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ELTÉNIA (capitulo 4)

adrian

Autor adrian

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Publicado el 22/08/2010 | 117 Visitas | 0 Comentario(s)

4

Joanne abrió un portal en medio de la sala y lo atravesó. Como robots, todos los demás hicieron exactamente lo mismo. Yo me quedé rezagada un poco más atrás. En el fondo, tenía miedo de ir a Elténia, a pesar de lo dispuesta que me había mostrado anteriormente.

Hannah me vio y me cogió por la camiseta tan fuerte que por poco me la destroza.

-          ¡Vamos! – gritó - ¿Qué pasa, ya te estás rajando? – dijo en tono de broma.

-          Em… No… ¡No! Que va. Vamos

Como si pudiera decidir no ir. Si Hannah andaba, yo tenía que seguirla por narices.

-          ¡Oh, espera! – me sobresalté al escucharla gritar de esa forma – casi se me olvida. ¡Las alas!

Claro. Ahora lo recordaba. Por lo que me habían dicho, la única manera de acceder a Elténia  era volando. Suerte que Hannah me lo había recordado, porque si no, me hubiera metido la leche del siglo.

-          ¡Alas de los dioses, venid a mí!

Las alas blancas de ángel no tardaron en aparecer, y con ellas me sentía más… ¿Cómo decirlo? Más dispuesta a cualquier cosa.

-          ¿Venís o que? – gritó Harry desde el otro lado del portal – ¡Que no tenemos todo el día!

-          Ignóralo. A él y a su hermano. Yo lo hago constantemente – me dijo Hannah por lo bajo para evitar que Harry nos escuchara –.

-          Espera un momento. – dije, como si no me acabara de creer lo que había oído - ¿Harry y Larry son hermanos?

-          Más bien gemelos. – me dijo ella en voz aún más baja que antes, aunque de repente subió el tono – Pero, vamos a ver, ¿dónde se suponía que estabas tu cuando te dijimos que se llamaban los gemelos milagrosos?

-          A ver, lo escuché, pero no sabía que eran gemelos “de sangre”. Creía que les llamabais así porque tenían alguna especie de… conexión o algo.

-          ¡Que va! Pero, ¿no lo sabías? Creía que ya os conocíais. Harry mencionó algo de que no querías cerrar la boca o algo así… ¿Tuvisteis algo?

Por desgracia sí. Estaba enamorada de él hasta las trancas, y tuvimos un rollo también, pero no era algo de lo que me enorgulleciera especialmente. Sí Harry hubiera sido más agradable, sensible y cariñoso, quizás me hubiera decidido a aceptarlo y puede que incluso la relación hubiera llegado a buen puerto. Pero solo podía soñar con esa posibilidad, pues Harry no cambiaria ni aunque le fuera la vida en ello.

Pero no tenia tanta confianza con Hannah como para explicarle toda mi vida sentimental, así que me limité a decirle:

-          Sí, pero vamos, fue un amorío adolescente de esos que se te pasan a los dos días. – dije para cambiar de tema y cogí a Hannah de la mano – ¿No nos estamos retrasando?

Me adelante y atravesé el portal, y lo que vi al otro lado me dejó pasmada.

Grandes colinas verdes (aún más verdes de lo que se podía apreciar en mi “visión”) se alzaban al final de un paisaje cubierto de verde hierba con flores y tierras de cultivo. Algunos campesinos, al vernos volar por encima de sus cabezas, nos saludaban, pero otros, incluso nos hacían una reverencia.

-          Vaya. – pensé sorprendida – Si que deben de ser importantes.

Viendo que los demás les sonreían ampliamente, yo hice lo propio y esbocé una leve sonrisa. Un niño me vio y observe como le decía algo como “mira, una nueva guardiana” (o como nos llamáramos) al que se suponía que era su padre.

Avergonzada, me volví para mirar hacia adelante, justo en el momento para ver, en una de las colinas, un pueblecito con construcciones de piedra algo mas modernas que las que había en el campo.

-          ¡Allí es! – gritó Joanne, que iba a la cabeza del grupo – Seguidme y no os disperséis.

Al llegar, me quedé boquiabierta con la cantidad de tiendas que había. Claro que la inmensa mayoría estaban relacionadas con armamento para la lucha (de la muralla, supuestamente) y utensilios campestres.  Pero al instante, las tres chicas (exceptuando a Joanne), nos lanzamos sobre el escaparate de una tienda de joyas que tenían toda la pinta de estar exclusivamente reservadas para ricachones.

-          ¿¡Habéis visto que preciosidad de pendientes?! – exclamó Yuna, a la que nunca había visto tan eufórica.

-          ¡Eso no es nada! – gritó Hannah aún más alto - ¡Fijaos en esos collares!

-          Pues sí que son bonitos, sí – simpatizó Yuna.

-          Pues yo prefiero ese collar negro con la calavera de plata a juego con esos pendientes y ese brazalete – dije yo sin inmutarme apenas.

De repente, las dos se quedaron mirándome como si fuera un ser de otro planeta.

-          Chica, “excuse me” pero eso no es nada femenino – dijo Hannah en un penoso intento de parecer pija ante el que no pude evitar reírme, pues me recordaba a Norah.

Cuando quise darme cuenta, todo el grupo había desaparecido. Miré mi reloj. ¡Llevábamos veinte minutos hablando de bisutería.

-          ¡Vamos chicas! Los demás se han ido y no tenemos ni idea de donde está la tienda de la modista.

-          Habla por ti cariño. – me espetó Hannah divertida – Nosotras nos conocemos este lugar como la palma de nuestra mano, casi podría decirse que hemos nacido aquí. Además, seguro que Joanne ya nos ha dejado una de sus famosas “cartitas” para que no nos angustiemos. ¿Verdad Yu?

-          Apostaría lo que fuera.

-          ¿Pero que…? - pregunté extrañada ante la posibilidad de ver una nota escrita por Joanne indicándonos el camino. Pero, tuve que dejar la pregunta inacabada, pues tenían razón. Justo detrás de mí, clavada en un árbol, había una nota escrita a bolígrafo pero con una caligrafía perfecta:

 

Chicas, como buena conocedora que soy de vuestra afición a las tiendas, os dejo mirando un ratito más. Os esperamos a las 12:15 en la tienda que hay bajando por esta calle, en el cruce con River Street, la de la puertecita pequeña. ¡Sed puntuales!

P.D. No te preocupes si no sabes con orientarte por estas calles, Mariah. Ya lo harás a su debido tiempo. Seguro que Yuna y Hannah estarán encantadas de enseñarte el camino.

 

-          Vamos, que nos toca hacer de niñeras. – rió Hannah - ¿No eres ya bastante mayorcita para ir sola por la calle, Mariah?

Yo me limité a reír. Todo aquel rollo de sentirme asustada por la posibilidad de adentrarme en un mundo desconocido y luchar contra seres aterradores, se veía cada vez más lejano cuando pensaba en las dos amigas que acababa de hacer aquel día.

Me condujeron por callejuelas estrechas – e incluso malolientes – en las que nos parábamos cada dos por tres, ya fuera para comprar, mirar o comer.

Acabé exhausta, por lo que me senté en un banco que había en una plaza enorme, la cual estaba regida por lo que supuse que era el ayuntamiento. Miré el reloj de la plaza a fin de saber cuanto tiempo nos quedaba para llegar a la tienda. Por poco no me da un infarto cuándo vi la hora. ¡Las doce y diez! Solo teníamos cinco minutos para llegar y yo estaba demasiado cansada como para recorrer el tramo que nos quedaba.

-          No te preocupes. – me tranquilizó Yuna – súbete a mis hombros.

-          ¿Estás segura? Peso bastante.

-          ¡Bobadas! Anda sube.

Subí. Y en cuanto lo hice me sentí más ligera. Casi como si estuviera flotando. Miré al suelo y efectivamente, los pies de Yuna estaban suspendidos en el aire a unos milímetros de él.

En un abrir y cerrar de ojos me encontré yendo por las calles a toda velocidad por las calles subida a los hombros de Yuna, íbamos tan rápido que pensaba que iba a caerme, pero la gente no se inmutaba lo más mínimo al vernos pasar.

-          ¿Vas bien? – preguntó Yuna, a la que no parecían afectarle nada las altísimas velocidades a las que íbamos.

Yo simplemente asentí, porque estaba segura de que si abría la boca en aquellas condiciones, vomitaría encima de ella. Como aquel verano cuando me subí a la noria con mi padre en las fiestas de New Hampshire. En un principio quise montar, y lo hice. Pero en cuanto me subí y vi que al que controlaba la atracción se le fue un poco la mano e iba demasiado deprisa – al menos para mi gusto –, empecé a rociar al resto de personas con una masa casi verde y pestilente de muy mal gusto.

-          Yu, la chica se está poniendo blanca. – dijo Hannah – ¿no crees que deberías aflojar un poco el ritmo?

Quise decir que estaba de acuerdo, pero a causa de las monumentales nauseas que subían desde mi estomago, solo levanté el pulgar, pero Yuna no me vio y siguió hacia adelante.

En menos de cuatro minutos – que a mi se me hicieron horas – nos encontramos delante de una de una tienda enorme cuyo logo principal era un payaso risueño. “MAGIC TOYS.  JUEGUETES CON PERSONALIDAD PROPIA” – rezaba el cartel. No sabía si simplemente se trataba de un reclamo publicitario, o era que realmente esos juguetes tenían personalidad. Aunque, como ya había podido comprobar, en aquel lugar todo era posible.

-          ¿Seguro que es aquí? – pregunté – A menos que queráis comprar juguetes, creo que nos hemos equivocado.

Las dos empezaron a reírse a carcajada limpia.

-          Parece que no te hayas leído la carta. – dijo Hannah – Joanne nos dijo que la tienda era la de la puerta pequeña.

Por más que miraba de un lado a otro, no veía absolutamente nada, así que, simplemente las seguí hacia una puerta suuuuuuuuuper pequeña que había justo al lado de la inmensa juguetería. Tan enana, que se me antojaba imposible pasar por ahí.

-          Cógenos de las manos Mariah. – dijo Yuna interrumpiendo mis pensamientos – Y no te sueltes.

Asustada y a paso de pulga, fui hacia ellas e hice lo que me ordenaron. Al instante, ambas gritaron:

-          ¡IMFIMIUM! – después de lo cual, al instante nos vimos envueltas en un remolino de luz dorada, para justo después acabar reducidas al tamaño de una mota de polvo.

 

-          Ala, vamos allá – dijo Hannah completamente despreocupada, como si pronunciar unas palabras mágicas y reducirse de tamaño fuera lo más normal del mundo.

 

-          ¡Ah! – Yuna se paró en seco – Por cierto Mariah, hasta que la señora Krisman no te de “el visto bueno”, intenta no mirarla directamente a los ojos.

 

Asentí, pero fue en vano. Yo soy una persona a la que, basta que le digan una cosa para que haga completamente lo contrario.

Entramos por la puerta y saludamos a Joanne al tiempo que le pedíamos disculpas por haber llegado dos minutos tarde – no sabía si por dos minutos de nada se enfadaría, pero como Joanne imponía tanto, preferí no arriesgarme -.

-          No pasa nada cielo. Además, la señora Krisman no ha llegado aún.

Suspiré aliviada, pero esa sensación solo duró un instante. La puerta se abrió de golpe, seguida por un sonoro golpe al chocar esta de manera brusca contra la pared.

Delante de nosotros apareció una señora de cara arrugada y con aspecto serio.



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