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Enviar un mensaje privado Autor Nieves
Aquella fue la primera vez. Nunca antes había hecho algo parecido, tan lujurioso a la par que depravado. Yo sólo era un tímido profesor de universidad y mi nerviosismo era más que patente porque ella, desnuda en la cama, no dejaba de mirarme. Su sensual boca, sus pechos firmes, su sexo…, sí, todo su cuerpo me esperaba con fascinante provocación. Comencé como pude la batalla por desprenderme lo más rápido posible de mi ropa, lo que me ocasionó un par de encontronazos con el maldito pico de la mesita. Los pantalones, si bien eran fáciles de poner, se negaban obstinados a ser quitados con mediana elegancia y el cinturón no colaboraba en aquella ardua tarea. Miré hacia abajo, por supuesto con decoro y guardando las formas, y comprobé con lasciva evidencia que el bulto de la entrepierna continuaba vivo. Una vez que mi desnudez se hizo patente, me dispuse a intentar la ejecución del llamado salto del tigre. La joven me esperaba con una pasión extraña, tanto que por un momento me pareció incluso distante, como si aquel ansiado polvo no fuera con ella.
Con escasa gallardía y mucha torpeza me lancé sobre la cama de forma salvaje. Pero el infortunio quiso jugar conmigo. Y sin saber porqué, la mujer empezó a sobrevolar la habitación con frenéticas ondulaciones. En cuestión de segundos, mi cuerpo indefenso y despojado de toda ropa, corría despavorido por la reducida estancia. Mi prominente abdomen se agitaba como un montón de gelatina al compás de la macabra danza que me imponía aquella chica y mi pene se había convertido en un insignificante trozo de carne de apenas unos miserables centímetros. De manera eficaz conseguí abrir la ventana. Al cabo de unos segundos la muchacha de piel apagada salía volando hacia la calle. El serpenteo de su vuelo se había vuelto menos intenso y su cuerpo perdía firmeza. Me asustaron sus ojos que se volvieron turbios e imprecisos. Con horror vi cómo se posaba suave y desinflada sobre el parabrisas de un inoportuno coche de policía. Aparté mi rostro desencajado de la ventana y la cerré con un golpe seco. Así, abatido y humillado, me tumbé solo en aquel lecho vacío. Tenía que pensar la manera de explicarle al Decano de
Muy gracioso Nieves, muy gracioso. Por un momento pensé que la mujer se había suicidado, debo prestar más atención a cada detalle. QUE VUELO Y QUE PASION, JA JA. Saludos.
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