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EL corredor cazado

Alcaraz

Autor Alcaraz

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Publicado el 01/06/2011 | 79 Visitas | 0 Comentario(s)

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Capítulo 1
El sol me observaba con sus grandes y calurosos ojos, desde el gran océano solitario
que él mismo gobierna, cuando aún faltaban algunas horas para que me abandonara y su
ausencia produjera en mis adentros una sensación de frío y oscuridad.
Me quité el reloj y objetos personales que pudieran romperse por una caída y apagué
suavemente el motor del coche, mientras observaba como descendía la aguja del
cuentakilómetros, al robarle la energía que la batería le proporcionaba. Salí del mismo y
el sol me miró directamente a los ojos.
Colocándome de espaldas al gran astro, comencé con mis ejercicios de calentamiento.
Era el primer día, desde hacía mucho tiempo, que me disponía a correr de nuevo. Hace
tiempo conseguí estar una temporada haciéndolo todos los días, pero me machacaba
demasiado con respecto a mi resistencia física y lo tuve que dejar porque enseguida
experimenté molestias en ambas piernas y tobillos, por lo que terminaron por un tiempo
mis días de corredor.
No era ningún experto respecto al deporte, así que era evidente que mis ejercicios de
calentamiento dejaban mucho que desear, en comparación con algunos tipos que había
por los alrededores.
El sitio que usaba para calentar mis músculos era el propio aparcamiento en el cual
aparcaba siempre mi coche cuando me disponía a pasar por ese infierno diario.
Pero sí. Esta vez lo iba a hacer bien. Esta vez lo iba a hacer de la forma correcta.
Hoy, que era el primer día de mi reto personal, empezaría corriendo diez o doce
minutos, y así, durante toda la semana. Y luego, viendo cómo evoluciona mi resistencia,
cada semana aumentaré el recorrido, siempre y cuando estuviese preparada para dar ese
paso. Esforzarme demasiado supondría otra torcedura o esguince, con lo que tendría que
volver a dejar el deporte, y así perder la forma que haya adquirido durante el tiempo que
haya conseguido estar corriendo. Me refiero a los días y no al tiempo que haya tardado
en hacer el recorrido.
Este último era simple. De primero, me esperaba una gran bajada. Un regalo que me
hacía a mí mismo, y así, engañarme un poco antes de darme cuenta de lo que cansaba
este deporte, cuando alcanzara el tramo de recorrido que constaba de unos minutos de
terreno totalmente plano.
Por último, el infierno materializado. Una gran pendiente que conducía de nuevo a los
aparcamientos, donde me esperaba mi coche y donde iba a hacer los estiramientos
posteriores al recorrido.
Una vez terminé la fase de calentamiento, comencé mi carrera con un paso que me
conduciría a una gran forma física.
El aire acaricia mi rostro con gran fuerza fría que, a medida que me adelantan los
minutos, me encanta con su cálido y suave aliento en el que se ha convertido, debido al
aureola de calor que deja escapar mi cuerpo, aún no muy cansado.
Mis ojos notan pasar a prisa verdes arbustos y bancos de madera, y en un momento todo
desaparece y me siento sólo, en una habitación, de cara a la pared. En esa pared anida
un espejo que se enciende y me deja que vea las imágenes que guarda su memoria. Mis
pensamientos y sentimientos se han puesto en marcha sin apenas darme cuenta, cuando
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una piedra me hace perder el equilibrio, y me susurra suavemente, mirando hacia arriba,
que aún me falta tiempo para terminar con el camino.
De nuevo vuelvo a la solitaria habitación y me dispongo a observar, por fin, que es lo
que el espejo desea enseñarme…
Saco la cabeza por la ventanilla y el aire hace llorar a mis retinas saturadas de polvo y
belleza.
El simple desierto que rodea la carretera por la que nos dirigimos me hace saber que la
belleza hay que buscarla y, solo si tú quieres, dejará que la encuentres.
En compañía de tres de mis mejores amigos, me dirijo a un gran festival que siempre he
querido ver, pero nunca he visto. Una gran nube de polvo despide al camino recorrido
del cacharro rojo que nos transporta a duras penas, pero gran velocidad, a otra aventura
de fin de semana. El pobre coche parece desear la muerte en todo momento.
Llegamos a nuestro destino sobre el mediodía del viernes, después de parar a comprar
comida, bebida, etc.
Una gran valla metálica y una larga fila de coches nos daba la bienvenida a una nueva
locura de las que sabes que no deberías hacer, pero haces, y luego, por supuesto, te
arrepientes.
Aquello hubiese sido un barrizal si estuviera mojado, pero no era así. Yo solo veía tierra
por todas partes. El agobio me abrazaba cuando aún no habíamos conseguido
adentrarnos del todo en su interior. Al abrir las puertas del coche, una gran humareda se
desvaneció, escapando por las ventanillas. Me sorprendía a mí mismo y me preguntaba
cómo podría asfixiarme con la polvareda de fuera y no con la humareda de dentro.
Todo el tiempo que duró el recorrido, uno de mis amigos no paraba de fabricar canutos
y, por supuesto, él y los demás los fumaban sin parar. A mí no me gustaba esa
porquería. Para echarme una buena siesta suelo utilizar la cama. Si me fumara uno de
esos “cigarrillos de la risa”, de risa poco. Lo que sí pasaría es que acabaría soñando con
algo precioso, eso seguro.
Larga espera me sobrecoge y el gran sol sobre mi cabeza me da las buenas tardes,
cuando una gota de sudor recorre a prisa mi frente.
Un alto escenario preparado para unos de mis grupos favoritos y mucha menos gente de
lo que yo esperaba, esperando al susodicho con expectación. Minutos antes, había
dejado a mis amigos en la carpa “dance”, que es lo que a ellos más les gusta, pidiendo
algo de rico alcohol, para ver a mi grupo favorito ya algo borracho.
Estando ellos en el escenario, mis amigos no venían con la bebida, así que me decidí a ir
a buscarlos, aunque eso supusiera, tal vez, perderme alguna canción de ese tan esperado
concierto para mí.
- ¿Pero qué coño os pasa? ¡Os llevo esperando más de media hora! – les dije
cuando les encontré.
Para ellos, en ese momento yo era invisible. Eran zombis bailando al son de una música
que no se oía, sobre un suelo que nunca tocaba sus pies.
Arrebaté violentamente un litro de cerveza que agarraba uno de ellos con delicadeza y
poca fuerza y, derramando algo de lo anidaba en su interior, y sin que su supuesto
dueño apenas se percatara de lo que había sucedido, le di un gran sorbo y, amarrándolo
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con fuerza, me salí para afuera de la carpa en la que ellos se encontraban, en dirección a,
por lo menos, conseguir acabar de ver el concierto.
Sudor y asfixia recorren mi cuerpo de arriba abajo. Miro hacia delante y, cuanto más
miro, más eterno se me hace el camino. En mis adentros, se funden en una gran pelea mi
excitación y una sensación de relajación, contra una gran furia que emana de mi interior.
- ¡Dios, es tan maravillosa! – pensé.
Su rostro inunda ahora todos mis recuerdos. No puedo parar de pensar en lo hermosa
que es y en lo mucho que la quiero. Estoy deseando de terminar para ir a verla, pero eso
me hace acelerar, y no es bueno. Mis piernas me dicen lo que mi cerebro piensa de todo
esto.
Belleza, furia, traición. Pasan tantos sentimientos por mi cansada cabeza.
Pero, tranquilo. Ya solo queda la última y peor cuesta de mi recorrido.
Sigue. Ahora no te pares o no te respetarás. Tú mismo te dices lo que has de hacer, pero
que no quieres hacerlo.
Capítulo 2
En el trabajo, las cosas han cambiado. Antes trabajaba de siete de la mañana a tres de la
tarde. Era magnífico. Tenía dinero y toda la tarde para mí.
Desde que dejé los estudios, era lo mejor que había hecho.
Aunque ese horario era bueno para mí, pero no para la mayoría, así que lo han
cambiado.
Ahora trabajo de diez de la mañana a siete de la tarde, añadiendo una hora para comer.
Este nuevo horario me iba a suponer cambios en mi esquema deportivo. Ahora tendría
que ir a correr por la noche, si quería dormir un poco más. No me gustaba mucho esa
idea, aunque la superaba la idea de dormir todos los días hasta las nueve y media de la
mañana. Así que, finalmente, me decidí por correr en las horas nocturnas del día…
Era domingo. Serían las dos de la tarde. Un despertar caluroso me llamó, dándome
pequeños golpecitos en las sienes, hasta que, finalmente, abrí los ojos sin fijar la mirada
en nada en particular. El sentido que más despierto tenía era el del olfato. Esa exquisita
comida que embriagaba mi nariz y mi boca todos los domingos. Sigilosamente, bajé las
escaleras que conducen al pequeño salón, con los pies descalzos y el suelo dándome sus
delicados y fríos besos en las planas, pálidas y secas.
Antes de que terminara de bajar por completo, algo llamó mi atención, y me paré en
seco. Una siniestra noticia en la televisión ocupaba hoy todos los telediarios. Una mujer
entre treinta y cinco y cuarenta años, descuartizada justo después de hacer la compra.
- ¿A quién se le ocurre ir a comprar a las once de la noche? – pensé.
Supuse que el horario de su trabajo no le permitía ir más pronto. Si fuese así, estoy
seguro de que lo habría hecho.
Explicaba el locutor televisivo que, la forma en que había matado a esa señora era obra
de alguien totalmente enfermo. Era macabro. Un asesino en nuestra ciudad.
Ya por la tarde, salí para dar un paseo con mi novia, y aprovechar para hacer unos
cuantos recados.
En casi todos los lugares que visitamos esa tarde no se hablaba de otra cosa.
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El asesino del gato, le llamaban.
Al parecer, en el estómago de aquella pobre mujer encontraron una marca que, los
supuestos especialistas decían que tenía la forma de la cabeza de un gatito o felino
similar.
Pensé que debía de tratarse de un gato muerto, puesto que, seguro, estaba lleno de
sangre…
La gente ve cosas donde no las hay, para poder poner una bonita etiqueta. Les encanta
etiquetar todo. A ver si la próxima víctima se fija un poquito y, cuando la esté
acuchillando, puede ver si con su arma punzante atravesando su estómago, el pobre
diablo dibuja un gato.
Miércoles, siete de la tarde. Mi vida se limita en torno al trabajo y a tener un rato para
disfrutar haber terminado, con la condición de que mi mente no se olvida de que, al día
siguiente habrá más de lo mismo, y así será hasta que algo ocurra.
A quién pretendo engañar. Nunca ocurrirá nada. El aburrimiento se apodera de todos tus
bienes y te engaña para que le ames. Par que ames su forma de odiar, que te posee hasta
que tu alma sea su sirviente.
Salgo por la puerta con la falsedad que me caracteriza, hasta que pierdo de vista a mis
compañeros, los cuales me odian por tener cosas de las que ellos carecen, y viceversa.
Ese es el sentimiento que anida en toda comunidad de personas que se odian, haciendo
notar que se llevan bien.
Yo no, amigos míos. Este diario me sirve para saber cómo es el entorno que me intenta
seducir día a día, pero no me dejaré.
Aquí estoy. Me encuentro de nuevo en ese aparcamiento que me presta su cuerpo a
diario, para hacer sudar al mío.
Los ejercicios de estiramiento se han transformado en movimientos mecánicos. Ni
siquiera pienso en ellos cuando los practico. Me encuentro cansado.
Normalmente suelo echarme una pequeña siesta cuando regreso del trabajo y, así, estar
relativamente descansado para correr y que mi mente se expanda por sí sola. El sol se ha
escondido para dar paso a la oscuridad más hermosa que hay visto nunca. Desde aquí,
en lo alto de esta colina, esa oscuridad se enciende con un gran ramo de luces de todos
los colores, que me dan su aliento, cuando me dispongo a empezar con mi tarea. Me
podría quedar embelesado mil años, simplemente observando lo bonita que es la vida en
sí. Silenciosa, te atrapa por detrás cuando menos te lo esperas. Pero, por desgracia,
formo parte de ella cuando estoy vivo y te gustaría no estarlo, cuando hace unos
minutos que he empezado a correr. Mi mente trabaja menos cuando corro por la noche.
La oscuridad atrapa mis retinas y el aire las hace llorar. Pero no puedo controlarla y,
cuando me quiero dar cuenta, me encuentro de nuevo frente al espejo de marco dorado,
que me ahoga en mi confusión cotidiana, que acecha mis miedos.
Pienso en sus oscuros ojos que me miran fijamente, rodeados de verde follaje que nos
acaricia a ambos, mientras nos abrazamos fuerte pero delicadamente.
Me gustaría compartir con ella tanta belleza que he experimentado cuando ella no me
acompaña. Mis compañeros de aventuras también andan por aquí. Pero en ellos no hay
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odio. En el mundo que fabrico para mis adentros cada día somos los mismos y, al
mismo tiempo, somos otros diferentes. Cada paso que doy es más duro que el anterior.
Mudos sonidos e invisibles sombras me hacen compañía, a medida que avanza mi deseo
de sentarme para conocerles mejor. Sentarme junto a mi soledad y levantar los brazos
invitando a las estrellas que me cuentes sus historias para notar su cálido aliento.
Sobre una dura piedra, mi cuerpo trabaja para hacerme creer que estoy descansando en
un cómodo sillón. Frente a mis ojos, un ríos que brilla, a causa de su simple
movimiento. A mi espalda, algo lejos. La vida en su esplendor más familiar, jugando
con la muerte, acorazadas frente al calor del hogar.
Me encanta todo eso. Me encanta imaginar por un momento que no formo parte de
aquello. Que formo parte de otro mundo. Y sé que existe. Un mundo que acaba a lo algo
de la colina.
Capítulo 3
1
El gato me llaman. ¡Ignorantes!.
Por una chapuza en el estómago de aquel ser de raza humana que, no yo sé realmente
que es lo que pretendía hacer. Pero lo hice. Aquella mujer sangró mucho. Mi daga notó
algo duro en su interior. Quise asomarme y descubrir que es lo que me costaba tanto
cortar pero, en esos casos, es mejor no quedarse junto al cadáver que tú mismo acabas
de crear.
¿Quieren un gato?
Eso es lo que van a tener. Soy un felino activamente violento que busca una víctima
entre la maleza, dirigido por su sed de sangre. Pero no es como un gato como yo me
calificaría, sino, más bien como una pantera. Una pantera negra que huele a los
humanos a muchos metros de distancia.
Hoy me dirigiré a las afueras del pueblo, donde poca gente anida en las horas de las
sombras.
Afilando mi colmillo, me noto a mí mismo temblar, debido a la rabia que esconde mi
cuerpo, la cual no entiendo. Nunca he conseguido entender el impulso que me dirige a
la única aventura de esta existencia que me hacer estar realmente vivo.
Como el gran felino que ya he dicho ser, me he colocado mi modelo más oscuro. Él me
camuflará entre árboles y colinas.
He llegado a un camino en el que, siniestras siluetas van y vienen, oscuras en la noche,
sin mirarse entre ellas fijamente a los ojos. Me observo en un pequeño riachuelo que
corre a un extremo del camino, y mis ojos brillan como nunca han brillado.
Me escondo allí, a un lado del río, que descansa entre dos pequeñas montañas. Allí no
podrán verme esos absurdos corredores. Uno de ellos será el agraciado. Yo le daré mi
abrazo inmortal, y jamás envejecerá.
Noto el jadeo y los pasos de un pobre infeliz que corre hacia su destino más inminente.
Se acerca. Mis músculos se tensan a medida que él se acerca, y mi corazón comienza
con su baile armonioso que hace que mis sentidos se fundan en uno. Miro a mis pies y
me digo a mi mismo:
- ¡ya estoy en el camino! –
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Mientras, mis colmillos crecen y crecen. Mi lengua recorre mi hocico y mis ojos
enrojecidos miran en dirección al gran festín. Desde aquí noto como me mira mientras
se acerca. Odio eso. Si tienes miedo, deberías irte. Pero no. El pobrecillo sigue con su
camino, confiando en que yo sea un vecino que ha sacado ha pasear al perro, y no el
felino sediento de sangre que soy en este momento. Pero ojo, casi cuando estaba a la
misma altura que yo en el camino, y me disponía a saltarle encima, el vecino del perrito
acaba de salir del portal que hay enfrente de mi. Y mi víctima pasa de largo. Me acabo
de dar cuenta de lo irresponsable que he sido, escogiendo ese sitio para cazar. Estoy
demasiado cerca de la civilización. Ese vecino, no solo le ha salvado a él, sino que
también a mí.
Bajo la cabeza y me digo a mí mismo:
- Busquemos otro sitio –
Me adentro más y más en el bosque municipal que brinda un toque de naturaleza a
nuestro engañado pueblo. Miro a mi alrededor y, en los confines de esta densa
oscuridad, vuelvo a contemplar sombras que se mueven a prisa, de un lado a otro.
Ahora si estoy preparado para consumar la misión que me ha sido encomendada.
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Es dificil correr con tanta oscuridad. A penas veo el camino que debo seguir para
concluir hoy con mi ejercicio diario. Mi puro instinto me acompaña y me susurra por
donde debo ir. Me cruzo con otros corredores. Otros me siguen, o yo a ellos. A lo lejos,
logro observar una silueta oscura, que no parece la de un árbol y obstaculo en el camino.
En estar horas nocturnas, poco se distingue a la vista.
A medida que me acerco, distingo que se trata de una persona. Algún vecino que pasea
a su perro. En este mismo momento, me he dado cuenta de que yo y ese ser somos los
únicos que, en ese instante, habitamos el camino. De repente, se me viene a la cabeza el
asesino del gato. Me impactó aquella noticia.
Mis jadeos consiguen llamar su atención, aunque llevará observándome un rato más. Se
pone frente a mí con los brazos arqueados. Reconozco que me estoy asustando, aunque
creo que no tengo por qué.
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Salto sobre ese infeliz y, tapándole la boca para evitar sus gritos, pongo el filo de mi
daga en su cuello y la deslizo de oreja a oreja. Veamos si sé dibujar un gato en su
estómago…
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Mi aliento se despide sin estar a gusto. Toda fuerza es inútil. Mi cansancio se baña de
sangre, sin poder decir nada y sin tener nada que decir.
- ¡Cuand adiós quiero expresar sin poder abrir la boca! -
FIN

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