La multitud se dirigía al estadio, el espectáculo no tardaría en empezar, el gentío avanzaba tortuoso hacia las puertas de entrada del recinto. El sol casi había desaparecido del firmamento, las luces artificiales se acababan de encender, los primeros espectadores ya se encontraban en sus localidades. La policía afanosa, trataba de acomodar al personal lo más rápido posible, poco a poco, el bullicio se hacía presente dentro del gigantesco templo deportivo.
Las gradas estaban casi repletas, el palco de autoridades registraba una actividad frenética, uniformes llenos de galones, dignatarios religiosos, personalidades políticas y altos funcionarios del estado, departían amigablemente, mientras degustaban un excelente buffet.
Músicas proselitistas atronaban desde megafonía, el respetable, enardecido, dejaba sus gargantas entonando las conocidas cantinelas. Las banderas ondeaban frenéticamente, agitadas por exaltados personajes que parecían haber entrado en trance.
De pronto se hizo el silencio, irrumpieron en el campo dos tipos de riguroso negro, tras ellos, unas diez personas en filas de a dos, cerraba la comitiva un grupo de militares.
Con parsimonia alcanzaron el centro del terreno, un micrófono les esperaba, uno de los hombres de negro sacó un papel y lo leyó. Tras la lectura el paroxismo invadió a todos y cada uno de los que allí se encontraban, las gradas se cuajaron de banderas, pañuelos, pancartas, y todo tipo de objetos alegóricos. La música resonaba con insoportable volumen, mientras las autoridades, en píe, aplaudían con aquiescencia y satisfacción.
Pronto los militares se dirigieron a las porterías, acompañados por la mitad de las personas que habían saltado al terreno de juego, los dispusieron en grupos de cuatro, colgaron unas sogas del larguero, les subieron en unos bancos y esperaron la señal de los dos hombres de negro, que continuaban en el centro del campo. Pude apreciar como, alguno de aquellos tipos, mojaban sus chilabas, mientras desde el público, recibían indescriptibles insultos. Por fin, los militares recibieron la orden y de una patada fueron, uno a uno, quitándoles los bancos, quedando suspendidos. Sus convulsiones llenaban de satisfacción a quienes asistían al edificante espectáculo, sin embargos en menos de cinco minutos los cuerpos quedaron inertes, balanceándose sin ninguna gracia de un lado al otro, a merced del leve viento que soplaba.
Mientras aquello se producía los militares habían cavado unas fosas, con precisión milimétrica, habían introducido y tapado a unas mujeres, cuya cara no podía ver, ya que un burka blanco las cubría completamente.
Se solicitaron voluntarios para cumplir con la condena, muerte por lapidación, pronto los aleccionados policías seleccionaron un nutrido grupo de honestos ciudadanos dispuestos a impartir justicia a golpe de pedradas. Les dispusieron en círculos concéntricos, alrededor de cada condenada, y un volquete lleno de piedras hizo su aparición en el campo, ante los gritos de admiración del personal.
Piedra a piedra se jaleaban, las que teñían de rojo el blanco velo, especialmente aquellas que arrancaban los gritos de dolor de las reas. Exultantes, los improvisados verdugos, se empleaban a fondo para afinar su puntería, seleccionando puntiagudas saetas con las que dar muerte a sus desconocidas condenadas.
Una vez más el show fue breve, en diez minutos las desgracias mujeres dejaron de gritar, de agitarse en sus potros de tortura, la tela de sus burkas había perdido totalmente su blanco color, el rojo bermellón había invadido por completo cada poro, cada milímetro de tela.
El gentío quería más, más infieles a los que depurar, más mujeres impías a las que apedrear, más justicia que aplicar, más leyes que atender, más personas a las que denunciar, más dictadura a la que idolatrar.
Las luces comenzaron a bajar su intensidad, los cuerpos de seguridad desalojaban la instalación con inusitada rapidez, las autoridades apuraban sus viandas y yo, como el resto, satisfecho del deber cumplido, compré un libro sobre la gloriosa historia de mi país.


