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Autor: © Jesús Alejandro Godoy
"...Después la nada; después de tenerlo todo... la nada nuevamente, y las manos tan vacías y tan repletas de cielos, vientos y tiempos" había dicho aquél que caminaba a la orilla del mar, mirando sin cesar el vaivén de las olas mientras el sol se escondía a cada momento, y un lejano velero coqueteaba con alguna nueva aventura que lo llevaría a alguna distancia de la costa.
—Sé que no hay nada después de mí, porque dejo aquí todo lo que necesitaba para ser admitido en éste mundo —me dijo mirándome de reojo, mientras encendía su pipa por segunda vez, y el viento se llevaba esa pequeña humareda con aroma arbolado—. Se detuvo a recoger una pequeña roca de forma triangular y agregó—: todo lo que he tenido, todo lo que tengo no es más que un sueño; un buen sueño de alocados corredores de grandes distancias... grandes alabadores de las circunstancias que nos llevan a tener todo lo material que he deseado. Pero ahora que ya estoy a punto de partir, te digo que nada he tenido... nada.
Lo escucho y miro mis manos tan agresivas de haberlo tenido todo, que ahora reclaman la nada como si fuera propia, porque sé que se han cansado de juntar montañas de objetos, montañas de nada.
—Los sentimientos —me dice y se vuelve a colocar la pipa en los labios—, los sentimientos, los buenos sentimientos son la fuente, la energía que hacen y guían todos los caminos que he recorrido —entrecerró los ojos y señaló una ola—; ¿ves?, esa ola que ahora rompe aquí cerca de mis pies, es como todo aquello que creía importante: nació, tuvo una cumbre, decreció, y finalmente se esfumó —dijo.
Yo lo miro y sonrío de lado. Parece un poco afligido, porque sé que detrás de sí lleva en silencio las huellas de la muerte; sé que...
—Sé lo que estás pensando —interrumpe mis pensamientos—, pero no es así —me dice—. Yo lo miro sin entender, pero sin esperar alguna refutación de mi parte prosigue—: sí, como tú, sé que hay huellas que van diligentes detrás de mí... —piensa y atusa su pipa—, pero esas huellas son las que yo sigo —dice.
Yo, lo miro sin entender; de soslayo miro una gaviota que planea cerca de un pequeño barco pesquero.
—Esas huellas —prosigue exhalando un poco de humo—, son las que yo he tentado a mi alma a seguir, porque si bien no he tenido un destino, esas huellas yo las iba creando con mis pensamientos antes de caminarlas; y así, como tú solamente ves las huellas que estoy dejando, no ves sin embargo, las huellas delante de mí, porque son las huellas invisibles que yo mismo me he marcado a cada instante de mi vida; y así, como las he marcado, también las puedo borrar.
Soy libre de marcar mi camino, pero el camino donde marco mis huellas no es mío... no me pertenece, así como no me pertenece el aire que hoy respiro, ni el cuerpo que hoy habito —agregó sonriendo, y atusando levemente una vez más su pipa de marfil—.
Seguí caminando un instante más, cuando él se detuvo secamente.
—¿Qué es ésta piedra? —me preguntó.
Sin esperar nuevamente alguna respuesta de mi parte respondió:
—esto que ahora sostengo en mi puño, no era más que un resquicio de sombras hasta que yo lo recogí —explicó; yo solamente guardé silencio y escuché atentamente—; esto que ahora sostengo en mi mano —abrió la palma—, es una piedra porque yo la he recogido y la he nombrado como piedra, y ahora no solamente tiene una parte en la historia de mi vida, sino que seguirá siendo piedra, pero ahora también es un poco de historia en mi vida; y el sólo hecho de yo haberla recogido, ha cambiado el curso de las cosas, porque hoy que estoy caminando aquí junto al mar, en éste hermosa playa africana, siempre he de recordar que un momento hube podido elegir los acontecimientos que separan la realidad de los deseos... y así... simplemente así he cambiado las huellas que voy dejando en mi camino.
Una enorme ola se formó a lo lejos y al romper hizo un estruendoso sonido que se mezcló con el chillido de las gaviotas y el aleteo de algunos pelícanos que elegantemente se posaban en la escollera del puerto cercano.
Volvió a encender el tabaco de su pipa de marfil; me miró y preguntó—: Si puedo cambiar mis huellas... mi historia con una simple piedra de forma triangular... ¿Cuánto más podré hacer con todo aquello que hoy decido que caerá en mis manos...?.
Mira —me dice y se aleja un poco cuando la espuma del agua se le filtra en los mocasines marrones—, mira mis manos —me dice.
Pienso que no hay nada en esas manos agrietadas.
—Sé que piensas que no tengo nada en mis manos —me dice con un poco sarcasmo mordiendo la boquilla de la pipa—, pero dentro de éstas manos que están vacías, existe tiempo, amor, determinación, felicidad, deseos, esperanza, dolor, angustia, espera, paciencia, sosiego, ocio, rabia, Dios... —mira el cielo y suspira—. Todo lo material que he tenido que moldear con éstas manos —prosigue—, pasará de mano en mano hasta que algún día se extinga frente a la furia de los elementos; pero lo invisible que he moldeado con éstas manos me pertenece —me aclara—, porque hoy que estoy por partir de aquí, son solamente mis alas invisibles las que me llevará a mi destino; y mis alas, no están fabricadas por nada material que he moldeado con mis manos, mis oportunidades y mis momentos... Hoy aquí, estoy más que desnudo frente a ti, porque realmente hoy sé que podré seguir las huellas que durante mi vida he marcado; y si la muerte es la que me persigue, ten por seguro amigo —me dice sonriendo—, que no es la muerte la que me persigue... sino la oportunidad, la única oportunidad de ver mi nueva vida, repleta de lo invisible que he moldeado con mi alma...
El sol ya se estaba escondiendo, y el velero ya había desaparecido.
Él atusa su pipa nuevamente, me mira de reojo y vuelve a andar sin dejar de mostrarme las palmas de sus manos.
—Mira —me dice mientras abre bien las palmas de sus manos nuevamente—, moldea lo necesario, moldeo lo correcto, porque si ciertamente quieres saber el significado de la palabra milagro, ésta en tu gran oportunidad. No te desvivas juntando montañas de rocas, montañas de oro, montañas de cosas... solamente desvívete juntando montañas de eso que sabes que existe, montañas de milagros...
Una pequeña sonrisa me distrae. Dos pequeños brazos rodean mi pierna.
—¿Abuelo...? ¿Qué haces mirando las palmas de tus manos? —me pregunta mi nieta—.
—Nnnn... nada Chiara —respondo sin ser convincente.
—¿Se apagó la pipa del elefante? —me pregunta.
—Creo que sí —respondo.
—¿Cuándo me contarás cómo la encontraste?
—Un día te contaré.
—¿Cuándo?
—Pronto... pero mejor ahora te contaré las aventuras de un chico que se llama Samir que...
—¡No...! —replica enojada y cruzada de brazos—, ¡Yo quiero que me cuentes la historia del efelante blanco!
—Bueno —digo algo avergonzado—, te contaré la historia del elefante blanco —sonrío.
—¿No era efelante?
—No, elefante...
—¡Ahhhh...! ¿Y me contarás todo?
—Sí.
—¡Viva! —grita esa hermosa pequeña de pelo azabache—. ¿Y... por qué el efelante era blanco...?
—Bueno hermosa Kiky —digo mientras la tomo de la mano y miro el mar—, esa... esa es otra historia...
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