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Enviar un mensaje privado Autor fernandoj
En contadas ocasiones echo la vista la atrás, en contadas ocasiones veo aquel muchacho luchador, idealista, dispuesto a dar vida y hacienda por un noble ideal.
Vivía en una gran finca, junto a mis padres y mi esposa, tenía cuatro niños, dos niños y dos niñas. El mayor ya empezaba a ayudarme en las labores del campo, mientras que la pequeña apenas tenía tres meses. Todo el terreno pertenecía a una sola familia, cuyo nombre Satán conserve en la memoria, todavía me duele la espalda de las palizas que recibía si el trigo no se cortaba en tiempo, si la cosecha no era lo suficientemente grande, o simplemente porque aquel día, el amo, venía borracho y se desahogaba conmigo.
Todavía, mi frío cuerpo se eriza al recordar el dolor que sentía, cuando mi mujer tenía que ir a atender al señor a altas horas de la madrugada, jamás le pregunté que servicios demandaba el amo, jamás quise saber la verdad, aunque todos la sabíamos.
Río, al analizar mis recuerdos, ¡qué inocente fui!, los celos fueron haciendo mella y un día al ver al señor borracho bajando de su precioso caballo, apreté los puños y ciego de odio le golpeé con todas mis fuerzas, en su haber, pérdida de un ojo, rotura de mandíbula y traumatismo facial, en el mío, cinco años de prisión.
Cinco terribles años, de vejaciones, de ausencias, de miedos, cinco largos años en los que, privación y soledad me acompañaron fielmente desde el primer, al último minuto.
La vuelta a casa no fue mucho mejor, mi mujer estaba sorprendente embarazada, mi amo me devolvió, golpe por golpe, el irreparable daño que le causé, pero fijó el centro de su ira en mi hijo mayor, al que molía a palos día si, día también.
Entonces, cuando creía que ningún ser humano era más desgraciado que yo, entonces apareciste, tus bellas palabras de esperanza, de un nuevo orden, de justicia, de igualdad, encarnaron en mi corazón como las raíces de un chopo agarran en la tierra. Tu figura me cautivó de tal forma, que dejé todo por seguirte, mis hijos merecían vivir en el mundo que tu me presentaste.
Luchamos, muchos murieron, pero al fin triunfamos, dimos muerte a los tiranos y pensamos en crear una sociedad justa, sin ricos, sin pobres, sin buenos, sin malos. ¡Que inocente fui!, pronto algunos exigieron poder, prebendas, riquezas, inmunidad. –No-, dije, -No- repetí, y luche contra aquellos más poderosos, más cínicos, más falsos, más ambiciosos que yo. En su debe ministerios, coches oficiales, secretarias, comedores de lujo, sirvientes y mansiones, en mi haber 40 años de cárcel por alta traición.
Maldigo el día que quise cambiar algo, que empuñé un fusil, maldigo el día que escuché tus palabras cargadas de sinceridad, de esperanza, maldigo el día en el que creí en ti.
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