Sin sospechas ni miedos, Rebeca, dentro de la seguridad de su hogar, se
dispone a salir. En algún recóndito lugar, andan los autores de su
venidera desgracia. Éstos, no son más que figuras encapuchadas sin
identidad, que subsisten de cuanto infortunio recrean. De ella, podemos
decir que es la típica joven que mientras la vida pasa, espera por
vivir. Encara al mundo con una actitud de mujer intocable, y hasta
cierto punto, con aires de arrogancia y suficiencia.
Embellecida aún más por el colorete regado en sus mejillas, y por el
escote del traje que acentúa su busto, está lista para partir. Se
observa ante el espejo -orgullosa del reflejo que le devuelve el mismo-,
mientras escudriña la superficie de la mesita de noche en búsqueda del
teléfono móvil. Con la llamada efectuada, ha confirmado su asistencia a
la fiesta de una amiga, fiesta a la que nunca llegará.
Caminaba tranquila –tarareando la melodía de una canción trillada- en
plena intemperancia nocturna, vulnerable; sin la calidez ni la
protección de esas cuatro paredes que componen su casa… Hasta que sintió
pasos, pasos acelerados, sonoros pasos que se aproximan… Da un vistazo,
y ve a un individuo, que si bien no está siguiéndola, el tiempo lo
apremia y avanza con mucha prisa. Recelosa, apresura su marcha con tal
de alejarse y reemprender su trayecto en una zona más iluminada…
Muy tarde.
Un hombre la ha interceptado y obstaculiza todo intento de movilidad por
parte de la joven atrapada. Grita. Otro desconocido –sin duda alguna el
que estaba detrás de ella- se ocupa de silenciar sus auxilios.
Comienzan los sollozos, mientras que, con los ojos más expresivos,
pretende suplicar por sí misma.
-Eres una ricura- farfulló uno de ellos, besando el cuello sudoroso de
una Rebeca en aprietos.
-No te resistas linda, que si te quedas tranquilita, más gozoso nos
resulta a todos- añadió el otro, relamiéndose los labios y desabrochando
su pantalón…
***
Así fue ultrajada Rebeca una y otra vez por dos completos extraños. Como
de costumbre, nadie presenció ese vil acto de maldad desaforada, o al
menos, nadie intervino. La vergüenza que le produjo todo lo acontecido,
le impidió acudir a las autoridades a demandar justicia; justicia: mera
utopía, pues estos actos ocurren con frecuencia, y nunca se logra
atrapar a los culpables…
Aunque pasados ya seis meses del suceso, la chica no supera el atropello
del que fue víctima; a menudo sus inquietudes se proyectan en
pesadillas y veladas de insomnio… Y es que, es difícil olvidar cuando en
su vientre germina una criatura que no desea…
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