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Sitio Web del AutorAutor LuisBermer
Marvin y Samuel estaban sentados en un
montículo al borde de la explanada roja, junto a una hilera de carretillas.
Frente a ellos, a buena distancia, uno de los muros de alimentación de la
granja subterránea se extendía hasta fundirse con el horizonte. Y a unos cientos
de metros a su izquierda los barracones, todos iguales. Marvin se revolvía
incómodo en su traje verde de goma, una sola pieza desde los pies hasta la
mitad del pecho, dejando desnudos brazos y hombros. Samuel jugueteaba con su
máscara respiratoria entre las manos.
–Puta mierda de traje –bufó Marvin,
reajustándoselo como podía–. Esos cabrones me lo dieron tres tallas más
pequeño. Por lo menos.
–El traje está bien. Eres tú que estás
hecho un gordo repugnante –dijo Samuel, volteando su máscara en el aire.
Marvin se pasó una mano roñosa por la
calva, clavando sus ojos porcinos en Samuel.
–Cállate esa boca podrida que tienes si
no quieres que te meta esto por el culo –dijo mientras acariciaba el hacha,
casi herrumbrosa de sangre, que descansaba entre los dos.
–Vaale…no eres tú, es el traje que es muy
pequeño –Samuel giró la cabeza hacia el portalón de la instalación, a su
derecha –mira, ya viene…
–¿El qué?
–El puto camión, cojones ¿Qué va a ser?
En efecto, un enorme camión volquete de
carga pesada –que una vez fue amarillo– entraba rodando en su dirección,
precedido del grave rugido del motor que competía con el rumor de la nube de
moscas que lo sobrevolaba.
–Gordo ¿Qué prefieres, seleccionar o
cortar? –preguntó Samuel, colocándose la máscara.
–¡Qué gilipollas eres! Ya sabes que nací
para cortar.
–Pues resulta que yo también –su voz
sonaba ahora artificial– ¿Pares o nones?
–Pares.
–Nones. Una, dos y…¡Tres!
Samuel extendió los dedos índice y
meñique frente a la cara de Marvin, mientras que éste hizo lo propio con sus
dos dedos corazón.
–¡Mierda! ¡Mierda puta, otra vez, joder!
–gritó Samuel, pateando el suelo.
–Jódete, cabrón –se carcajeó Marvin,
cogiendo el hacha del suelo.
–Ya van cuatro veces. Para la próxima
volveremos al fifty-fifty –dijo Samuel, comenzando a descender por la ladera
del montículo.
–No te lo crees ni tú –rió Marvin, pasándose
el hacha de una mano a otra, cortando el aire en forma de ocho macabro.
–Ponte la máscara, so cerdo. Y tira delante.
–Jódete…
El camión se detuvo con un bufido de
frenos hidráulicos. Una montaña informe de cuerpos entremezclados asomaba por
encima del volquete; del borde colgaban brazos y piernas desnudos. Las moscas
se extendieron como una tempestad negra alrededor, envolviéndolo todo con sus
zumbidos rabiosos.
–¡Me cago en las putas moscas! –gritó
Samuel.
–¡Bah! ¿Es que no recuerdas cuando lo
hacíamos sin máscaras? –se hizo oír Marvin –¡Aquello sí que era una mierda,
tío! ¡Jaajaja!
–Sí, menuda mierda –respondió dando
manotazos al aire en vano.
Lentamente, el volquete comenzó a
elevarse por la parte de la cabina, y los cuerpos cayeron rodando unos sobre
otros como un alud a cámara lenta, golpeando el suelo con crujidos húmedos. El
hedor hubiera sido insoportable para cualquiera que no llevase años viviendo
allí. El camión se puso en marcha de nuevo, dejando caer los últimos cadáveres
mientras se alejaba. La montaña de carne estaba ahora frente a ellos, una indigna
masa humana de ojos y bocas negras. Desde una torre de vigilancia cercana, el
estridente bramido de una sirena hendió el aire.
–¡Guaaaaaa! ¡Qué empiece la fiesta!
–gritó Marvin, eufórico.
–Sepárame al menos los adultos de los
niños –indicó Samuel.
Pero Marvin ya se había lanzado sobre los
cadáveres, blandiendo el hacha sobre su cabeza.
–¡Mirad lo que os traigo, cabrones!
¡Yiiihaaaaa!
Como si abriese surtidores de sangre en
el suelo, el hacha subía y bajaba como un viento furioso que el ojo no
alcanzara a ver, con la espantosa eficacia que sólo puede otorgar la
experiencia: en cada golpe, una pierna, una cabeza, un brazo eran separados
limpiamente del cuerpo. Y Marvin pasaba de un cadáver a otro con la mayor
rapidez, sin mostrar signos de cansancio, como una máquina psicótica
desenfrenada. Mientras, Samuel se afanaba por seguir su ritmo, y llenaba cada
carretilla o bien con brazos, con piernas o con cabezas, dejando para el final
los troncos y sus vísceras por ser la tarea más repulsiva, a la que no se
acababa de acostumbrar por más que lo hiciese mil veces.
–¡Marvin! –gritó– ¡Los niños en dos o
tres trozos y aparte; no quiero que me vuelen la cabeza por tu puta culpa!
No supo si le había oído entre el zumbido
de las moscas; Marvin seguía sacando cuerpos del montón para extenderlos en el
suelo y despedazarlos con mayor comodidad; parecía un grotesco monstruo de
pesadilla, cubierto por una película de sangre, sudor y moscas, con la máscara
respiratoria ajustada como si fuese su propia cara. Lo cierto es que siempre le
había tenido miedo, a él y a que se le escapase uno de sus brutales hachazos;
estaba seguro de que, si llegaba a ocurrir, Marvin se reiría de su terrible
error y del resultado sanguinolento. De ahí su interés por conseguir el puesto
del hacha; por lo demás, ambos trabajos eran igual de extenuantes.
Un convoy de camiones repletos de
cadáveres se internó en la explanada pasando cerca de ellos, con dirección a
las secciones de la instalación donde aguardaban otras parejas de despiece para
empezar su trabajo. Samuel y Marvin conformaban
–¡Mira tú, qué tía más buena! –dijo
Marvin, levantándose un poco la máscara– Joder…qué desperdicio…
Samuel siguió cargando más y más brazos,
piernas, cabezas…cada resto en su correspondiente carretilla, amontonando
torsos y vísceras para después. Intentaba compensar el ritmo endiablado de
Marvin.
–Hmmm…vaya tetas…si no fuese por este
jodido traje de goma me la tiraba aquí mismo.
–Déjate de chorradas, gordo. Como no
terminemos a tiempo nos vamos a pasar otra puta noche aquí fuera. Y sin comer,
como la otra vez. Así que tú verás…
–Vaya…yo que había parado un poco para
darte tiempo a acelerar esa velocidad de maricona que te caracteriza…pues nada,
a ver si me alcanzas –escupió Marvin, cogiendo el hacha de nuevo.
La tarde fue cayendo y Marvin ya no se
detuvo ni por un instante, como poseído por un dios berseker. La extensa hilera
de carretillas estaba llena hasta los topes. Samuel caminaba agotado –uno de
sus últimos viajes ya– con los brazos cargados de casquería cruda. Pero lo dejó
caer todo, parándose a vomitar. Por segunda vez.
Marvin, que ya había terminado de
trocear, se carcajeaba a placer en la distancia.
–¡¡Aajaajaajaaa!! ¿Pero cómo puede darte
asco? ¡Qué sensible eres, princesita! –Y siguió riéndose como un enajenado.
–Déjalo ya, Marvin. Y ven a echarme una
mano, joder –dijo como pudo.
–Lo que ordene la princesita –Y cogiendo
un par de brazos de una carretilla, se acercó gesticulando con ellos, a
saltitos ridículos.
–Déjate de gilipolleces y ponlos en su
sitio, hostias –Samuel parecía tan cansado como amargado.
–¡A mis braaazoos, Saaaamuu! –gritaba
Marvin con voz aflautada, abrazándose a sí mismo con los brazos cortados– ¿Es
que no quieres que te de un poquito de aaamoooor?
–Que te den por culo, gordo –atinó a
decir Samuel, mientras recogía su carga hedionda.
Cuando Marvin se hartó de reír y hubo
terminado de afilar el hacha en la piedra-monolito, se acercó para ayudar a
Samuel con las últimas carretillas. Las arrastraban hasta el muro de la granja
subterránea y allí, a través de conductos diferenciados, vaciaban las distintas
cargas. Después debían esperar unos segundos, hasta que el marcador digital
sobre el conducto se iluminaba en luz verde con el número de miembros / kilos
depositados.
–¿Oyes los gruñidos, allá abajo? –susurró
Marvin.
–Sí…se parecen a los tuyos cuando duermes
–respondió Samuel.
–Jeje…aún puedo mejorarlos...
El marcador les mostró sus cifras, y
ambos dieron media vuelta con sus carretillas; ya quedaban pocas por vaciar. De
repente, un ruido agudísimo les sobresaltó. Lo emitía uno de los marcadores de
la pareja V-7, que brillaba en rojo intermitente. Al parecer, uno de ellos se
había equivocado, metiendo algo que no se correspondía con el conducto. En
efecto, el hombre miraba la luz roja, sus manos…una y otra vez, como si no
pudiese creer lo que estaba ocurriendo. Rivalizando con el ruido del marcador,
una detonación seca rasgó la oscuridad. La parte posterior de la cabeza del hombre
explotó y éste cayó de bruces en la carretilla, derramándose su masa cerebral
sobre la espalda. El centinela de la torre de vigilancia tenía una puntería
excelente.
–¿Echaste los brazos en su sitio, verdad?
¿VERDAD? –Samuel estaba frenético.
–Sí…sí –balbuceó Marvin– …creo que sí.
Ambos aceleraron el paso, sin mirar
atrás.
Mientras,
la pareja de V-7 se acercó hasta su compañero inerte y, tomándolo de un hombro,
lo tiró al suelo. Sin perder tiempo, agarró el mango de su hacha con las dos
manos y comenzó a descuartizarlo. Con cuidado, recogió cada pedazo y los fue
introduciendo por los conductos correctos. Después, se dirigió de vuelta a las
carretillas aún llenas. Aquellas que su compañero ya nunca podría descargar.
Samuel
y Marvin terminaron diez minutos antes de que sonase la gran sirena, anunciando
el final de la jornada. Caminaron hacia el corredor de entrada al barracón V.
–Qué
hambre tengo –murmuró Marvin.
–Sí,
yo también –respondió Samuel– Estoy agotado.
El
largo corredor era como un túnel de lavado; todos se adentraron bajo la
bendición del agua a presión de las duchas, todos dejaban colgados sus trajes
de goma en las paredes y todos entraban desnudos finalmente en el comedor.
Samuel iba detrás de Marvin, sintiendo el riachuelo de sangre en sus pies.
Observó el V-8 grabado a fuego en su omoplato izquierdo e imaginó que el suyo
se vería exactamente igual; aún podía recordar el dolor de aquel día como si
fuese ayer…
–Hasta
luego, puto traje –gruñó Marvin al colgarlo.
Cuando
los guardias de la pasarela superior hicieron la señal, todos se sentaron a la
vez en sus sitios asignados. Ellos compartían mesa con V-7 y V-9. Esta noche –y
ocupándola casi de un extremo a otro– tenían sobre ella un híbrido
cerdo-humano, bien horneado y abierto en canal. El superviviente de V-7 no estaba
sentado en su lugar.
–Parece
que a V-7 no le ha dado tiempo hoy con todo –dijo Marvin, mientras cortaba una
gruesa tira del muslo, depositándola en su plato.
–Menuda
noche va a pasar ahí fuera. Qué putada…–añadió Samuel, sirviéndose la parte anterior
de una pata-brazo.
–A
más tocamos –intervino uno de los V-9, con su sonrisa cruel.
–¡Jeje,
eso es verdad! –rió Marvin antes de llenarse la boca.
El ruido de platos y cubiertos entrechocando llenaba
el ambiente.
–¿Qué
tal, Marvin? –preguntó Samuel– ¿Es de cabeza, de vísceras…de bebés? Dios, qué
ganas tengo de probar uno de esos. Dicen que tienen la carne más suave y
sabrosa que existe…
–Nah,
éste es de vísceras, creo…–respondió Marvin– Lo mejor está reservado para los
de afuera, esos cabrones. Una vez lo probé…humm, delicioso…tierno como la
manteca. No sé si me quisieron premiar. No creo, lo más seguro es que se
equivocaran de mesa…
Los
V-9 rieron la gracia de Marvin, uno de ellos enseñando sus dientes afilados en
sierra.
–¿Y
tú crees que los de ahí afuera saben realmente lo que comen? –inquirió Samuel.
Marvín
lo miró con un trozo de carne colgando.
–¡Ah!
¿Pero lo dudas?
Todos
rieron, y siguieron comiendo entre chanzas y ocurrencias. Pronto tendrían que
retirarse a dormir, para poder afrontar con fuerzas un nuevo día.
Que sería casi idéntico al que estaba a punto de terminar.
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www.luisbermer.com
Magnífico relato... me gusta sobretodo como la barrera que separa al cerdo del hombre queda francamente difuminada entre las visceras.
Un saludo.
El relato se basa en una crítica a nuestra sociedad actual, donde consumimos todo sin que nos importe un bledo cualquier otra consideración...ahora es de terror, pero no me extrañaría que algún día fuese ciencia-ficción...
Gracias por pasarte a comentar :)
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