En un sobre blanco, impoluto, aséptico, recibí mi sentencia. La
enfermera, curtida por el contacto diario con el sufrimiento humano, se
retiró, perdiéndose en uno de los inmaculados pasillos del hospital.
Al fin quedamos a solas, el sobre y yo. Muchas noches había pasado sin
dormir, pensando en este momento, la incertidumbre, sanguijuela mordaz
e insoportable, estaba apunto de desaparecer de mi vida. No obstante,
ahora mismo, me parecía mejor compañera de viaje que la verdad.
Tras unos segundos de dudas y miedos, decidí dar fin a mis tormentos y
comencé a abrir la misiva. En principio busqué, con delicadeza, un
resquicio por el que introducir mis dedos, sin embargo mis esfuerzos
fueron en vano, parecía estar herméticamente cerrado, como para que su
contenido no contaminara a otros sobres. Sin darme cuenta, de manera
cada vez más violenta, mis uñas rasgaban cualquier resquicio por el que
poder abrir una brecha. Por fin y por el sitio menos propicio, se
rasgó, tiré de izquierda a derecha con fuerza y desgajé el insidioso
sobre, que con tanto celo había protegido su contenido.
Con avidez, desplegué la carta y mis ojos inquietos, conocedores de la
importantísima misión que se les encomendaba, se concentraron en el
texto, mis oídos tornaron sordos, mi nariz dejó de percibir olores, mi
ser entero se volvió ojos, el mundo definitivamente se paró.
Minuciosa, escrupulosamente, letra a letra, coma o coma, leí y releí y
volví a leerla, pero por más veces que lo hice, no conseguí cambiar su
descarnado mensaje.
Envuelto en términos técnicos, que disimulan lo terrible de las
enfermedades, las miserias que impone a quienes las padecen o los
sufrimientos de sus seres queridos, venía el regalo que la ciencia
médica me tenía reservado. No podía dejar de pensar en lo antinatural
de la situación, una serie de aparatos, de pruebas, de especialistas,
pueden predecir lo que me iba a pasar, y cómo y cuanto tiempo me
restaba de vida. En mi caso se cifraba en medio año, el plazo de
estancia entre los vivos.
No quiero aburriros con las baterías de calmantes, tratamientos
agresivos, incluso experimentales, que me propondrían en fechas
próximas. No quiero aburriros con el deterioro progresivo, la caída del
pelo, de las uñas, la hinchazón provocada por los corticoides o las
yagas en labios y boca. No quiero aburriros, sería absurdo, sólo tengo
160 días para quereros, para daros mi cariño, para disfrutar de
vosotros, lo último que quiero es aburriros.
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