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Enviar un mensaje privado Autor Rafael
ÉL Y ELLA
Por Rafael.
Todos los días inician un silencioso calvario.
Él y ella. Un par de viejos doblados por el tiempo, de caminar lento y pensamiento vencido. Su imagen es dolorosa. Una estampa de olvido. Atrás dejaron la pobreza de su pueblo, para sepultarse en la miseria de la gran ciudad.
Visten harapos sucios, tan corroídos como su edad.
Él con camisa sucia y bolsas descocidas, pantalones zancones, pardos y amarrados a la cintura por un cordón; sombrero de petate roído. Su rostro es inmutable, con profundas arrugas que semejan surcos en tierra de nadie. Su crecida barba blanca semejan espinas clavadas en su tez morena, Altivo, siempre mira de frente con la vista perdida.
Ella, serena, cubriendo su cabeza con un chal deshilachado, descalza, camina tres pasos atrás. Así le enseñaron en su pueblo cuando era niña; es cuestión de respeto a su hombre, a su dueño. Sus enaguas son un amasijo de trapos descoloridos y resecos.
Todas las mañanas los encuentro en la misma esquina. Es la zona de trabajo. De pie, rebasados por el abandono, en espera de la luz verde del semáforo, semejan frágiles estatuas de terracota No se hablan; jamás les he escuchado una palabra entre sí. Sus bocas de labios resecos están selladas.
Luz verde. Él, cojeando, cruza la calle. Ella se queda; aguarda a que llegue. Cuando así sucede, ambos sacan de sus ropas un desportillado vaso de plástico, tan sucio como las costras de mugre que cubren su cuerpo. ¿Lavarse? ¡Con qué agua pues si viven en un cerro pelón!
Y empieza el ir y venir…
A cada alto del semáforo, mudos, recorren la hilera de coches sacudiendo sus vasos en demanda de una limosna. La indiferencia de la gente no les afecta. Están acostumbrados a ella. Por eso no hablan, no desean gastar saliva; mejor se la tragan para mitigar la sed. El periplo de ir y venir dura horas bajo los ardientes rayos del sol.
Ni él ni ella, se quejan; tienen el estómago vacío pero se aprietan las tripas. No suplican, no insisten, tan sólo muestran una y cien veces más sus huérfanos vasos de plástico. “Pa’ que hablar, si ni caso nos hacen”, parece la conclusión de su razonamiento. “Si quieren dar, que den; sino, pues no”. ¿Rogar? ¿Suplicar? “Sólo se le ruega y suplica al Señor. Él dirá”.
Para el par de viejos, su vida está atada a las luces del semáforo. Roja; caminan pidiendo en silencio coche por coche. Verde; regresan al congestionado crucero vial. Él arrastra sus gastados guaraches por el suelo. Cada vez es más evidente el cojeo, sin embargo, en su semblante no se descubre un atisbo de dolor. Ella, impávida camina por el ardiente pavimento, como si su piel fuera de cuero.
La indiferencia de los automovilistas es brutal. Ni modo, así es la condición humana. No desean reconocer la miseria; les asusta. Entonces enceguecen, suben los cristales ahumados de sus ventanillas y se libran de contaminarse de la cruda realidad
De vez en vez, alguien se apiada y regala unas monedas. Él, agradece quitándose el sombrero; ella, se persigna en silencio.
Cuando el sol inicia su despedida, concluye la larga y penosa jornada.
Él regresa; ella lo espera. Él avanza su vaso; ella, obediente y respetuosa deposita en su interior la misérrima ganancia del día. En la primera tienda que encuentran, el viejo compra una botella de agua. Desde luego, bebe primero; apura grandes tragos. Ella no desespera, tan sólo espera lo que su hombre decida otorgarle. Con humildad acepta el invite y apenas restan unos cuantos sorbos; son la recompensa del día.
Después, después, caminan de regreso hacia no sé dónde, siempre sin hablar. Él adelante; ella unos pasos atrás con las enaguas barriendo su miseria.
Es tan real su relato que de inmediato pensé en muchos que se la pasan así, y tal vez no le den ningún lugar en la sociedad, pero si pienso que esta creada por la falta de voluntad de nuestros sistemas, y si tienen clase social, yo la llamaría desamparados.
Buen relato con la maestría que ya nos acostumbra.
Abrazos.
Mario.
...Entre el premio del color verde, por haber llegado juntos tan lejos, y el freno del rojo, por haber llegado así, el intermitente color ámbar nos hace reflexionar.
Conseguido, amigo Rafael...
SALUDANDO: LeeTamargo.-
Estimado amigo Lee: Tienes mucha razón; el color ambar en nuestra vida es el que determina situaciones inesperadas, fuera de control y difíciles de comprender.
Gracias por tu lectura.
Rafael.
Después de un tiempo ausente, hoy he vuelto a entrar de nuevo en la página. Tengo muchos relatos pendientes de lectura, que iré saboreando poco a poco, pero con éste el nivel está muy alto y difícil de superar.
Como ya nos acostumbra, un relato muy visual, con unas imágenes contundentes.
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