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EL MILAGRO

cubano62

Autor cubano62

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Publicado el 30/01/2008 | 199 Visitas | 4 Comentario(s)

El milagro

 

         Los deseos de vivir bajo circunstancias tan difíciles le daban fuerza para seguir el camino. Una penosa enfermedad lo acompañaba, dificultando su movilidad de manera progresiva, sin embargo, su sonrisa aumentaba de tono día tras día, trayendo luz a los que lo rodeaban.

 

         A pesar de  la tragedia que lo acechaba, un carácter firme y una franqueza increíble lo convertían en un adolescente digno de admirar. Le faltaban seis meses para cumplir los dieciséis. Su fe lo hacía vivir intensamente cada minuto de la vida. Su mayor juguete era la computadora, donde pasaba horas de entretenimiento jugando béisbol, fútbol, baloncesto, viviendo virtualmente lo que otros podían disfrutar en el mundo real. Era capaz de desarrollar una auténtica destreza solo con un dedito de su mano.

 

         Estuvo en la escuela hasta noveno grado y ahora se encontraba viviendo con su padre. Vivían rentados en un apartamentito, sus vidas se unían cada día más.  Los que lo veían conversando tranquilos en las tardes en el pequeño portal, se preguntaban: ¿Serán realmente tan felices como aparentan? ¿Se puede disimular tanto sufrimiento, o el valor y el amor logran imponerse, tornando tales problemas en pequeñeces?

 

         Su padre, aunque disfrutaba mucho su compañía, no podía dejar de preguntarse  en ocasiones: “¿Cómo no protesta? ¿Cómo logra ser tan alegre, tan dulce en el trato, incluso a los extraños que lo miran con curiosidad y le hacen preguntas indiscretas? ¿Es posible reír sintiéndose atado de pies y manos?”... Pero al volver la vista a Michael y ver su mirada de confianza, no podía dejar de sentirse orgulloso de él. “La verdad es que Dios reparte bienes y desgracias, pero nos dio a todos nuestras defensas, muchos jóvenes sin problemas de salud no tienen una determinación tan fuerte ni una personalidad tan definida como él, ni siquiera esa sonrisa que sale del alma”.

 

...................

 

         Hoy se celebra la víspera del día de la Virgen de la Caridad, patrona de Cuba, protectora de los niños, las parturientas y los amantes. En casa de Lucila, la abuela de Michael, están preparando una fiesta... Todo es debido a un sueño que ella tuvo, donde la virgencita se le apareció y le dijo: “No dejes pasar por alto mi día, reúne la familia y amigos y celebren desde la víspera; algo importante va a ocurrir”.

 

         Lucila lo tomó bien en serio y puso en función a su esposo Luciano, hombre de más de sesenta años, muy trabajador y organizado, y  a sus hijos: Rey, el pescador; Tony, el escritor; el mayor, Alexander, el artesano y Susana, la hija preferida de Lucila, joven de talento y soñadora, tan bella que pudo ser actriz. Pusieron su granito de arena Ángel, esposo de Susana, hombre de principios adquiridos desde la cuna; Magali, la esposa de Rey, siempre dispuesta a hacer maravillas en la cocina, y los amigos: Alejandro, medico neurólogo, que además se buscaba la vida manejando un taxi en sus horas libres y hasta cocinando por encargo; Ramón, cirujano y amigo de la familia, con su novia Idalia; los suegros de Tony, y Estela, poeta y estudiante de magia, quien desde que conoció a Michael en un encuentro casual, le había tomado un sincero afecto y le traía juegos para su computadora, empecinándose además en enseñarle a mover objetos con la voluntad.

 

         Todo muy bien preparado, platillos especiales y cócteles para el brindis,  una buena selección de música y felizmente, hasta una mesa de dominó. Michael, muy feliz, estrenaba un traje deportivo nuevo y se sentía a sus anchas. No es menos cierto que siendo un adolescente su rostro varonil y su tez morena daban al chico un toque de buen mozo. Su silla estaba bien cargadita en baterías, para poder moverse a su antojo; su mente, como siempre, despierta... podía hacer juego de malabares con su inteligencia.

 

         Elpidio, un vecino, ayudó a cargarlo hasta el segundo piso donde vivía su abuela, a una cuadra de la casita rentada. Desde que Michael se mudó a vivir con su padre, él y Elpidio se hicieron buenos amigos y gustaban de conversar y reír. Estaba rodeado de personas que lo amaban. ¡Con  tanto amor no hay dudas que sientes mover tus pies y manos, y el corazón se llena de ilusiones!

 

-          Hola Michael, recibe a través mío un beso de todos los presentes, la fiesta es tuya - se acercó su abuela y lo acarició - ¡Te ves precioso! ¿Cómo te sientes?

-          Estoy bien abuela - respondió con tono seguro, mostrando su ecuanimidad de siempre.

 

         Su padre sonrió en silencio, Michael era un auténtico ser humano, a muchos le gustaría tenerlo aunque fuera de amigo, y él tenía la suerte de compartir con él toda una vida... Cuando hace apenas una semana, él se había sentido deprimido, no podía olvidar que fue el ánimo comunicado por su hijo quien lo hizo salir adelante.

 

         Algunos probaban los platillos, otros se daban un sorbo de ron, se respiraba un ambiente festivo, se tiraban fotos de parejas, grupos y algunas improvisadas al calor del momento... Michael observaba a todos, sonriendo a los que pasaban por su lado y le palmeaban la espalda o le acariciaban el pelo, pero a mitad de la noche se le comenzó a notar algo triste, apagado; su padre, que no lo perdía de vista, se le acercó.

 

-          ¿Qué te pasa? ¿Por qué te has puesto serio de pronto?

-          Es que quiero jugar dominó - lo cierto es que el muchacho lo había pedido desde el inicio, pero con el calor del juego no se dieron cuenta que su turno demoraba demasiado.

-          Es cierto, ¿por qué no me lo recordaste? Vamos, te llevaré a la mesa.

 

         Michael se alegró al instante y se sentó a jugar, movía las fichas con dificultad, pero sus movimientos eran los correctos, dejando sorprendidos a los jugadores más expertos del grupo.

 

         Los que no jugaban dominó, conversaban o bailaban, al calor de la noche habanera, la música hacía correr el sudor a la par de la alegría. Todos esperaban con ansia las doce campanadas del reloj que adornaba la sala de Lucila, hora de pedir los deseos a la virgencita. ¡Había tantas cosas que deseaban ver hechas realidad! Cada uno, a pesar de tanta actividad, estaba sumido en sus pensamientos:

 

         Rey, desde la mesa de domino, pedía mejorar su salud, a pesar de verse sano como un tronco tenía la mala suerte de pescar los catarros más difíciles, pero era un hombre sencillo y feliz; Tony, muy pegado a su jovencísima esposa, que tenía seis meses de embarazo, ansiaba que nada lo separara de su nueva familia, a la que soñaba ver unida y feliz; ella rezaba por tener un parto fácil y traer al mundo un bebé saludable; Magali suspiraba por que “algo” hiciera cambiar la dieta que hacía el esposo desde que le dictaminador una enfermedad de la vesícula, “sumada a tener premios Guiness por hipocondríaco”, lo cierto es que no coincidían en las comidas: él, todo hervido y ella, todo frito; esto los apartaba un poco, pues antes cenar era una fiesta y a ella le encantaba cocinarle asados con mucha salsa, que ahora él no podía ni oler y ella tenía que degustar a solas.

 

         El médico Alejandro, excelente conversador, sufría al ver que la virgen y la espera de la media noche lo habían apartado de ser el centro de la conversación, él solo deseaba que pasara el momento y poder retomar la batuta con sus historias y sus chistes; su esposa Claudia un ángel incapaz de matar una mosca, joven abogada de gran corazón, pedía una larga vida pacífica para su  bebé de dos meses, niño hermoso con cara de futuro guerrero – le habían puesto Atila Napoleón, no se sabe si porque el padre era aficionado a la historia, si por hacer uno de sus chistes, o porque había tomado demasiado whiskey para celebrar -; Susana estaba tan preocupada por asuntos de trabajo - al día siguiente tenía una importante reunión con unos delegados de China – que solo podía rogar que todo le saliera bien en los negocios. Su esposo dormía en una butaca, así que no se sabe qué hubiera pedido, pero no por gusto eran una excelente pareja. Estela pediría tener una casita frente al mar, para poder llevar a tomar café por las tardes a Alexander y a Michael y disfrutar de su compañía mientras lanzaba conjuros a la puesta de sol. Alexander, aunque no lo decía, estaba pidiendo la realización de un milagro, algo que él y los médicos sabían que no se podía obtener, ni siquiera con el auxilio de la fe.

 

         La música salsa tenía a todos haciendo veinte movimientos, a los que se sumaba la algarabía de las fichas. Lucila hacía anécdotas conocidas por los oyentes, contaba como hizo pudín para vender y croquetas de “ave-rigua qué invento para echarles adentro”, para alimentar a sus hijos en los períodos más difíciles, terminando siempre las historias con la afirmación de que era una gran madre, lo cual no era menos cierto, solo que todos conocían la versión. Su esposo Luciano ayudaba en lo que podía, mientras Lucila decía que lo hacía “para poderla mantener contenta y esconder sus aventuras”... De ellos dos, nadie sabe qué deseaban pedir a la virgen; tal vez ella que todos se olvidaran de sus historias para poder volverlas a contar, y él, que ella dejara de celarlo como si fuera un joven, cosas de familia.

 

         Acababan de pasar los dos una dura etapa donde enfermaron de hepatitis, de la cual aún se estaban recuperando. Lucila decía que todo era culpa de la llegada de unos pajaritos preciosos en su jaula, porque la persona que los regaló, “los había cargado con brujerías”. Para sacar los malos vientos, tiraba hielo en la puerta, se echaba cascarilla de huevo por encima, santiguaba la casa con ramas de Paraíso y ya por último leía mucho la Biblia. Cada vez que le pasaba algo, abría una página al azar y decía: “¡Esto es! ¡Aquí lo dice!” Pero a sus años, después de tantos sufrimientos, que más se le podía pedir que siempre pensar en su familia.

 

         Michael era capaz de saber quién lo quería y quién se olvidaba de él, tenía una especie de sexto sentido para captar a las personas y cuando entregaba su afecto, era como una bendición. Él, con su intuición especial, adivinaba el deseo oculto dentro de cada uno de los presentes. Esa noche era muy especial para él, veía reunidos a su familia, amigos, y hasta ganó cuatro partidos de dominó, era realmente el protagonista de la fiesta.

 

         Faltando unos minutos para las doce, se encendieron las velas y los inciensos debajo de la imagen de la virgen, que parecía mirarlos con amor, haciendo crecer la fe que todos tenían en ella.

 

         Michael, muy cerca de las velas, miraba intensamente. ¿Qué pediría el joven? Nadie lo sabía, aunque él no ignoraba que su padre sin dudas pediría por él con toda la fuerza de su corazón y todos los presentes lo harían también, de un modo u otro.

 

         Dieron las doce y el silencio se apoderó del salón, los reunidos por el amor y la amistad pidieron sus deseos... el momento había pasado, la celebración había concluido. Pero Alexander tenía una duda. Se acercó a su hijo, lo besó y le dijo:

 

-          ¿Qué pediste a la virgencita?

-          ¿Yo? - dijo el joven sorprendido, mirando a los ojos de su padre, como si éste tuviera que adivinar la respuesta.

-          ¡Le pediste algo! ¿O no fue así? – insistió él.

-          Sí, papi... le pedí por ti, por mi abuelita, por la felicidad de mi familia y mis amigos...

-          Pero, ¿qué pediste para ti?

-          Nada, estando bien ustedes, yo lo estaré.

 

         Alexander, impresionado, se dio cuenta de que el milagro se había realizado. Su hijo era un as de oro. Día a día aprendía de él, la experiencia aquí no contaba. Las palabras de Michael confirmaban lo dicho hace unos años por una gitana: “Es un hijo de Dios, todo lo puede. Tu hijo sufrirá por los demás, no por él. Su suerte está echada, su corazón está tan lleno de amor al prójimo, que no hay lugar para su propio dolor, su misión es enseñar a los demás a comportarse en los momentos más difíciles y alejar en silencio la tristeza. Fue enviado al mundo con un destino y lo cumple cabalmente, eres muy afortunado por tenerlo”.

 

         Se sintió de pronto aliviado de un gran peso, en aquel entonces se había molestado al no tener la respuesta esperada, pero ahora comprendía que se va a escuchar las palabras que se necesitan, no las que se quieren oír; él también cumplía entregando amor incondicional y apoyo a su hijo. Se lograba una combinación perfecta, una entrega de pasión espiritual, de lealtad hasta las últimas consecuencias.

 

         Michael seguiría sonriendo hasta que Dios lo determinara, porque su destino estaba más allá de los deseos de los humanos, y su libertad de conciencia lo hacía ser feliz... ¿Qué más podía ofrecer la virgen?

 



Comentarios

suisa4413

suisa4413

06/02/2008

# 1

bueno

Nelsonlee

Nelsonlee

15/02/2008

# 2

HE LEÍDO ALGUNOS TEXTOS Y SI ESTE FUERA REAL, ES BELLO COMO LO NARRASTE. ABRAZO DE CUBA

ROSA80

ROSA80

10/04/2008

# 3

ES MILAGROSO, SABER COMPRENDER A LOS DEMAS.

amandaclavel

amandaclavel

22/04/2008

# 4

Nada es mas importante, que ser libre al decidir.

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