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Enviar un mensaje privado Autor fernandoj
-“¿Se encuentra usted bien?, Permítame que la ayude”- me dijo una profunda voz varonil, mientras me brindaba su brazo para que me sirviese de báculo en el que apoyarme. Acaba de caer estrepitosamente contra el suelo, el maldito tacón se había encajado en una rejilla de ventilación, desde luego quien la diseñó no tuvo en cuenta al género femenino en absoluto, ¡menudo cretino, debería denunciar a ese anormal misógino!
Sin prestar mucha atención al amable caballero, hice una rápida evaluación de los daños, fuerte golpe en la cadera, tobillo dolorido y brazo derecho contusionado, además claro, de la inevitable rotura de medias. El toque cómico lo aportaba el zapato encajado entre las rendijas, zapato cuyo coste obvio, por lo verdaderamente escandaloso del mismo.
Mi mano cogió con fuerza aquel brazo generoso y tiré de mi cuerpo hasta conseguir levantarme, la verdad es que me dolía todo, educadamente le agradecí al señor el detalle y renqueante intenté liberar al zapato de su celda, en un vano gesto, que lejos de conseguir su objetivo, dejó en evidencia lo dañado que estaba mi anatomía. De nuevo esa voz grave, penetrante, resonó en mis oídos, -“Déjeme que lo intente yo, a ver si tengo más suerte”-, me susurró sonriendo, sin pensarlo dos veces le cedí el dudoso honor de rescatar el escarpín.
Tras un par de fuertes tirones, me devolvió el zapato, eso si, con todo el tacón destrozado, fue en ese momento cuando mis ojos repararon en mi particular caballero andante. No debía tener menos de 45, ojos claros, pelo alborotado, más bien largo, un precioso abrigo de cashmere le cubría completamente, no obstante a la vista de sus hechuras el interior prometía, ¡vaya si prometía!, mis dolores casi habían desaparecido ante tan sugerente visión.
Con gesto sorprendido me preguntó si necesitaba algo, yo palpándome la cadera, le pedí que me ayudara a llegar a casa, estaba apenas a dos manzanas, él asintió con rapidez y cogida de su brazo caminamos hasta alcanzar el portal nº 7, en el que residía. Los dolores desinhibieron mi vergüenza y le invité a subir al piso, pude notar como sus mejillas se sonrojaron durante unos segundos y sin rechistar subió al ascensor. La sensación de estar con alguien desconocido en la caja del ascensor es, al menos en mi caso, es especialmente molesta, así que inicié una conversación con el improvisado enfermero, su voz me inspiraba mucha confianza y mientras me hablaba, fantaseaba y fantaseaba, con él y conmigo en el ascensor, suena muy tópico, pero mi mente no dejaba de generar imágenes de nuestras figuras entrelazadas.
Por fin el ascensor se detuvo en el 6º piso, él, gentil, abrió la puerta y con sumo cuidado me ayudó a salir, le indiqué que mi casa era la letra “B”, metí la mano en el bolso y le entregué las llaves, con ciertas dificultades consiguió desbloquear la cancela, apoyándome en su fuerte brazo llegué hasta el sofá, y con cara de alivio, me recosté buscando una postura lo más cómoda posible. –“¿Quiere alguna cosa, puedo hacer algo más?”- me preguntó con su maravillosa voz, tuve que morderme la lengua, para no confesarle lo que verdaderamente me hubiese gustado que hiciera por mí, pero discreta le sonreí y con un giro de cabeza le indiqué que no hacía falta nada más. Él sin embargo me preguntó por la cocina y me trajo un vaso de agua.
-“Ya no recuerdo nada más, señor comisario, tan sólo que cuando desperté mi casa había sido expoliada, tan sólo dejaron el sofá en el que dormía, el resto desapareció como por arte de magia.”-
-“Señora no es el primer caso, a veces provocan accidentes y se ofrecen amables a ayudar a la víctima, y de gracias que no la hayan pegado una paliza, de gracias.”-
Como lectora solo debo comenzar a leerte para sumergirme en el relato que tan bien llevas.
Un fuerte abrazo Fer
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