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EN EL NOMBRE DE NADIE

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Publicado el 10/02/2008 | 167 Visitas | 1 Comentario(s)


Nosotros éramos unos niños de diez u once años y jugábamos a la pelota hasta bien tarde y, como buenos amigos, más de alguna vez nos agarramos a combos. Éramos cabros chicos, éramos una patota. Y nuestro barrio era obrero, nuestro barrio era del ombligo hacia abajo y a nosotros nos importaba una mierda. Era la pelota de fútbol la que nos importaba. La pelota de fútbol y quizás alguna niña, aunque eso jamás lo confesamos. Cosas de mocosos.

En la cuadra había una mujer rubia, algo entrada en carnes, algo vulgar, pero bien. Al fin y al cabo bien. Y también había un hombre gordo, grande, feo, con aspecto de matón. Y eran padre e hija. Era el guatón Robinson y la rubia Mireya. Nosotros los conocíamos, eran nuestros vecinos desde siempre, y todos sabían que el guatón Robinson vendía pasta base y cocaína a los chicos de la otra esquina. Nuestras madres lo sabían, nosotros lo sabíamos, todos lo sabían.

Los pacos también lo sabían. Mientras jugábamos la última pichanga de la noche, muy tarde ya, veíamos aquellos focos, aquellas luces bajas acercándose. La yuta disminuía la velocidad y la veíamos estacionar en la casa del Robin. Se bajaban, entraban, traían botellas, muchas veces traían mujeres. Y se oían risas, carcajadas, a veces se oían gritos. Más de alguna vez se oyeron tiros. Luego la policía se iba, borracha y drogada, a seguir velando por el orden y la patria.

Robin seguía engordando. La Mireya cada vez estaba más rubia y cada vez movía mejor el culo cuando caminaba por la cuadra. Llegaban autos, motos, bicicletas, jóvenes, adultos, mujeres, putas, todos donde el Robin. Y la casa creció, segundo piso, autos caros, matrimonio con orquesta de lujo, en fin, la plata salía de todos lados. Cosa rara para un simple vendedor de frutas.

Y nosotros veíamos todo esto. Y nuestras madres nunca nos dijeron “si te pierdes acércate a un carabinero”, porque veían lo mismo que nosotros. Cada noche. Las botellas, la mandanga, las putas, los gritos, los tiros, los focos de la yuta y nosotros con la pelota pegada a los pies.

La Mireya tenía un marido por ahí y un amante que todos conocíamos y que más de alguno de ustedes también conocerá, pues el pololo de la Mireya se llamaba Iván Morena, diputado por la comuna El Parque. Y Morena también lo sabía. Y Morena también jalaba. Y el guatón Robin lo atendía como rey, y la Mireya le entregaba todo ese culo y el diputado Morena guardaba silencio, y andaba como fierro todo el día, y la sonrisa de oreja a oreja no se la quitaban ni con un fusil en la sien. Y nosotros teníamos diez u once años. Y seguían las grandes fiestas, y seguía la parafernalia, y Morena en televisión agarrándose a puñetes en el congreso frente a las cámaras, defendiendo la democracia, LEGISLANDO por un país menos corrupto y más democrático. Seguramente el guatón Robin por mientras cortaba las dosis y la Mireya se empolvaba el chocho.

Una tarde el imperio se vino abajo. Hubo algunos disparos. Los detectives se llevaron al guatón en el auto y durante años no le vimos. La yuta no volvió a meterse en nuestra calle. Morena arreglaba su matrimonio por televisión, a la Mireya se le iba a la mierda el suyo muy lejos de las pantallas y si nosotros nos hubiésemos perdido jamás habríamos acudido a un policía.

Han pasado los años, el guatón ya cumplió su condena. Ahora se pasea por la calle, serio, casi no habla, su mirada es distinta. El diputado Morena ha sido reeligido y pasea su culo pinochetista por los barrios populares de la comuna dando la mano a todo el mundo. Yo no se la estrecho jamás. Esas noches de juerga para él no fueron nada, solo juerga. Pero nosotros teníamos diez u once y desde entonces no creemos ni en la policía ni en la política. No creemos en nada en realidad, pero ese es otro tema.

Que pase el siguiente.


Comentarios

Nieves

Nieves

12/02/2008

# 1

Buen relato. Real como la vida misma. La corrupción y el abuso de poder es una epidemia, y tú la has sabido plasmar como nadie, desde el punto de vista de un niño. Me gusta tu estilo, sigue sorprendiéndome.

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