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Sitio Web del AutorAutor ademir
Los
caza-replicantes Ollin y Holden fueron comisionados por el jefe de la policía
Bryant para investigar acerca de grupos de replicantes fugados, que
presuntamente se reunían en forma clandestina en la “Zona Roja” de Los Angeles.
Holden
recién se había recuperado de una grave lesión, que lo había tenido fuera de
combate durante meses, y Ollin ocupaba ahora el lugar que había dejado vacante
aquel que fuera el mejor blade runner, Rick Deckard, hoy desaparecido. Fueron
conducidos por el astuto Gaff, por tierra, a bordo de una patrulla disimulada,
hasta el peligroso sitio.
Allí,
en un intrincado laberinto de calles sucias, atiborradas de comercios
ambulantes, de cualquier tipo de artículos pornográficos, se despidieron de
Gaff, asegurándole que seguirían sus recomendaciones y consejos; (Gaff por x
razones, parecía conocer bastante bien los secretos riesgosos de aquella tierra
de nadie).
Ollin y Holden, se internaron en la Zona Roja, ese mundo aparte dentro de la
propia ciudad de Los Angeles, en aquel año de 2023.
Tras
evadir a persistentes vendedores de chips de placer y hologramas de
sadomasoquismo extremo, decidieron entrar por separado a un oculto centro de
espectáculos hardcore, en donde hombres y mujeres extenuados y curtidos,
practicaban exhibiciones sexuales con grotescas maquinarias llenas de pistones,
palancas y motores ruidosos. Realmente era algo muy duro de presenciar, y a la
larga sólo pocos espectadores permanecieron para ver el final del show. Ollin y
Holden, estaban entre estos últimos, aguardando, a pesar de cierto asco y
malestar, en especial de Ollin; pero era preciso seguir las pistas brindadas
por Gaff, obtenidas a través de los informadores y soplones de la Zona Roja,
con los que mantenía tratos y contactos esporádicos. El anunciador, un tipo
punkie gordo y sin cuerdas vocales, que bramaba con voz robótica, utilizando un
dispositivo en su garganta, y que además por ser paralítico, e inmensamente
voluminoso, era conducido colgando en una pequeña grúa; dio aviso del próximo
número, el final del espectáculo.
Era
“La danza de las Eurídices desolladas”, interpretada por la hermosa Siraí.
Holden y Ollin, entre el público presente- sólo tipos duros, llenos de
cicatrices y vistiendo oscuras ropas estrafalarias, de corte variopinto- vieron
como ingresaba dando maromas una mujer alta y muy delgada, con cada centímetro
de su cuerpo, literalmente, cubierto de piercings, a excepción del limpio
rostro afro, increíblemente hermoso, de rasgos delicados y de ambigua sonrisa
permanente. A Ollin le pareció una auténtica estatua de plata, debido a los
destellos de los adornos metálicos que colmaban aquel cuerpo felino.
Entonces
comenzó una extraña coreografía, al ritmo de música oriental, que parecía mezclar
insólitamente, bailes rituales africanos, danzas prehispánicas y movimientos
del Trance más oscuro, con ciertos gestos y ademanes del lenguaje de los
sordomudos. Más gente salió decepcionada y un tanto furiosa, ante esta farsa de
algo, que esperaban fuese enfermizo, bizarro y sexualmente torcido. Escasamente
quedaban siete espectadores, contando a los asombrados Ollin y Holden. Enormes
sujetos, con la calva teñida de amarillo fosforescente y con ropas de plástico
transparentes, en ese momento, cerraron disimuladamente las puertas del
improvisado foro, en ese callejón miserable. Holden hizo un gesto incipiente a
Ollin, y se dirigió discretamente tras bambalinas. Allí descubrió a un gigante
albino, con penacho de plumas, que aguardaba algo. Holden se ocultó y no le
perdió de vista. Mientras en el escenario, los sujetos de calva fosforescente
instalaron un tálamo cubierto con una cúpula de cristal de superficie velada,
que sólo permitía ver difusamente la silueta de Siraí que aguardaba en el lecho
con su sinuoso cuerpo relajado.
El
anunciador, el gordo punkie, hablo de nuevo entonces: manifestó que estaban
seguros los pocos espectadores que quedaban, que para ellos, era ahora el
premio por su paciencia y entrega: la extraña danza de Siraí era una inusual
variación del Test Voight-Kampf, puesta en baile, que contenía mensajes
subliminales que repelían a los seres humanos y que cautivaban a los
replicantes. El punkie decía ahora a los espectadores que su secreto estaba a
salvo: él sabía que eran replicantes, pero que no los denunciaría, que aquél
era un oasis para ellos, un oasis de amor y deseo.
En
eso, retiraron por un momento la cubierta de cristal velado, y el hermoso
cuerpo lleno de piercings de Siraí quedo a la vista de los espectadores
alucinados. El punkie invitó a uno de ellos a que pasara a gozar de la
danzarina, a la vista de todos. Ollin estaba impactado, no creía la revelación
que le hacían acerca de su supuesta naturaleza no humana, y el extraño ritual
que estaba a punto de presenciar le azoraba por entero.
Mientras
Siraí se contorsionaba en el lecho al compás de orientales melodías, para
atraer al replicante indeciso, los calvos forzudos colocaron de nuevo la
campana. Las siluetas unidas hablaron por sí solas. Luego del primer acto, las
luces se atenuaron, retiraron la campana, donde ahora allí, sólo estaba la
mujer sensual tendida como una pantera insatisfecha. Ollin, no resistió más y
se dirigió al tálamo, sin pensar, sólo ardiendo de confuso deseo. La sonriente
danzarina metálica estiró los brazos para recibirlo.
Mientras
tanto Holden escuchaba hablar al gigante albino del penacho, que había estado
vigilando, y a quien se le había reunido el punkie, con la grúa a control que
lo sostenía, donde colgaba de un arnés.
Holden
se impactó cuando descubrió la fechoría que llevaban a cabo: eran traficantes
de partes de androides, de alguna manera Siraí les provocaba la “muerte” con su
unión sexual, y los restos de los hombres artificiales, los replicantes, eran
retirados pronto para ser desarticulados, desmembrados, y preparados para la
tráfica clandestina de sus componentes. En ese momento el gordo punkie, dueño
de ese circo singular, verdadera trampa mortal, y el traficante principal de la
Zona Roja, el albino gigante, cerraban un trato. Holden ya no esperó más. Era
un blade runner, sí, pero también era un policía, y las reuniones de androides
fugados eran motivadas por ese par de malandrines. De tal suerte que con arma
en mano, se dispuso a detenerlos. Ellos se sorprendieron mucho, al descubrirlo
allí inesperadamente. Más sin embargo, buscaron reaccionar al momento: el
gigante albino arrojó al gordo como un péndulo mortal hacia Holden. Pero este
último ya lo estaba esperando, evadió el golpe tirándose al suelo, mientras el
gordo se hacía papilla al estrellarse contra el muro metálico de aquél callejón
sucio. A la vez Holden, estando tumbado en el suelo, disparó varias cargas
sobre las piernas del gigante, quien cayó abatido como una caña inmensa. Holden
entonces se dirigió presto al escenario para salvar a su compañero Ollin.
Sin
que los calvos fosforescentes y forzudos pudieran impedirlo, Holden subió al
escenario y rompió de un cachazo la campana de cristal que cubría al lecho y
sus ocupantes agitados. Holden se consternó al límite al descubrir entre los
fragmentos de cristal a un Ollin agonizante pero persistente en su pasión: los
percings de Siraí se habían vuelto afilados y mortales, al frotarlos ella
voluntariamente, furiosamente, contra el cuerpo de su amante inerme. Holden
safó al sangrante Ollin del criminal abrazo y lo arrojó al suelo. Allí quedo el
desventurado caza replicantes encogido entre estertores incontrolables que
presagiaban lo peor. Siraí se lanzó contra Holden, agitando sus miembros hacia
él, con las más nefastas intenciones. Pero Holden le disparó a quemarropa en el
vientre. La danzarina de metal, fue lanzada hacia atrás por la detonación y
allí en el escenario, quedo muerta en el acto. Los replicantes espectadores
insatisfechos en sus deseos, y los furiosos calvos forzudos cómplices del delito,
trataron de linchar a Holden, quien abatió a varios al descargar su arma en
contra de ellos, pero pronto fue levantado por la turba enloquecida y sometido
a una brutal lluvia de golpes y vejaciones. Cuando todo parecía ya perdido,
arribó Gaff con varios contingentes de blade runners y policías, acudiendo al
previo llamado que Holden le había hecho, al descubrir la criminal
conspiración, y luego de un enfrentamiento colosal, los agentes de la ley
lograron imponer el orden en el lugar.
Gaff
encontró a Holden moribundo, por lo que solicitó a una ambulancia que lo
trasladara a un hospital de inmediato. Luego fue a ver a Ollin. El caza
replicantes yacía “muerto” encogido en un rincón, desangrado grotescamente por
innumerables heridas. Gaff, al parecer sin conmoverse, se aproximó al cuerpo y
le quitó algo que sujetaba Ollin, al “fallecer”: sus preciadas fotografías, las
de su vida anterior, con su familia. Su exmujer y su pequeño hijo. Gaff las
guardó en su gabardina, subió a su vehículo y se internó en las luces sordas de
la noche eterna.
Mientras,
el inmenso rostro de una Geisha musitadora, del anuncio-holograma de un mudo
dirigible, sonreía al pasar lentamente por el cielo.
Todo
lo veía.
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