos de replicantes fugados, que presuntamente se reunían en forma clandestina en la “Zona Roja” de Los Angeles.

Holden recién se había recuperado de una grave lesión, que lo había tenido fuera de combate durante meses, y Ollin ocupaba ahora el lugar que había dejado vacante aquel que fuera el mejor blade runner, Rick Deckard, hoy desaparecido. Fueron conducidos por el astuto Gaff, por tierra, a bordo de una patrulla disimulada, hasta el peligroso sitio.

Allí, en un intrincado laberinto de calles sucias, atiborradas de comercios ambulantes, de cualquier tipo de artículos pornográficos, se despidieron de Gaff, asegurándole que seguirían sus recomendaciones y consejos; (Gaff por x razones, parecía conocer bastante bien los secretos riesgosos de aquella tierra de nadie).
Ollin y Holden, se internaron en la Zona Roja, ese mundo aparte dentro de la propia ciudad de Los Angeles, en aquel año de 2023.

Tras evadir a persistentes vendedores de chips de placer y hologramas de sadomasoquismo extremo, decidieron entrar por separado a un oculto centro de espectáculos hardcore, en donde hombres y mujeres extenuados y curtidos, practicaban exhibiciones sexuales con grotescas maquinarias llenas de pistones, palancas y motores ruidosos. Realmente era algo muy duro de presenciar, y a la larga sólo pocos espectadores permanecieron para ver el final del show. Ollin y Holden, estaban entre estos últimos, aguardando, a pesar de cierto asco y malestar, en especial de Ollin; pero era preciso seguir las pistas brindadas por Gaff, obtenidas a través de los informadores y soplones de la Zona Roja, con los que mantenía tratos y contactos esporádicos. El anunciador, un tipo punkie gordo y sin cuerdas vocales, que bramaba con voz robótica, utilizando un dispositivo en su garganta, y que además por ser paralítico, e inmensamente voluminoso, era conducido colgando en una pequeña grúa; dio aviso del próximo número, el final del espectáculo.

Era “La danza de las Eurídices desolladas”, interpretada por la hermosa Siraí. Holden y Ollin, entre el público presente- sólo tipos duros, llenos de cicatrices y vistiendo oscuras ropas estrafalarias, de corte variopinto- vieron como ingresaba dando maromas una mujer alta y muy delgada, con cada centímetro de su cuerpo, literalmente, cubierto de piercings, a excepción del limpio rostro afro, increíblemente hermoso, de rasgos delicados y de ambigua sonrisa permanente. A Ollin le pareció una auténtica estatua de plata, debido a los destellos de los adornos metálicos que colmaban aquel cuerpo felino.

Entonces comenzó una extraña coreografía, al ritmo de música oriental, que parecía mezclar insólitamente, bailes rituales africanos, danzas prehispánicas y movimientos del Trance más oscuro, con ciertos gestos y ademanes del lenguaje de los sordomudos. Más gente salió decepcionada y un tanto furiosa, ante esta farsa de algo, que esperaban fuese enfermizo, bizarro y sexualmente torcido. Escasamente quedaban siete espectadores, contando a los asombrados Ollin y Holden. Enormes sujetos, con la calva teñida de amarillo fosforescente y con ropas de plástico transparentes, en ese momento, cerraron disimuladamente las puertas del improvisado foro, en ese callejón miserable. Holden hizo un gesto incipiente a Ollin, y se dirigió discretamente tras bambalinas. Allí descubrió a un gigante albino, con penacho de plumas, que aguardaba algo. Holden se ocultó y no le perdió de vista. Mientras en el escenario, los sujetos de calva fosforescente instalaron un tálamo cubierto con una cúpula de cristal de superficie velada, que sólo permitía ver difusamente la silueta de Siraí que aguardaba en el lecho con su sinuoso cuerpo relajado.

El anunciador, el gordo punkie, hablo de nuevo entonces: manifestó que estaban seguros los pocos espectadores que quedaban, que para ellos, era ahora el premio por su paciencia y entrega: la extraña danza de Siraí era una inusual variación del Test Voight-Kampf, puesta en baile, que contenía mensajes subliminales que repelían a los seres humanos y que cautivaban a los replicantes. El punkie decía ahora a los espectadores que su secreto estaba a salvo: él sabía que eran replicantes, pero que no los denunciaría, que aquél era un oasis para ellos, un oasis de amor y deseo.

En eso, retiraron por un momento la cubierta de cristal velado, y el hermoso cuerpo lleno de piercings de Siraí quedo a la vista de los espectadores alucinados. El punkie invitó a uno de ellos a que pasara a gozar de la danzarina, a la vista de todos. Ollin estaba impactado, no creía la revelación que le hacían acerca de su supuesta naturaleza no humana, y el extraño ritual que estaba a punto de presenciar le azoraba por entero.

Mientras Siraí se contorsionaba en el lecho al compás de orientales melodías, para atraer al replicante indeciso, los calvos forzudos colocaron de nuevo la campana. Las siluetas unidas hablaron por sí solas. Luego del primer acto, las luces se atenuaron, retiraron la campana, donde ahora allí, sólo estaba la mujer sensual tendida como una pantera insatisfecha. Ollin, no resistió más y se dirigió al tálamo, sin pensar, sólo ardiendo de confuso deseo. La sonriente danzarina metálica estiró los brazos para recibirlo.

Mientras tanto Holden escuchaba hablar al gigante albino del penacho, que había estado vigilando, y a quien se le había reunido el punkie, con la grúa a control que lo sostenía, donde colgaba de un arnés.

Holden se impactó cuando descubrió la fechoría que llevaban a cabo: eran traficantes de partes de androides, de alguna manera Siraí les provocaba la “muerte” con su unión sexual, y los restos de los hombres artificiales, los replicantes, eran retirados pronto para ser desarticulados, desmembrados, y preparados para la tráfica clandestina de sus componentes. En ese momento el gordo punkie, dueño de ese circo singular, verdadera trampa mortal, y el traficante principal de la Zona Roja, el albino gigante, cerraban un trato. Holden ya no esperó más. Era un blade runner, sí, pero también era un policía, y las reuniones de androides fugados eran motivadas por ese par de malandrines. De tal suerte que con arma en mano, se dispuso a detenerlos. Ellos se sorprendieron mucho, al descubrirlo allí inesperadamente. Más sin embargo, buscaron reaccionar al momento: el gigante albino arrojó al gordo como un péndulo mortal hacia Holden. Pero este último ya lo estaba esperando, evadió el golpe tirándose al suelo, mientras el gordo se hacía papilla al estrellarse contra el muro metálico de aquél callejón sucio. A la vez Holden, estando tumbado en el suelo, disparó varias cargas sobre las piernas del gigante, quien cayó abatido como una caña inmensa. Holden entonces se dirigió presto al escenario para salvar a su compañero Ollin.

Sin que los calvos fosforescentes y forzudos pudieran impedirlo, Holden subió al escenario y rompió de un cachazo la campana de cristal que cubría al lecho y sus ocupantes agitados. Holden se consternó al límite al descubrir entre los fragmentos de cristal a un Ollin agonizante pero persistente en su pasión: los percings de Siraí se habían vuelto afilados y mortales, al frotarlos ella voluntariamente, furiosamente, contra el cuerpo de su amante inerme. Holden safó al sangrante Ollin del criminal abrazo y lo arrojó al suelo. Allí quedo el desventurado caza replicantes encogido entre estertores incontrolables que presagiaban lo peor. Siraí se lanzó contra Holden, agitando sus miembros hacia él, con las más nefastas intenciones. Pero Holden le disparó a quemarropa en el vientre. La danzarina de metal, fue lanzada hacia atrás por la detonación y allí en el escenario, quedo muerta en el acto. Los replicantes espectadores insatisfechos en sus deseos, y los furiosos calvos forzudos cómplices del delito, trataron de linchar a Holden, quien abatió a varios al descargar su arma en contra de ellos, pero pronto fue levantado por la turba enloquecida y sometido a una brutal lluvia de golpes y vejaciones. Cuando todo parecía ya perdido, arribó Gaff con varios contingentes de blade runners y policías, acudiendo al previo llamado que Holden le había hecho, al descubrir la criminal conspiración, y luego de un enfrentamiento colosal, los agentes de la ley lograron imponer el orden en el lugar.

Gaff encontró a Holden moribundo, por lo que solicitó a una ambulancia que lo trasladara a un hospital de inmediato. Luego fue a ver a Ollin. El caza replicantes yacía “muerto” encogido en un rincón, desangrado grotescamente por innumerables heridas. Gaff, al parecer sin conmoverse, se aproximó al cuerpo y le quitó algo que sujetaba Ollin, al “fallecer”: sus preciadas fotografías, las de su vida anterior, con su familia. Su exmujer y su pequeño hijo. Gaff las guardó en su gabardina, subió a su vehículo y se internó en las luces sordas de la noche eterna.

Mientras, el inmenso rostro de una Geisha musitadora, del anuncio-holograma de un mudo dirigible, sonreía al pasar lentamente por el cielo.

Todo lo veía.

 

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