Texto a Mis Favoritos
Autor a Mis Favoritos
Suscribirme a este autor
Comentarios (0)
Enviar un mensaje privado
Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
DELIRIOS
PSICÓTICOS DE NEÓN Y LLUVIA
A mi colega Andreu Romero,
por sus años de incansable militancia
bermenovita
La ciudad es negra bajo mis pies. Negra, fría, cortante y húmeda como las
cuchillas dormidas bajo mis antebrazos. Sólo sus infinitos puntos de luz la
destacan de la oscuridad, nos recuerdan que es un ser vivo, caníbal,
autodevorándose sin poderlo evitar. Sus venas y arterias fluyen, ríos de neón,
entre torres de luciérnagas. La lluvia tóxica no cesa.
Podría saltar ahora y terminar con todo, hundirme en
la nada de luz de ahí abajo. Pero eso y seguir tienen el mismo sentido. De
momento, la inercia vence.
Hace una hora maté al último hombre de la lista
semanal. Disfruté con él. No llevaba blindaje dermal, y las cuchillas le
atravesaron el pecho como gelatina, dulce y suave, sin esfuerzo. Él nunca lo
reconocería, pero en sus ojos vi que llevaba mucho tiempo deseando morir. Su
sangre ha sido lo único cálido del día de hoy. Hace diez minutos me
transfirieron los créditos acordados, un bip indicador en el oído interno. Hace
años que acumulo más créditos de los que jamás podré gastar. Pero la inercia
vence.
Ayer ¿Fue ayer?
los recuerdos se entremezclan aplasté a una mujer con mi peso. Mientras
intentaba obtener algún placer, penetrándola incansablemente, ella gritaba. A
veces olvido que la mayor parte de mi cuerpo es metal. Y mientras gritaba,
comencé a deshacerle su preciosa cara con el láser retiniano… hasta que sólo
quedó una masa burbujeante en su lugar. La verdad es que no sabría decir por qué
lo hice.
Hubo un tiempo en que la gente vivía y aceptaba sus
limitaciones naturales, un tiempo en que los implantes cibernéticos eran
productos de la imaginación, y no de las Corporaciones. Hoy resulta casi
inconcebible que alguien pueda condenarse voluntariamente a tan atroces
restricciones de su potencial humano, cuando hasta los naturalistas y los
religiosos son minorías en clara extinción, restos del pasado. Mi primer
implante me salvó la vida cuando, durante una de mis peleas callejeras, una
katana me seccionó limpiamente el brazo izquierdo. Los sanitarios de combate me
integraron allí mismo uno auxiliar, con seguridad perteneciente a alguno de los
muertos de aquella misma noche, que ya no lo iba a necesitar. Un G-Disch Rg-9, lo recuerdo bien.
Cada uno de mis órganos naturales, los que aún
conservo, supone una debilidad ante mis enemigos. Pero las probabilidades de
caer en psicosis electrónica total aumenta en cada nuevo implante de modo
sumativo; es algo que no me importaría demasiado, sino fuese por la constante
presión de los cuerpos especiales de policía, los cazadores de PET´s –fina ironía para referirse a
cyborgs de más de trescientos kilogramos de metal desencadenado–. Casi tan
desquiciados como ellos, su única orden consiste en desconectarlos con todos
los medios a su alcance. Y su efectividad es alta, puedo asegurarlo. Los he
visto en acción.
Como sabían los viejos maestros, el equilibrio es la
virtud fundamental. Casi a diario, las Corporaciones producen nuevos modelos
que mejoran los anteriores... unas milésimas de segundo para esos reflejos
aumentados, mayor resistencia por cm3 para ese blindaje interno, más
penetración para tu munición Iridium…
y cualquier otro de los miles de insignificantes datos que suponen la
diferencia entre vivir y morir. Yo sólo actualizo mis sistemas una vez por
semana, y con esto regalo una ventaja de seis días a mis enemigos. Pero la
tecnología sólo puede potenciar aquellas habilidades certificadas por la
experiencia y la técnica depurada de años. Por eso sigo vivo, mientras ellos
son ahora trozos dispersos, en el mejor de los casos.
Un gravitatorio unipersonal acaba de aterrizar sobre
el lejano edificio Iniya. También ha ignorado los terrores de la lluvia tóxica.
Mis sensores me permiten cartografiar el rostro de la ejecutiva que lo ha
pilotado ¿Aparecerá su nombre alguna vez
en mi lista semanal? En cambio yo ya no puedo recordar el mío, por borrado
neural. Pienso que me gustaría acariciar sus suaves facciones… Tal vez algún
día.
Matar es lo que mejor sé hacer. A veces pienso que,
si no fuese un negocio, no podría dedicarme a nada más. Lo he practicado
durante décadas, siguiendo todas las técnicas documentadas, la doctrina Ronin, variables modas y estilos… es un
arte inagotable. Podría matar a cien, mil, un millón más… y la población no lo
notaría, creciendo sin parar. ¿Por qué habría de sentirme culpable? La
humanidad es un resistente virus exponencial, y yo sólo actúo como uno de
aquellos jardineros de la antigüedad, que podaban algunas ramas que
obstaculizaban el desarrollo del árbol. Y el árbol crecía mejor, más sano y
fuerte.
La holovisión anuncia a la sociedad que los colonos
xenos, aquellos que partieron siglos atrás para conquistar planetas exteriores
al Sistema Solar, están regresando. En diez años estarán aquí, según los
telescopios A-xem. En el improbable
caso de que sea cierto –dibujar metas en el futuro evita problemas en el
presente–, yo estaré contento. Nuevas rutinas y técnicas que aprender, para
enfrentarme a seres no del todo humanos.
Pero
silencio. Me están llegando señales.
Mis sistemas me indican movimientos por la parte
exterior de la fachada del edificio. Están trepando. Intentan aminorar su
huella acústica amparándose en la lluvia. Pero han subestimado mi experiencia,
la potencia de mis implantes. Son cuatro. Con toda probabilidad un Escuadron C;
cazadores de recompensas ansiosos de créditos y reputación, trabajando en
grupos tácticos de letal eficacia. Dos especialistas en disparo, otros dos en
cuerpo a cuerpo, normalmente. Supongo que mi cabeza debe estar cotizando alto;
y ellos tienen prisa. Prisa por morir.
Antes de que el primero aparezca por el borde, todas
mis reacciones están ya programadas. Por centésimas de segundo se decidirá
quien vive y quien muere. El mínimo error de ejecución y todo habrá terminado.
Instantes previos a su llegada sé por dónde se alzarán: a ambos lados aquellos
que me acribillarán, de frente los que me intentarán hacer pedazos. El mundo se
enlentece casi hasta el estasis a mi alrededor al actuar los reflejos yz, las armas seleccionadas listas;
salto hacia atrás en el aire, tan alto como me permiten los pistones cyborg. La
danza de la muerte ha comenzado.
Caen sobre la azotea como sombras hiperaceleradas de
negro absoluto, aunque mis sentidos las captan casi a cámara lenta. Portan
máscaras pánicas, representado ancestrales demonios japoneses, probable seña de
identidad. En dos reconozco las curvadas cuchillas de titanio disruptivo
naciendo de sus antebrazos; un leve roce y todos mis sistemas electrónicos
caerán en blackout. No consigo
detectar qué armas abrirán fuego sobre mí. Ellos esperaban encontrar a un
sorprendido tipo solitario, pero lo que ven son nueve sombras térmicas,
idénticas en todo a mi cuerpo, cuatro en el aire y cinco sobre la azotea, cada
una ejecutando clásicas posiciones iniciales de combate. La confusión me brinda
décimas de segundo esenciales. Con un barrido de cabeza marco los parámetros de
cada objetivo y, mientras caigo, uso la táctica de x dinámica –brazos y piernas contrarios disparan simultáneamente a
cada par de objetivos–. Mi índice derecho lanza el látigo de filamento cero,
invisible, hacia el más cercano de las cuchillas; un arma reservada a
psicóticos por su extrema dificultad de manejo y mortalidad. Veo la
infinitesimal línea diagonal roja, el cuerpo se divide en dos en mitad de un
volcán de sangre. Mi bota izquierda escupe una media luna de agujas
autopropulsadas DH-Snake al más
lejano, que ya comenzó a disparar a su vez; bastará con que una sola penetre en
la carne: el shock por dolor es automático, después la aguja comienza a
culebrear en eses por el interior… una muerte agónica. De mi bota derecha surge
una Heatball expansiva hacia el otro
cortador que se lanzaba, equivocado, a por una de mis sombras. Todo el metal de
su cuerpo se pondrá al rojo vivo; si no muere en el acto, se acabará cortando
el cuello para poner fin al dolor.
Mil colores calidoscópicos. Un golpe sordo. Dolor. Un
instante de oscuridad.
Estoy tirado en la azotea, con la barbilla hundida en
el agua tóxica de la lluvia. Me ha alcanzado. El cabrón del otro extremo me ha
alcanzado. Realmente bueno, y rápido, el muy cabrón. Ha disparado contra todas
las sombras, tan rápido como ha podido, y yo estaba entre ellas. Casi por
instinto, y antes de que sea consciente de su acierto, le disparo desde mis
sobrenudillos cuatro puntas de carga convencional. Sólo una de ellas impacta,
pero le revienta el brazo de la ametralladora. El cabrón cae al suelo,
intentando con la otra mano detener el chorro que vomita su muñón de colgajos.
Los otros deben estar muertos, porque sino
lo estaría yo.
El dolor me anuda las piernas, pero me intento poner
de pie igual. El dolor aumenta. Fallo. Miro y veo el charco oscuro, trozos que
no reconozco.
No hay nada por debajo de las rodillas.
Los nanocirujanos estarán ya suturando desde la
amputación; mi pequeño satélite médico ya estará en camino; pero no tardará
menos de veinte minutos en seleccionar los reemplazos de emergencia y llegar
hasta aquí. Mucho tiempo. Muerte segura si no fuese metal la mayor parte de mis
piernas. Una ola roja me recorre por dentro. Me arrastró hacia el cabrón,
rezando para que siga con vida hasta que llegue.
El agua sabe a sangre y carburante. Mis
plegarias han sido escuchadas.
Oigo sus chillidos cortos bajo la máscara pánica.
Parecen de mujer, al igual que el resto de su esbelto cuerpo de sombra, pero no
podría asegurarlo. Consigo con dificultad erguirme sobre él o ella, me da
igual.
–Casi lo consigues –le escupo.
Y comienzo a aplicarle las antiquísimas técnicas de tortura
Reiksim. Sus chillidos aumentan en
intensidad. Por poco no tengo una erección mientras trabajo la carne roja. Pero
la diversión termina pronto por desgracia, ni tres minutos. Me dejo caer con un
pesado chapoteo a su lado. La lluvia tóxica sigue arreciando con fuerza,
limpiándome la cara como una ablución impía, corriendo por mis mejillas como si
estuviese llorando. Espero que ese maldito cacharro sepa encontrarme, nunca antes
lo había necesitado. Debo estar haciéndome viejo. Tal vez sólo un poco desactualizado.
Si consigo repararme esta noche, iré al Vladspace a tomar algo, a registrar
caras. Dentro de unas horas empezarán a llegar nuevos nombres. Dentro de poco,
la lista semanal estará completa, a rebosar de novedosos divertimentos.
Una imparable carcajada despega de mi garganta. El
cuerpo a mi lado sigue convulsionándose, como si le hiciese gracia.
La vida es un juego maravilloso.
Todavía no se hicieron comentarios sobre este texto.
Solo los usuarios registrados pueden agregar comentarios.
Si no esta registrado en VOOTEXT puede registrase gratis y disfrutar de todo el sitio.
Ningún usuario añadió este texto a sus favoritos.
Copyright © 2012 Vootext.com Todos los derechos reservados.