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Sitio Web del AutorAutor ingmang
Sucedió esa tarde mientras veía como se alejaba con el sol aún a mis espaldas.
Recuerdo que un globo de helio se escabulló ágilmente de la mano de un niño. Su manito no pudo sostenerlo más. El sudor, los despojos de golosinas, de algodón de azúcar, de helado, fueron los causantes. Por más que apretó sus dedos, sólo estuvo sosteniendo el vacío.
El globo se sintió libre y comenzó a flotar mientras el niño, en un vano intento por recobrarlo, batió fuertemente su brazo para atraparlo, pero el globo adivinó todos sus movimientos, esquivándolos como el más experimentado maestro de artes marciales.
A lo lejos estaba ella, miraba hacía donde me encontraba. Sonreía. Yo la observaba también, veía su figura, su cabello danzando en el poco viento que refrescaba el ocaso, su sonrisa. Nada ni nadie más existía en mi mente hasta que vi volar el globo.
Las lágrimas del niño no se hicieron esperar, su madre, que no se había percatado del suceso, detuvo con un apretón su intento de fuga, dejando en su mirada la impotencia y el desasosiego de perder su más valiosa posesión.
Si tuviera alas. Pensé.
En similar situación me hallaba, estaba sentido por su partida. Era ella para mí el globo que se iba de mis manos, que no podía perseguir, que veía juguetear con el viento para aumentar mi dolor. La miré por un instante. No apartaba su mirada de mí, y su sonrisa, ingrávida, atemporal, impenetrable. Luego miré al niño y sentí su impotencia, su mirada fija en el globo. Por un momento desaparecí del mundo.
El sol seguía su curso al crepúsculo, ella seguía mirándome con su sonrisa. Había cumplido la cita después de todo. Por un instante el mundo entero se detuvo en mi mente. Pude observar las lágrimas del niño suspendidas en el aire y el globo detenido en la inmensidad, pero ella, cada vez estaba más lejos aunque ni siquiera la veía parpadear…
Los coches pasaban rápidamente, ella miró hacía su izquierda e intentó cruzar la calle que nos separaba, pero de una intensa nube de polvo surgió un auto que le impidió cumplir con su propósito. Yo seguía mirando el globo, el chico ya lo había olvidado, de su mano salía una cuerda que sostenía uno similar al perdido, se notaba su esfuerzo para asirlo con mayor fuerza. Intenté colocarme en su situación: si ella regresa no la dejaré ir más. Volví mi mirada y aún estaba intentando cruzar la calle, me miró, pero ahora no sonreía, se notaba preocupada, desesperada; cada que intentaba pasar un nuevo auto se lo impedía y parecían interminables las luces que de sus colores se reflejaban, como un solo flujo de energía, como avisos de neón al caer la noche, así los veía ahora.
Ya olvidé el color del globo, pudo ser rojo, verde, azul o naranja; no importa ya. Pero recuerdo que la intensidad de los colores que observé en el paso de los carros, me hizo buscarlo en el cielo. Había ido disminuyendo hasta convertirse en un pequeño punto, visible gracias a la posición del sol y al cielo límpido de las tardes de verano. Un ruido extraño y una figura surgieron de detrás del globo, creo que fui el único que lo percibió. Captó por completo mi atención. Poco a poco se fue alargando y fue tomando forma ante mis ojos.
La miré como intentando decirle que no viniera, que me esperara, que yo pasaba, quise volar y abrazarla. La curiosidad me hizo mirar nuevamente, ahora comprendí que era un avión. No cualquier avión, uno de esos de los que aparecen en las películas. El globo lo vio y huyo despavorido. Venía cargado de otros globos, estos recuerdo, eran negros.
Sentí miedo por ella, quise nuevamente correr, me encontré invadido por un frió mortal. Mire a todas partes, nuevamente el tiempo se detuvo a mi alrededor. El niño no era feliz, su madre lo mantenía sujeto de su brazo casi interrumpiéndole el paso de la sangre, el sol no se ocultaba aún, el globo había desaparecido y en su lugar estaba aquel avión. La miré a ella y vi su preocupación, su desesperación…
Uno de los globos negros se desprendió del avión y éste lanzó un chirrido como el del niño al perder el suyo, sólo que no hizo nada para recuperarlo. Yo corrí lo más que pude, hacía donde ella se encontraba y todo se apagó.
El sol se ocultó, ella ya no sonreía, el niño ya no lloraba, el globo ya no volaba y yo…
Ya no respiraba.
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