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El jardinero y la lady

amcafe

Autor amcafe

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Publicado el 18/02/2010 | 355 Visitas | 0 Comentario(s)


Darcy, el jardinero, desnudo de cintura para arriba, estaba podando unos rosales, todo concentrado en su labor, manejando la herramienta con gran pulcritud y maestría, mientras Lydia, la hila del barón, lo contemplaba con ojos expectantes, pendiente de cualquier movimiento nimio, observando con delectación sus hombros anchos, su nuca tensa y musculosa, sus brazos hercúleos. Un estremecimiento inesperado recorrió su cuerpo al cruzarse por su mente una fantasía muy inconveniente, impropia de una baronesa. Sus amigos aristócratas no eran tan musculosos como Darcy, eran mucho más refinados, desde luego, faltaría más, pero en Darcy percibía una masculinidad muy acentuada que le llegaba al fondo de su ser.

            Lydia interrumpió el trabajo de Darcy con unas frases insustanciales acerca de su actividad y lo invitó a tomar un refresco y a descansar unos minutos. Darcy estaba  muy cohibido y solo miraba a la lady de reojo, que estaba muy atractiva con su pantaloncito cortito y su blusa abierta que mostraba con cierta generosidad sus pechitos de adolescente todavía, aunque ya había cumplido los 18 años, pero ya alertaban sobre su tersura y firmeza. Después de varias preguntas acerca de la vida sentimental de Darcy, de sopetón porque a Lydia le gustaba impresionar y escandalizar, para ver como reaccionaba, si salía corriendo hacia el trabajo o ver como actuaba, le dijo que la acariciara, que tenía unos picores en las piernas. Darcy se la quedó mirando, todo asustado, en ese momento, pues, solo pensó en que su trabajo se ponía en peligro si accedía a la pretensión de la lady y era sorprendido por alguien. Pero el demonio no estaba en paro y a Darcy le gustaba mucho la lady. Se arrodilló delante de ella y empezó a acariciarle las rodillas, atreviéndose  luego a llegar hasta sus muslitos, tan ricos, sabrosos, suaves y delicados. Lydia llevó la cabeza hacia atrás en un gesto de placer, para a continuación cogerla le cabeza y ponérsela entre sus muslos. Darcy enloquecía besando y lamiendo los muslos relucientes de la lady, mordiéndolos al tiempo con mucha suavidad. Lydia le cogió de las manos y se las puso sobre su pantaloncito para que Darcy se los bajara, lo que hizo poco a poco, pero Lydia insistió para que le quitase las braguitas, y le puso la cabeza entre sus muslos, cerrándolos en banda y apretándole la cabeza para que los labios del jardinero tropezasen con su rajita. Darcy percibió un olor paradisíaco, celestial, afrodisíaco y sacó su lengua para meterla todo lo posible en el interior del tesoro de la lady, que se estremeció retorciéndose al experimentar los lengüetazos de Darcy que, ya completamente enloquecido, con la lengua toda metida dentro de la rajita, subía y bajaba todo lo posible, introduciéndola en todos los escondrijos del tesoro de Lydia, que movía las piernas de forma eléctrica con un placer  infinito. Con la lengua buscaba y encontraba el clítoris y lo presionaba de una forma tan especial que hizo enloquecer a la lady. La lengua del jardinero se movía de arriba a  abajo y de derecha a izquierda, mientras un sudor espeso corría por sus mejillas.  Lydia apretaba con gran fuerza los brazos de la sillita, al tiempo que gemía, sollozaba, y mesaba los cabellos de Darcy, y apretaba la cabeza de este todo lo que podía, con movimientos espasmódicos. Un gemido agudo, profundo y continuado acompañó el éxtasis de la lady, al tiempo que su pelvis se movía de forma enérgica. El jardinero se percató de que gotitas de semen le salían de su virilidad.

            A Darcy se le había puesto muy dura, gorda y tiesa, con una erección de caballo, y miraba de forma suplicante a la lady, para que ésta solucionase su verticalidad, pero el mundo de las clases sociales se interponía ahora que Lydia se había satisfecho de forma completa y muy satisfactoria. La hija de la baronesa se puso las braguitas, luego el pantaloncito, y sin decirle nada al jardinero, salió del invernadero, dejando al pobre jardinero de rodillas, delante de la silla, con una erección insoportable. No tuvo más remedio que manipularse manualmente para dejar paso a la fuente de su fuerza interior, de forma que su semen vino a regar y a abonar la tierra que sustentaba  el rosal...

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