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Enviar un mensaje privado Autor Rafael
EL CONCIERTO
Por Rafael.
Antonio Valencia jamás olvidaría aquel aciago domingo... Era un jovenzuelo de escasos veintidós años de edad. Alto, rubio, muy delgado, callado, un tanto huraño y un mucho solitario.
Fue el tercero de una familia de músicos. Su padre, Federico Valencia Torres, impartió clases de música en el Instituto Bellas Artes de la Universidad Autónoma de Querétaro. Felipa Victoria Alcocer de Valencia, la madre, fue una excelente pianista que no destacó en el género del arte porque las labores domésticas le arrebataron la esperanza. Emiliano, el hermano mayor, apenas cumplió los cinco años de edad fue inducido a la formación musical; poco después su hermana María de los Ángeles, y por último, él mismo.
Emiliano gustó de la música y con el tiempo derivó hacia el rock pesado. María de los Ángeles no mostró mayor afición por el pentagrama y apenas libró la escuela preparatoria, se dedicó a la elaboración de arreglos florales. En cambio, Antonio, antes de la edad reglamentaria de los Valencia para conocer del pentagrama, ya había mostrado gusto por los compositores clásicos. Metódico abrevó todas las enseñanzas que se le impartieron. Con admirable facilidad hizo suyo el piano, pero con la flauta forjó su razón de ser.
Solitario, en su recámara, largas horas invertía al ensayo. Improvisaba y corregía. Don Federico y doña Felipa Victoria estaban sorprendidos de su talento y memoria musical. Tras escuchar tres o cuatro veces obras de Vivaldi, Telemann, Bach o Mercadante, Antonio podía repetirlas con bastante acierto. No tenían duda: podría convertirse en un solista excepcional.
Pronto las enseñanzas del padre se agotaron y la capacidad de la madre se fugó en el fregadero de la cocina.
Quienes tuvieron el placer de escuchar las moderadas o apasionadas interpretaciones de Antonio, coincidían que requería de estudios superiores. La instrucción local le asfixiaba. El muchacho necesitaba nuevos espacios. La familia Valencia, de escasos recursos económicos, no reparó en sacrificio para enviarlo al Conservatorio Nacional de Música. Empeñó el piano, se endrogó con la caja de ahorros y vendió hasta los recuerdos.
Antonio Valencia Alcocer se trasladó a la capital del país y apuró de un trago el conservatorio con sus enseñanzas, técnicas, instrumentos, partituras y salas de concierto; con sus allegros, rondós, largos, prestos, y hasta con los patios, jardines y corredores. El muchacho a los 19 años de edad, según aseguraban los sorprendidos profesores, era un prometedor virtuoso de la flauta. Tras de recibirse con altos honores, se concluyó que el joven debía viajar a Europa para estudiar bajo la tutela de famosos maestros.
Sin embargo, los Valencia no podía echarse a cuestas tan pesada empresa. La especialización de su hijo requería de mucho dinero. Así pues, Antonio, con una profunda herida en su alma de músico, regresó al terruño queretano y empezó a dar clases en el instituto en donde se inició y a tocar la flauta en restoranes de medio pelo para apoyar la economía del hogar.
Mas, existía una posibilidad para continuar su brillante carrera musical: una beca. Don Federico escribió a sus mejores amigos en Puebla, Morelia y Guadalajara; recurrió a las autoridades universitarias, solicitó audiencia con el señor gobernador y escribió un ruego al Presidente de la Repúbñoca, solicitando ayuda para organizar un concierto con la asistencia de reconocidas personalidades del mundo de la música culta. Ellos podrían valorar las virtudes del hijo y, en su caso, recomendar el patrocinio de estudios en el extranjero.
Por largas semanas y meses enteros, el viejo profesor sólo conoció de la indiferencia oficial y de amargos desengaños. Doña Felipa Victoria le pedía a Dios todas las tardes en la iglesia de la Congregación y cuando creyó que el cielo estaba sordo, el milagro se hizo: Antonio tendría la oportunidad de presentarse en el patio barroco del museo de arte de San Agustín, ante un jurado de severos críticos y un distinguido representante del Jefe de la Nación.
La fecha señalada, un sereno domingo de agosto, el prometedor joven llegó a encarar su futuro musical. Contrario al nerviosismo de sus padres, estaba tranquilo y la mar de optimista. El concierto lo había programado con un rondó de Mozart, un largo de Mercadante, un minueto y dos allegros de Bach, un presto de Telemann y un andante de Buffardin.
Poco a poco, al hermoso patio colonial del histórico convento y templo agustino del siglo XVIII, fueron llegando, primero, los hombres viejos, porque dicen que al museo la gente de edad llega a depositar su historia y los jóvenes a llevársela. Una modesta sillería se había dispuesto en torno a la fuente de cantera y bajo la arcada, el atril de Antonio y un piano.
Puntual se presentó el concertista y puntuales los sinodales. La introducción de rigor fue breve. A continuación, el orgullo de la familia Valencia Alcocer dictó una corta explicación sobre el programa a ejecutar; su rostro no detonaba emoción alguna. Sin embargo, quienes le conocían, aseguraron que en los ojos ya anidaba un destello desconocido.
El artista dejó escapar las primeras notas mozartianas y la maravillosa arquería pareció iluminarse. La audiencia comprendió que Antonio tocaba como los propios ángeles músicos que adornan las cúpulas de las iglesias. Sin embargo, en esos instantes de ensoñación, del inconcluso campanario se desató un furioso y destemplado repicar de campanas, se escuchó la música huapanguera de la tambora del Pueblito, y el cielo se sacudió con los sordos estallidos de los cohetones.
¡Dios mío, era el día de San Agustín!
En aquel estruendoso oleaje santoral, el concierto naufragó y se ahogó. A cada campanazo, a cada tamborazo, a cada cornetazo, se cimbraba la arcada del patio con toda su magnificencia y las cariátides, labradas en cada columna, parecían agrietarse y perder el añoso equilibrio.
Ante tan manifiesto fervor provinciano, vanos fueron los esfuerzos de don Federico por atemperar el sorpresivo estrépito. Vanos también fueron los ruegos de doña Felipa Victoria por convencer al párroco de la iglesia de cesar por un ratito tan encendida glorificación en el campanario.
El sacerdote, comprensivo, había escuchado atento a la afligida madre; por unos instantes guardó silencio. Después, sereno, reflexionó; por último, siseó una plegaria y se encogió de hombros. Con semblante resignado, resumió: “Hija mía, el santo de San Agustín, es el santo, ¡qué caray!".
Acto seguido, el religioso se arremangó la sotana y con la gula retozándole en la panza, rápido se sumergió en un laberinto de puestos de carnitas, chicharrón y menudo, tacos y sopes, enchiladas y quesadillas, buñuelos y natillas.
No cabe duda: las celebraciones religiosas no saben de conciertos y mucho menos de ilusiones juveniles.
Sin duda el joven no tuvo una merecida recompensa, pero su talento no podía ser detenido por ningún santo y menos por un humano.
Mis saludos
cubano62: Tienes toda la razón. El talento se trae de cuna y nada puede opacarlos aunque por momentos se tenga "el santo de espaldas".
Gracias por tu comentario
Rafael.
...Nadie se percató de la fecha y hora elegida, pero el santo se encargará de restaurar la injusticia. Al final el talento siempre busca la salida.
Estuvo original y bien documentado, amigo Rafael...
SALUDANDO: LeeTamargo.-
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