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Sitio Web del AutorAutor emiliovilchespino
Lo que comenzó como una pequeña protuberancia bajo mi órgano
sexual se transformó en lo imposible. Tendría siete u ocho años cuando surgió
en plenitud un pene. Si, otro pene. Con glande, prepucio, etc. Solo carecía de
satélites naturales, o sea las bolas. Desde entonces caminé por la vida con dos
manos, dos piernas, dos ojos y dos penes, uno bajo el otro…solo una perra como
ésa podría haberlo hecho…pero bueno, vamos por parte; tenía dos aparatos.
Seguramente piensas que esto es una ventaja y sí, en ocasiones lo era, pero no
todo es color de rosa amigos míos; el problema es que el aparecido tenía vida
propia, no lo podía manejar. Justifíquense así mis erecciones inmotivadas y las
ocasiones en que me oriné en los pantalones públicamente.
Cuando apareció me sentía raro, creía que era una enfermedad o algo así, aunque
de todos modos nunca consulté un médico. Con el paso inevitable del tiempo
logré acostumbrarme, amigos míos, incluso le tomé cariño. Era tan
independiente, tan impredecible. Tenía incluso un poco más de tamaño que el
original. Lo bauticé como don Pepito, y para evitar que el original se sintiera
echado al olvido, también le puse nombre: don José.
Entonces al pene de arriba, el original, le llamaremos don José y al invitado
sorpresa, el de abajo, será don Pepito ¿OK?
Aunque, como dije, esta situación me trajo complicaciones, también tenía un
lado positivo. Cuando ambos se sincronizaban era una maravilla; era capaz de
dar horas y horas de placer. Recuerdo perfectamente una ocasión, tenía quince
años y aún era casto, esta sería mi primera vez. Estaba con una nena de mi
escuela en una sala fuera de uso que habilitaron para guardar los muebles,
papeles y libros que se daban de baja. Era un lugar oscuro, no tenía
ventilación y estaba bastante sucio, pero como podrás imaginar eso nos
interesaba un huevo. Hace días que nos teníamos ganas, así que en un recreo nos
miramos, nos dijimos algunas cosas personales y nos metimos en ese lugar;
cimarra interna le llaman. El caso es que yo era bastante tímido, y no tenía la
menor idea de cómo hacer sentir bien a una mujer; ella en cambio era una fiera.
Era conocida en el colegio como “la tarántula del Caribe” (a buen entendedor…).
Bueno, entramos ahí, nos besamos efusivamente y comencé a meterle mano; con un
trapo viejo que pillamos quité el polvo que había sobre el viejo sofá, ella se
tumbó ahí, se levantó el jumper y se quitó el calzón mirándome directo a los
ojos. ¿Y yo? ¿Es lógico, no? tuve una erección, pero solo con el propio, con el
de arriba, con don José. El lugar, repito, era bastante oscuro, lo que impidió
que la nena notara la presencia del otro pene (jamás se lo hubiera imaginado).
Bueno, comenzamos. No me costó mucho entrar en ella y en eso ayudó mucho que la
nena me tomara el pene y lo dirigiera justo al lugar indicado. Empecé con el
in-out, in-out, y me sentía muy bien haciéndolo. Sin embargo sucede, sin
embargo, que en plena acción don pepito, el de abajo… ¡se meó! Mojó todo el
sitio y también a la nena. Antes de que vuestro humilde narrador pudiera decir
algo ella estaba histérica, gritaba y me trataba de lo peor.
- ¡eres un cerdo, Emilio! ¡Eres un maldito cerdo!
Ella pensó que yo era una extraña clase de desviado sexual, que lo había hecho
a propósito, o qué se yo qué mierda pasó por su cabeza en ese instante. Sin
embargo, y casi de inmediato, se dio cuenta de mi extraño caso, y cuando lo
hizo se quedó parada ahí con la boca abierta, en silencio, mirando, como si
hubiese visto un fantasma. Como por arte de magia justo en ese momento don
pepito se levantó, je. ¡Dos penes erectos en una sola persona! si me lo
hubiesen contado seguro que habría tildado al tipo de loco o de mentiroso.
Muy lejos de lo que se pueda pensar, la chica no dijo nada, se tumbó en el sofá
nuevamente y abrió las piernas. Eran unas piernas increíbles. Yo entonces
ataqué. Era maravilloso, podía hacer relevos y lograr ángulos increíbles con
ambos. En resumen, puedo decir que mi primera vez fue increíble.
Pasaron los días, ¿y ella? Bueno, ella quedó como embrujada. Jamás volvimos a
cruzar palabra, pero cuando me veía quedaba así, tal como esa ocasión, pasmada,
como paralizada, pálida y con la boca abierta. La dejé loca, je.
No me detendré mayormente en explicar cómo me convertí en el chico mas deseado
de la escuela y luego de la universidad. Las chicas me hacían llegar notas
anónimas, me llamaban y colgaban, se hablaba de mi en los pasillos y en las
fiestas, se decía que tenía dos penes del tamaño de una catedral, que duraba
horas, etcétera; me convertí en una leyenda viviente. En lo que si me detendré
es en contar el fin de sus días, el fin de don pepito y de mis días de gloria.
¿Por donde empezar? – Por el principio- gracias. Comenzaré por el principio.
A la Brenda la conocí en una agencia de juegos de azar; yo iba allí todos los
días a apostarle a ganador en los pronósticos del fútbol y ella también. Su
presencia me perturbaba, era como si me siguiera. Todos los días. sentía como
si quisiera ver mi cartilla, mi programa, como si quisiera conectarse a mí para
conocer mis pronósticos. Era una especie de sombra, nada mas llegaba yo a la
agencia y entraba ella, se ponía justo a mi lado y revisaba su programa. Me
miraba. Seguramente pensarás que hubiera bastado con ir en otro horario o
cambiar de agencia para acabar con el problema, pero amigos míos, aun no les he
dicho lo hermosa que era aquella mujer ¡Qué caderas!, ¡qué piernas! No
detallaré si rubia o morena, si alta o baja, ni las proporciones de sus
atributos, pues eso provocaría en mí una sensación de excitación que mi estado
convaleciente no está en condiciones de resistir. Solo diré que era la nena más
endemoniadamente guapa que había conocido en mi perra vida. Vaya, me excité de
todas maneras. ¡Me lleva el chanfle!
- código 229- dijo al fin una tarde.
-doble, local y empate. -Respondí casi por inercia.
Me miraba y yo sentía sus ojos sobre mi cartilla, no toleraba la idea de que
fuera una espía, o cualquier mierda extraña inimaginable. Entonces no soporté
más, levanté la cabeza y grité mientras toda la gente del lugar se devolvía a
ver aquel escándalo:
-¡Mira zorra, si quieres saber mis apuestas vas a tener que usar algo más que
esa minifalda y ese escote! ¡No creerás que estoy tan necesitado como para
darte mis resultados por echar un pato!
Ella me miró en silencio, todos en el lugar me miraban en silencio. Fue un
momento psicodélico.
– Te invito una cerveza - dijo al fin, dando una hermosa sonrisa
– de acuerdo - pagué mi apuesta y nos fuimos al bar más cercano. Tanto gritar
me había dado una sed terrible.
Llegamos al bar del mosca a eso de las tres, era un sábado por la tarde en la
maldita ciudad de Santiasco y un tipo con suerte entraba con una nena
envidiable dispuesto a beber un río de cerveza en aquel sitio. Nos sentamos y
pedimos la primera vuelta mientras miraba como cruzaba sus piernas y encendía
un cigarrillo.
- ven a vivir conmigo, necesito alguien como tu- Dije, por decir algo.
-¿y mi marido? - Respondió soltando una risita.
Debo admitir amigos que jamás esperé esa respuesta. No tenía lógica, ni pies ni
cabeza. No nos conocíamos, ni siquiera sabía su nombre. Seguramente era una
perra chiflada.
-tu marido es una mierda que no se merece a una mujer como tú- continué.
-está bien, pero debo ir a recoger algunas cosas a mi casa.
-a la mierda, podemos comprar todo otra vez.- Ella sonrió.
La miré detenidamente, y les juro que era más hermosa aún de lo que había
estimado. Entonces pensé que eso de irme a vivir con ella, a pesar de lo
absurdo de mi propuesta y lo absurdo de su respuesta, no era una mala idea. Y
es que todo entre nosotros era absurdo. Pero ¡qué diablos!, mas absurdo es
trabajar de profesor hasta los sesenta y luego vivir pegado a la tele babeando
por nenas jóvenes moviendo el culo y recordar con arrepentimiento los viejos
tiempos. Más absurdo era soñar con ser presidente de la república.
-¿cómo te llamas?- pregunté, aunque en realidad me interesaba un huevo su
nombre.
- Brenda -y luego de una pausa agregó- ¿y tu?
-¿yo qué?
- ¿cómo te llamas?
- Eastwood…Clint Eastwood. - Ella sonrió y pidió otra ronda. Era adorable.
Me saltaré de contar detalles de nuestra vida diaria durante los diez años que
siguieron, basta con decir que durante días no podía ni caminar. Era una
verdadera fiera sexual. Era una chiflada, una ninfómana insaciable. Y eso que
yo tenía la ventaja de mis dos aparatos. Un hombre común y corriente de seguro
no sobrevive. Y fueron diez años. ¡Diez años! Hasta la semana pasada.
Creo que era viernes, no, era sábado por la tarde. Estábamos en la cama,
haciéndolo. Con don José, el de arriba; don pepito no estaba funcionando en ese
momento. Yo estaba abajo, de espaldas, brazos extendidos y ojos cerrados; ella
estaba encima. De pronto se quitó, yo no abrí los ojos pero supuse que se había
levantado para ir al baño, o a cualquier otro sitio que su enfermo cerebro
pudiese dictar. Me quedé en esa posición, con los ojos cerrados, y como me
había tomado unas cuantas y ella tardó mucho…me dormí, buenas noches los
pastores. Pero de pronto ocurrió lo peor que se podrían imaginar, amigos míos:
un dolor inmenso me atacó en la zona del aparato y en el estómago, un dolor que
pasó como corriente a mis brazos, a mis piernas y a mi cabeza, todo en un
segundo. Y era un dolor realmente horrible. Traté de abrir los ojos y lo que vi
fue no menos espantoso: ahí estaba ella, con el cuchillo en la mano… ¡la
enferma mental me había cortado el pene!, había matado a don Pepito, al que
tanto había cuidado durante años. Y ella estaba ahí, sobre mí, sonriendo como
siempre, mientras saltaban chorros de sangre del agujero que había quedado. Fue
lo último que pude ver antes de perder la conciencia; MIERDA fue lo único que
alcancé a decir.
Desperté en el hospital Central de Santiasco hace tres días. Abrí los ojos y
pude reconocer a mis padres justo sobre mí, mirándome con cara de espanto. Y es
que no tenían idea de que durante años tuve dos penes. Supongo que para ellos
enterarse de semejante anomalía, y de la forma en que ocurrió, debe haber sido
como un combo en el estómago. O una patada en las bolas; bueno, para mi padre,
mi madre no tiene bolas. El caso es que lo primero que hicieron mis parents al
verme despertar fue abrazarse efusivamente, como en las películas; mi madre
comenzó a llorar. Yo no entendía nada, miré al otro lado del cuarto y vi a una
enfermera bastante gorda y bigotuda, con pinta de ballena, que salía corriendo
de la sala en busca de un médico. Me sentí el Mesías resucitado.
-tranquilo hijo, no te esfuerces- decía mi padre mientras mi madre lo abrazaba
y lloraba.
-estarás bien, no te preocupes- repetía. Yo trataba de rebobinar mi disco duro
y entender en qué mierda estaba metido ¿Por qué estaba en ese sitio? ¿Qué
significaban las lágrimas de mi madre? Miré mi cuerpo y sentí un dolor agudo en
la zona del pene y solo entonces comprendí; recordé esos últimos momentos de
conciencia, recordé ese agujero por el que saltaba sangre, recordé la cara
desquiciada de la Brenda con el cuchillo ensangrentado en la mano. Sentí deseos
de comprobar la magnitud de los daños pero no tenía fuerzas como para levantar
las sábanas. –no te esfuerces – dijo por vigésima vez mi padre.
Al día siguiente el doctor me explicó que por el hecho de poseer dos penes
–hecho que considera como todo un milagro de la naturaleza- mi sistema urinario
y sexual no se verá afectado mayormente, solo me operaron para cerrarme la
herida y además reconstruyeron las bolas. Hicieron un trabajo bonito. Puedo
mear y no necesito tubitos ni nada. Estoy bien, normal; claro, perdí mucha
sangre y tuvieron que inyectarme de otra gente, pero nada más. Estuviste a
punto -me dijo el médico-, tuviste suerte de que llegaran tus padres justo en
ese momento, sino te desangras flaco, te desangras.
De la Brenda nada se sabe, la está buscando la policía. De don pepito tampoco.
Desapareció. Solo se sabe lo de una nota que ella me dejó y que tienen mis
padres, pero que no me quieren entregar: - cuando estés mejor te la daremos,
hijo- es la excusa. Lo único que tengo claro es que esta enferma no se llevó
nada, ni un cepillo de dientes, nada. Solo dejó esa puta nota que leeré cuando
mis padres y su extraña forma de cuidarme quieran.
He tardado varios días en escribir esto amigos míos, por mi poca fuerza, por
que paso gran parte del día dormido, y porque solo puedo escribir cuando no
están mis padres. Pero hoy me dan el alta, me viro de esta maldita pocilga.
Hogar dulce hogar. Necesito estar en casa, escuchar los Ramones. Lo único
desagradable es que NO podré beber en varios días, hasta que deje estos putos
fármacos. Serán días tortuosos. Serán días eternos. SERÁN LOS DÍAS MÁS EXTRAÑOS
DE MI VIDA.
Bueno, Emilio, vuelves a sorprenderme. De eso se trata, ¿verdad? de sorprender. Un relato lleno de fino humor, me he divertido leyéndolo. Te felicito.
Un saludo.
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