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El Parque
El parque (A)
Un parque, en primavera. Hay flores por todas partes y los árboles están verdes
y frondosos, dejando pasar pequeños chorros de luz a través de sus hojas. Una
suave brisa mece los árboles, mientras las parejas caminan entre ellos, los
niños juegan vigilados por sus celosos padres y algún que otro solitario
personaje, lee tumbado en la hierba.
Una muchacha, joven, lee sentada en un banco. Tiene el pelo recogido en coleta
y unas gafas algo llamativas. Ello no desmerece su particular encanto, ya sea
en sus delicados labios con arco de cupido, su largo cuello y sus,
sorprendentemente cálidos ojos azules. Posiblemente por pasar demasiado tiempo
sentada, o quizás por pereza, va se nota que va perdiendo su figura.
Posiblemente, le intente quitar importancia, pensando en que, no busca
encontrar a un hombre que la valore por su belleza, sino por su forma de ser.
Hay serenidad en su rostro y deja entrever una sonrisa, mientras lee su novela
con devoción. Dos mechones de pelo caen de su rostro, dándole un aire algo más
casual. El nombre de la novela, no tiene mucha importancia. Una de tantas, que
mezcla algo de historia, aventura, amor, sexo, múltiples vidas que se
entrecruzan, un cierto suspense y un feliz medianamente feliz. Una novela con la
que sentirse identificado, entretenerse y poco más, pero que siempre es
agradable.
Últimamente, ha aparecido un joven en el parque. Se sienta siempre donde ella
pueda verle. Viste un poco en plan bohemio, con un largo abrigo, gafas de
pastas y la perilla al uso. Viste de esa forma que parece casual, pero que se
enmarca en el grupo de gente de cierto nivel cultural, que defiende su profundo
individualismo, su inconformidad social y visitan garitos de jazz, dónde se
sirve mal vino y lo que importa es la música que no se escucha.
Ella va notando que el chico tiene interés en ella, pues le pilla mirándola de
refilón y aunque cambie de sitios para leer, siempre termina apareciendo en
algún punto por casualidad. Inicialmente, produce en ella un cierto desdén, pues
ve ante todo, apariencias, pero algún atractivo en su forma de vestir.
Espera durante estos días, el momento en que él se acercará, pero eso no
ocurre, despertando más aún su curiosidad y haciéndola dudar de si realmente la
está acechando, o si es demasiado tímido.
Un día, él se deja el libro que había traído y ella, tras esperar un rato a que
vuelva, se acerca intrigada, por saber lo que está leyendo.
Al cogerlo, se queda perpleja pensando en que es demasiado hermoso, para ser
verdad...
El libro, es una recopilación de poemas de uno de los mejores poetas, que
maravilló a la mayor parte de las estudiantes ya en el instituto. Siente, como
un sobresalto, pensando que ha encontrado a un hombre perfecto, únicamente por
ese libro, pero al instante se serena y trata de pensar con frialdad. Sabe
perfectamente, que eso es una tontería, pero al menos, puede que valga la pena
conocerle.
Al día siguiente, aparece él en el mismo sitio y parece buscar el libro
perdido. No tiene mucho sentido que no volviera al poco rato y que lo busque
justo a la misma hora que el día anterior, pero ella no piensa en eso o quizás,
se dice a sí misma, que es por circunstancias laborales. Se acerca a él
decidida, aunque de forma tímida. Su curiosidad ha vencido anteriores miedos y
prejuicios.
Por fin llega a su lado y este finge sorpresa, cierta timidez pero simpatía
hacia ella. Habla de forma educada, con un lenguaje rico, aunque algo
rebuscado. Se ponen a hablar del autor, de otros de parecida índole y así, poco
a poco, ella va cayendo.
El Parque (B)
Meses más tarde
Como era de esperar, se fueron enamorando. Ella siempre
quiso pensar que había sido algo casual, pero tampoco le desagradaba la idea de
que él hubiera hecho tantos esfuerzos por conquistarla. Pasado algún tiempo él
se trasladó a vivir con ella, puesto que tenía vivienda propia gracias a que
perdió a sus padres en la guerra heredándolo todo. Tenía un piso, algo
descuidado ya, pero claramente perteneciente a lo que fue una familia rica.
Vivía de las rentas y se decidió a estudiar una carrera por enriquecer un poco
su vida y por las ideas que le inculcaron acerca del saber. Resultaba que él
también había ido a la misma facultad y desde el primer día estuvo enamorado de
ella (al menos, es lo que le dijo).
La vida para ambos era hermosa, no teniendo nada de lo que preocuparse gracias
a la posición económica de ella. Él podía gracias a esto, dedicarse a sus
lecturas, a escribir alguna de sus novelas. Normalmente relatos acerca de amor
y desamor, de frustraciones existenciales de personas complejas en un mundo
demasiado simple para ellas.
Ella estaba maravillada con él. Era un eterno romántico, que le escribía
versos, que le susurraba cosas hermosas en la cama, siempre diciéndole algo
bonito para hacerla sonreír. Ella estaba, como en una nube, habiendo encontrado
al hombre de sus sueños. Comprensivo, amable, sensible, bastante guapo, con
quien podía hablar de un sin fin de temas, gracias a su inmensa cultura y
polivalencia de conocimientos. Se pasaban el día viendo cine de culto, hablando
de novelas, de historia, de música y así día tras día, sin que pareciera que
eso fuera a terminar nunca.
Pero poco a poco, él se fue volviendo más distante, a medida que veía que nadie
leía su obra. Iba de editorial en editorial mostrando sus relatos y novelas,
sin conseguir que nadie le hiciera caso. Por más que insistía a sus amigos y
antiguos profesores en que le leyeran y ayudaran a difundirlo, pocos mostraban
verdadero interés. Su ánimo fue decreciendo y lo iba pagando con ella.
Ya no tenía ganas de adularla como antes, de mostrar ese cariño y devoción. Se
encerraba en su cuarto a leer algo, a escuchar música, a beber o fumar María.
En una noche algo impulsiva, estando borracho, necesitando de la satisfacción
de los placeres más básicos para seguir sintiéndose vivo, se abalanzó sobre
ella como un animal. Ella se dejó, porque le amaba, porque quería hacerle feliz
de cualquier forma, sin plantearse nada más. Esperaba apaciguarle, hacer que
todo volviera a ser como antes.
Desgraciadamente para ambos, esa noche patética, la dejó embarazada y eso le
asustó cada vez más.
La idea de semejante responsabilidad le horrorizaba y cuando vio, que ella iba
a perder sus rentas por diversas razones, cambió por completo y empezó a
tratarla mal. Parecía temer únicamente por sí mismo, sin mostrar ningún
verdadero interés en el futuro de ella ni del bebé. Sus grandes planes de
vender una novela de éxito habían fracasado y ahora tenía que mantener un hijo
que no quería y aguantar a una mujer a la que de repente, no soportaba.
Ella, poco a poco, fue dándose cuenta de todo y convenciéndose cada vez más, de
que la había escogido, únicamente, para no tener que enfrentarse a la realidad
de la carencia, de la lucha por la subsistencia. Que era únicamente un
instrumento, para que él viviera en ese mundo irreal de intelectual bohemio,
que únicamente se dedica a su arte y tiene por excusa en su fracaso, la
incomprensión de la sociedad ante sus geniales obras.
Cada vez discutían más, cada vez se gritaban más. En alguna ocasión él le
golpeó la cara para que ella se callara de una vez. No soportaba oírla
lamentarse todo el día, recordándole lo fracasado que era y lo irresponsable de
su comportamiento.
Todo fue ideal para ellos, mientras no hubiera carencias, problemas,
necesidades reales. Pero ahí, descubrió ella, que se demostraba el auténtico
amor, y no en los versos, ni las palabras, ni las charlas intelectuales.
Así un día, él desapareció, quedándose ella embarazada, con dinero para unos
pocos meses y una desesperación profunda. Lloraba día y noche, sin saber que
hacer con su vida, siendo al menos, lo suficientemente responsable ,como para
no beber esperando un bebé.
Sabía que él no volvería, era consciente de que la habían usado, de que todo
había sido mentira.
Por primera vez en su vida, comenzó a odiar de todo corazón, a sentir ira hacia
sí misma y hacia el mundo que la rodeaba. Se sintió increíblemente sola, sin
esperanza alguna, compadeciéndose a sí misma sin cesar, pero teniendo la
suficiente inteligencia, como para saber que era plenamente responsable de
todo. Y aunque quería escudarse en la ceguera del amor, sabía perfectamente que
era ella quien había permitido que nublara su juicio y que debió desconfiar de
algo tan hermoso. Sin embargo, ella, como cualquier otra persona, deseaba ser
feliz y se aventuró a esa locura amorosa a pecho descubierto en busca de esa
felicidad, a que a tantos era negada y que hasta entonces no había sido capaz
de encontrar.
Aún conservaba a alguna que otra amiga, que le aconsejó que se pusiera a
trabajar para hacer frente a sus necesidades y también como una forma de no
pensar más en su dolor. Ella reaccionó dejando de lado esas pocas personas que
la apreciaban. Estaba harta de sermones, de consejos gratuitos, de que le recordaran
que estaba en su mano cambiar las cosas.
Cada vez más sola, iba gestando ese hijo bastardo, mientras leía poesías para
rebozarse en su miseria, recordando el pasado que nunca volvería y del que en
el fondo deseaba renegar.
Por fin nació su bebé, que resultó ser una niña. Algo en su
interior le alegró de que no fuera un hombre. Contempló esa hermosa criatura,
dormida en sus brazos, que incitaba instintivamente a la protección, al cariño
y en ese instante apareció algo de claridad en su vida. Lo demás dejó de
importar y se centró en esa niña, que la amaría incondicionalmente, que creería
en sus palabras, a la que debería dar todo su amor.
El parque (C)
La vida se tornó completamente distinta para ella. Pasó de
ser una niña con la vida fácil, aunque sin el amor de una familia o un hombre,
a tener que pelear por todo. Habiendo estudiado una carrera de letras, en la
coyuntura actual, no había mucha forma de encontrar un trabajo ideal, bien
pagado y acorde a ese alto, pero bastante inútil nivel de conocimientos. Así
que tuvo que “rebajarse” por su hija, por su propia supervivencia y se puso a
trabajar de camarera de noche, cuando su hija dormía.
Durante largo tiempo, aguantó ese duro y penoso trabajo, aguantando a clientes
borrachos, que siempre intentaban llevársela a la cama, con los trucos más
baratos y los comentarios más vulgares. Trataba de sonreír, de fingir
indiferencia, de ir acostumbrándose, pensando en que su hija la necesitaba y el
dinero para mantenerlas era necesario. Iba creándose un muro alrededor, en el
que todo y todos no le importaban lo más mínimo.
Su vida era monótona, triste, gris, sin aspiraciones. Únicamente se sentía bien
al llegar a casa, tras dejar a su hija al cuidado de alguna chica, en quien se
gastaba buena parte del dinero que ganaba duramente. Su único momento de paz,
era cuándo se sentaba en el parque en el que antaño leía, esta vez, de noche,
fumando un cigarrillo con melancolía y con la mirada perdida en el infinito, al
salir cansada del trabajo.
De cuando en cuando veía a un vagabundo, dormir en un banco o haciendo algunos
dibujos en hojas de papel arrugadas que llevaba encima. Nunca se saludaron, ni
se acercó a hablar con él. Tampoco ocurrió que le pidiera limosna.
Sencillamente era un personaje más de ese parque, que no molestaba a nadie y
que, al igual que ella, parecía desear que le dejaran en paz.
Únicamente deambulaba por el parque, se quedaba observando a la gente pasar,
sentado debajo de un árbol, algunas veces dibujando, escapándose le alguna
lágrima disimuladamente.
Su aspecto era horrible, incluso para ser un vagabundo. Tenía la cara llena de
cicatrices, una larga barba y el pelo también muy largo. Los dedos, cubiertos
de heridas y entumecidos por el frío, le daban un aspecto aún más enfermizo,
sin contar su pálido y amarillento rostro, que denotaban una carencia
alimenticia y un cuerpo marchitándose.
Pero no sentía lástima alguna por él. Ya no podía. Sólo podía compadecerse a sí
misma. Pensando día tras día en su desgracia, en su soledad, en cómo se
levantaba cada mañana, sin nadie que la abrazara. En el trabajo diario, que la
dejaba destrozada sin tiempo ni ganas para disfrutar de nada, ni siquiera de su
hija. Por puro orgullo, mordía la almohada muchas noches, para que su hija no
se despertara, mientras se lamentaba. No era capaz de visualizar un futuro, una
esperanza, parecía que el destino iba a ser siempre el mismo.
Tras su único y ficticio amor, no hubo más que relaciones falsas y
superficiales. Siempre le entraban los mismos hombres, siempre se preguntaba
por qué se repetía la misma historia. Por qué se sentía usada y no era capaz de
disfrutar usando a los demás.
Había amado, había creado, se había sacrificado, lo había dado todo por
alguien, había luchado por una persona, por sus creencias y únicamente, había
perdido. Tenía una hija, por la que se sentía culpable, al no poder darle una
familia normal, una vida normal.
Y ahora sólo podía llorar, día tras día, esperando un milagro, sintiendo, cada
vez más asco de sí misma, por haber llegado a esa situación y no saber o no
poder, salir de ella.
Deseaba morirse, acabar con todo, lanzarse al vacío. Tuvo un arrebato y vio un
puente cerca, al que se dirigió para lanzarse al vacío sin pensarlo. Pasó al
lado del vagabundo, que estaba haciendo uno de sus dibujos. Esta vez, se quedó
mirando con descaro, importándole ya todo muy poco o nada, como para mostrar
timidez o reparos.
Él, estaba dibujando a una madre, con una hija. Ambas, eran hermosas, mucho más
que ella. Aparecían, junto a unos cerezos en flor, abrazándose, sonriendo a
quien las pintaba y todo esto, lo estaba creando ese despojo humano, desde su
propia imaginación.
Había tanta belleza en esos rostros, inteligencia en sus ojos, elegancia en sus
vestidos y tanta poesía en esa imagen llena de amor, que no pudo evitar...
empezar a llorar desconsoladamente, al lado de ese vagabundo, que se quedó
mirándola sin pronunciar palabra alguna.
Por primera vez en mucho tiempo, volvió a poder ver algo
hermoso en el mundo y todo gracias a un simple dibujo, hecho por un
desconocido, en apariencia tan vulgar. Tras esa reacción, se fue corriendo a
casa, sintiendo vergüenza de sí misma, por no haber sabido ver nada hermoso a
su alrededor. En esta ocasión, al llegar a casa, cogió a su hija y abrazó su
delicado cuerpo con una ternura muy distinta a la que provoca el mero instinto.
De repente, se alegró de que esa hija existiera, de que hubiera nacido. Dejó de
echarle la culpa de sus penas, de su desgracia. La besó mil veces, mientras
derramaba un sin fin de lágrimas y se juró a sí misma que algo cambiaría a
partir de ahora.
Su primer objetivo fue hacer más averiguaciones acerca del hombre, que le había
abierto los ojos de forma involuntaria. Cada día, se pasaba por el parque a distintas
horas, para ver si podía encontrarle, pero ya no apareció más. Pensó que quizás
le había asustado, o que quería que nadie le molestara y eso había sido un
comienzo.
Sintió que todas sus esperanzas se venían abajo, pero al instante se dijo a sí
misma, que no podía permitir que eso ocurriera. Su felicidad no podía
sustentarse en un vagabundo. No podía llenar su vida a través de nadie, aunque
eso fuera casi inevitable.
Intentó aclarar sus ideas, pensar que todo lo que hacía era por algo y ver la
vida con un poco más de optimismo. Había demasiadas cosas hermosas en este
mundo como para que su soledad o su futuro la amargaran. No tenía por qué hacer
el papel que la sociedad le dictara, ni buscar ambiciones que no necesariamente
fueran las suyas. Sólo adaptarse a ese mundo que le había tocado vivir,
intentando mejorar algunas cosas cosas y disfrutar aquello que estaba a su
alcance. ¿qué tenía que mantener a una hija sola? Pues más mérito el suyo, un
reto hermoso, el de criar a una criatura. ¿que no encontraba el amor? Sólo
tenía que plantearse si realmente lo buscaba o se había pasado la vida
esperando a que llegara.
Si valoraba aquello que tenía, aunque pareciera poco, su vida cambiaría
radicalmente y no sufriría tanto. O al menos, todo eso quiso pensar. De algo le
habían servido tantas lecturas y charletas intelectuales en la universidad.
Pero algo seguía sin estar claro en su vida, algo le seguía faltando y notaba
que sus ideas, podrían desmoronarse en cualquier momento.
Necesitaba encontrar a ese hombre, aprender algo de él. Siguió yendo cada noche
al parque, mirando tras cada arbusto, pero no había forma de encontrarlo.
Empezó a desesperarse, a perder la fe en esas ideas tan bonitas que le habían
surgido por un estúpido dibujo.
De repente, un día, por casualidad, mientras fumaba y
meditaba en un banco, oyó unos gemidos. Se acercó lentamente. Ahí estaba el
vagabundo, tirado en la hierba, intentando moverse con torpeza, por la inmensa
borrachera que llevaba. Daba verdadero asco contemplarle, con los labios
ennegrecidos por el vino, las lágrimas secas en su cara y las babas que caían
de su boca. Eso sin contar, sus harapos, llenos de la basura en la que se debía
haber rebozado durante años. Sintió tanto desprecio por él, que rápidamente
olvidó como había podido influirla con un raro talento, escondido dentro de él.
Pero al instante pensó en ello y se apiadó de ese infeliz, al que ayudó a
levantarse. Él no dijo en principio nada y tenía la mirada perdida. Se puso a
caminar lentamente, como si ella no estuviera delante, con una pequeña planta
metida en un tiesto, que llevaba en su brazo. Ella le siguió con prudencia,
pues él parecía no notar su presencia. Avanzaron por interminables calles. Él
cada dos por tres se apoyaba en alguna pared o farola, para tomar aire,
tropezándose torpemente cada cien metros. Por fin llegó a una casa abandonada,
con un jardín tétrico, lleno de árboles y arbustos. Él fue apartando muchas de
esas ramas, que parecieran estar ocultando algo.
Y por fin llegó a un pequeño montículo. Se puso a escarbar cerca de él, con sus
propias manos, el suelo helado, sangrándole las uñas y los dedos, sin
pronunciar un sólo lamento, de forma meticulosa y constante. Cuando por fin,
terminó el agujero, introdujo el pequeño árbol que tenía en su tiesto, que a
primera vista, parecía un cerezo.
Cuando terminó de plantar el árbol, se quedó de rodillas, contemplando ese
montículo, mientras las gotas de sangre caían de sus manos en la dura tierra.
Ella no tardó en comprender lo que ocurría y dejó sus razones egoístas a un
lado, permitiendo a ese hombre estar a solas con sus recuerdos y su dolor.
El parque (E)
Fue una experiencia para ella el contemplar semejante
escena. La impasibilidad de ese hombre ante el dolor con tal de plantar un
simple árbol, aunque estuviera borracho, no dejaba de sorprenderla. Era un
despojo humano y sin embargo no carecía de determinación para las cosas que le
importaban. Nuevamente, sintió vergüenza de sí misma. Cuando pensaba que un
individuo así tenía más fuerza en hacer lo que se proponía, que el hombre por
quien se desvivió y que sabía y predicaba tantos ideales imposibles, le
entraban ganas de reír y llorar a la vez.
Se fue tranquilamente hacia su casa, paseando mientras pensaba en todo esto.
Cuando llegó, fue a ver a su hija pequeña, que aún dormía, pues había llegado
de madrugada. Se quedó contemplándola en la cama. Ya tenía tres años y pronto
la llevaría a la escuela. Se metió con su hija en la cama y la abrazó con
suavidad para no despertarla. Durmieron juntas y nada le hizo más feliz, que
despertarse y ver como su hija la miraba y sonreía...
Se levantó animada, con la mente un poco más despejada. Lo primero que hizo fue
mirarse en un espejo y ver que quedaba de esa chica joven y fresca, de
agraciadas proporciones. Aún era joven, aún tenía belleza, pero se estaba
apagando El tiempo iba notándose, el tener una hija, el trabajar de forma
constante. Había olvidado bastante su coquetería y sólo le entraban los tíos
más feos y vulgares, a quienes no importaba con quien acostarse. Mientras se
contemplaba con cierta tristeza en el espejo, se daba cuenta de que la imagen
era importante en este mundo y que en el fondo, ella también la tenía muy en
cuenta. No podía exigir lo que no daba, y aunque le produjera náusea venderse como
un objeto, iba asumiendo que así funcionaban las cosas. Además, no había nada
de malo en verse un poco hermosa. Pudiera ser un comportamiento algo
superficial, pero no dejaba de ser agradable.
Se concienció, de que no era una mala meta a corto plazo, el empezar a cuidarse
un poco, el ver aumentar el interés de los hombres aunque solo fuera
inicialmente por su belleza. Ya tendría luego, la oportunidad de escoger a los
que valieran, tanteando al número máximo posible de ellos. O sino, al menos
disfrutaría un poco de su juventud, que se acabaría muy pronto.
Decidió salir con su hija al parque, para que le diera un poco el sol y jugara.
También se puso mucho más guapa de lo normal, mostrando un rostro más agradable
y feliz.
Una vez más está en ese mismo parque, en una fresca, pero no helada mañana de
invierno. Su hija jugando con la nieve, ella leyendo un libro mientras la
vigila. Disfruta como nunca antes, de ese paisaje idílico, de las gracias de su
hija, intentando llamar siempre su atención. Sonríe mientras disfruta de su
novela, marcándose en sus pómulos el sonrojo producido por el frío.
De repente, pierde de vista a su hija. Se pone a buscarla con nerviosismo. La
encuentra bajo el árbol del vagabundo pintor, sentada junto a él, mientras este
dibuja en silencio. Él, hace como que la niña no está, pero tampoco muestra
incomodidad. Sigue dibujando tranquilamente, sin molestarle que la niña mire en
silencio y con curiosidad. Ella se mantiene en la distancia, sin saber que
hacer o decir. Algo le dice que ese hombre se sincerará antes con la niña que
con ningún otro desconocido.
Esta vez no pinta a ninguna mujer. Únicamente un árbol, un cerezo hermoso.
Parece que este hombre viva en una constante obsesión. El cerezo también lo
pinta únicamente con su imaginación. Demuestra una memoria poco común, al saber
darle tantos detalles y naturalidad a su dibujo.
La niña por fin se atreve a hablar y dice:
- ¿por qué pintas árboles?
Él casi sin pestañear responde con voz rasgada...
- Porque dan vida, pero no la quitan
El parque (F)
El invierno se fue haciendo cada vez más intenso. Ella
seguía paseando por ese parque observando de lejos la vida de ese hombre.
Parecía haberse convertido en su único pasatiempo, que la alejara de las
obligaciones diarias. Con el frío que hacía, se le hacía difícil leer algo, así
que sólo caminaba y contemplaba lo que ocurría a su alrededor. Él aparecía de
cuando en cuando, a sentarse bajo su árbol, a pintar o beber. A pesar de haber
hablado brevemente con su hija y de haberse encontrado con ella ya en dos
ocasiones, hacía como que ella no existía. Parecía que todo el entorno le fuera
indiferente. Viéndole, se daba cuenta de que su vida no era tan monótona. Ese
hombre hacía siempre lo mismo, de una forma casi fatalista.
Un día, en que anochecía, le vio hundido en la nieve, agarrado a una botella,
completamente inconsciente. Había varios grados bajo cero. Se decidió a
llevarle a casa, diciéndose a sí misma que sino, moriría y que era una cuestión
de humanidad. Con gran esfuerzo, arrastró a ese hombre inmenso hacia su
vivienda. Le fue quitando la ropa, que tenía mojada, contemplando lo que había
hecho la vida con él. Vio terribles cicatrices en los dedos, como si le
hubieran arrancado las uñas. Tenía cortes por todo su cuerpo y la piel
deformada dando la impresión de que había sido quemada. No pudo evitar que se
le escapara una lágrima viendo tanta crueldad ejercida sobre un ser humano. Lo
que hubiera sido un hombre de gran vigor y belleza, era un cuadro surrealista,
lleno de tormentos indescriptibles. Le acostó en su propia cama, con ternura,
como si fuera un bebé. Él parecía no enterarse de nada...
**Gritos, gritos. No paro de oír a personas gritar y lo peor
de todo, es que conozco algunas de esas voces. Vienen oficiales de
interrogatorio. Apenas me curaron la herida en el estómago y en cuánto he
recuperado la consciencia ya están encima de mí, atormentándome para que delate
a mis compañeros y superiores. Les digo lo poco que se y que no es nada. Un
conjunto de nombres falsos o apodos, que usábamos entre nosotros para que no
pudiéramos delatar a nadie aunque no aguantáramos el dolor. Se enteran, de que
algunos de los que están siendo torturados, son amigos míos, o lo fueron antes
de que la guerra nos separara. Me obligan a contemplar como les torturan. Les
golpean, les arrancan las uñas, les hacen cortes por todo el cuerpo, les queman
la piel con un soplete. Van seccionando partes de su cuerpo y obligándoles a
tragárselas. Les ahogan en agua fría, mientras se intentan zafar con las
piernas y los brazos amarrados con alambre de espino. Veo como se desangran
poco a poco, como suplican que les maten ya, mientras los oficiales ríen y se
ensañan. Me obligan a ver todo eso y más. Yo nada puedo contarles, pues nada
se. Sólo era un peón. Alguien útil, pero prescindible, al que nunca contaron
nada y que solo hacía lo que le ordenaban. No quieren creerme. Están asustados,
aterrorizados al ver que pueden perder la guerra. A poco estuvieron de salir
derrotados en el último levantamiento. La moral de su tropa está baja. Muchos
se empiezan a plantear el sentido de lo que hacen, de tanta muerte de civiles y
personas que sólo defienden su tierra. Poco a poco, las ideas van muriendo,
ante la determinación de tantas personas. Descubren la mentira por la que han
vendido sus almas, por la que nunca volverán a dormir tranquilos, ni caminar
con la cabeza bien alta. Pocos lo dicen, pocos lo demuestran, pues la
disciplina es cada vez más férrea, pero se puede ver en su voluntad de
combatir, de seguir matando irracionalmente.
Las mismas preguntas una y otra vez y las personas a las que tanto quise, van
muriendo una a una delante de mis ojos. Llego a olvidar el inmenso dolor que
siento en mis entrañas por la bala que me han sacado hace poco, de tanto contemplar
como todo lo que tuvo sentido en mi vida, es destruido sin piedad alguna de la
forma más cruel y obscena. Aún no han conseguido nada, pero ahora me toca a mí.
Ya vienen a por mí...**
Me despierto asfixiándome, con el corazón latiendo a tanta velocidad, que
siento que me va a estallar. Un sudor frío como la escarcha desciende por mi
espalda. Sólo ha sido una pesadilla. Una de tantas que tengo desde hace más de
tres lustros. Recuerdos, recuerdos horribles del pasado, que nunca consigo
borrar. Mi horror permanente, que se sucede cada vez que cierro los ojos, que
intento pensar en cualquier cosa.
Nunca olvidaré, como al poco de ser capturado y sufrir las peores torturas, las
tropas enemigas, comenzaron a desertar en masa. No conseguí tener del todo
claro, si fue por el terror o porque aún quedaba algo de honor en sus
conciencias. Nuestros propios torturadores y verdugos, se volvieron de repente,
tremendamente amables y salieron corriendo, liberándonos. Cuando salí a la
calle, de ese infernal cuartel, contemplé algo, que sorprendentemente, aún pudo
sobrecogerme...
A lo largo y ancho de las avenidas, de cada farola, colgaba un soldado, en cada
muro, había un oficial fusilado. Era el precio de la deserción, el precio de la
traición. Allí, hasta dónde alcanzaba la vista, veía balancearse esos cuerpos
al son del viento, mostrando el último reducto de humanidad destruido y
mancillado. Casi me puse reír al ver a mis enemigos muertos, matándose entre
ellos. Nada debiera gratificarme más. Pero, caminé en silencio, mientras
apretaba mi estómago ardiendo, observando, los rostros de cada uno de ellos,
intentando averiguar si eran personas o animales los que allí colgaban. Así,
avancé durante horas, mientras algunas personas los descolgaban y pisaban como
venganza por tanto dolor, sin plantearse si hacían bien o no en juzgarles así.
Lo triste de esa situación, es que ahora se ensañaban con los despojos, las
personas que no habían movido un dedo por luchar contra el enemigo. Los héroes
yacían muertos entre los escombros. Las personas con algo de humanidad,
colgaban por todas partes, mientras los cobardes, los traidores, aquellos que
sólo sacaron beneficio de tanta miseria ajena, ahora vivían y se aprovechaban
de lo que otros consiguieron. Los buenos estaban muertos, mientras los malos
vivían y eran felices, jactándose del triunfo ajeno.
Mi ciudad ardía, mis entrañas se retorcían de dolor y mi alma estaba condenada,
al igual que la más mínima paz, tras haber dejado morir a tantos, tras haber
matado, tras haber visto como morían sin hacer nada o sin poder hacerlo.
Contemplé, como violaban y mataban a esa joven, únicamente para salvar mi vida,
a quien horas antes había abrazado. Pero todo eso, no era nada en comparación
con la pérdida de ellas dos...
¿por qué me la diste?... No fui capaz de comprenderla, de hacerla entender.
Primero te tuve que matar a ti y luego la maté a ella. ¿era este el castigo de
Dios?
Quisiste darme algo hermoso. Una nueva razón para vivir, para redimirme de mis
crímenes. Una oportunidad de volver a ser bueno, de servir a alguien o algo que
no fuera una causa mancillada por las personas que la lideraban, o a quienes
servía. Gracias a ti, por una vez en mi vida, creí encontrar el amor más puro,
la pasión más sincera. Nunca te oí hablar. A veces, intentando denigrar todo lo
hermoso de mi vida, pensé con humor retorcido, que si hubieras hablado aquella
noche, no hubiera sido tan mágico. Pero tu carta, no podía motivarla mera
retórica. No eran palabras vacías y frases hechas. Era algo sentido. Tu
sacrifico lo demostró, tu regalo también. Mil mujeres conocí antes y en todas
vi prácticamente lo mismo. Sus palabras nada significaban, pues cada día eran
distintas y no coincidían con sus actos. Su bondad, era mera necesidad, de
demostrarse a sí mismas algo o demostrárselo a los demás. Tras muchos
conocerlas, dejé de valorar casi ninguno de sus actos, pues sólo los motivaba
una mera auto complacencia. Me amaban, únicamente cuando les decía las mentiras
que querían oír, cuando no mostraba mi verdadera forma de ser, mi fragilidad.
Sólo querían vivir en su mundo de fantasía, que se habían creado de
adolescentes y del que no deseaban salir. Luego se lamentaban de su
infelicidad, habiendo perdido a los hombres que valían, por estar jugando con
ellos, por hacerles esperar años mientras se divertían y su juventud iba
muriendo, malgastada en sueños imposibles.
Tú eras distinta. No te divertía jugar con los sentimientos que albergaban
hombres sencillos hacia ti. Te enamorabas de aquello que era puro. Destruías, a
aquellos que nada valían pero todo lo aparentaban, al contrario que la mayor
parte de las mujeres. No eras capaz de menospreciar el amor de un hombre, si
parecía sincero, ni de fingir inconsciencia, cuando te amaban, dándoles pie a
sus sentimientos, sin corresponderles, por mera frivolidad o ego.
Nos parecíamos en muchas cosas y también nos separaba un abismo. Eras demasiado
hermosa, demasiado inteligente y pesar de todo, sensible como una buena mujer.
Incapaz de obtener de la sociedad lo que todo el mundo ansía, sin prostituir tu
conciencia, tu cuerpo, tu imagen. Para todos, sólo valía tu belleza y estabas
condenada, a comprender demasiado bien tu entorno, pero a no ser comprendida,
hasta llegar a la triste conclusión, de tener que adaptarte, venderte, llenando
únicamente tu ego, a costa de matar lo que eras, lo que realmente tenía
significado para ti, hasta la muerte o la locura. Tu sacrificio fue hermoso,
pleno, sincero, casi incomprensible hacia un desconocido, que ya tan poco
valía, condenado a una vida de destrucción. Quizás ahí radicaba tu generosidad.
En que nada me debías, en que nada nos unía en el fondo.
Pero me diste tanto amor en una noche, y el regalo de una hija para toda una
vida. Y sin proponértelo, diste una falsa esperanza a quien no la tenía y
aumentaste mi suplicio hasta límites que ninguna persona puede aguantar. Una
noche estuve contigo y miles me acordé, sin ser capaz de mirar a ninguna más
como a ti. Tus hermosos y grandes ojos marrones, tu cuerpo voluptuoso y
delicado, de tan perfecta belleza. Los abrazos tan intensos que me dabas.
Con la guerra, todo se volvía más intenso, más sincero. Contemplando tanto
horror, destrucción, miseria moral, uno amaba de forma salvaje, visceral, sin
plantearse ideas banales, sueños absurdos y prejuicios sociales. Estábamos más
vivos. La guerra nos hacía sentirnos vivos, mientras mataba al mismo tiempo
todo lo bueno que podíamos tener. Pero lo sacaba durante breves instantes y sin
la guerra, posiblemente jamás lo hubiéramos descubierto. Sin ella no nos
hubiéramos conocido. Ambos tendríamos nuestras vidas superficiales,
condicionadas por nuestro entorno, sin plantearnos casi nada, hasta cuando
fuera demasiado tarde y sólo nos quedara la amargura. La guerra nos despertó y
nos hizo plenos, pero también nos mató.
Hubieras sido una madre tan buena, una esposa tan increíble, si no hubiera sido
por tanta locura y estupidez.
Ahora yo, tengo que cargar con esa culpa. Dejé morir a mi hija en mis brazos.
Ya no tuve fuerzas para volver a intentarlo. Respeté su decisión. No pude creer
que ella llegara a perdonarme nunca y lo veía lógico. Prefería verla muerta,
aún con su joven belleza, a contemplar como se marchitaba por el odio y el paso
del tiempo. De alguna forma, se lo puse fácil para que lo averiguara por sí
misma. Quizás porque no tenía valor para contárselo yo. Estuve loco al hacerlo,
pero ya no podía más. Ese infierno tenía que acabar y mi esperanza murió cuando
la miré fijamente a los ojos y no vi nada de amor. Al igual que tú, nuestra
hija lo tenía todo y no podía valorar nada. Ni el amor, que obtenía con
facilidad, ni el éxito. Nada le suponía un reto, un estímulo. Sólo su amor
hacia mí tenía significado para ella y muerta esa razón, rodeada de un mundo
tan superficial, dónde sólo valían las apariencias y nada era sincero, su vida
tampoco tenía sentido ya. Yo lo entendí así y la dejé morir , apretando con
fuerza lo único que había podido amar de verdad en mi vida...
Ella durmió con su hija, y notó como él se despertaba. Fue a
verle caminando en silencio, para no perturbarlo. Le vio desnudo en la cama,
sentando, mirando la pared, pensando con suma concentración y no percatándose
de que ella le miraba. Le dejó nuevamente con sus pensamientos y se dirigió a
preparar algo para desayunar.
El parque (G)
Amanecía en la ciudad y el sol barría la silueta de los
edificios. Él contemplaba esa visión, como tantos otros días, ensimismado en
sus recuerdos. No parecía ni preguntarse por qué estaba en esa casa, con esa
mujer desconocida. Nada debía sorprenderle ya. Se fue levantando, con una
terrible resaca. Notó la piel quemada por el frío, pero al menos ya no tenía
los dedos tan entumecidos. Se fue vistiendo con normalidad, indiferente a los
ruidos de alrededor.
Ella estaba en la cocina, preparando café caliente y un desayuno, preguntándose
si no había hecho una locura trayendo a un desconocid, por caridad o por
necesidad.
Cuando llevó el desayuno a la mesa y se dirigió a avisarle para que viniera, se
percató de que ya no estaba. La puerta, estaba justo al lado de la cocina, pero
él había pasado, la había abierto y cerrado, con tal sigilo que ella no se
había dado cuenta. Se quedó al mismo tiempo maravillada y asustada de semejante
hecho. Desayunó con su hija y se dirigió al parque a buscarle. Esta vez sí que
estaba allí, pintando como de costumbre. Ambas se acercaron a él y se sentaron
a su lado, mirando sus dibujos.
Él al verla, esta vez pareció reconocerla y dijo secamente, con una mirada
profunda y triste:
? Gracias
Ella sólo contestó con una leve sonrisa:
? De nada.
Y así se quedaron el resto de la mañana, mirando los dibujos de él, que
retrataban tan fielmente la belleza de la naturaleza, mientras un sin fin de
pequeñas historias humanas, se sucedían en ese parque.
Al mediodía, ella le ofreció algo de comida que había traído
de casa y que él aceptó de buen grado, pero siempre sin decir palabra.
Únicamente parecía hacer algo de caso a la niña, que le preguntaba lo que era
cada dibujo. Él parecía sentirse cómodo únicamente con niños, aunque se viera
su tristeza al mirar a la criatura. Quizás se había retraído a un mundo
infantil, sin responsabilidades, sin ninguna búsqueda de futuro, dónde sólo
importa lo más primario y apenas te haces preguntas.
Pero estaba claro en sus ojos, que llevaba toda la vida haciéndoselas,
demasiadas como para no volverse loco.
Se despidió de él y se fue con su hija a casa. Se moría de ganas por poder
hablar con ese hombre, por entender por qué había tanto dolor y tanta belleza
en su alma al mismo tiempo. Se acordó de la frase de Oscar Wilde, que decía que
el placer es para los cuerpos hermosos y el dolor para las almas hermosas. Ese
parecía ser su caso. No podía pintar cosas tan sencillas, con tanto amor y ser
alguien mezquino. O al menos, eso quería creer.
Esa misma noche tuvo que trabajar, en el odioso local.
Sonriendo a insinuaciones estúpidas y sirviendo copas de forma mecánica
mientras todos miraban su culo. La vida seguía siendo gris, por más que buscara
algún aliciente. Algo le atraía de ese hombre, en muchos sentidos tan repugnante
y decrépito, alejado de todo ideal de belleza. Quizás por haber estado antes
con un hombre de tan profundas ideas, pero de comportamiento tan débil, cobarde
y afeminado, ahora este hombre tosco despertaba en ella un instinto escondido,
pues representaba todo lo contrario a lo que ella consideró un ideal amoroso.
Al salir asqueada del trabajo, con tanto humo, música machacona y un sin fin de
borrachos repugnantes y amargados, se dirigió impulsivamente al parque, dónde
seguía estando el vagabundo, debajo de su árbol. Se acercó a él en silencio,
mirándole fijamente a los ojos, mordiéndose los labios en una mezcla de miedo y
deseo, contoneándose lentamente mientras él la observaba con un brillo en los
ojos. Se arrodilló delante de él y se miraron durante un instante, acercando
sus caras el uno al otro. Por fin se fusionaron en un beso largo e intenso, a
pesar de la molesta barba de él, que de alguna forma le hacía más viril. Se
abrazaron, acariciándose, quitándole ella sus andrajos y él a su vez,
descubriendo lo que había debajo de la ropa de ella. Él la izó con fuerza,
apretándola contra el árbol y ella sintió toda su fuerza. Por primera vez,
parecía estar con un hombre, que la penetraba de forma salvaje, pero al mismo
tiempo sin olvidar la ternura de un beso o una caricia. Sentía con cada
arremetida, que los ojos se le salían de las órbitas. No sabía donde agarrar
sus brazos. Le tiraba del pelo, le arañaba, gemía, gritaba, movía la cabeza de
un lado hacia otro, mientras él la hacía gozar a pesar de que seguramente no
había estado con una mujer en años. Pero sabía lo que hacía, sabía como
aguantar el momento, mientras no dejaba de comportarse como un hombre con sus
arremetidas, la fuerza con la que la sujetaba y abrazaba. Terminaron y se
quedaron abrazados, jadeando, de pie, como animales, sin decir una palabra,
habiendo satisfecho sus instintos más primarios. Sin una pizca de amor, de
sentimiento, ni de retórica barata. Únicamente el deseo, el desahogo de su
tristeza, frustraciones y amargura de la vida, a través de un placer primario.
Ella se vistió con rapidez, un poco asustada por lo que había hecho, pero
satisfecha. Se dirigió a casa en silencio, dejándole a solas como siempre.
A raíz de aquello, comenzaron a verse más. Ya sea por las
noches para satisfacer su lujuria, como por el día cuando ella llevaba a su
hija a jugar. Afortunadamente, su niña era más abierta que ella y se
relacionaba con los demás niños, sin ningún problema. Aunque también se sentía
fascinada por las creaciones del pintor. Como habían intimado en lo físico, no
tardaron en hacerlo un poco en lo personal. Él no hablaba casi nada de su vida,
pero al menos la escuchaba con paciencia. Así se enteró de todo lo que le había
pasado a ella y pareció algo conmovido, a pesar de su propio infierno personal.
Un día, él desapareció, esta vez, parecía que para siempre. Ella le echó de
menos, pero esta vez no se sintió afligida, pues al menos en ese sentido, había
aprendido a no esperar nada de las personas o de la vida y a disfrutar de esos
pequeños momentos robados al tiempo. Sólo eran dos desesperados, que intentaban
ser momentáneamente felices a través de lo más básico. Se necesitaban, pero no
se querían y ambos lo sabían.
El parque (H)
A raíz de aquella experiencia, ella se sintió algo
desamparada, a pesar de su cambio de mentalidad. Le echaba de menos. Era un
hombre que no le había prometido nada, que no le había contado ninguna historia
de futuro o alguna estupidez romántica. Sencillamente estaba ahí. Ambos
disfrutaban de su mutua compañía, hablaban y poco más. Y sin embargo era algo
que estaba muy bien, porque carecía de sueños imposibles, de promesas absurdas.
Era una simple orientación al placer y a la conversación (aunque sobre todo
hablara ella). Pero se sentía a gusto con él, teniendo a alguien que la
comprendiera un poco o que al menos la escuchara. Contrastando, veía que su
gran amor, realmente nunca le prestó atención. Únicamente respondía con frases
hechas y consejos sacados de algún libro, que muchas veces no tenían nada que
ver con lo que ella le planteaba, pero que sonaban muy bien y le hacían
sentirse orgullosa al estar con alguien tan culto e inteligente. En este hombre
encontró algo distinto. Nada de frases. Escuchaba en silencio y no solía decir
nada, si no estaba seguro. Cuando hablaba, lo hacía tras haber pensado y
normalmente no le decía cosas agradables, pero era la primera persona sincera
que había conocido en su vida. No estaba acostumbrada y en otras circunstancias
no le habría gustado nada. Pero tras tantas experiencias dolorosas, no le hacía
mucho daño escuchar algunas cosas y las valoraba, porque podían tener mucho de
cierto. Por fin recibió una carta y supo rápidamente que era de él:
Querida amiga.
Lamento haber desaparecido de forma tan
brusca de tu vida. Soy persona de impulsos y tiempo atrás, me acostumbré a
hacer aquello que en un momento dado me proponía, sin respetar las formas,
posiblemente porque me limitarían.
Una vez tuve una hija, a la que amé más que
a mi propia vida, y la perdí. Cuando vi a la tuya y el daño que os había hecho
ese hombre, no soporté la idea de que un cobarde y miserable así, le hiciera
daño a otra niña más. Tu caso, podía conmoverme algo menos. Tomaste una
decisión, basada en tus fantasías adolescentes acerca del amor y lo que te
ocurrió, era bastante previsible, aunque todos actuemos así, cuando necesitamos
ser felices. Pero tu hija no tenía culpa de nada y necesitaba de un padre que
la educara, y una madre feliz, que no le hiciera cargar sus penas y
necesidades.
Decidí castigar a ese hombre al que no
importaba perjudicar a una criatura inocente. Me dirigí a mi antigua casa,
recuperé mi rifle y lo puse a punto. Y a partir de allí, salí en busca de él.
Tuve que mejorar mi aspecto, para pasar desapercibido y poder hacer las indagaciones
pertinentes. Tras mi larga experiencia en la guerra, no me costó mucho
averiguar dónde estaba. Al fin y al cabo, un inútil así, no se movería ni de la
ciudad, para poder seguir parasitando a alguien conocido.
Y acerté. Estaba con otra mujer, a la que
había vendido el mismo cuento, mientras intentaba hacerse conocer con las
estupideces que escribía. Seguía siendo incapaz de asumir su mediocridad en ese
sentido y de buscar algo nuevo, que costara verdadero esfuerzo. Se obcecaba en
su mundo de fantasía cultural, en que ves la vida pasar, mientras la criticas
sin haber vivido casi nada. El típico que analizaba todo, estando condicionado
sólo por emociones propias de la frustración, de la envidia, de quien nunca ha
hecho nada concreto. Todo esto te lo digo, porque me gané su confianza. No
pensaba juzgarle sólo con tu versión y menos condenarle a muerte sin saber
quien era realmente. Pero tu historia era cierta. Te dejó sabiendo que estabas
embarazada, por continuar su larga vida de inercia huyendo de toda
responsabilidad o comportamiento adulto. Siempre pensando, que era el mundo el
que no le comprendía y que no permitía encajar a genios como él, que tanto
sabían, a pesar de que no se adaptaban en absoluto a su entorno. Así que cogí
mi arma, me subí a un edificio que de antemano conocía bien y me puse a
esperarle para darle su merecido castigo.
Pero entonces, cuando estaba tan cerca de
matar a un hombre, me vi obligado a pensar en ello mientras esperaba. Ahora ya
no había una guerra, no había una necesidad de defenderme. Antes mataba, porque
no me quedaba más remedio. Era la única forma que podía justificarme, el horror
que vivía, cada vez que acababa con la vida de un ser humano. Pero esto era
distinto. Iba a matar a un miserable, pero... ¿quien era yo para otorgarme ese
poder divino? ¿era yo mejor?. Personalmente creo que sí, pero no por ello tenía
derecho a decidir quien debía pagar por sus maldades o no. No tuve en cuenta,
que casi siempre, la vida pone en su lugar a cada persona. Él no cometió un crimen,
pero sí se comportó de forma mezquina y cobarde. Mi castigo era
desproporcionado y en cierto sentido, era mucho mejor castigo dejarle vivir.
Con el paso de los años, dejaría de mentirse a sí mismo y se iría concienciando
de su mediocridad, o al menos lo harían los de su alrededor, que se apartarían
de él.
Es posible que esto que digo, no siempre
ocurriera. Quizás le pasara algo distinto, pero se, que ya fuera por su
conciencia, por su entorno, o porque alguien así no consigue nunca nada salvo
que tenga suerte y entonces no sepa valorarlo, se daría cuenta de que su vida
no tenía sentido. Pocas cosas valen la pena si no ha habido un esfuerzo o un
sacrificio de por medio. Casi nada llega solo. Esto pasa en el amor, como en
los demás aspectos de la vida. Todo hay que ganárselo y por todo hay que
sacrificar cosas. Sólo así se valora y se siente con más intensidad.
Así pues, le dejé vivir y a pesar de
haberlo perdido todo en mi vida, decidí volver a hacer algo, ya que la caza de
este hombre, me había despertado un poco.
Me fui de la ciudad, en la que guardaba
tantos dolorosos recuerdos y llegué a un pequeño pueblo, dónde necesitaban
ayuda para cultivar la tierra. A pesar del recelo, que provoca un forastero en
cualquier localidad pequeña, poco a poco, me fueron aceptando.
Cada mañana, me levantaba a trabajar esa
tierra, en muchas ocasiones, con mis propias manos, destrozándolas, olvidando
todo mi dolor interno, a través de un esfuerzo que nunca había hecho antes. Mi
mente se iba liberando, a medida que se centraba en sacar vida de esa tierra,
en la que sólo había enterrado vidas y sentimientos. No podía evitar seguir
pensando en mi pasado, en todas las personas a las que amé y maté. Pero ahora
era más llevadero, al poder ver los frutos de mi trabajo creciendo, con mi vida
centrada en problemas de solución más circunstancial o física.
Algunos días me iba a pescar al lago. Me
encantaba esa calma que había entre los juncos, rodeado de bosques, de
silencio. Me asaltaban mis recuerdos más dolorosos, pero ahora era capaz de
controlarlos mejor. Quizás el terrible cansancio ayudaba y el tener la mente
ocupada también.
Te cuento esto, para que dejes de
compadecerte, de echarle la culpa a las circunstancias de tus problemas y sobre
todo, para que no lo cargues pronto en tu hija. Deja que crezca libre, sin
canalizar tus necesidades a través de ella. Ella te va a querer de forma casi
incondicional, por lo que tienes el poder de hacerla feliz o destruir su vida.
Todo el dolor que sientas, se puede mitigar si buscas razones para vivir y
aquello que te frustre, puede ser cambiado, aunque siempre parezca que se pueda
decir, pero no hacer.
Yo estuve muerto, el día que cogí un rifle
y tuve que matar a personas. Maté la compasión, el amor, la empatía. No
quedaban apenas rastros de humanidad en mí. Y las veces que la recuperé, mi
pasado me hizo perderla del todo. Pero aquí estoy, volviendo a vivir, de forma
sencilla. Disfrutando de cosas pequeñas, gracias a que apenas tengo tiempo para
ellas. Ahora sólo me siento vinculado a la tierra que trabajo, que tanto dolor
y frustraciones causa, pero también satisfacciones, como la vida misma. Y por
primera vez en mi vida, creo haber encontrado algo de paz.
Piensa en ello
¿realmento pensó en ello y cambió su
vida?. Lo más posible es que no. La libertad oprime a los débiles. ;)
FIN
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