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EL CERRO PELÓN

Rafael

Autor Rafael

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Publicado el 21/01/2009 | 475 Visitas | 2 Comentario(s)

 

 

EL CERRO PELÓN

Rafael

 

El abuelo Matías, patriarca del pueblo “Los Encinos”, sentenció: “Fue un diluvio despiadado como en  el día del señor San Francisco  en 1897. Igual de endiablado el maldito,  Parecía enfermo de corajina que deseaba acabar con todo…y así lo hizo”. 

Antes del desastre, en  las boscosas  faldas del “Cerro Pelón”   había florecido una industriosa comunidad que dependía de tres aserraderos para su  subsistencia. A lo largo de cada nuevo día no se paraba de talar árboles y los retoños, como por obra de magia, volvían a renacer y en pocos tiempo alcanzaban otra su vez su enorme estatura.

Los primeros leñadores que se asentaron en el boscaje, pronto descubrieron tan increíble prodigio  Lo consideraban un don que el cielo les regalaba y todos los domingos le daban  gracias al Altísimo

Era un fenómeno inusual para el cual no existía respuesta. Sin embargo, si el monte era tan pródigo ¿por qué fue bautizado como el “Cerro Pelón? La razón era muy sencilla. Su morro estaba tan rasurado como la cabeza de un monje.

El milagro pronto  se difundió y los caseríos desperdigados en la región quedaron abandonados, convirtiéndose en  pueblos fantasmas.  Quienes moraban  en ellos emigraron al imponente macizo en busca de fortuna, convirtiéndose en una plaga que tiraba árboles por doquier.

Ante la diaria peregrinación de hombres hambrientos de abandonar la pobreza, los primeros colonos en arraigarse llegaron a la conclusión que debían evitar que la muchedumbre terminara por colmar hasta la más pequeña brecha. Por lo tanto se formó un consejo de leñadores que organizaron brigadas armadas para impedir el arribo de nuevos colonizadores que amenazaban con acabar con la abundancia que brindaban los generosos bosques.

Las amenazantes bocas de las escopetas de doble cañón y las pistolas prestas para abrir fuego a quien osara romper el cerco de seguridad, intimidó a los lugareños, quienes regresaron a sus hogares rumiando su amargura consciente de ser víctimas de un acto de injusticia.

Los colonos del Cerro Pelón, dueños absolutos de un tesoro sin igual, no deseaban compartir la fortuna con la que habían topado. De esta manera, aserraban por secciones y diariamente salían al mercado carretadas de grandes tablones.

La tala se trabajaba ladera tras ladera. Al concluir con la primera, se continuaba con la segunda y la tercera en forma de círculo; mientras, atrás ya crecían los nuevos arbustos que pronto se convertirían en adultos aptos para el filo de las hachas. Así pues, la madera nunca se acababa, convirtiéndose en una infinita fuente de riqueza.

Sin embargo, el ecosistema no estaba de acuerdo; su presencia era para que todo mundo lo disfrutara y no se convirtiera en rehén de un puñado de taladores que incluso estaba dispuesto a matar quien enfrentara el  cinturón armado que se había establecido. De esta manera, empezó a regatear sus dones. Los árboles que eran talados indiscriminadamente ya no volvían a renacer. La  desaparición de lo que se consideraba un regalo de Dios, no fue obstáculo para el afán de enriquecimiento que nublaba la razón humana e impulsaba  a proseguir devastando los bosques.

 Pronto recibirían un inesperado castigo.

Fue una noche tormentosa de las que ya no se tenía  recuerdo…Llovió  sin conceder descanso. .El cielo estaba furioso y liberaba su cólera. Un chaparrón azotaba al Cerro Pelón  La población, con el miedo en el alma,  aguantaba  en sus casas. Entonces no valía plegaria que existiera.

-La verdad no tuvo misericordia  de Dios -advirtió  el viejo Matías, al tiempo que  con los dedos de su mano derecha  hacía la señal de la cruz  y se santiguaba  empezando por la frente y proseguía en orden descendente  por la nariz, ambos lados  de la boca, la barbilla y finalmente el pecho. Aseguraba que el implacable temporal era otro  diluvio universal: “Llueve que llueve, tanto así,  que no se veía para arriba. Entonces empezó todo: se hizo un silencio mortal y la montaña empezó a temblar. Después,  muy despacio, sin asomo de prisa, lentamente se fue hundiendo como si se la tragara un pantano, arrastrando consigo casas y colonos. No existía salvación para nadie. No había por dónde escapar”.

El anciano hizo una pausa y después con el susto en la boca, expresó: “Fue horrible, señor. El Cerro Pelón se hundía y se hundía despacio, muy despacio, como si no tuviera prisa y alargara la agonía de quienes no supieron compartir su riqueza. Por dondequiera se escuchan lamentos de terror y suplica, En tanto, seguía hundiéndose hasta desaparecer  de la faz de la tierra, dejando tras de sí  un tenebroso aullido de agonía. Entonces dejó de llover…

Al siguiente amanecer no se encontró ni huella de él. Sólo una  desolada llanura.

-¿Qué cómo me salvé de morir sepultado? Ay, señor; por fortuna soy tan viejo que no puedo  levantar ni pico ni hacha. ¿Entonces para qué  iba a subir al Cerro Pelón? Pero de algo sí estoy cierto: soy  el único que vio como se hundió y que tarde o temprano, la tierra también me tragará. Lo sé. Soy el único que falta…



Comentarios

Fito

Fito

22/01/2009

# 1

La materia ni se crea ni se destruye, si no que se transforma, pero en qué estamos transformando a la tierra donde vivimos?? Todo se paga.Fito

Rafael

Rafael

23/01/2009

# 2

Fito: Tienes m,ucha razón : el ser humano se ha encargado de destruir la tierra en que vivimos, en asras del "progreso"
Te mendo un cordial saludol.
Rafael.

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